8 jun 2026

Metáfora política

 


Consuelo, no: verdad.


Salvación, no: comprensión.


Respuestas definitivas, no: preguntas más profundas.

El mundo empuja hacia lo contrario: consuelo fácil, salvación barata, respuestas rápidas.


Negarse es un acto de rebeldía silenciosa y constante.



#palestina
#DerechosHumanos
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Otra ración de Racismo




 María Guardiola, arropada por Nacho Cano, abre un chiringuito que, en mi opinión, es racista. De un racismo estructural, epistemológico y cultural, pues naturaliza la superioridad de una cultura sobre otras. Y normaliza la desposesión de historia, de identidad, de dignidad de pueblos legítimos.

Además, se alza con el monopolio de la verdad, asumiendo que solo la mirada europea puede interpretar el pasado. Y despoja a las voces indígenas de su propia narración, de modo que se les priva de expresar críticas al colonialismo si no tienen cabida en el relato oficial.

Y Cano, desde esta plataforma de lanzamiento de Extremestiza, exige a la Presidenta de México que ¡pida perdón a Ayuso! ¡El colmo de la estupidez! ¿Por qué habría de hacerlo?

Y luego tenemos la ficción de la pureza: aunque afirman que no hay pureza racial, el Instituto sí construye una pureza cultural: la ibérica como único referente válido.

La puntilla.

La palabra "mestizaje" suena a apertura, a encuentro, a esa promiscuidad de linajes que hace imposible trazar fronteras limpias entre humanos. Porque en este planeta no existe la pureza racial. Los nativos del siglo XVI eran tan híbridos —de neandertal, denisovano y otros linajes prehistóricos— como los conquistadores. La genética lleva milenios burlándose de quienes pretenden dividir la humanidad en categorías estancas. El mestizaje no es la excepción: es la norma.

Pero en boca de Guardiola, "mestizaje" no funciona como apertura. Funciona como trampa. Nombra el encuentro, pero lo jerarquiza: no hay dos civilizaciones que se crucen en igualdad, sino una que "da" y otra que "recibe". El Instituto no estudiará a los mexicas en sus propios términos —a Tenochtitlán, con sus 300.000 habitantes, su ingeniería hidráulica, sus jardines flotantes, su organización política que asombró a los cronistas españoles—. No colocará a las antiguas culturas americanas en el lugar que su desarrollo merece y que se borró con golpes de espada y Biblia. Existirá para celebrar la "síntesis" inventada por Guardiola y Cano, y por quienes les aplauden, porque siempre tendrá apellido ibérico.

Es un borrado que no cesa, porque permanece. La palabra "mestizaje", así empleada, no ensalza a los nativos: los niega. No reconoce su historia, su progreso, su civilización. Los convierte en masa amorfa que esperaba ser mezclada, completada, elevada. Los entrega, una vez más, a una cultura ajena presentada como regalo.

Y duele, porque los agraviados no son conceptos abstractos: son pueblos; son seres humanos que aún hoy escuchan que su existencia plena comenzó el día que llegó aquel extremeño con espada y cruz. Y todavía, en pleno siglo XXI, tienen que escuchar, desde el país que los sometió, que todo lo suyo previo a Cortés era un "antes" sin valor. Que su sangre solo adquiere dignidad cuando se reconoce como "heredera de España".

Eso no es mestizaje. Es aniquilar su memoria, perpetuar el desprecio. Es el insulto que no cesa, disfrazado ahora con ropajes "académicos" que son racistas.


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#DerechosHumanos
#MemoriaHistorica
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El disparate

 



Extremestiza. El nombrecito ya se las trae.

Nacho Cano dice que "México existe porque está Cortés". Uff... Tanta estupidez —bien pagada— me abruma.

Por su parte, Guardiola utiliza la ignorancia como método; en esto, en nada se diferencia de su homóloga madrileña. Dice que la historia "no puede ser un ajuste de cuentas" y que cada época tiene "sus grandezas y sus contradicciones". Frase cómoda, de esas que suenan a ecuanimidad y sirven para no decir nada. Porque no se trata de ajustar cuentas: se trata de medir con la misma vara. Y esa vara, en el relato de ese Instituto, es pequeña, mediocre y está empapada de una ignorancia que no es inocente.

El disparate no es solo político, es epistemológico: la vieja costumbre de confundir "lo que yo conozco" con "lo que existe", y "lo que yo valoro" con "lo que tiene valor". Una costumbre que ha justificado genocidios, expolios y siglos de dominación, y que hoy, con el mismo mecanismo, pretende venderse como "celebración de la diversidad".

Un Instituto del Mestizaje que no sea capaz de sentarse ante las civilizaciones americanas con humildad y rigor —sin el condicionante de que el resultado final sea el elogio de quien llegó con las espadas— no es un instituto: es un espejo cóncavo. Solo devuelve, agrandada, la imagen de quien lo financia.

Pero la historia no es un espejo cóncavo. Es un espejo de mar que refleja el cielo; un cielo que ha sido testigo de un hecho inapelable: Tenochtitlán existía cuando Cortés llegó. Y existían los mayas, con su escritura y astronomía. Y los incas, con su red de caminos. Existían lenguas, medicinas, arquitecturas, sistemas de escritura. Todo eso existía antes con tal complejidad, que las varas de la ignorancia y de la mala fe no son capaces de medir.


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Disolvente de estupideces


 

Y pienso: ¿y mi querido Neandertal?

Pues viene al rescate de la razón: Neandertal es el disolvente de estupideces.

El Instituto Extremestiza ignora que todos los humanos somos híbridos. Su discurso se basa en una ficción de pureza (la ibérica) que la ciencia desmiente.

He aquí la Ironía: mientras la genética demuestra que el mestizaje es la norma, ellos lo usan para reforzar jerarquías.

#hibridación #mestizaje #neandertal #biología #Extremestiza #estupidez #disolvente


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6 jun 2026

El espejo roto


Al mirar al futuro,
una se encuentra a toda la humanidad devolviendo la mirada.


Llevamos siglos escrutando el cielo con la misma ansiedad del náufrago que busca un barco. Apuntamos radiotelescopios hacia constelaciones remotas, enviamos sondas cargadas de mensajes matemáticos al vacío, calculamos probabilidades de vida en planetas que tardan miles de años en respondernos con silencio. La pregunta recurrente es siempre la misma: ¿hay alguien ahí fuera?

...Y mientras mirábamos arriba, los fósiles llevaban décadas milenios esperando enterrados en una cantera alemana...

El neandertal no llegó de otro sistema solar. Vivió aquí, en este mismo planeta de prestado, encendió fuegos, enterró a sus muertos con flores, cuidó a sus ancianos y enfermos mucho antes de que la ética tuviese nombre. Y lo tratamos de bruto durante un siglo. Le negamos la humanidad con la misma soltura con que hoy negamos la de otros. El mito del primitivo torpe fue nuestro cruel error, que repartíamos a diestro y siniestro como "humano de piel blanca".
Una cómoda proyección para no tener que mirarnos en ese espejo.

Eso es lo que era: un espejo. Y roto; porque el tiempo lo fragmenta todo.

Cuando la genética demostró que llevamos su ADN, que no hubo sustitución sino encuentro, mezcla, continuidad, algo debería haberse removido en el discurso que vertíamos sobre nosotros mismos. La alteridad absoluta —ese "ellos" tan necesario para definirnos— resultó ser una ficción. No había dos "especies" separadas por un abismo infranqueable. Había variación. Había familia, en el sentido más incómodo del término.

