30 oct. 2010

Los versos de Miguel Hernández Inundan la Red

 Hoy se cumplen cien años del nacimiento de Miguel Hernández, poeta al que hemos ido recordando en Internet con numerosas actividades. Hagamos que la red se inunde de versos.




ASTROS MOMIFICADOS Y BRAVÍOS

 Astros momificados y bravíos
sobre cielos de abismos y barrancas
como densas coronas de carlancas
y de erizados pensamientos míos.
Bajo la luz mortal de los estíos,
zancas y uñas se os ponen oriblancas,
y os azuzáis las uñas y las zancas
¡en qué airados y eternos desafíos!
¡Qué dolor vuestro tacto y vuestra vista!
intimidáis los ánimos más fuertes,
anatómicas penas vegetales
Todo es peligro de agresiva arista,
sugerencia de huesos y de muertes,
inminencia de hogueras y de males.


5 oct. 2010

El Desencanto




Hace unos días Goathemala me preguntó en una de las últimas entradas si el Desencanto no me llevaba cerca del nihilismo. Te agradezco mucho la pregunta. Aunque solo sea por tener que buscar palabras y frases nuevas para hablar de ello ya merece la pena; pero lo mejor de todo es volver a repensarlo de nuevo. Tienes razón, me lleva y entro de lleno; ésa es la actitud. Quizá sea una inconsciente, pero pienso que tenemos demasiados límites como para actuar ignorándolos. Y no, no me perturba lo más mínimo.
Si menciono el Desencanto es porque a veces acuden los flashes de sus llamadas desde lo cotidiano. Es un tema que toco con alguna frecuencia, es cierto. De forma involuntaria siempre pienso en él como un bloque, y creo que no podría hacerlo de otra forma: quizá me fuerza a eso el tiempo transcurrido. Sólo soy capaz de definirlo con respecto a cómo lo viví. Porque para mí significó otra oportunidad. Fue un período largo que afectó a un tramo importante de la vida de aquellos que todavía nos estábamos formando: éramos adultos que todavía no se habían instalado en el mundo. Yo, por ejemplo, estaba inmersa en un proyecto tradicional basado en la etapa que empezaba a quedarse atrás; en aquel momento eché al mar un ancla de chica obediente porque necesitaba huir. El proyecto acabó en fracaso y quedé en mar abierto y a la deriva, porque aquéllos que en teoría habían de velar por nosotros no se preocuparon y estuvieron más pendientes de ponerse a cubierto que de las necesidades de un pueblo confuso y alucinado que soportaba el peso de las transformaciones. Quizá a muchos les volvió a visitar el fantasma de la Guerra Civil y de la Postguerra.
Mis recuerdos de esta etapa me son extraños, incluso hostiles. Fue una época difícil, dura, aunque no afectó a todos de igual modo.
Sólo unas pocas veces he creído ser capaz de dar consistencia a alguno de esos recuerdos, lo que considero un gran paso. Después de todo, somos un animal que razona con pasión su defensa, más que la culpa. Quizá también porque sigo huyendo -lo reconozco-, generalizo sobre el Desencanto. Y las referencias que suelo hacer cuando lo menciono (esas pinceladas que ocasionalmente añado a mis textos) son más una pregunta que una respuesta, porque algunas respuestas a veces me producen más respeto que sus correspondientes preguntas.

Durante el Desencanto tuvimos que desprendernos de una fe que se había concretado en muchísimos aspectos de las instituciones, de la sociedad y del individuo; y, en efecto, las expectativas no eran grandes ni la información abundante. Además, durante las transiciones empiezan a circular otros tipos de fe hasta que por fin una de ellas acaba por cuajar. El ánimo general estaba tan enrarecido que el deseo unánime era de paz a cualquier precio. Pero el problema que veo es que cuando se instala una fe -y nos alcanza- mutilamos la capacidad de pensar, quedamos privados de consciencia y perdemos una independencia que afecta a nuestra individualidad. A veces se consigue el sosiego con tamaño sacrificio, pero no es universal y, por lo tanto, tampoco es duradero.

