1 dic. 2006

Un Regalo de Dignidad

Querida hija:
Siempre queda algo en el tintero. Cuando parece que está ya todo dicho, surge un nuevo pensamiento,un olvido quizá.
Esta mañana me he levantado pensando muchas cosas, casi todas ellas relacionadas con el modo de arrojar un poco de luz sobre tu cabeza.
Tú y yo estamos unidas por muchas cosas, por un recuerdo de afecto materno-infantil, por una amistad -que creo sincera- durante tu adolescencia y, ahora, por un afecto-dependencia-necesidad. Esto último es, probablemente, lo menos tierno, lo menos bonito de nuestra relación, pero no por ello menos sincero. Honrando esta sinceridad y apelando al espíritu de autenticidad, con los que intento dirigir mi vida, deseo hablarte un poco más. Por eso me dirijo a ti por este medio, porque mis palabras y mis ideas fluyen con más lógica, más sentimiento y, quizá, menos pasión.
No considero que tenga una gran sabiduría; sin embargo, no se me pueden negar algunas experiencias que pueden resultarte valiosas. Tampoco se puede negar que doy vueltas a las cosas. Gracias a esas vueltas, y a la experiencia que se adquiere en la vida, puede componerse cada una de las situaciones que encontramos en el camino y llegar a comprenderlas en sus medidas justas. Es un método muy científico, tú lo conoces perfectamente: curiosidad, observación, comparación, cálculos, experimentos y finalmente, teoría.
Recuerda siempre que es muy importante no esperar hasta los treinta y cinco años para darse cuenta de que tu vida ha podido ser un error. El pasado no se recupera ni se enmienda, porque no hay viajes en el tiempo; cada segundo sin control que pasa por nuestro lado puede ser un horizonte de sucesos, un punto sin retorno, no hay vuelta atrás.
Pasar por la vida sin al menos intentar conocerse es una necedad, hija mía. Y todo lo que se llega a comprender en la vida está bien.
Te voy a contar un cuento.Cuando un buen día decidí que mi vida iba a cambiar por completo –tenía veinticinco años- me propuse cargar mis deseos y mis actos con un marcado carácter trascendental, necesitaba empapar mis pensamientos de espiritualidad. Para ello, lo primero que tuve de hacer fue sentarme frente a mí y sincerarme conmigo misma. Hube que repasar y revivir los veintitantos años de vida que tenía en el almacén, todas mis experiencias, día a día, hasta las más dolorosas. Me insulté, me odié, me soporté, comprendí lo evitable que encontré. Y lo inevitable, que pesaba tanto, me lo saqué todo del alma y lo colgué al aire. Después observé con detenimiento todo lo que dieron de sí mis entendederas, durante muchos meses. Al final, concluí que estaba observando una muestra vieja de tela de la que nunca me había ocupado, un retal roto y abandonado en una esquina del mundo. Y con ese trapo hecho jirones tenía que protegerte del mundo y sus artes. Tú eras mi hija del alma, toda inocencia, capaz de mover un dedo en mi favor, porque me considerabas tu reina. Tú fuiste en aquélla época la única persona que creyó en mí, que me aceptó sin condiciones. Confiabas en mí ciegamente. Todavía no tenías cuatro años. No sabes hasta qué punto agradecí tu lealtad fiera e inconsciente. Y te agradezco que nunca me hayas reprochado tu infancia. Eras muy lista; porque en el fondo de tu pequeñez debías de saber que yo también era una víctima, que huía de no sabías qué.
Estabas encantada con el mundo mágico, de realidades transformadas en cuento y libertad, que yo iba construyendo a tu alrededor cada día. Y te defendí a capa y espada de todo avatar, como tú habías hecho conmigo siempre.
En la época durante la cual depositaste tus esperanzas en mí, cuando aún eras tan pequeña, llegué a la conclusión de que contigo a mi lado –la princesa a quien debía salvar en mi historia-, y con los veinticinco o veintiséis años que yo tenía, estaba en posición de elegir los tipos de experiencias que deseaba incluir en mi vida. Todavía estaba a tiempo de cambiar el mundo que había tenido por el que yo quisiera. Deseaba con firmeza sentirme incluida únicamente entre aquello que me fuera a reportar conocimientos sobre el ser humano, sobre ti y sobre mí, en definitiva.
Quería con todas mis fuerzas sentirme merecedora de mi existencia y, además, que esto revirtiera en ti, para que tú sintieras que yo te merecía. Así que debía recomponerme y remendarme por ti, porque me sabía responsable de haberte puesto en este mundo por la ley de la costumbre y sin pensar en ti.
