Clasificar no es rigor científico, es miedo puro. Es la urgencia de quien intenta numerar las olas para no admitir que el mar le queda grande. El que clasifica no ordena el mundo; se esconde de él. Construye una etiqueta como quien levanta un escudo, porque le aterra la idea de que, sin el rango, él no es más que otro animal bajo la lluvia.
Mira bien al que cruza la frontera. Al que tratan como una anomalía, como un error en el sistema. Hay relatos políticos absolutamente inadmisibles. Por degradantes e inhumanos.
Es mentira.
Ese ser humano que salta el alambre no es un problema de aduanas, es un espejo. Y los espejos no duelen por el cristal, sino por la verdad que te escupen a la cara. Le robamos su historia, su derecho a nombrarse, y lo convertimos en un "perfil", en un "flujo", en folclore para museos aburridos.
Le quitamos lo más sagrado: la dignidad de ser un origen.
No es un accidente.
Al final, ningún pasaporte borra lo que fuimos antes de que alguien inventara las banderas: viajeros en un planeta que no tiene dueño.
Venimos de un viaje más antiguo que cualquier mapa.
Todos, sin excepción, somos polizontes en este trozo de roca.
Así que deja de preguntar de dónde vienen. La única pregunta que no es una farsa es si tienes el valor de reconocer tu propio rostro en el que acaba de llegar por el camino de al lado.
No es falta de luces. Es algo más sucio. Quien insiste en que la vida es clasificación padece la neurosis del que necesita que el extranjero sea ese pariente rudo que llega tarde a la cena.
Y es la misma pulsión que llenó las bodegas de los barcos: fabricar jerarquías para que el olvido sea higiénico y la crueldad parezca, simplemente, orden.
Hay quien piensa que hay cosas que es más prudente no saber.
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