19 abr. 2007

El Niño de Taung

En el año 1924, el joven científico Raymond Dart se abrochaba los botones de la camisa, con la mente apuntando hacia otra parte. Su mujer, Dora, le apremiaba: era el padrino de la boda que se celebraba en su casa y no podía dormirse.
El novio ya había llegado y la novia no tardaría en hacerlo. Pero el padrino continuaba en las nubes. Si lo que estaba pensando se confirmaba, su intuición alcanzaría de lleno en el centro de la diana.
Cultivando una pasión durante años, llegado el momento, se hace posible recoger una hermosa cosecha. Aunque, en esta ocasión, el corazón de Raymond había encontrado un atajo, gracias a la casualidad. Oyó la campana de la puerta principal. Se apresuró a colocarse la chaqueta y, sin dudar un instante, se precipitó escaleras abajo. Al llegar al recibidor se detuvo bruscamente ante dos horribles y voluminosas cajas de madera tosca y sin pintar. Dora no cesaba de dar vueltas. Al verlo paralizado ante las cajas le reprochó la pérdida de tiempo, tan escaso en aquel momento. Tenía que terminar de arreglarse para la ceremonia; de ninguna manera abriría las cajas.
Pero el científico llevaba semanas esperándolas y no podía resistirse. En cuanto su mujer desapareció se abalanzó sobre la primera. Como un fugitivo, volvió la mirada hacia todos los lados; realmente se sentía luchando contra todo. Levantó fácilmente la tapa y… se llevó una decepción. Agobiado por la excitación y por la inquietante falta de tiempo abrió la segunda caja. En su interior encontró, entre un grupo de enormes piedras, dos piezas de incalculable valor: la parte posterior de un cráneo y el molde de un pequeño cerebro, el cual encajaba perfectamente en la primera.
Sus informadores le habían sugerido que ambas piezas pertenecían a un simio corriente, un babuino. Sin embargo, Raymond, al ser informado sobre sus características albergó ciertas dudas. Tenía amplios conocimientos de anatomía; con el material delante se daba cuenta de que no era cierto. Sus sospechas se confirmaron. La reproducción que tenía ante sí era de mayor tamaño que el cerebro de un babuino; además, mostraba características humanas. Rompió en una sonora carcajada: otra casualidad había hecho que recibiera un tesoro, vestido de gala. Durante unos pocos segundos se sintió inmune a sí mismo: la eternidad estaba ante sus ojos, entre sus manos.
Unos tirones en la manga le hicieron volver a la realidad: la novia estaba esperándole.

El científico estaba absolutamente seguro de que se trataba de un antecesor muy primitivo de la humanidad y propuso un nombre para el ejemplar fósil: Australopithecus Africanus. Mientras que por la prensa fue bautizado como El Niño de Taung.
El informe que presentó Dart fue criticado inmediatamente. Se lo tachó de joven entusiasta y fue acusado de precipitación. Los paleo-antropólogos británicos afirmaron que los rasgos faciales infantiles son notablemente más suaves que los de un ejemplar adulto. Únicamente, se defendió la posibilidad de que se tratase de un fósil de gorila o chimpancé; pero en ningún caso se admitió que fuera un antepasado remoto del hombre.
Entre tanto, un magnífico fósil de Homo Erectus -El Hombre de Pekín- se llevaba todo el protagonismo.
La fama del Niño de Taung naufragó en el olvido. Raymond, desbordado por las críticas, abandonó definitivamente la búsqueda de fósiles.
Durante las dos décadas siguientes, en otro yacimiento africano, fueron apareciendo restos de otros ejemplares de Australopithecus Africanus, que rescataron al Niño de Taung del hundimiento. La comunidad científica se vio obligada a reconocer las certezas del trabajo de Raymond Dart; con ello recibió todo el reconocimiento que le había sido arrebatado hasta el momento.
El científico manifestó el alto precio que había pagado por su hallazgo, afirmando:
No es bueno ir por delante cuando se va a estar solo.


Raymond Dart: (1893-1988)


VER MÁS


9 comentarios:

Dani Moscugat dijo...

Gracias por rescatar esta pequeña historia de entramado ciertamente melancólico y de cierta tristeza. En efecto, no es bueno ir por delante cuando se va solo; menos aún cuando los que van detrás intentan alargar el pie para trastabillarnos... he tenido esa sensación en tiempos pretéritos cuando mi entusiasmo por escribir era desbordante, pero las zancadillas de la envidia dan al traste con demasiada asiduidad todo aquello que nos mantiene erguidos y alimentado por los sueños. A todos nos queda la esperanza de esta parabola de la vida real. También a ti, mi querida Condesa de Antaria.
Saludos moscugaéticos.