Estábamos solas. Y mis únicos consejeros fueron tu naturalidad aplastante y los excelentes consejos que encontraba en los buenos libros. Ahora considero que fui muy afortunada, que elegí un buen camino.
Como odiaba tanto la superficialidad y la ausencia de pasión (y me sigue fastidiando), consideré que debía relacionarme con gente joven que tuviera ilusiones y un proyecto a largo plazo. Fueron todos estudiantes. No teníamos un proyecto común, puesto que yo no era estudiante; sin embargo, ellos tenían menos prejuicios para aceptarme en mi situación, y para mí eran de suma importancia sus sueños, su alegría y sus libros. Como verás, en esto no he cambiado; por h o por b, siempre estoy rodeada de estudiantes.
Bien, pues este trapo remendado es el que te ha educado. Siempre te he parecido diferente a las demás madres; y es porque habitábamos un sueño que en nuestra casa era posible, se hacía real.
Y es preciso que sepas que aquella labor de recomposición, que comencé con la edad que tienes tú ahora, todavía no ha concluido. Han pasado otros veintitantos años y sigo añadiendo remiendos y sueños a mi cuerpo.
Antes de que se me olvide, quiero decirte que un proyecto no es solo un aplazamiento de la existencia como propone Georges Bataille (filósofo francés, s xx) en la experiencia interior. Un proyecto, además, da forma a un fragmento de tu existencia; Y, también, es una parte de la arquitectura de tu vida que tú eliges porque te entusiasma, te apasiona y te enriquece. Un proyecto satisfactorio consolida el esqueleto espiritual de los individuos. No se cuánto tiempo tardarás en darte cuenta de esto. Tampoco se cuánto tardarás en comprender la provisionalidad de las ideas o del amor. Es importante que sepas que participamos en un proceso que cambia todo el tiempo, que estamos involucrados obligatoriamente en una evolución continua. Por este motivo, no somos los mismos siempre, estamos creciendo toda la vida.
Durante la adolescencia te fuiste despegando poco a poco; empezabas a crear tu propio mundo y luego me lo contabas. Más tarde apareció el amor y creaste tu propio marco sentimental; es la ley de la selva. Tú amor por mí cambió durante esta etapa, porque algo o alguien hizo que pasase a una órbita más alejada del núcleo, luego a otra, y de este modo fui perdiendo influencia sobre ti. Es un proceso natural y nada doloroso para los padres; aunque de pronto dejes de ser el mejor en la vida de tu hijo, o el que mejor hace las cosas en el mundo. Esto último es muy agradable, pero también es un compromiso tremendo y agotador.
Verás: apoyado en las coordenadas paternas el joven pone su primer ladrillo de libertad. Así empieza la gestación del individuo. Y así se debe trazar un proyecto de vida, con verdadera y genuina libertad. Y añado; una buena colección de buenos sentimientos.
Otra cosa. Todavía no conozco la causa por la cual los humanos necesitamos vivir rodeados de tantas seguridades. Almacenamos tantas que luego no sabemos qué hacer con ellas y no nos atrevemos a desprendernos de ninguna. Sin duda, no hay mucha gente que sea consciente del riesgo que entraña vivir con una fe ciega. Nuestro verdadero enemigo es la ignorancia. Y quiero que no olvides que el mejor camino que yo encontré para orientar y dirigir mi vida fue el conocimiento: nunca me ha defraudado.
Una cosa más; hija mía, no quiero cansarte. Cuando los padres hablamos con nuestros hijos somos conscientes de que pueden no entendernos; no obstante, lo hacemos porque nos dirigimos a ese lado de ellos que es como nosotros -el genético- que se compone todo aquello que podéis haber heredado de nosotros: el rincón donde se encuentran tu padre y tu madre, y que va a ser capaz de guardar y cuidar celosamente la información que recibís, hasta que un golpe de la vida, o la voluntad, le den sentido.
Es curioso que durante la infancia -la etapa más frágil, delicada y vulnerable del ser humano- seamos tan valientes; y es terrible comprobar cómo nos vamos deformando con los años y vamos adquiriendo temores; éstos deben de ser una buena oferta de la civilización o, quizá, están de saldo en la Naturaleza.
Creo que te quiero bien; sin embargo, no me atrevo a asegurarlo por si en ese pensamiento se agazapara algún sentimiento egoísta. Pero me gustaría que supieras que con estas palabras intento hacerte un regalo de amor verdadero y de dignidad.

Mamá

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