El Desencanto fue el primer punto de partida consciente, que situó el principio del final de una época; y, como digo, me estaba ofreciendo una nueva oportunidad, pues me encontré ante un tiempo vivido que no me perteneció nunca, pese a estar incluida en él. Como no iba a morder el mismo anzuelo otra vez, me resistí a acoger la copia de otra fe -estaba recién pulida- que se nos ofrecía; es decir, la desconfianza me mantuvo al margen. Nadie parecía preocuparse, ni siquiera el mundo parecía esperar algo de mí, luego no sentía la necesidad de corresponder. Así estaba yo e imagino que no era la única. Al principio tuve una regresión y me instalé -sin saberlo- en una especie de cinismo cercano al de los clásicos, para más tarde iniciar una travesía de error y acierto, es decir, una forma de experimentar dando palos de ciego. La Literatura era mi principal fuente de alimento intelectual. Como ya comenté en otro post, fue poco después la Física la que me mostró otras formas pensar, después busqué el apoyo en la Cosmología y más tarde llegaron otras disciplinas. Cuanto más buscaba más me apetecía investigar. (Actualmente le ha llegado el momento a la Historia, y hace su contribución. Siempre hay algo que viene al encuentro, la vida lo hace a cada instante).

Al darme cuenta de lo influenciable que era, y decidir no adherirme a ninguna clase de doctrina, mentalidad o ideología, opté por rescatar deseos anteriores y pelearme con la experiencia acumulada y los hábitos; así prolongaría el espíritu del principiante y haría trampas al tiempo mientras intentaba madurar un poco.
Toda esta peripecia, naturalmente me marcó profundamente. Y el aislamiento me llevó a sentirme muy cómoda entre situaciones que la moral consideraba entonces “enfermedades del alma impía”, como la duda, la incertidumbre... o el nihilismo, por ejemplo. Quizá haya algo de primitivismo en esto.
En la Patrulla Perdida, como a a mí me gusta definirnos a los seres humanos, unos prefieren seguir a un líder que afirma conocer el camino, otros buscan un atajo y otros ven (incluyo el Espacio) inciertos caminos por los que se desvían más o menos en solitario. Todos tienen algo en común, son exploradores del mismo territorio al que están confinados.

Como es lógico, hace 30 años mi limitada formación no me permitía razonar ni expresar nada de esto; sólo seguí una señal que marchaba por delante de mí y, pese a los riesgos y el desconocimiento, la intuición me empujó a seguirla. Pasados estos años, he comprobado que esa señal -ahora menos intuitiva y más racional- está hecha de formas, ideas y sueños que sigo persiguiendo con entusiasmo. Me siento superviviente de una lucha que aún no ha acabado, porque continúo abriéndome un camino por la selva, mientras fabrico ideas y otras herramientas para avanzar entre la maleza; es decir, sigo improvisando. Durante el trayecto llevo a cuestas fragmentos agonizantes de un tiempo tutelar que todavía no puedo soltar, aunque “al morir verán el final de la guerra” (esto último es idea de Platón). Y, aunque mi existencia no es un puzzle genuino, todavía me siento capaz de desechar unas piezas y crear otras nuevas, como pionera de mí misma que soy. 




Rebeca Cagigal, 12 años, una muerte que pudo haberse evitado.

Las imágenes: la primera es de la Nasa. La segunda de un álbum del National Geographic.


26 sept. 2010

¿Dónde está el Límite?



