13 dic. 2012

Puramente accidental


Quedaban más de dos horas hasta el amanecer cuando desperté y, entre un pienso y un me dejo llevar, estuve saboreando las últimas sobras de la noche. El frío me retenía bajo las mantas, cuando reparé en el dueño de nuestros actos. Concluí que había de buscar un nuevo dueño; uno más que añadir a los muchos que he ido encontrando a lo largo del tiempo, y que ha resultado ser la mejor forma de continuar con la construcción de mi vida. Si no soy fiel a un perfume concreto, a una flor determinada, a un mismo paisaje o a un sólo autor, ¿por qué habría de ser fiel a un mismo dueño? Ando buscando un nuevo dueño... renovable, no es un cargo a perpetuidad.

La mayor dificultad que he encontrado siempre ha sido la cuestión de la libertad; y suelo hacerme ciertas preguntas, como aquélla de, qué valor de supervivencia encontró la evolución para producir la consciencia; o, cómo sería nuestro mundo si no existieran las creencias; o esa otra como, qué ocurriría con el pensamiento si no surgiesen los problemas. Todas ellas, a mi parecer, relacionadas con la percepción de la libertad. Pero nuestro diseño nos fuerza a luchar por unos deseos que la Naturaleza no siempre ofrece, como la bondad o la paz, por ejemplo, y nuestra existencia se debate entre amarla, protegerla y defendernos de ella, de la Naturaleza, digo. Porque, no nos engañemos por más tiempo, la Naturaleza es nuestra soberana; y para defendernos de sus acciones, hace milenios construimos muros y tejados; cuando comprobamos que éstos resistían quisimos parcelarla en huertas, domesticarla en jardines, acorralarla entre calles y puertos. Por una cuestión de supervivencia. Y para retorcer un poco más la realidad, inventamos civilizaciones. Como producto suyo somos simples accidentes de su dinámica; pero no uno más de entre todos, sino el que se siente más incómodo.

Hoy he vuelto a despertar temprano y he decidido desayunar esos restos de silencio que todavía resisten en el último acto de oscuridad. Me he admirado por la lenta carrera de las primeras luces, que debían sortear toda una gama de accidentes para llegar hasta mí, cuando he vuelto a imaginar que quizá todo lo que nos rodea podrían ser “accidentes” en nuestras vidas: padres, amigos... No es la primera vez que pienso en esto. Cuando parece que todo se reduce a una cuestión de elección, a lo que podemos y no podemos elegir, me hago la siguiente pregunta: ¿y yo?, ¿soy un accidente dentro de mí misma?

En cuanto a las respuestas posibles a esas preguntas encuentro un factor común: la especialización. En la Primera, la respuesta canta por sí sola: supervivencia. En la Segunda, lo mismo. Y en la Tercera es todavía más evidente: el ser humano, desde tiempos prehistóricos, está especializado en encontrar solución a los problemas que le asaltan a cada paso; en términos comunes, nos hemos ido “buscando la vida” –muros y tejados, recordemos-, en la medida de nuestras posibilidades y entre los límites que nos hemos impuesto al encerrarnos entre aquellos otros muros de ignorancia, comodidad y codicia, según cada época. Qué largo ha sido el camino y qué lento y cruel en algunos tramos; la inhumanidad también es un producto humano, es humana. Y respecto a la última pregunta... ya veremos, esto es lo bueno. Ese dinamismo maravilloso, que lo envuelve absolutamente todo, hará que las respuestas a todas las preguntas se transformen constantemente. Siempre encontraré una respuesta dispuesta a modificarse; y en esta lucha ya casi clandestina por sobrevivir, la Naturaleza me muestra que somos obra de nuestra imaginación: ¡qué magníficos regalos!

La especialización, por unas u otras causas, nos acaba deteniendo; porque, sé que lo he dicho muchas veces, si algo funciona, aunque regular o mal, por qué cambiarlo. De modo que interiormente avanzamos mientras nos anclamos a viejos y ya dudosos sistemas. Somos pioneros, incluso de nosotros mismos; que nadie lo ponga en duda... todavía.

¿Quién dice que no tenemos arreglo? Por mi parte, tantas minucias me han forzado a detenerme, como tantas montañas. Parece como si la libertad estableciese un cerco que nos obliga constantemente a luchar por su conquista. ¿Acaso no es éste otro muro en torno a nuestra existencia?

He bebido de este Amanecer hasta sentir el estómago lleno; he percibido el dominio que ejerce, como si encontrase un nuevo dueño, y he volado con la idea de encontrarlo: amable con las nuevas medidas, capaz de doblar estas esquinas, tolerante con el manantial de “accidentes” que son las ensoñaciones.

Fotografía: Nasa

4 comentarios:

PIZARR dijo...

Yo si que acabo de saborear no se si decirte las últimas horas de "mi noche" o las primeras horas de la madrugada, al leer tus magníficas reflexiones de madrugada.

Me ha encantado volver por estas páginas de las que llevaba mil años alejada.

Todo un placer, Hipatia

Un abrazo desde el abandonado mundo de mis sueños

Carz dijo...

Me gustaría discutir contigo por el mero hecho de amamantar la vida-. Jugar a la dialéctica en los "hegels" para que el día se descomponga unos siglos más tarde.

Pero escribió Kundera que esperar unos minutos antes de afrontar el día era algo... que no recuerdo pero que practico siempre (que me dejan).

Solo (mente) enquistado en un programa de radio de la cadena: Ser o no ser (luego lo enuncias).

PS.- (Diría el rimador: quisiera ser minutos en sus manos)

leo dijo...

Qué maravilla leerte, Hipatia. :-)

Miguel Schweiz dijo...

¡Fantástico Hipatia!

Y sí, siempre somos pioneros. No sé porqué le damos tantas vueltas a la existencia que llegamos a perder hasta el significado de la misma, peros siempre lo hacemos, aún cuando desembocamos en ese limbo, por decirle algo.

Una alegría tu retorno a la tierra.