1 dic. 2006

Mentalidad de Principiante

Don Anselmo era tan real como el valle.
Una tarde dimos un largo paseo. Subimos a lo alto de la montaña, desde donde se podía ver el mar que relucía igual que un iris azul intenso.
-Parece usted un perdonavidas -me dijo-, supongo que lo llevará su profesión.
No se volvió hacia mí, se quedó vagando por los montes.
Entonces recordé que una vez me había dicho que “en mi corazón se agazapaba un adolescente que al asomarse a mis ojos se encontraba un precipicio”.
En aquél momento no le respondí porque tenía razón, aunque no por lo que él había imaginado.
-Quizá sea una forma de perdonar mis debilidades -contesté.
El padre esperó callado. Le había llevado a terreno poco duro; lo percibí en un temblor de sus manos.
Luego volvió a la carga:
-su seguridad, don Eugenio, me intriga. ¿En que se fundamenta para conservarla tan limpiamente?
-En que no la tengo -dije-, no hay ningún truco. Usted me ha dicho alguna vez que escondo un adolescente, y lo que en realidad guardo es una inseguridad tremenda, una sensación de primerizo.
-No le entiendo-, replicó, fingiendo estar intrigado.
Y, empujando el aire de un suspiro, respondí:
-quiero decir, padre, que cuanto despierta mi interés, que es casi todo, lo hago o lo veo bajo una conciencia de principiante. Las cosas me sorprenden como si las viera por primera vez.
-O sea -dijo el cura-, vive la vida como un principiante, incluso en la madurez.
-Exacto -contesté.
Echamos a andar por la cima, cavilando y en silencio. El padre empezó a ponerse nervioso. Sus pasos se adelantaron de regreso a la aldea, mientras la idea trajinaba en su cabeza.
Caminamos, él delante y yo detrás, por en medio de una tregua de silencio que él mismo rompió.
Se volvió y me dijo:
-pero, para llevar a la práctica eso que usted dice, hay que estar muy seguro, ¿no?
Y yo le dije:
-no. Hay que sentir como un novato que se ha asegurado la vida.

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