He empezado a ojear los libros del curso que viene y me he detenido en uno, la Historia del Pensamiento Filosófico y Científico. Y la verdad, esto es como dar de comer a un hambriento compulsivo. Me he vuelto a detener en Sócrates -pobre hombre- y en su discípulo Platón -vaya desencanto tenía; y, además, vaya, vaya-. De qué poco me acordaba ya.
El caso es que la vida está plagada de pequeñas historias particulares de las que jamás llegamos a saber nada -no es el caso de éstos dos-, y muchas de ellas tienen sus puntos interesantes, pese a lo anodinas que se nos puedan mostrar.
La vida es sagrada, ni más ni menos porque cada uno de nosotros nunca volverá a estar aquí -ni allá- después de... ya sabéis. No voy a ser exclusivista de lo humano, por lo menos al principio, de modo que incluyo a otros seres que me deleitan con su lealtad y compañía, con su serenidad, con su elegancia y precisión, o con su rara y sencilla belleza: ninguno de éstos volverá a estar aquí, aunque los sustituya con otros hermosos ejemplares.
Tampoco la Tierra que pisamos fue como ahora la vemos, aunque, aquéllas otras -Tierra- que ha ido siendo el planeta a lo largo del tiempo, en cambio, sí están aquí, y la Geología nos las muestra; el proyecto que esboza sus posibilidades continúa activo: una de ellas es la vida. 

Desde el punto de vista de la vida, ella en sí misma es un proyecto repleto de posibilidades; cada ser vivo es una de esas posibilidades, que a su vez encierra un proyecto propio con sus distintas posibilidades. Por todo ello, cada pérdida prematura es irreparable. Esto lo digo por Sócrates y por todos los mártires que por voluntad o por azar han caído. Y aquí incluyo cada muerte innecesaria o injusta o evitable, independientemente de la edad del individuo y de la especie.
Me pregunto qué valor damos exactamente a la vida. ¿Un valor moral? Y ¿qué quiere decir eso? ¿Que sólo está relacionado con la muerte? El de la vida es el término más manido que existe... porque, como se usa para tantas cosas... (Insisto en que se debería poder reinventar las palabras).
En torno a la vida y la muerte hay una burocracia tremenda, que las afecta en muchísimos sentidos. ¿Acaso no nos han pedido alguna vez que demostremos que estamos vivos?

Aristóteles hablaba -ya empiezo- del Estado Ideal, como proyecto común para ciudadanos griegos; como a veces patinaba un poco en el chucrut (el hombre tenía sus contradicciones), no entraré en más detalles. Me quedo con el proyecto común y lo traslado -ahora sí- al ámbito humano. Como he dicho, cada ser humano tiene su proyecto de vida con sus posibilidades; los individuos que comparten rasgos se unen a un proyecto común en el que encuentran posibilidades, y establecen sus obligaciones y sus pactos. Cada país o nación hace lo propio. Bien, según Aristóteles, la finalidad de esto es respeto, bienestar, protección, bondad... felicidad. En definitiva, el ser buenos depende de los fines y de nuestra voluntad. Para Aristótles la bondad es una virtud, que se adquiere practicando lo que le es afín para crear un hábito, una costumbre. Esto todo parece muy legítimo, incluso, actual.
Pero la realidad es otra. La costumbre nos está perdiendo: nos hemos acostumbrado a todo; estamos enfundados en un uniforme, un hábito donde se consiente casi todo y está muy lejos de la virtud.

De verdad que me gustaría estar más poética, más soñadora; pero, es que no puedo. Pienso que se es demasiado alegre con la vida y la muerte de puertas para afuera. Y me hiela la sangre el tratamiento que ofrecen al respecto las instituciones estatales, donde pacen todos aquellos cargos, quienes, a cambio de muchísimo dinero, hinchan públicamente sus pelajes cuando hablan en genérico-colectivo de dignidad, vida o muerte. Es todo un negocio de la infelicidad de muchos, a costa de sus dignidades, vidas y muertes. No nos engañemos. Tenemos los ojos tapados por las telarañas de la costumbre de que pasen ciertas cosas, porque nos las presentan como inevitables, cuando no nos las ocultan. Y como parece que actuando uno a uno no se puede hacer nada, nos remitimos a suspirar, protestar unos segundos, alzar los hombros con las palmas extendidas hacia afuera, o darnos la vuelta. ¡Obras son amores! No soy lo que digo sino lo que hago.
Al hilo de lo que soy o dejo de ser, me ha encantado lo que ha dicho hoy el amigo Dédalus en el Alféizar

“El problema no es ser lo que soy 
sino, lo que soy, no serlo bastante". 

(Aplicado, claro está, a la buena gente. Lo digo, porque he hablando de los malos de la película....)

