22 sept. 2010

Presente

Hace pocos días terminé de leer un libro de Stefan Zweig: Castellio contra Calvino. La proximidad de los exámenes de septiembre no me permitió dedicar a su lectura más de treinta minutos diarios, de modo que cada mañana esperaba con ansia el rato de descanso para encontrarme entre sus páginas.
Soy una persona impresionable. Y soy también de ese tipo que cuando hace un descubrimiento sustancioso quiere llevarlo a la práctica enseguida en vez de esperar a mañana; es algo así como tener un circuito eléctrico inerte delante y no poder evitar hacer andar por sus hilos unos cuántos electrones para comprobar cómo funciona.
Pues bien, muy raras veces sucede que no me encuentre señales, mensajes o guiños entre las páginas de los libros que manejo; todos dicen algo concreto que me resulta útil, o queda a la espera en este desván de memoria selectiva para, en el momento oportuno, entrar a caminar por los hilos del circuito particular, el de mi forma de entender la vida.
Acaricio los libros que estoy leyendo, como si acariciase el mundo que quiero; me encariño muchísimo con ellos -porque les late un corazón- incluso cuando los termino; y tardo en colocarlos en la estantería varios días, aunque tampoco tardo en volver a rescatarlos para abrirlos al azar, comprobar que no he sufrido una abducción y que mi afecto hacia cada uno de ellos ha sido algo más que un sencillo amor de verano.
Hoy he repetido el ejercicio con “Castellio contra Calvino”. Lo he sacado de la estantería, he vuelto a acariciarlo, lo he abierto por una página cualquiera y me ha dicho lo siguiente: “Siempre son los contemporáneos los que menos saben de su propia época.” Después de esta frase, que parece más bien una sentencia, continúa así: “Los momentos más importantes escapan, sin que se den cuenta, a su atención, y los verdaderamente decisivos casi nunca encuentran en sus crónicas la debida consideración”.
Entre el sabor general que me quedó del libro, recuerdo algunas ideas, quizá las que más acordes estuvieron con el momento de la lectura; ésta en concreto no la recordaba, y me alegro de haber vuelto a hacer el ejercicio de repaso que en absoluto me aburre.

Al acabar los exámenes se nota una fatiga, como si el cerebro quedara empachado y necesitase vaciarse tras una larga y pesada digestión de información. Pero debe de existir otro sector dentro de él que no se abandona al cansancio intelectual y continúa generando ideas sobre el mundo, la vida y las cosas que suceden; sobre lo que nos rodea, y el modo que tenemos de percibir, sentir y pensar.
Encuentro mucho sentido en la “máxima” de Zweig, tanto como en su explicación siguiente. ¿Será cierto que los momentos más importantes escapan? Esto parece encajar con esas populares ideas que incumben al pasado, acerca de dejar pasar el tiempo que proporciona distanciamiento -perspectiva, objetividad- en un asunto que nos afecta; o ésa que afirma que no se sabe lo que se tiene hasta que se pierde; o aquélla otra sobre que cualquier tiempo pasado siempre fue mejor.

Pertenezco a la generación del Desencanto, una época de principios de los Ochenta. Pero he comprobado que las “épocas”, a medida que pasa el tiempo, van perdiendo distancia y los desencantos se van acercando entre sí, se van uniendo, casi solapándose. Puede que se trate de una percepción natural cuando llegas a una edad en la que tienes más pasado que futuro. El presente, es decir, lo que acontece, que es la base de nuestro desarrollo, cuando desagrada nos obliga a sobrevivir aferrados casi exclusivamente a unos pocos principios personales, a las múltiples dudas y a un puñado de sueños que, teóricamente, arreglarán el mundo;  y de este modo, tal como sucedía a Castellio, la moral personal liberadora llega a constituirse en un sacrificio material de todo aquello que ha estado proporcionando bienestar. Reconozco que hace falta muchísimo valor.

Me afectó aquel Desencanto. Y me pescó demasiado joven; por ésto, quizá, a partir de ese momento mi vida se condujo con más aporte de imaginación que de normas, y me convertí en una anarquista espiritual, portadora de un escudo de carne y hueso, con espada de ideas y sueños. Con el paso de los años, la anarquía espiritual se ha ido extendiendo y adquiriendo otros matices, materializándose, hasta quedar plasmada en un sentimiento de permanente conflicto con las instituciones, con la autoridad, algo que también sucedía al lúcido físico, Richard P. Feynman, con quien me satisface enormemente coincidir.
Por todo ello, quizá también, el desencanto sigue acudiendo alguna noche bajo mi almohada y me inocula un poco más de melancolía.


En memoria de la niña de doce años, Rebeca Cagigal, una muerte anunciada, prematura y, sobre todo, evitable e injusta, que ha quedado catalogada fríamente, como un “simple daño colateral".

El libro: de Acantilado, "Castiello contra Calvino, Conciencia contra Violencia.
La imagen procede de Google Imágenes y en ella aparece una dirección web.

5 comentarios:

Ana Tapadas dijo...

Querida Hipatia,
pelo que escreves aqui é forçoso que também leia o livro que te impressionou e gerou este excelente post.
Beijo

Far dijo...

Es éste uno de los blogs más interesantes que he encontrado en la blogosfera(valga un poco la redundancia). Para empezar, me gusta el nombre escogido.Dice mucho o lo dice todo.
Creo que lo seguiré con interés.

Mateo dijo...

Efectivamente, como dice Far, es éste uno de los blogs más interesantes que conozco... DE profundas reflexiones y de cuidada estética...y no me pasaré en los piropos, jejejje, Hipatia.
Demasiadas coincidencias...la relación con los libros, el desencanto, ese vacío que notaba tras los exámenes...me has hecho pensar y desear leer ese libro.
Me ha encantado tu visión en "presente de indicativo", me hiciste recordar el pretérito pluscuamperfecto y temer el futuro incierto.
Un abrazo

Erato dijo...

Eres grande farera de my heart.Te lo dije una vez y lo repito, tienes un coco y una forma de ver la vida prodigiosas.Un besillo y un soplo desde el sur que se lleve la melancolía.

Goathemala dijo...

¿Y ese desencanto no te lleva cerca del nihilismo? Algunas veces creo que lo bordeo y me exaspera saberlo. Creo que los que vivimos esos 80 con un paro tan enorme o más que ahora, ETA matando a docenas, la democracia tambaleándose, Europa tan lejos y tan cerca nuestros miedos como pueblo, quedamos marcados.

Hace años le preguntaron a un experto en vestuario cinematográfico los fallos que se encontraban en tales o cuales películas. El hombre resaltaba que donde había más era curiosamente en el presente, en películas contemporáneas. Te digo esto para corroborar la cita que traes como ejemplo.

Reafirmo lo trascendente de tu espacio, es admirable.

Un abrazo.