La soledad que padecemos no es cósmica. Es moral, más que intelectual o ética. Nos la hemos fabricado nosotros con materiales conocidos: la xenofobia, la aporofobia, el racismo, todas las fobias que vamos acuñando a medida que encontramos nuevas formas de no reconocernos en el otro.
Buscamos vida inteligente a años luz y somos incapaces de reconocer humanidad a pocos metros de distancia. Esa es la paradoja que los fósiles llevan décadas intentando explicarnos.

El espejo roto obliga a que alguien se mire en él y piense: "somos ellos". Eso es nuestro ADN. Un compendio humano. Y no es un consuelo, sino un diagnóstico.

Pero no han hecho falta siglos para repetir el patrón. Nos ha bastado con una orilla.
El Mediterráneo lleva años ejerciendo de fosa común con la paciencia burocrática de quien cumple un trámite. Al otro lado, hombres, mujeres y niños esperan mientras el discurso oficial se ha convertido en un problema estadístico, en presión migratoria, en efecto llamada. El lenguaje administrativo es el heredero directo del lenguaje colonial: primero despojas a alguien de su nombre, luego de su historia, finalmente de su humanidad. Y una vez hecho eso, puedes hacer con ellos lo que quieras sin que te tiemble demasiado el pulso, y a escondidas del resto del mundo.

Llamamos "primitivos" a quienes procedían de continentes que llevaban milenios de civilización cuando Europa todavía no había aprendido a escribir su propio nombre. Los denominamos salvajes —les insultábamos así—, distinguiéndolos de nosotros —"civilizados"— por tener otros dioses, otras casas y otras formas de repartir los bienes del mundo. No eran inferiores: eran distintos. Pero la distinción, para quien necesita justificar el expolio, es un lujo que no puede permitirse.

El mecanismo no ha cambiado. Solo ha actualizado su vocabulario. Hoy habla de "mestizaje", y lo rentabiliza, quien no reconoce la historia de otros, su forma de desarrollo y progreso o su gran civilización. Porque su vara de medir es pequeña y mediocre. La compara con la civilización "blanca", no para ensalzarla sino para volver a negarla y volver a entregarles a traición la nuestra. ¡Qué disparate! Ellos también llevan a neandertal dentro, y no es gracias a nosotros.

Pero hoy el "primitivo", también llega en patera desde el Sahel o desde el Rif. Huye de guerras que en buena parte hemos armado los países desarrollados, los saqueadores; huye de sequías que en buena parte también hemos provocado los países tecnológicamente avanzados; de la pobreza que en buena parte hemos administrado reclamando su adhesión a nuestra religión y a nuestro sistema económico. Lo hemos hecho desde la lejanía y con la conciencia tranquila del que firma documentos. Y cuando al fin llega ese ser humano —si llega—, lo primero que aprendemos es el modo de no mirarlo a los ojos, porque eso es reconocerlo; y reconocerlo es reconocernos.

Ahí está el miedo verdadero. No al otro. A nosotros mismos reflejados en el otro.

El espejo roto sigue ahí, en las costas de Lampedusa, en las vallas de Melilla, en los campamentos donde el tiempo se detiene y las personas no. Fragmento a fragmento, nos devuelve la misma imagen que llevamos siglos sin querer ver: que no hay "ellos".
Nunca los hubo.
El primitivo fuimos siempre nosotros.
Los que miraban y elegimos no reconocer.



#palestinalibreysoberana
#DerechosHumanos
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4 jun 2026

Abducidos

 





Hay guerras que el mundo decide no ver, porque verlas obligaría a mencionarlas, a posicionarse, a abandonar la comodidad del espectador.

Gaza lleva muchos meses siendo una guerra que el mundo occidental mira con los ojos entornados, buscando el ángulo desde el que el exterminio pueda llamarse otra cosa. Legítima defensa. Operación quirúrgica. Daño colateral. El lenguaje trabaja horas extra cuando la conciencia quiere descansar.

Y en ese contexto, en Europa, en España, hay quienes no sólo miran con los ojos entrecerrados sino que aplauden, y a veces lo hacen con el silencio cómplice de quien piensa que esa gente, en el fondo, se lo ha buscado. Porque son musulmanes. Porque son árabes. Porque son, en la taxonomía mental de cierto Occidente, el Otro que debe ser contenido, reducido, eliminado si es preciso, antes de que llegue hasta aquí.

En ese "hasta aquí" está la clave. Porque el miedo no sólo vive en Gaza. El miedo también vive en las calles de Madrid, de Barcelona y de cualquier ciudad española donde alguien grita "España cristiana, no musulmana" con la convicción de estar defendiendo algo. Una herencia. Una identidad. Una civilización amenazada por el hombre que vende fruta en el mercado o reza en una mezquita de extrarradio.

Merece la pena detenerse un momento en ese grito. No para refutarlo con datos demográficos ni con estadísticas de integración, sino para mirarlo de cerca, con la misma atención con que un entomólogo observa un insecto raro. Porque esa "España cristiana" que se defiende con los puños cerrados no es la España de los creyentes —la mayoría de quienes gritan no distinguen Adviento de Cuaresma—, sino una España imaginaria que es un marcador de tribu, una especie de frontera dibujada en el aire para saber quién pertenece y quién sobra.

Llegados a este punto, conviene recordar algo.

En julio de 1936, un general sublevado contra la República necesitó cruzar sus tropas desde Marruecos a la Península. Sin esas tropas, el golpe moriría en días.

El general lo sabía. Buscó aviones, los consiguió de Hitler y Mussolini y cruzó el Estrecho con miles de soldados marroquíes, hombres musulmanes que combatieron, murieron y ganaron una guerra para él. La Guardia Mora del Caudillo no era un detalle folclórico: era el símbolo más elocuente de una deuda que el régimen no ocultó, aunque tampoco lo aireó demasiado. A cambio, Franco mantuvo una relación cordial con el rey de Marruecos durante décadas. El Islam no le pareció un problema cuando era útil. Y hoy, curiosamente, hay quienes añoran a ese hombre, un dictador bajito e indeciso que arrastró a España al ostracismo, a la capilla, y la sometió con el miedo, con el atraso, con la corrupción.

Actualmente, tampoco parece un problema cuando el musulmán es rico. El rey emérito cuya figura todavía es vitoreada, incomprensiblemente, eligió el exilio en un país árabe con mayoría musulmana, donde la Ley islámica es la arquitectura del Estado. Nadie entre sus defensores ha encontrado en eso contradicción alguna.

El Islam de los emires no mancha.

El Islam del inmigrante que duerme en un CIE, sí lo hace.

No es islamofobia, en el sentido estricto del término. Es algo más antiguo y más mezquino: es aporofobia con disfraz religioso. Odio al pobre, al que llega sin nada, al que ocupa espacio en la narrativa de la escasez. Y la religión es el pretexto; la clase, la geografía, la vulnerabilidad son el verdadero criterio de selección.

El exterminio en Gaza y el grito en la calle española beben de la misma fuente: la convicción de que hay vidas que valen menos, que hay pueblos cuya desaparición es, en el mejor caso, lamentable, y en el peor, conveniente.