En muchas conversaciones que sostengo con amigos, donde cada uno defiende sus opiniones, siempre hago la misma pregunta: 

¿dónde ponemos el límite? 

Es una pregunta que me hago a mí misma constantemente, cuando pienso sobre algunas cosas e intento justificarlas. Vamos, que es una pregunta obligada.

¿Ante ciertas injusticias, que se llevan a la práctica porque perjudican a uno solo o a pocos individuos, ¿dónde ponemos el límite? para seguir actuando del mismo modo?

Ante el corporatisvismo, que es la forma de solidaridad más despreciable que conozco y mancha el concepto, ¿dónde ponemos el límite?

Desde plantar una lechuga y cazar un conejo para comérmelos, hasta consentir la caza deportiva, la tortura taurina y la explotación sistemática del planeta... ¿dónde ponemos el límite?

Ante el sacrificio negligente, político, bélico, ideológico, colateral... de vidas humanas, ¿dónde está el límite?

Las tentaciones de cerrar los ojos son muchas, se nos pone muy fácil. Las virtudes se ensalzan a bombo y platillo a cualquier hora del día, en cualquier situación; y mis preguntas descienden o ascienden... ya no lo sé, porque se me amontonan: 

¿De verdad hace falta llevar el uniforme?
¿Tan corrompidos estamos?
¿Por qué la honestidad es una amenaza?
Cuando la honestidad se castiga: ¿qué nos queda?
¿Dónde está el límite?
¿Dónde está mi nave?

¿….



El libro que estoy leyendo: Historia del Pensamiento Filosófico y Científico I (Antigüedad y Edad Media). G. Reale y D. Antiseri. Herder.
Las dos imágenes son de Google Imágenes, ¡gracias! (Si alguien se siente molesto, las cambiaré con mucho gusto)


En Memoria de la niña de doce años, Rebeca Cagigal: una muerte anunciada, injusta y, sobre todo, evitable. Un daño colateral.

22 sept. 2010

Presente

Hace pocos días terminé de leer un libro de Stefan Zweig: Castellio contra Calvino. La proximidad de los exámenes de septiembre no me permitió dedicar a su lectura más de treinta minutos diarios, de modo que cada mañana esperaba con ansia el rato de descanso para encontrarme entre sus páginas.
Soy una persona impresionable. Y soy también de ese tipo que cuando hace un descubrimiento sustancioso quiere llevarlo a la práctica enseguida en vez de esperar a mañana; es algo así como tener un circuito eléctrico inerte delante y no poder evitar hacer andar por sus hilos unos cuántos electrones para comprobar cómo funciona.
Pues bien, muy raras veces sucede que no me encuentre señales, mensajes o guiños entre las páginas de los libros que manejo; todos dicen algo concreto que me resulta útil, o queda a la espera en este desván de memoria selectiva para, en el momento oportuno, entrar a caminar por los hilos del circuito particular, el de mi forma de entender la vida.
Acaricio los libros que estoy leyendo, como si acariciase el mundo que quiero; me encariño muchísimo con ellos -porque les late un corazón- incluso cuando los termino; y tardo en colocarlos en la estantería varios días, aunque tampoco tardo en volver a rescatarlos para abrirlos al azar, comprobar que no he sufrido una abducción y que mi afecto hacia cada uno de ellos ha sido algo más que un sencillo amor de verano.
Hoy he repetido el ejercicio con “Castellio contra Calvino”. Lo he sacado de la estantería, he vuelto a acariciarlo, lo he abierto por una página cualquiera y me ha dicho lo siguiente: “Siempre son los contemporáneos los que menos saben de su propia época.” Después de esta frase, que parece más bien una sentencia, continúa así: “Los momentos más importantes escapan, sin que se den cuenta, a su atención, y los verdaderamente decisivos casi nunca encuentran en sus crónicas la debida consideración”.
Entre el sabor general que me quedó del libro, recuerdo algunas ideas, quizá las que más acordes estuvieron con el momento de la lectura; ésta en concreto no la recordaba, y me alegro de haber vuelto a hacer el ejercicio de repaso que en absoluto me aburre.

