30 oct. 2010

Los versos de Miguel Hernández Inundan la Red

 Hoy se cumplen cien años del nacimiento de Miguel Hernández, poeta al que hemos ido recordando en Internet con numerosas actividades. Hagamos que la red se inunde de versos.




ASTROS MOMIFICADOS Y BRAVÍOS

 Astros momificados y bravíos
sobre cielos de abismos y barrancas
como densas coronas de carlancas
y de erizados pensamientos míos.
Bajo la luz mortal de los estíos,
zancas y uñas se os ponen oriblancas,
y os azuzáis las uñas y las zancas
¡en qué airados y eternos desafíos!
¡Qué dolor vuestro tacto y vuestra vista!
intimidáis los ánimos más fuertes,
anatómicas penas vegetales
Todo es peligro de agresiva arista,
sugerencia de huesos y de muertes,
inminencia de hogueras y de males.


5 oct. 2010

El Desencanto




Hace unos días Goathemala me preguntó en una de las últimas entradas si el Desencanto no me llevaba cerca del nihilismo. Te agradezco mucho la pregunta. Aunque solo sea por tener que buscar palabras y frases nuevas para hablar de ello ya merece la pena; pero lo mejor de todo es volver a repensarlo de nuevo. Tienes razón, me lleva y entro de lleno; ésa es la actitud. Quizá sea una inconsciente, pero pienso que tenemos demasiados límites como para actuar ignorándolos. Y no, no me perturba lo más mínimo.
Si menciono el Desencanto es porque a veces acuden los flashes de sus llamadas desde lo cotidiano. Es un tema que toco con alguna frecuencia, es cierto. De forma involuntaria siempre pienso en él como un bloque, y creo que no podría hacerlo de otra forma: quizá me fuerza a eso el tiempo transcurrido. Sólo soy capaz de definirlo con respecto a cómo lo viví. Porque para mí significó otra oportunidad. Fue un período largo que afectó a un tramo importante de la vida de aquellos que todavía nos estábamos formando: éramos adultos que todavía no se habían instalado en el mundo. Yo, por ejemplo, estaba inmersa en un proyecto tradicional basado en la etapa que empezaba a quedarse atrás; en aquel momento eché al mar un ancla de chica obediente porque necesitaba huir. El proyecto acabó en fracaso y quedé en mar abierto y a la deriva, porque aquéllos que en teoría habían de velar por nosotros no se preocuparon y estuvieron más pendientes de ponerse a cubierto que de las necesidades de un pueblo confuso y alucinado que soportaba el peso de las transformaciones. Quizá a muchos les volvió a visitar el fantasma de la Guerra Civil y de la Postguerra.
Mis recuerdos de esta etapa me son extraños, incluso hostiles. Fue una época difícil, dura, aunque no afectó a todos de igual modo.
Sólo unas pocas veces he creído ser capaz de dar consistencia a alguno de esos recuerdos, lo que considero un gran paso. Después de todo, somos un animal que razona con pasión su defensa, más que la culpa. Quizá también porque sigo huyendo -lo reconozco-, generalizo sobre el Desencanto. Y las referencias que suelo hacer cuando lo menciono (esas pinceladas que ocasionalmente añado a mis textos) son más una pregunta que una respuesta, porque algunas respuestas a veces me producen más respeto que sus correspondientes preguntas.

Durante el Desencanto tuvimos que desprendernos de una fe que se había concretado en muchísimos aspectos de las instituciones, de la sociedad y del individuo; y, en efecto, las expectativas no eran grandes ni la información abundante. Además, durante las transiciones empiezan a circular otros tipos de fe hasta que por fin una de ellas acaba por cuajar. El ánimo general estaba tan enrarecido que el deseo unánime era de paz a cualquier precio. Pero el problema que veo es que cuando se instala una fe -y nos alcanza- mutilamos la capacidad de pensar, quedamos privados de consciencia y perdemos una independencia que afecta a nuestra individualidad. A veces se consigue el sosiego con tamaño sacrificio, pero no es universal y, por lo tanto, tampoco es duradero.

El Desencanto fue el primer punto de partida consciente, que situó el principio del final de una época; y, como digo, me estaba ofreciendo una nueva oportunidad, pues me encontré ante un tiempo vivido que no me perteneció nunca, pese a estar incluida en él. Como no iba a morder el mismo anzuelo otra vez, me resistí a acoger la copia de otra fe -estaba recién pulida- que se nos ofrecía; es decir, la desconfianza me mantuvo al margen. Nadie parecía preocuparse, ni siquiera el mundo parecía esperar algo de mí, luego no sentía la necesidad de corresponder. Así estaba yo e imagino que no era la única. Al principio tuve una regresión y me instalé -sin saberlo- en una especie de cinismo cercano al de los clásicos, para más tarde iniciar una travesía de error y acierto, es decir, una forma de experimentar dando palos de ciego. La Literatura era mi principal fuente de alimento intelectual. Como ya comenté en otro post, fue poco después la Física la que me mostró otras formas pensar, después busqué el apoyo en la Cosmología y más tarde llegaron otras disciplinas. Cuanto más buscaba más me apetecía investigar. (Actualmente le ha llegado el momento a la Historia, y hace su contribución. Siempre hay algo que viene al encuentro, la vida lo hace a cada instante).

Al darme cuenta de lo influenciable que era, y decidir no adherirme a ninguna clase de doctrina, mentalidad o ideología, opté por rescatar deseos anteriores y pelearme con la experiencia acumulada y los hábitos; así prolongaría el espíritu del principiante y haría trampas al tiempo mientras intentaba madurar un poco.
Toda esta peripecia, naturalmente me marcó profundamente. Y el aislamiento me llevó a sentirme muy cómoda entre situaciones que la moral consideraba entonces “enfermedades del alma impía”, como la duda, la incertidumbre... o el nihilismo, por ejemplo. Quizá haya algo de primitivismo en esto.
En la Patrulla Perdida, como a a mí me gusta definirnos a los seres humanos, unos prefieren seguir a un líder que afirma conocer el camino, otros buscan un atajo y otros ven (incluyo el Espacio) inciertos caminos por los que se desvían más o menos en solitario. Todos tienen algo en común, son exploradores del mismo territorio al que están confinados.

Como es lógico, hace 30 años mi limitada formación no me permitía razonar ni expresar nada de esto; sólo seguí una señal que marchaba por delante de mí y, pese a los riesgos y el desconocimiento, la intuición me empujó a seguirla. Pasados estos años, he comprobado que esa señal -ahora menos intuitiva y más racional- está hecha de formas, ideas y sueños que sigo persiguiendo con entusiasmo. Me siento superviviente de una lucha que aún no ha acabado, porque continúo abriéndome un camino por la selva, mientras fabrico ideas y otras herramientas para avanzar entre la maleza; es decir, sigo improvisando. Durante el trayecto llevo a cuestas fragmentos agonizantes de un tiempo tutelar que todavía no puedo soltar, aunque “al morir verán el final de la guerra” (esto último es idea de Platón). Y, aunque mi existencia no es un puzzle genuino, todavía me siento capaz de desechar unas piezas y crear otras nuevas, como pionera de mí misma que soy. 




Rebeca Cagigal, 12 años, una muerte que pudo haberse evitado.

Las imágenes: la primera es de la Nasa. La segunda de un álbum del National Geographic.