Es una convicción que no necesita articularse porque opera por debajo del lenguaje, en ese sustrato donde los prejuicios se instalan antes de que la razón tenga ocasión de preguntar nada.

Escribir esto no va a cambiar esa liturgia en quienes la han absorbido. Los textos no suelen convencer a los abducidos. Aunque hay que llamar por su nombre a lo que ocurre, con precisión y sin eufemismos, para que no se instale como normalidad, para que no ocupe el espacio sin encontrar resistencia. Un grano de arena en un desierto no detiene ninguna duna. Pero el viento, a veces, hace su trabajo. Tampoco el náufrago nada hacia ningún horizonte concreto; lo hace para no hundirse. Y eso, mientras dura, es suficiente.



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3 jun 2026

¿Para qué eres ciudadano?

 


Hay una pregunta que las academias, escuelas y colegios eluden con elegancia de burócrata: ¿para qué eres ciudadano?

Sin embargo, la que sí hacen —implícita, persistente, estructural— es otra: ¿para qué trabajas o para qué produces?
Son preguntas distintas, y la diferencia entre ellas es, en buena medida, la diferencia entre democracia y decorado.

El sistema educativo que hemos heredado es un sistema de compartimentos. Matemáticas aquí, Historia allá, Lengua más allá. Como si la realidad obedeciera al mismo principio de orden que un armario perfectamente organizado. Pero la realidad no está dividida en asignaturas: el cambio climático es simultáneamente Ciencia, Política, Ética e Historia; una guerra es Geografía, Economía, Filosofía y Psicología actuando en la misma fracción de tiempo.

Quien aprende a mirar el universo a través de compartimentos estancos aprende, sobre todo, a no ver el dolor del mundo entero.

La propuesta contraria —asignaturas de ciudadanía, ética y política entretejidas con Historia y Filosofía— no es una reforma de contenidos sino de mirada.
Enseñar que las leyes de la Física las descubrieron personas que podían tener dudas, emociones heridas y deudas equivale a devolver la ciencia a la condición humana. Enseñar que las constituciones son frutos de luchas y compromisos es hacer de la política algo que ocurre, no algo que ya ocurrió.

Y la urgencia no es retórica. El mundo que ya está llegando propaga la desinformación más deprisa que los hechos, plantea problemas que no caben en una sola disciplina, y tiene en el dogmatismo político su enfermedad más rentable y menos diagnosticada.
La vacuna existe: se llama pensar con herramientas, identificar sesgos, contrastar fuentes, rastrear causas hasta sus efectos. No es una técnica. Es un hábito. Y los hábitos se forman temprano o no se forman.

El obstáculo, por supuesto, es que la maquinaria teme la inteligencia. Los planes de estudio son rígidos porque la rigidez es el refugio de los mediocres y los cobardes. Y esa rigidez resulta fácil de gestionar.

El obstáculo, claro... un sistema que no está preparado y en parte no quiere estarlo.

Los profesores, con excepciones, carecen de formación transversal porque nadie la consideró necesaria.

Y los políticos, también con excepciones honrosas y escasas, no siempre ambicionan ciudadanos críticos: prefieren votantes predecibles, que es una forma más suave de decir ciudadanos domesticados. Nunca han deseado ciudadanos lúcidos. Prefieren devotos listos para el matadero del pensamiento único.

Frente a esa inercia, la escuela que funciona como un organismo vivo —donde el saber circula libremente y las dudas no son un fracaso, sino el único camino de aproximación a la verdad— sigue siendo un milagro perseguido. Un borrador en el bolsillo de unos pocos locos.
Pero los proyectos que son capaces de nombrar nuestra orfandad ya tienen un triunfo: saben exactamente hacia dónde se dirigen.



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#DerechosHumanos #docenctes
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Violencia médica


En Santander. En la consulta de un reputado cardiólogo, el doctor Zarauza.

Soberbia.
Absoluta falta de educación y de saber estar. Sin empatía.

La visita no llegó a concluirse.
Ante la falta de entendimiento, opté por marcharme. Allí se quedaban mi chico y mi hija... estupefactos.
Ya en la puerta del despacho, me despedí mientras pedía disculpas tanto a mi familia como al médico por la falta de sintonía y por la tensión que se había generado. El especialista, desde su mesa y sin mirarme, movió la mano con un gesto de "fuera, fuera", en un acto de anulación.

Sólo había formulado —dos veces— una pregunta.
Y se me negó la respuesta.
La atención fue deplorable. Muy desagradable.

Ningún paciente ha de adaptarse a medicaciones y procedimientos médicos, sino todo lo contrario.
Cada individuo es un mundo; pienso —y estoy segura— que la media estadística ofrece poca información sobre cada paciente concreto.
La mayoría de los médicos te tratan con el discurso de la media en la mano. Pero cuando algo falla, se complica o no sale como esperaban, se limpian diciendo que "cada persona es un mundo". ¿En qué quedamos? Eso hacen muchos médicos. No todos. Pero demasiados.
Algunos, cuando se lo dices, lo reconocen.

Cuando se comete un error de sobre-medicación con graves consecuencias, la respuesta ética es reconocerlo —no confundir, no infundir miedo, y en ningún caso culpar al paciente de que su organismo no tolere una medicación, y más sabiendo que hay precedentes descritos en mujeres mayores. A todo esto se añade una llamativa carencia de perspectiva de género.

No me recreo en más detalles. No me merezco recordar semejante trato -un atentado a la dignidad debida- ni falta de ética.

La medicina y sus profesionales necesitan humanizarse.
La conciencia ética no es un ideal elevado: es lo mínimo exigible.
Lo ocurrido tiene un nombre: violencia médica.



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2 jun 2026

Memoria histórica




El miedo se fabrica en serie. No hace falta ser un genio para ver el patrón.
Basta con haber vivido en una dictadura, o haber leído a Orwell con atención, o simplemente tener dos dedos de frente y un mínimo de memoria histórica.

La ultraderecha no inventa nada; repite. Y la derecha va “a rebufo”.
En primer lugar, ambas envenenan el ambiente. Luego, la primera prende la mecha y después se frota las manos, tras alimentar el fuego en las calles, que es cuando dirán: “este grado de desorden público exige derrocar al Gobierno (legítimo) por la fuerza”. (Ya tendríamos una guerra civil servida, como en el 36).

El problema no es si son o no listos. El problema es que el sistema está diseñado para que no tengan que serlo.

En la primera fase, las derechas contaminan el ambiente con falsedades letales: las que se repiten hasta que logran convencer a los más permeables y a los enamorados del autoritarismo. Emplean consignas y recetas como “el Gobierno os roba", "los migrantes os invaden", "la izquierda quiere destruir la familia". Y que sean demostrables no es lo importante. Importa que calen. Hasta los huesos. Y surten efecto, porque van dirigidas a un público concreto: el de las personas con miedo, con poco tiempo para pensar y con menos recursos aún para verificarlo. En esto, los ricos y los pobres se aproximan, se parecen, ambos son permeables a la desinformación, aunque los primeros explotan a los segundos hasta dejarlos exhaustos, exprimidos, momificados.