Al acabar los exámenes se nota una fatiga, como si el cerebro quedara empachado y necesitase vaciarse tras una larga y pesada digestión de información. Pero debe de existir otro sector dentro de él que no se abandona al cansancio intelectual y continúa generando ideas sobre el mundo, la vida y las cosas que suceden; sobre lo que nos rodea, y el modo que tenemos de percibir, sentir y pensar.
Encuentro mucho sentido en la “máxima” de Zweig, tanto como en su explicación siguiente. ¿Será cierto que los momentos más importantes escapan? Esto parece encajar con esas populares ideas que incumben al pasado, acerca de dejar pasar el tiempo que proporciona distanciamiento -perspectiva, objetividad- en un asunto que nos afecta; o ésa que afirma que no se sabe lo que se tiene hasta que se pierde; o aquélla otra sobre que cualquier tiempo pasado siempre fue mejor.

Pertenezco a la generación del Desencanto, una época de principios de los Ochenta. Pero he comprobado que las “épocas”, a medida que pasa el tiempo, van perdiendo distancia y los desencantos se van acercando entre sí, se van uniendo, casi solapándose. Puede que se trate de una percepción natural cuando llegas a una edad en la que tienes más pasado que futuro. El presente, es decir, lo que acontece, que es la base de nuestro desarrollo, cuando desagrada nos obliga a sobrevivir aferrados casi exclusivamente a unos pocos principios personales, a las múltiples dudas y a un puñado de sueños que, teóricamente, arreglarán el mundo;  y de este modo, tal como sucedía a Castellio, la moral personal liberadora llega a constituirse en un sacrificio material de todo aquello que ha estado proporcionando bienestar. Reconozco que hace falta muchísimo valor.

Me afectó aquel Desencanto. Y me pescó demasiado joven; por ésto, quizá, a partir de ese momento mi vida se condujo con más aporte de imaginación que de normas, y me convertí en una anarquista espiritual, portadora de un escudo de carne y hueso, con espada de ideas y sueños. Con el paso de los años, la anarquía espiritual se ha ido extendiendo y adquiriendo otros matices, materializándose, hasta quedar plasmada en un sentimiento de permanente conflicto con las instituciones, con la autoridad, algo que también sucedía al lúcido físico, Richard P. Feynman, con quien me satisface enormemente coincidir.
Por todo ello, quizá también, el desencanto sigue acudiendo alguna noche bajo mi almohada y me inocula un poco más de melancolía.


En memoria de la niña de doce años, Rebeca Cagigal, una muerte anunciada, prematura y, sobre todo, evitable e injusta, que ha quedado catalogada fríamente, como un “simple daño colateral".

El libro: de Acantilado, "Castiello contra Calvino, Conciencia contra Violencia.
La imagen procede de Google Imágenes y en ella aparece una dirección web.

8 ago. 2010

Linterna en mano, hacia el futuro.


Esto del pensar suele sorprender en soledad y transcurrir en los silencios. Una se lleva puesta durante un tiempo y a veces encuentra repeticiones; y hay que aprender a distinguir cuándo esas repeticiones suceden espontáneamente y cuándo las atraemos nosotros mismos, las tomamos como frutos de las nostalgias o de otras cosas que nos acechan. Pienso que sucede de todo.
Es curioso lo que se nos ocurre. Por ejemplo. Los estados de ánimo son como los sabores; pero, en vez de depender de las condiciones del gusto o el olfato en cada momento, ellos lo hacen desde el estado del corazón. Así que cuando vivimos un suceso, dependemos de la satisfacción o la amargura que guardamos en él. Me gusta la idea. Porque, independientemente del punto de bienestar que yo tenga, vivir las mismas cosas -o saborear el mismo helado de chocolate- desde distintas formas de percepción me proporciona una sensación de variedad por dentro, como si al pensamiento le crecieran nuevas ramas con rutas diferentes.
Pero compartir las ideas tiene su punto: es como encontrar una ubicación satisfactoria a un mueble que trota por la casa, aunque sea de modo provisional. Provisional, ¡cómo me gusta esta palabra! Durante muchos años me sentí de paso en cada sitio donde vivía. Lo mismo que ahora; si hay raíces aquí, no las encuentro. Llegado un determinado momento, siempre he querido irme; qué sensación más cálida.
A propósito de compartir. Precisamente, hace unos pocos días hablaba con mi hija mayor de esto de las repeticiones que se producen en la vida, de la inercia, de la costumbre y de los problemas de la experiencia. Porque la experiencia puede ser un arma de doble filo, si no se revisa a diario. Y la niña, que ha estudiado física, cuando le explicaba que me sentía distinta cada día, y que afrontaba las cosas desde ese punto de vista, me dijo: física cuántica, mamá; la variable eres tú. Esto me parece que  dijo. ¡¡¡Yuúupyyy!!! Qué alegría sentí al comprobar una vez más que la física me entiende. Y, entonces, salió a relucir la maravillosa incertidumbre, la evaluación contínua y la revisión de la experiencia, esas pequeñas cosas que tengo presentes en mis oraciones de reflexión diarias.

