1 dic. 2006

Píldora de Ilusión

A veces sueño despierta y me pinto como alguien que viaja mucho y después escribe sobre lo que ha visto.
Como soy solitaria, pues me sigo pintando así; pero con una naturaleza crítica a cuestas, y teniendo licencia para utilizar el sarcasmo en un intento de cambiar algo en el mundo.
Quizá me añadiría una capa de ironía, en la que encontrase algún consuelo o fuerza para soportar lo absurdo -o lo obtuso- de los acontecimientos que se ofrecen.
Llevaré atadas las manos durante un tiempo, y cuando por fin pueda hablar ya no me quedará demasiado tiempo.
¿Tendré que dar las gracias a la modernidad?, me pregunto antes de dar una nueva pincelada. Y concluyo que la literatura de todos los tiempos ha estado, y está, impregnada por el espíritu de hombres y mujeres que hablan y denuncian con y sin sarcasmo.
Enfundo mi pincel de Historia, pues vistos los resultados –nada ha cambiado o ha cambiado poco- deduzco que la verdad se ha convertido en una pieza de museo.
Me tocaré la cabeza con un sombrero de mordacidad, para que, en ocasiones, mi personaje resulte algo cargante.
En unos años, se morirá y su pluma póstuma regará, con piezas de museo extraídas a golpe de pensamiento de la tosca realidad cotidiana, las conciencias de los lectores.
Mi personaje de ficción será una persona que vive libre, y que encuentra desahogo allí donde puede sacudir el alma alguna vez.
Y durante su vida habrá dicho muchas veces que nada cambia tan rápido como la conciencia individual humana.
Miro detenidamente el cuadro que he pintado y encuentro un mundo que se va tragando la lucidez de sus intelectuales, mientras va marcando un paso más “conveniente”: el de la estupidez. Entonces, suelto el pincel imaginario y dejo de soñarme.

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