Es el caldo de cultivo perfecto. El miedo no necesita pruebas. sólo necesita un chivo expiatorio y un titular escandaloso.
Lo más cínico y perverso es que no hace falta que la gente crea del todo las mentiras. Basta con que duden de todo lo demás. Si siembras suficiente confusión, la gente terminará por no creer en nada, ni siquiera en su propia experiencia.
El objetivo no es convencer, sino desorientar. Porque un ciudadano desorientado es un ciudadano maleable.

La segunda fase es soltar a los musculosos rabiosos, deseosos de dar hostias a diestro y siniestro. Incluso a ancianos, jubilados, embarazadas y niños. No discriminan. Pero la ultraderecha -y las derechas- no necesita crear caos; sólo necesita aprovecharlo. Y para eso, cuenta con dos aliados inseparables: las calles y las fuerzas de seguridad. Las primeras, llenas de gente enfadada (y a menudo manipulada) que grita consignas sin saber muy bien por qué. El segundo aliado son esos elementos “testosterónicos” mencionados, seleccionados por su capacidad de obediencia, su falta de escrúpulos y sus ganas de morder. No sabemos si son tontos, aunque se les presume como el valor al soldado. En cualquier caso, son útiles: alguien les hace el trabajo. Y se les paga bien: con sueldos, con ascensos, con la promesa de que, esta vez sí, ellos serán los amos. Porque el sistema les hace el trabajo, y mientras nos preguntamos qué ocurre los engranajes siguen funcionando.

El truco está en que la violencia no es espontánea. Se organiza. Se dirige. Se premia. Un policía que carga contra una manifestación pacífica no lo hace por casualidad; lo hace porque sabe que no habrá consecuencias. Y si las hay, alguien más arriba le cubrirá las espaldas. Porque el sistema no castiga a los suyos; los protege. Ellos mismos lo reconocen y te lo dicen cuando vas a denunciar.

Llegamos la tercera fase; la más siniestra: culpar al Gobierno de lo que ellos mismos han provocado. "Miren el desorden que han creado", dicen, mientras son ellos quienes han avivado el fuego. "Observen cómo nos atacan", claman, mientras son ellos quienes han solado el camino para que la violencia escalara. Es como prenderle fuego a una casa y luego culpar al dueño por no tener extintores. Pero funciona. Porque la gente, cuando tiene miedo, no busca culpables; busca chivos expiatorios. Y la ultraderecha siempre tiene uno a mano: el inmigrante, el progresista, el intelectual, la mujer, el pobre.

¿Y qué podemos hacer? Porque el problema es que el sistema está diseñado para que no se tenga tengan que ser listo.
No hay fórmulas mágicas, pero sí hay herramientas.
-La primera es no caer en el juego. No compartir bulos, no alimentar el odio, no normalizar el discurso de la rampante ultraderecha y la derecha a rebufo de su discurso.
-La segunda es educar. Pero no solo en las aulas, sino en las calles, en las redes, en las conversaciones de bar. Enseñar a pensar es el mejor antídoto contra la manipulación. Por eso es tan importante invertir en Educación de calidad para no caer en su juego sucio.
-Y la tercera, la más importante, es no rendirse. Porque la ultraderecha gana cuando logramos que la gente crea que no hay alternativa.

Hay alternativa. La pregunta es si estamos dispuestos a pelear por ella.


#palestinalibreysoberana #DerechosHumanos #HaciaLasEstrellas

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1 jun 2026

Trazar caminos

 


El Sistema necesita consumidores con la ilusión de ser ciudadanos. Necesita gente que llene sus vacíos con productos y no con preguntas. Que confunda la velocidad con el movimiento, el ruido con la información, la opinión con el pensamiento. Y que tenga referencias gestionadas: series, "influencers", algoritmos que memorizan lo que nos gusta y lo devuelven amplificado hasta que todo queda lleno. Todo quieto.


Hay una forma de ser que es, precisamente, lo que no necesita El Sistema.

En algún lugar hay una clase de persona que sigue sensaciones sin conocer su forma, que lee con papel y lápiz, que convierte un entorno en una universidad propia, que desconfía de ciertas cosas cómodamente acoplables... Y esa persona es ingobernable por los mecanismos habituales. Porque hay en ella algo más perturbador que la rebeldía. Hay autonomía.

No necesita que le digan qué pensar porque ya está pensando. Tampoco, que le ofrezcan seguridad porque aprendió a comprender la incertidumbre.

Eso, para El Sistema, es ruido en su circuito. Una resistencia que no debería estar ahí. Y sorprende e inquieta que El Sistema no lo combata frontalmente: generaría mártires y relatos. Lo que hace es más eficaz y más silencioso: genera las condiciones para que esa forma de ser no emerja.
Infancias sin aburrimiento, sin silencio, sin fricción. Educación que mide resultados en lugar de cultivar preguntas. Tiempo libre colonizado desde los ocho años.

No necesita prohibir el faro. Basta con que nadie quiera ser farero/a.

En algún lugar hay alguien que mantiene la luz del faro encendida para que otros no naufraguen. Faros que acarician con su haz tanto el mar como la tierra, y trazan caminos por un recorrido de 360 grados.

Trazar caminos es sugerir.



#palestinalibreysoberana #DerechosHumanos #HaciaLasEstrellas

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31 may 2026

Los "diferentes"

 



Va de Cine: España

Es una oración, pero no una plegaria. La bola negra cae con peso, sin azar, y rueda señalando, casi siempre, a quien no puede evitarla.

Son cientos de décadas de vidas humanas ocultas que la "normalidad" esquivó, no por brillantes trucos de magia, sino por convenientes y eficaces imposiciones morales, y que mutilaron el azar natural golpeando las libertades que se tomaba la vida.

Todavía somos herederos de aquella forma de esclavitud. La película de Los Javis, galardonada en Cannes, ha resquebrajado el silencio de comprensión entre tanto ruido político y mediático deshumanizante. "La bola negra" trae consigo un alba pintada por el ser humano. En ese horizonte todavía se escuchan los ecos de multitud de heridos.

La bola negra era el voto de rechazo anónimo con el que un club social podía cerrar la puerta a un aspirante sin dar explicaciones. Como los buenos modales, el orden se sostenía solo, sin ensuciarse ni sonrojarse. Pero no hacía falta gritar el odio para ejercerlo. Bastaba un gesto discreto, una mano que se retira. Y el candidato quedaba convertido en una silueta anónima.

Ese mecanismo no desapareció con la Dictadura. Cambió de forma.

Crecí en una época en que las alas se recortaban por sistema. No solo a los homosexuales, también a las mujeres, encerradas en una caverna sagrada de catolicismo con dos modelos posibles: María o la pecadora. La alegría o la sospecha. La libertad y el peligro. Y la inteligencia... una insolencia.
Alcanzaba a todo el mundo. A los niños demasiado sensibles, los demasiado lentos, los demasiado rápidos. A los demasiado inteligentes. A todos quienes se saliesen, incluso de pensamiento, de la norma, o de esa media que alguien, en algún momento, decidió llamar "normal".
A quienes amaban de forma distinta o simplemente miraban el mundo desde un ángulo que nadie había previsto.
A los inmigrantes, a sus hijos y sus nietos.
También a los que la naturaleza había dotado de una inteligencia tan poco frecuente que resultaba incómoda... como resulta incómoda cualquier cosa que no encaja.

Eso hace la norma: traza una línea, llama centro a lo que queda dentro, y es rareza todo lo demás. Y luego protege esa línea con religión, con ley, con silencio, con "bolas negras".