Un pensamiento optimista:
“No he conseguido enderezar el mundo, vencer a la necedad y a la maldad, devolver a los hombres la dignidad y la justicia, pero por lo menos gané un torneo de ping-pong en Niza en 1932, y cada mañana me sigo tumbando para hacer mis doce abdominales, así que no hay por qué descorazonarse”.


Pensamiento optimista: de Romain Gary; La Promesa del Alba; Mondadori 1997.
Fotografía: de la Nasa

3 jul. 2010

Recién Nacida




Recuerdo la época en la que era peligroso hablar abiertamente sobre lo que uno pensaba: las ideas esperaron pacientemente ocultas, entre un desorden impecable, como tesoros de infancia. Tras una época de transición vino otra durante la que se podía hablar, y las ideas brotaron con coraje y surtieron sus efectos. Hoy, hablar claramente ya no produce efectos, y las ideas van cayendo como hojas condenadas a un lecho de otoño: aunque bellas, están muriendo. Ahora, no pasa nada. Y no pasa nada. Vemos pasar la vida con sus acontecimientos, tomamos el pulso a las opiniones y, efectivamente, desde hace mucho tiempo fluyen las quejas sobre la deshumanización y denuncias de todo tipo, se alzan montañas de ideas, ilusiones y esperanzas que se ven desde todas partes, y no pasa nada, sobre todo, porque, es cierto, no pasa nada. Únicamente parece que pasa, lo que nos sucede a cada uno; y en contadas ocasiones ciertos acontecimientos rebasan ese límite, a veces llegando a la prensa donde se desmadran a lo grande y pronto desaparecen. Porque las heridas que transporta el tiempo se van perdiendo en el olvido, incluso en nosotros mismos... Me siento enemistada con la humanidad; me divorciaría de ella sin dudarlo, para alejarme de sus consignas, que son como anclas, y que tanto le cuesta cumplir, porque el terreno firme por el que cree transitar la está devorando. Lo que sabemos ahora, que es mucho, es el fruto de anteriores ignorancias; pero, ¿por qué seguimos precipitándonos al vacío de la insatisfacción? No sé si quiero conocer la respuesta. Para consolarme pienso en que una respuesta es lo queda conmigo tras el vuelo que emprende una duda que me estuvo cuidando, acompañando y quemando, y, al partir, me ha dejado huérfana. No quiero respuestas sino incógnitas encendidas. Necesito que la humanidad me sorprenda gratamente. Regreso por el túnel del tiempo para encontrarme con ella, para reconciliarme, allí, cuando nos unían las mismas necesidades. Me fascina su peculiar forma de dar de sí, un maravilloso préstamo del universo. Y en este instante, cuando me dominan los pretéritos temporales, la humanidad tira de mí con el idealismo apasionado que nutre su larga mesa. Me dejo engañar una vez más, quizá haga una tontería, y vuelvo a la lucha, aunque no me conformaré con recoger las migas de esperanza que arroja desde el mantel a los corazones hambrientos. 
Después de todo, no puedo evitar mirarla... y devolverle un gesto de ternura. Como recién nacida, a la humanidad, todavía la quiero.

