11 mar. 2007

Covadonga.

Los textos que presento aquí son dos fragmentos que hacen referencia a la Batalla de Covadonga y están narrados por dos cronistas cuyas versiones no coinciden en absoluto. Traigo, por lo tanto, dos versiones, una musulmana y otra cristiana.
Los cronistas eran personas cultas; pero estaban vinculados con los soberanos que ejercían el poder. Sus relatos, muy a menudo, enaltecen hechos con objetivos diversos, divulgación de las proezas o hazañas de sus monarcas, legitimar su poder, etc., y es necesario incluir en ellos toda suerte de fabulaciones que se alejan completamente de la realidad. Así, cronistas de distinta procedencia, narran una misma realidad de muy diferente forma.
Creo que son dos piezas muy curiosas e interesantes –todavía pueden reportar alguna enseñanza-, que no están exentas de hacer gracia.
Os ruego a todos los que paséis por aquí, que me disculpéis si el post os parece muy extenso.

Primer fragmento.
(…) Cuentan algunos historiadores que el primero que reunió a los fugitivos cristianos en España, después de haberse apoderado de ella los árabes, fue un infiel llamado Pelayo, natural de Asturias (…)
(…) Dice Isa ben Ahmad Al-Razi que en tiempos de Anbasa ben Suhaim Al-Qalbi, se levantó en tierra de Galicia un asno salvaje llamado Pelayo. Desde entonces empezaron los cristianos de Al-Andalus a defender contra los musulmanes las tierras que aún quedaban en su poder, lo que no habían esperado lograr.
Los islamitas, luchando contra los politeístas y forzándoles a emigrar, se habían apoderado de su país hasta llegar a Ariyula, de la tierra de los francos, y habían conquistado Pamplona en Galicia y no había sino quedado la roca donde se refugió el rey llamado Pelayo con trescientos hombres. Los soldados murieron de hambre y no quedaron en su compañía sino treinta hombres y diez mujeres. Y no tenían que comer sino la miel que tomaban de la dejada por las abejas en las hendiduras de la roca. La situación de los musulmanes llegó a ser penosa, y al cabo los despreciaron, diciendo: “Treinta asnos salvajes, ¿qué daño pueden hacernos?
En el año 133 murió Pelayo y reinó su hijo Favila. El reinado de Pelayo duró diecinueve años y el de su hijo dos. Después de ambos reinó Alfonso, hijo de Pedro, abuelo de los Banu Alfonso, que consiguieron prolongar su reinado hasta hoy y se apoderaron de los que los musulmanes habían tomado (…).
AL-MAQQART: Kitab Nafh al-Tib.

Segundo fragmento.
Pelagio dijo: “Cristo es nuestra esperanza; que por este pequeño montículo que ves sea España salvada y reparado el ejército de los godos (…) confiado en la misericordia de Jesucristo, desprecio esa multitud y no temo el combate con que nos amenazas. Tenemos por abogado cerca del Padre a nuestro Señor Jesucristo, que puede librarnos de esos paganos”. El obispo, vuelto al ejército, dijo: “Acercaos y pelead. Ya habéis oído cómo me ha respondido (…)”
Por su parte ahora el ya predicho Alcamam mandó comenzar el combate y los soldados tomaron armas. Se levantaron los fundíbulos, se prepararon hondas, brillaron las espadas, se encresparon las lanzas e incesantemente se lanzaron saetas. Pero al punto se mostraban las magnificencias del Señor: las piedras que salían de los fundíbulos y llegaban a la casa de la Santa Virgen María, que estaba dentro de la cueva, se volvían contra los que las disparaban y mataban a los caldeos. Y como Dios no necesita las lanzas, sino que da la palma de la victoria a quien quiere, los cristianos salieron de la cueva para luchar con los caldeos; emprendieron éstos la fuga, se dividieron en dos destacamentos, y allí mismo (…) murieron ciento veinticinco caldeos.
Los sesenta y tres mil restantes subieron a la cumbre del monte Auseva y por el lugar llamado Amuela descendieron a la Liébana. Pero ni éstos escaparon a la venganza del Señor; cuando atravesaban por la cima del monte, que está a orillas del río llamado Deva (…) se cumplió el juicio del Señor; el monte, desgajándose de sus cimientos, arrojó al río los sesenta y tres mil caldeos y los aplastó a todos (…)
Crónica de Alfonso III (versión rotense)
Edición de A. Ubieto, Valencia, 1971.

Lo cierto es que, tras el análisis de los historiadores, las nieblas se disipan. ¿La verdad?, puede que nunca se esté seguro de ella, pero todo apunta a que la realidad fue muy distinta. Covadonga no tuvo nada que ver con los ideales de unidad y defensa del cirstianismo; fue obra de tribus poco romanizadas que defendieron su modo de vida y su organización social.
Estoy segura de que sabréis apreciarlas y habréis disfrutado de estas letras tanto como yo.

Saludos desde la Enterprise.

1 comentario:

El Enigma dijo...

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