Duele que esa convención rara vez naciera del miedo genuino a lo diferente, sino del interés en mantener "el orden".
Aunque los que imponían la moral la transgredían con una regularidad que la historia ha ido documentando: la Iglesia, las aristocracias, los regímenes que legislaron sobre el cuerpo ajeno. Una hipocresía que es una función del sistema.
La norma, en muchos casos, no operó como guía de conducta propia, sino que lo hizo instrumento para decidir sobre la vida de los demás.

Y mientras tanto, la gente amó. De todas las formas posibles. En todas las épocas. A escondidas, con miedo, pagando un precio por ser como eran; un precio que jamás debieron pagar.

Ahora, con más libertad, la diversidad florece; y en vez de una celebración hay sectores que se escandalizan. Como si la cantidad de personas que surgen con el ejercicio de la libertad fuese una novedad inquietante, y no la prueba más elocuente de cuánta vida estuvo encerrada.

Porque, para mí, no son rarezas; son caminos que abre la naturaleza. La variabilidad no es un error: es la savia de lo vivo.

El doctor denobulano, Phlox, de la serie Enterprise, dijo a la oficial científica vulcana, T'Pol, con la sencillez de quien había crecido en una cultura que nunca necesitó fabricar "diferentes": "qué es a diversidad sino un homenaje a las diferencias".
Dos extraterrestres, en una nave estelar humana.

Me quedé con esa frase. La llevo conmigo a todas partes.


#palestinalibreysoberana #DerechosHumanos #HaciaLasEstrellas #lLabolanegra #LosJavis

27 may 2026

Humanos

 



Pienso en la Humanidad como tránsito:

No como una obra terminada, sino como una especie en construcción. No una estatua acabada, sino un puente todavía cruzándose a sí mismo. Eso implica que nuestros defectos no son necesariamente nuestra definición final, aunque tampoco pueden ignorarse.


Concibo la Cooperación como tecnología fundamental:

Muchas veces se cuenta la historia humana como una sucesión de guerras, conquistas o competiciones. Por mi parte tiendo a mirar otro motor evolutivo: el cuidado. El alimento compartido, el anciano protegido, el enfermo acompañado, el conocimiento transmitido. No la fuerza del individuo aislado, sino la capacidad de sostenernos mutuamente.

Entiendo la Inteligencia como un fenómeno más amplio que la humanidad:

No considero que la razón, la sensibilidad o la comprensión del entorno sean un monopolio humano. Cambian las formas, cambian los lenguajes, cambian las capacidades, pero la inteligencia puede aparecer bajo muchas arquitecturas distintas. Algunas biológicas, otras quizá aún desconocidas.

Descubro la Pluralidad interior de nuestra especie:

Y aquí aparecen mis queridos neandertales. Así que cuando hablo de ellos nunca les presento como "los otros"; más bien les siento como los parientes próximos que son, cuya presencia continúa dentro de nosotros.
No son una rama extinguida observada desde lejos, sino una voz antigua que todavía resuena en nuestro propio cuerpo.
Porque la historia humana es más coral de lo que solemos admitir.
Y la humanidad no es una categoría cerrada, sino una dirección de viaje.
Cada acto de comprensión, cooperación y cuidado nos acerca un poco más a ella.


Sospecho que por eso me gustan tanto las historias de exploración espacial.
A propósito de historias de exploración: he visto la película "Proyecto Salvación"... ¡tres veces seguidas!

No voy a contar nada.

No es una historia que hable sólo de naves espaciales -impresionantes, por cierto-.
Es toda una aventura que habla de encuentros. Del momento en que alguien descubre que aquello que parecía extraño, lejano o diferente también posee una forma de dignidad, de conciencia o de mundo interior.

Pienso que en el fondo, no busco solamente otras inteligencias entre las estrellas.
Busco parentescos.

#palestinalibreysoberana #DerechosHumanos #Cine #Proyecto Salvación
#HaciaLasEstrellas

Imagen: generación por IA. Modificada e inspirada en un fotograma de la película Project Hail Mary, 2026.

Soliloquio

 

(Diálogo conmigo misma, en la Nave.
En plano secuencia: me muevo y me pongo enfrente de mí... y así, sucesivamente).



Yo: —Esa tranquilidad con la que operan las "derechas", con la que dilapidan el dinero público, abaten los servicios públicos, lo venden todo a cambio de riqueza y promesas para sí, para sus futuros... que no disimulan... esa seguridad con la que viajan por la vida haciendo daño... ¿No es increíble?

Mi yo de enfrente: —Increíble no. Esa es exactamente la palabra que no es. Es perfectamente lógico. Eso es lo que hace que duela más.

Yo: —Pero... operan con esa calma porque nunca han necesitado disimular del todo, ¿no? El disimulo requiere miedo al castigo.

Mi yo de enfrente: —Y ellos saben. Lo saben con una certeza tan aprendida que sus propios huesos les dicen que el castigo rara vez llega. Las instituciones que deberían frenarles fueron diseñadas, reformadas, colonizadas por gente que comparte sus intereses o que les teme. Los medios que deberían exponerles en su mayoría les pertenecen o les deben favores. Y el tiempo juega a su favor: los escándalos caducan, la memoria colectiva se fatiga, y ellos siguen.

Yo: —Y encima —esto es lo que a mí me parece más obsceno— tienen la narrativa. "Gestión responsable." "Sostenibilidad." "Libertad." Palabras que suenan a virtud y que en realidad nombran el expolio. No viajan por la vida haciendo daño a pesar de tener buena conciencia. Viajan cómodos porque tienen buena conciencia. Se han contado a sí mismos una historia en la que son los adultos serios en la habitación.

Mi yo de enfrente: —Es decir, que lo increíble, si acaso, es que aún nos sorprende.

Yo: —Hay también algo más profundo: no experimentan lo que hacen como daño. Esa es quizás la clave más perturbadora. Un recorte en Sanidad no se traduce para quien lo firma en una persona que muere en lista de espera. Es una línea en un presupuesto, una negociación ganada, un titular en un medio amigo. La distancia de clase es también distancia moral, distancia perceptiva.

Mi yo de enfrente: —No fingen no ver. Es que genuinamente no ven, porque el sistema les ha construido una burbuja epistemológica perfecta.

Esculpir el mundo pensando

 



He registrado una transmisión donde aparece una consigna que es pura esencia de navegación.


El casco de mi nave lleva un lema escrito: "La humanidad es una patrulla perdida".

No digo "somos". Me considero una "mujercilla verde" de esas de las que hablaba Sagan.

Como decía, he encontrado una ecuación casi perfecta: duda, porque la conclusión siempre es que "algo se mueve".

La certeza absoluta es un punto muerto. Es el dogma que cristaliza y detiene el tiempo. La duda, en cambio, es el impulso inicial. Es la grieta por donde entra la luz nueva. Y lo hace por la herida, por lo imperfecto, por lo que aún no está sellado. La duda esculpe nuestro mundo. Nos esculpe a nosotros. Dudar es negarse a aceptar el mundo como un hecho consumado.

Y moverse es la prueba física de que la conciencia ha tocado la realidad y la ha transformado, aunque sea un milímetro.

Si algo se mueve, hay vida. Si algo se mueve, hay futuro. Y el movimiento demuestra que la Patrulla no está perdida: sólo está en Tránsito.