Imagen :Google (Flodeo)

28 jun. 2010

Adivinanza


 Es una burbuja
que disorsiona el espacio de lo que hoy he vivido.
 Un niño que juega a que me oiga y sienta,
y que me sigue hasta donde triunfa lo desconocido.
 Una nube que dirige el silencio rumbo a la ficción.
 Pero, cuando desparece,
las horas que ha ido dejando
han ardido sin un propósito.

20 jun. 2010

Contradicciones


Ciertos expertos no vacilan en afirmar que el ser humano es contradictorio; y parece que dejan ahí tan categórica afirmación, como dando a entender que forma parte de la naturaleza humana e, incluso, que es bueno. El caso es que esta idea rebota una y otra vez en mi cabeza sin encontrar lugar donde colocarse, tal y como me suele suceder con las verdades incuestionables que desde el principio de nuestros días se nos han venido sirviendo. Vamos a ver. Cuando empieza nuestro proceso de domesticación en edad temprana se nos inculcan unos valores -al principio sólo son palabras para nombrar nuestros actos-  que debemos llevar a la práctica una vez son impuestos y sin entrenamiento previo. Atención, a partir de aquí empezamos a decir adiós al modelo instintivo. Bondad y verdad son de los primeros nombres que nos tatúan.
Yo fui una niña rebelde y me trajo muchos problemas. Como mujer de una época en sepia me tocó observar y callar mucho más de lo deseable, gracias a lo cual pude mirar la vida desde la barrera y me percaté de muchos fenómenos que sucedían a mi alrededor. Me di cuenta, fundamentalmente, de que no había coherencia, solo verdades consuetudinarias, incuestionables e inviolables. Por fortuna crecí junto a la costa, en un lugar atestado de turismo extranjero; y con mis dotes observantes pude sacar algunas conclusiones, como que no todo el mundo es o actúa como se nos decía entonces.  El mundo era mucho más que la España en Sepia que yo conocía. Afortunadamente, insisto.
 A medida que fue pasando el tiempo comprobé que los potenciales alcances de la bondad y la verdad estaban muy limitados. Pero, si quería sobrevivir, efectivamente, tenía que aprender a manejar ambos conceptos y sus contrarios, combinándolos con mucha precaución, con astucia.
Me di cuenta de que desde el más humilde rincón hasta las más altas esferas, excepto en las películas, solían triunfar los malosos, o los mentirosos, aunque fueran descubiertos muchas veces. Con este juego, lo que sucedía es que vivía siempre con cargo de conciencia, porque estaba a caballo entre dos formas de actuar, una teórica y otra práctica, y no resultaba fácil. Cuando estuve en posición de dirigir mi vida, decidí abandonar el juego, me alejé del mundanal y me recluí en un faro. Digamos que opté por intentar experimentar con la honestidad lo más en solitario posible -como los vicios- al menos conmigo misma y con los míos.
Así las cosas, como animales de costumbre que somos, a lo largo del tiempo me he ido dado cuenta de que poner en práctica este tipo de astucia origina hábitos que se extienden por otros muchos ámbitos de la vida, dejándonos instalados abiertamente en este sistema de contradicciones que ya parece estar elevándose al altar de lo propiamente humano.
Si se premia abiertamente la mentira, la verdad o la honestidad serán las grandes proscritas de nuestra civilización. Desde la nave imagino con horror el día en que ambas formarán parte de nuestro registro arqueológico, y serán exhibidas en un museo como ingenuas rarezas de nuestro primitivismo que dificultaban las posibilidades de supervivencia.


Dentro de nosotros existe algo que no tiene nombre y eso es lo que realmente somos.