Galatea dijo...

Hola Hipatia,

Me encanta cómo logras transmitir lo que sentía el protagonista, es como si fuera yo misma la que estaba observando el fósil y mirando al pasado.

Es muy triste que que abandonara su trabajo por culpa de las críticas; habría sido una aportación excepcional a la investigación. Menos mal que llegó a ver lo que había descubierto.

Muchísimas gracias por tus letras y la lección.

Un abrazo infinito

Dédalus dijo...

Qué bien, un poco de luz sobre la memoria de un adelantado a su tiempo. La historia nos ha venido demostrando que los primeros en hablar, hallar, descubrir... siempre han sido maltratados por sus coetáneos. Todos conocemos los casos de Giordano bruno, el de Galileo (que en su lecho de muerte dijo: eppur si muove), y otros.
Me has recordado, Hipatia, aquella frase de Jonathan Swift que John K. Toole rescató para dar título a su inolvidable libro: "Cada vez que en el mundo aparece un genio, se le puede reconocer por este signo: Todos los necios se conjuran contra él".

Un beso de alguien que geográficamente está bien cerca de ti.

modes amestoy dijo...

es algo triste la reflexión final, pero cierta como la vida misma.
Gracias por tu visita.
Un abrazo

Art Pepper dijo...

Que paso por aqui y me gusta leerte, gracias por mostrar tus letras en esta red que une tantas sonfonías.

FRAC dijo...

Cierto, tan cierto como que la historia se repite una y otra vez sin remedio, y si nada cambia seguirá igual. Los hallazgos, descubrimientos, adelantos, en definitiva las vanguardias, no son bien aceptadas por incomprendidas.
La falta de aprecio de los propios colegas es la menos aceptable. No tiene perdón porque cierra las compuertas necesarias para que las ideas circulen por los cauces adecuados. Todo descubrimiento debería ser interpretado primero por la comunidad a la que pertenece, y presentado después a la sociedad en general.
En fin, la vida tiene estas cosas...


Hipatia,
En mis visitas a tu blog había visto la imagen del faro, pero nunca llegué a relacionarla con la profesión de farera.

¿Cómo es la biblioteca de una nave espacial?
.

Marta dijo...

Hola Hipatia,

Aqui terrícola sin mutar, cerca del Mediterráneo, con su dosis semanal de chocolate a la taza, en pleno dia de Sant Jordi, y trabajando que es gerundio.

Muy interesante tu relato y el personaje. Lo más curioso es como has montado el texto, mezclando la ciencia y la vida personal. ¡¡¡MIra que hacer de padrino de boda en medio de cabilaciones prehistóricas!!!. La ciencia y el ser humano tienen en demasiadas ocasiones, falta de reconocimiento y Raymond Dart fue un caso más. También es verdad que vale más tarde que nunca, pero cuando es tarde ya no tiene gracia.

En fin, hasta la próxima y gracias por visitar Cròniques. La exposición es siempre interesante, especialmente porqué no es arte de vanguardia, que en realidad no es arte ni es nada. Decía Julio Camba "que el arte no es sino la profesionalización de la tara psicológica". En tiempos de Velazquez, Tintoretto, Zurbaran, etc.etc, me parece una groseria, pero en el 2007, es de lo más acertado, te lo puedo asegurar. Es lo que hay.

Un beso, espero que estés bien y a disfrutar del dia del libro.

Miguel dijo...

Excelente y sobre todo entretenida esta crónica Hipatia; ese acercamiento de la ciencia a la realidad de lo cotidiano, la cabezonería de la intrepidez, cómo puede llegar a absorber la necesidad de descubrir. Dart y su Niño de Taung, ¿Puede ser importante? ¿No? Lo es ¿verdad? porque la necesidad de saber es muy elevada, pero el trabajo y la capacidad de investigar muy baja. De ahí que el cabezota, el que persigue la luz sobre lo que va sobresaliendo se encuentre solo. Pero luego es esa luz la que todos utilizan más tarde.

Saludos desde la Atlántida, he descubierto la Atalaya de la Sal, en cuanto pueda salir de aquí tendrás noticias marinas frescas y húmedas. :)

Salvador dijo...

Un post precioso.
Saludos desde La bella teoría.