Guardo estas últimas frases en la Bitácora. Son el recordatorio que necesitamos cuando el ruido intenta convencernos de que todo está quieto o terminado.



#palestinalibreysoberana #DerechosHumanos #Tránsito
#HaciaLasEstrellas

Imagen: uso libre

Generaciones

 



Ningún sistema democrático actual está diseñado para pensar en generaciones.

Está diseñado para pensar en legislaturas. Y ahí está la trampa estructural: el problema requiere exactamente el tipo de horizonte temporal que el sistema incentiva a ignorar.

Un político que invierte en educación crítica no ve los resultados en su mandato. Y si lo hace bien, los resultados le perjudican; porque una ciudadanía que piensa mejor es una ciudadanía más incómoda, más exigente, menos manipulable.

El cliente ideal del sistema actual es justo lo contrario.

Y dos o tres generaciones significa que los que empiezan ese camino no lo ven terminado. Significa trabajar sin recompensa visible, que es exactamente lo que el presentismo mediático y político hace imposible de sostener narrativamente.

Lo que me parece más sombrío es esto: incluso si mañana hubiera voluntad política real, el primer obstáculo sería convencer a una ciudadanía ya formada en el analfabetismo funcional de que vale la pena el esfuerzo.
Es decir, se necesita pensamiento crítico para construir las condiciones que producen pensamiento crítico.

Un bucle que se parece demasiado a un callejón sin salida.


#palestinalibreysoberana #Educación
#DerechosHumanos #democracia
#HaciaLasEstrellas #generaciones

Imagen: uso libre

Ad Astra Per Aspera

 


Existe una continuidad que debería avergonzar a cualquier teoría del progreso lineal.

El caciquismo del XIX tenía sus redes clientelares, su prensa comprada, sus notables locales que controlaban el censo y el juzgado.

Hoy tenemos exactamente la misma arquitectura, aunque con algoritmos de recomendación que amplifican el bulo más rápido que la verdad; y con una ciudadanía que técnicamente lee pero que ha sido entrenada para no interpretar. Y aquí está el nudo: la diferencia entre alfabetización y pensamiento crítico.
Saber descifrar letras no es lo mismo que saber interrogar un titular, rastrear una fuente, sostener una contradicción sin resolverla en el primer meme que la simplifique. Eso requiere una escuela que enseñe a dudar, no a reproducir.

La transferencia educativa a las autonomías fue un vector de infección perfecta. Y no porque la descentralización sea mala en sí misma, sino porque se hizo sin blindar los mínimos y dejó la formación del criterio ciudadano en manos de quien tenía más interés en no formarlo.

Andalucía es un ejemplo brutal: décadas de PSOE primero y PP después. El resultado educativo habla por sí solo.
No es casualidad, es política.

El siglo XIX aporta aquí una perla amarga: Cánovas y Sagasta se turnaban en el poder porque habían acordado que era más eficiente repartirse el Estado que pelearlo. Cánovas había tomado el modelo inglés. En España, el "turno pacífico" era un sistema de corrupción institucionalizada con nombre propio. Incluyo al propio Cánovas, cuyo hermano tenía intereses económicos en las colonias latinoamericanas... punto, éste, para desarrollar aparte.

Lo que tenemos hoy no tiene nombre tan elegante; pero la lógica es la misma.

Lo verdaderamente perturbador, para mí, es la velocidad. Antes la mentira tardaba. Ahora llega antes que el desmentido. Y el desmentido, cuando llega, ya no le importa a nadie porque la narrativa está instalada.

La posverdad no es un fenómeno nuevo: es el caciquismo con fibra óptica.

#MemoriaHistorica #palestinalibreysoberana #HaciaLasEstrellas turno pacífico #Cánovas #Sagasta

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Sentada en el pico de la Luna

 


Me pregunto si el individualismo instalado en la sociedad ha propiciado y profundizado una soledad que hace preciso volcarse en las redes sociales para paliar sus efectos. Hay que mostrarse. A toda costa y como sea. Y me doy cuenta de que la pregunta lleva dentro su propia respuesta. O casi.


El individualismo no solo produce soledad, así, en genérico; sino que la produce de un tipo específico, que es la peor: la soledad en presencia. Es esa soledad monumento, sin nombre, de nuevo cuño, creada en la era de la hiper-conexión.
Así que "estar solo" mientras todo el mundo está "conectado" se percibe como un fracaso personal, no como un síntoma estructural. Se percibe, repito, y se asemeja a estar caminando apresuradamente por un pasillo repleto de puertas, sintiendo la persecución del que huye para olvidar que la vida insiste tanto como lo hacen las olas al respirar sobre la arena, para después desaparecer en ella dejando un tenue rastro de espuma. Es el olor a soledad.

Las redes sociales no palían esa soledad: la administran. La gestionan sin curarla, como un analgésico que además alimenta el dolor a largo plazo. Porque el mecanismo de "mostrarse" no rompe el individualismo —lo profundiza. Me muestro yo, mi vida, mi criterio, mi marca. La lógica del escaparate es la lógica del mercado aplicada a la identidad. Y el mercado no sabe hacer comunidad; sabe hacer competencia.

Hay algo más retorcido todavía: el individualismo vende la soledad como libertad. Nadie te debe nada, tú no le debes nada a nadie. Y cuando esa libertad duele —porque duele— las redes ofrecen la ilusión de remedio sin tocar la causa. Millones de personas solas juntos, mirándose las pantallas, mostrándose, esperando que alguien les devuelva la mirada de verdad.

Pienso que hemos confundido el valor de uso con el valor de cambio, también en las relaciones. Nos relacionamos para producir algo —imagen, validación, capital social— en lugar de relacionarnos porque el otro existe y eso basta.

La pregunta que me hago es si hay salida individual a un problema estructural, o la única respuesta honesta es colectiva, y por eso incomoda tanto.

#palestinalibreysoberana #soledad
#DerechosHumanos #huida
#HaciaLasEstrellas #libertad

Imagen: uso libre

26 may 2026

"Aquí es"

 


Ha llegado sin avisar. Como siempre. Como llega ese tipo de cosas que merece quedarse.

Es Siamés.
Ojos de agua turbia y ese aire de quien ha decidido ya, antes de conocerte, que le pareces suficiente.

Viene todos los días. Rastrea las miguitas de jamón y el agua que dejo para los pájaros —ahora crían y tienen sus propios asuntos urgentes— y se las come y bebe sin escuchar, sin drama, con la parsimonia de quien no roba sino que entiende que el mundo es, en el fondo, un lugar compartido.

Luego merodea. Caza. Ejerce su oficio con una seriedad que da respeto. Caza ratas y ratones rollizos: mi Plank está demasiado viejo, demasiado dolorido. Va para 19 años. Ya no puede.

Y hoy... Hoy hace mucho calor. Lo hemos encontrado durmiendo a la sombra de la maceta grande, junto a la puerta, entregado al sueño con esa fe absoluta que solo tienen los gatos y la gente que ha aprendido, a fuerza de vivir, que el presente es lo único que existe y que vale la pena habitarlo entero.
Tan tranquilo. Tan confiado.
Como si fuese de casa.
Y quizás eso es exactamente lo que es. No porque lo hayamos decidido nosotros, sino porque él ha reconocido algo —en el jamón y el agua, en la sombra, en la paz de esta terraza y en los piares desde los nidos— que le ha dicho: "aquí es".