(José Saramago)

14 jun. 2010

La Joya


Hacía tiempo que no me asomaba a esta ventana. He estado muy atareada con los estudios... y con otros problemas que, de momento, no tienen fecha de caducidad como los exámenes.
En los pocos ratos que me han quedado libres durante estos meses -que han sido muy pocos- he estado bajo la influencia y la meditación de las actividades que desarrollaba, tanto de los estudios como de los problemas. Resulta curioso observar cómo nuestro sistema mental va recolectando datos del enorme sembrado de la vida, los va incorporando a nuestra cotidianeidad y sin consentimiento. Esto, desde un punto de vista general, puede parecer maravilloso; pero no me lo parece tanto cuando aplico la lupa y pienso en ello desde las particularidades, ésas que van elaborando la joya de las experiencias de cada uno, donde cada repujado y filigrana que añadimos son una experiencia personal.
Vivimos en un mundo donde los individuos están bajo sospecha respecto a los poderes correspondientes: mientras los primeros tienen que justificar documentalmente cuanto afirman soñar, hacer o sentir, los segundos están exentos. Además, somos bombardeados a diario por un sin fin de opiniones inútiles y estúpidas que, de tanto de escuchar, acabamos por encontrar alguna “menos tonta”, ésta que nos acaba convenciendo y al final calificamos como “razonable”.
Decididamente, somos altamente influenciables, y peligrosos
Estoy pensando que no hay mucha exactitud en la expresión "somos un cúmulo de experiencias". Diría que somos un cúmulo de influencias que se van filtrando en nuestro organismo, circulan por nuestras venas y se depositan en nuestra mente. Me abruma lo influenciables que somos, me asusta. Como digo muchas veces, desde que nacemos nos guían hacia los gustos, los pensamientos y los sentimientos, todos comunes y corrientes. Mientras se nos coloca este uniforme social y moral se nos dice que cada individuo es único e irrepetible.
A nivel cósmico todos los seres vivos somos iguales. Y en el planetario todos somos hermanos; pero cuando cojo la lupa, observo que esto último no se cumple. En la práctica hay categorías de seres vivos y también de seres humanos. La mentira y la incoherencia parecen presidir en el país de la vida.
Hace unos días leí un estudio que afirma que los niños que mienten tienen más posibilidades éxito. Ya sé, ya sé: la mentira y el engaño son la base de la supervivencia. Es cierto; la pesca y la caza son un engaño que nos proporcionan alimento. También seducir a otro con promesas falsas preserva la especie, o se consiguen otros propósitos. La naturaleza se sirve de todo y desde este punto de vista sus mecanismos son legítimos. Sin embargo, veo que se produce un choque cuando aparece el modo de razonar humano que, a pesar de elaborar el común acuerdo y las convenciones, como una especie de uniformación ambiental, se muestra opuesto a cumplir con sus preceptos, recurriendo a la mentira y al engaño sin que estén involucrados objetivos de supervivencia naturales. La justicia no es un fundamento natural sino un invento de la razón humana; por desgracia, el hacer humano apenas vela por ella.
Tengo amigos muy jóvenes y lo que más valoro en ellos es su desinformación: su desconocimiento, su inocencia; la genialidad que aportan al pensar el mundo sin la “experiencia”, es decir, sin la suficiente -todavía- influencia del mundo. Alguno está a punto de entrar en la universidad y otros ya llevan dos o tres años; ahí están labrando los bancales de sus futuros, de los que recogerán la mayor parte de sus influencias.
Adoro sus capacidades de asombro, sus modos de cuestionar el mundo y a sí mismos. Aunque, me entristece pensar en los riesgos que correrán cuando empiecen la travesía: temo que se les arrebate la identidad y queden prisioneros de esa “experiencia” que hoy llamo influencia.
Sufro porque pueden quedar atrapados por el uniforme de la mentira y del sentido común, en el tiempo cuando una idea de entre muchas, la menos tonta, les parecerá razonable. Y esto lo digo por experiencia. ;)




1 ene. 2010

Historia de una Locura




Hemos dado nombre a las flores, emociones a los colores y vemos danzar a la luz, cuando de todo ello y más, la Naturaleza es la que ejecuta la permanente revolución en la que vivimos.
Entre el amanecer del hombre hasta la conquista del espacio existe un lugar donde se cuece una humilde conquista, la propia:
quizá nuestra historia es la de una permanente locura.

¡FELIZ AÑO 2010!