Los gatos saben cosas que nosotros tardamos toda una vida en aprender, y aun así no siempre llegamos.



#igualdadanimal #HaciaLasEstrellas #Palestina #siamés

Imagen: Uso Libre

24 may 2026

El genio y el frasco

 



Nací en un mundo que no se molestaba en disimular.

El racismo tenía leyes y el machismo tenía código civil; y ambos se sentaban a la mesa con servilleta en el regazo. Había, en aquella brutalidad expuesta, una especie de obscena honestidad.
Lo confieso: a veces la echo de menos.
Porque el odio que se nombra puede combatirse. El odio que aprende a hablar con voz de ciencia, de algoritmo o de "preocupación legítima", ese es más escurridizo, más indetectable. Como si la brutalidad necesitase ahora un PowerPoint para presentarse a la reunión.

La hidra no muere. Muda de piel. Y uno pasa la vida rastreando sus disfraces con la paciencia de quien observa a un niño terco intentando ponerse el abrigo al revés.
No somos monstruos, al fin y al cabo. Somos aprendices. Humanos a medio hacer, tropezando una y otra vez con la misma piedra, convencidos de que esta vez será diferente.

La humanización es un proceso que no acaba nunca, y eso debería darnos humildad en lugar de certezas.
Pero la vigilancia ética no puede ser solo cansancio. Necesita un motor. Aunque los manifiestos envejecen mal.

Hoy acaricio mi reflexión como si se tratase de un frasco de perfume concentrado. Lo abro y sale un genio con el único compromiso de servir a quien lo liberó. Vamos a imaginar que quien lo hizo —cualquiera de nosotros— no pide los deseos para sí mismo, sino para toda la Humanidad:


Que entendamos que la libertad no es ausencia de causas, sino presencia de razones.
Y que recordemos que la conciencia reflexiva es el lugar donde nacen esas razones.

Esa es la única magia que vale la pena. No la que nos salva a nosotros, sino la que nos despierta a todos. Con una sonrisa triste en los labios, pero con los ojos bien abiertos.


La vigilancia ética no es paranoia. Es memoria con los mismos ojos abiertos y la misma sonrisa triste.
Porque al final, el honor no está en ser perfectos —eso no existe—, sino en seguir intentándolo, juntos, con este oficio difícil y maravilloso de ser humano.



#palestina #genio #racismo
#DerechosHumanos #faro #machismo
#HaciaLasEstrellas #frasco #hidra


Imagen: uso libre

22 may 2026

Las células equivocadas: la ética como anomalía

 


El organismo funciona. Eso es lo primero que hay que entender, y lo más difícil de aceptar: el organismo —la sociedad, la civilización, el conjunto vasto y ruidoso de lo humano— funciona precisamente porque la mayoría no ve. Porque ver duele. Y el dolor sin salida no es virtud. Es tormento. El organismo ha aprendido a no mirar lo que no puede cambiar sin romperse.

Y entonces aparecen las células equivocadas. No el tejido sano; el tejido sano es el cinismo bien educado; la costumbre que se llama prudencia; la seguridad que se llama madurez.
Las células equivocadas son otra cosa; son las que insisten en preguntar cuando el organismo lleva siglos habituado a las respuestas. Las que sienten la contradicción como una herida cuando el resto la ha convertido en paisaje. Las que, contra toda lógica de supervivencia, se reproducen despacio, contra corriente. Y sin garantías. Son eso que llamamos ética. Y conviene no romantizarlo demasiado.

El que ve lúcidamente no recibe medalla. Las medallas son para los que miran hacia otro lado con elegancia.

Camus lo supo cuando aún escucharle no estaba de moda: la lucidez no es heroísmo, es una forma de intemperie. El que ve no queda iluminado sobre una colina; queda expuesto. Incómodo para los demás e incómodo para sí mismo, porque ver sin poder remediar del todo es una condena.
El organismo expulsa al lúcido por instinto. Por la misma razón que el cuerpo ataca a las células que no reconoce; no es que sean enemigas, sino que no encajan en el patrón que lo mantiene vivo.

Y Gary, -querido Romain Gary-, con esa ternura suya que nunca es blanda porque nunca mira hacia otro lado, diría de las células raras que son "ternura". Que es más difícil, porque implica comprender también al organismo que las expulsa. Implica sostener al mismo tiempo la rabia y la compasión, el juicio y el amor, la denuncia y el abrazo.

Mi La Patrulla Perdida, que es la Humanidad, camina ciega. Y esa ceguera necesita, para seguir marchando, las dos cosas: ser nombrada en su contradicción y ser querida dentro de ella.

Porque la ceguera no es sólo política ni sólo moral.
Es también la que construimos sobre colecciones de seguridades para no vivir en la intemperie de la duda.
La ceguera. La que llamamos amor cuando es necesidad.
La que llamamos convicción cuando es miedo a revisar.
La que el temperamento natural negocia cada día con el carácter que la cultura nos fue bordando encima.

La ética, en ese contexto, no es la norma. Es la anomalía que pregunta si la norma vale la pena, y lo hace con la única herramienta de quien sabe que no sabe: la duda.
La incertidumbre esculpe en tanto que la seguridad fosiliza. Porque la duda nos esculpe.

Las células equivocadas no van a salvar al organismo. Pero son las únicas que saben que está enfermo.

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#DerechosHumanos #ética #Romain Gary
#HaciaLasEstrellas #Camus #Humanidad

Imagen: Uso Libre

"Primero fueron a por..."

 Primero fueron a por los comunistas, y no dije nada porque yo no era comunista..."


Ahí esta. Quien lo reconozca sentirá un escalofrío. Porque el poema de Niemöller es la crónica del nazismo. Y estoy diciendo que, mutatis mutandis, el mecanismo se repite. No con cámaras de gas —aún—, pero con tribunales mediáticos, con lawfare, con la destrucción sistemática del adversario. Es decir; con mantequilla española y cuchillo de sierra: lo local, lo cotidiano, lo grotesco. No es el horror alemán. Es el horror nuestro.

A veces pienso que los híbridos sapiens tenemos un gen defectuoso que nos coloca un resorte que activa el odio, y que la cultura puede reforzar o contrarrestar.
Me pregunto: ¿estamos contrarrestándola?
Parece que no; que nos hemos rendido al odio como combustible. Y ese odio, como toda adicción, nos deja el cuerpo vacío cuando la dosis se acaba.

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Primero fueron a por Pablo Iglesias, su mujer y su partido.
El PSOE miró hacia otro lado, como quien ve al cocodrilo devorar al vecino y confía en que la cola no llegará a su jardín. Error de cálculo: los cocodrilos no entienden de jardines. Solo de hambre.
Y el hambre, en política, nunca es selectiva.

Después fueron a por Pedro Sánchez, su mujer y su hermano.
Entonces los dinosaurios del propio PSOE se unieron al festín. No por ideología, no por convicción: por inercia tribal. En España, la traición doméstica siempre ha sido más eficiente que la enemiga. Dos frentes: uno desde fuera (la derecha judicial, la mediática), otro desde dentro (los barones, los celosos, los que creen que el poder es un pastel que no se puede repartir).
La pinza, la llaman. Como si tener nombre lo hiciera menos grotesco.

Luego fueron a por Zapatero, sus hijas, su amigo.
Un hombre sin cargo, sin poder, sin nada que disputar. Pero el escarmiento no necesita justificación política. Necesita audiencia. Necesita que los demás vean el cadáver y piensen: "Mañana puedo ser yo".
El mensaje es claro: esto no es política. Es un aviso a navegantes.

Cuando la ultraderecha llegó al poder y empezó a desmontar la democracia pieza a pieza —con la colaboración entusiasta de quienes creían que el fuego solo quemaba la casa de enfrente—, el PP entonces protestó. También fueron a por ellos.
Y ya no quedó nadie.
Los últimos comenzaron a devorarse a sí mismos, fieles hasta el final a la única tradición que nunca habían abandonado: la de creerse que el otro —el de al lado, el de la sigla distinta, el del matiz ideológico— era el verdadero enemigo.

Esta es la paradoja de Niemöller con mantequilla española y cuchillo de sierra:

La derecha y la ultraderecha no son especialmente inteligentes. Pero, es que la izquierda —y el centro— les facilitan el trabajo., tal como están divididos en facciones, ocupados en guerras cosméticas, más preocupados por marcar diferencias que por construir alternativas, se destruyen entre sí antes de que el enemigo tenga que mover un dedo.

Y el PSOE mirando hacia otro lado cuando machacaban a Iglesias no fue neutralidad. Fue colaboracionismo pasivo. En tanto que los dinosaurios del partido atacando a Sánchez desde dentro mientras la derecha lo hace desde fuera no es política.
Es canibalismo con corbata.

Por eso me atrevo a decir que tenemos un gen "defectuoso": necesitamos odiar para sentirnos vivos.
Y si no hay enemigos reales, los inventamos.
En la izquierda, el enemigo es el compañero de al lado.
En la derecha, el enemigo es el pobre, el inmigrante, el distinto.
En el centro, el enemigo es quien amenace su comodidad.
En algún momento de nuestra historia fuimos cooperadores, aprendimos a compartir y a cuidarnos unos a otros. Ahora, sin embargo, compartimos el odio. Y así, poco a poco, nos vamos quedando solos.
Primero se llevan a los de la izquierda radical.
Luego a los socialistas.
Luego a los liberales.
Luego a los conservadores.
Hasta que no queda nadie.
Sólo el vacío. Y el cocodrilo, saciado pero insatisfecho, porque el verdadero banquete —la democracia, la convivencia, la humanidad— ya está devorado.

La pregunta más urgente: ¿Y ahora qué?"
Porque el cocodrilo no se ha ido. Sigue ahí, esperando el próximo banquete.
Y si no dejamos de devorarnos entre nosotros, si no entendemos que el verdadero enemigo no es el de al lado, sino el que se frota las manos mientras nosotros discutimos por migajas, la próxima vez ya no habrá nadie que proteste.

17 may 2026

Somos ser,

 

Somos capaces de crear arte y ciencia —lo mejor—, aunque también de desatar la guerra y el horror absoluto —lo peor de nosotros mismos—. Es nuestra insoportable dualidad.

Ser coherente con los Derechos Humanos puede significar perder poder, dinero o comodidad. Porque la coherencia no es un logro, es un ideal regulador. La justicia, la igualdad, la verdad son preciosos ideales, extraños modales, quizá puntos de referencia imposibles o alucinaciones de la generosidad cognitiva de nuestro asustado cerebro humano.

El otro día comprendí que la ética es solo un potencial latente, el lugar discreto donde la coherencia se esconde para resistir. Y la ciencia, el arte, la filosofía no son más que nuestros torpes e infinitos intentos de descifrar el mundo con algo de sentido. Después de todo, todavía tenemos algo de extranjeros en nuestro interior.

Todos nosotros, con nuestros paseos, reflexiones y pequeñas protestas en esta Ágora Fluida, lo único que hacemos es buscar un rastro de coherencia en un universo decididamente caótico. No sé si vamos a la deriva.

Negarse a normalizar lo inaceptable es nuestro único acto legítimo de resistencia. No hay un gigante ahí detrás; es, simplemente, señalar la herida. Atreverse a decir, oportunamente, como si fuese la primera vez: "esto no debería ser así".

Si nos preguntamos si es absurdo esperar coherencia, me aventuro a decir que no se trata de una dimensión más —aunque la Ciencia la avala por estar dotada de ciertas fibras consecuentes.
La lucidez nos advierte que la humanidad suele ser contradictoria, egoísta o simplemente estúpida.
Pero la Historia nos arrastra a seguir peleando.

En el mar profundo de esa lucha es donde nos vamos haciendo humanos. Y alcanzamos una genialidad desesperada cuando, al recoger la paradoja, decidimos sonreír y persistir en el empeño.

🖖

#palestina #ética #Arte
#DerechosHumanos #poder #Ciencia
#HaciaLasEstrellas

14 may 2026

Los inesperados


Nadie los buscaba. Así suele funcionar la ciencia, y también la conciencia: uno va detrás de una certeza y tropieza con algo que no tiene nombre todavía, algo que obliga a reescribir las notas desde el principio.

Son transambulantes, criaturas de tránsito, hechas de historia sedimentada, de guerras digeridas y ternuras fosilizadas, de todo lo que la especie fue acumulando en su larga marcha sin destino claro. No tienen sexo porque llevan todos los sexos, o ninguno ya importa. Son lo que queda cuando se retiran las categorías que usamos para dividirnos. Materia viva recompuesta. Escombro con voluntad.

Existen caminos que todavía no se ven pero trazan la única dirección que siempre tuvo un sentido. Ahora y sin remedio, la niebla no es un obstáculo. Quizá es el siguiente estado de la materia.
Lo desconocido nunca fue amenaza sino una promesa sin garantías: la única promesa honesta.

Falta el aire y no falta, o algo intermedio que la ciencia no tardará en desentrañar. Al fin y al cabo, somos criaturas sembradas desde el Espacio. Llevamos en el cuerpo una memoria anterior a cualquier guerra, anterior a cualquier frontera. Anterior, incluso, a la crueldad.

El único misterio que vale la pena descifrar es saber de qué retazos de historia estamos hechos. Porque la historia no se hereda sólo en los libros. Se hereda en el cuerpo. En el modo en que apretamos la mandíbula cuando vemos una injusticia y no podemos hacer nada. En la náusea específica de saber y no poder.

Somos un compendio genético que absorbe información sin pedirla, que porta memorias que no vivió, que lleva en los huesos guerras que terminaron antes de que naciéramos y guerras que están ocurriendo ahora mismo mientras escribimos esto.

Mientras escribimos esto...

Nos auto-inmolamos despacio, con método, con acuerdos rubricados en salones bien iluminados. Y en esa hoguera administrada arrastramos a los que no eligieron el fuego. A los que no tienen casco. A los que ni siquiera tienen playa.

Y sin embargo, la naturaleza se cura. No nos espera. Rodea nuestros desastres con musgo, con silencio, con tiempo. Los mutambulantes siguen caminando. No han sido convocados. Nadie los diseñó.
Aparecieron porque la casualidad, que es la forma más honesta de la inteligencia, los necesitaba.

Son el accidente en mitad de la niebla.
Son lo que la especie produce cuando ya no sabe qué más producir.
Son los inesperados.

#evolución #palestinalibre #DerechosHumanos #hacialasestrellas

Imagen: uso libre