El racismo cultural construye muros. La historia, con paciencia de siglos, los derriba.
Esa clase de racismo necesita imaginar al islam como una secta lejana, minoritaria, ajena al peso del mundo. Pero los números desmienten esa imagen. Hay casi 2.000 millones de musulmanes, una cuarta parte de la humanidad. Es la segunda religión del planeta. Y no están concentrados en un rincón de Oriente Medio, como señala el mapa mental del miedo, sino repartidos en su mayoría por Asia y el Pacífico. El país con más musulmanes del mundo no es árabe: es Indonesia, con más de 240 millones. Pakistán le pisa los talones. E India, a pesar de ser de mayoría hindú, alberga una comunidad musulmana mayor que la población entera de la mayoría de los países del planeta.Esto no es una anomalía demográfica reciente. Mientras en la Europa medieval se especulaba sobre la naturaleza de los ángeles —debate que la posteridad caricaturizó como la discusión sobre cuántos cabían en la punta de un alfiler—, las cortes y academias del mundo islámico —Bagdad, Córdoba, Damasco, Samarcanda— heredaron, tradujeron y expandieron la matemática griega y la india. El álgebra lleva nombre árabe porque ahí se inventó como disciplina. La astronomía europea navegó durante siglos con instrumentos y catálogos de origen islámico. No es que el islam tuviese una "edad de oro" aislada y luego se apagase: es que buena parte de lo que Europa llama después "su" Renacimiento se construyó leyendo manuscritos que habían pasado, antes, por manos musulmanas.
Y hay algo más incómodo para los odiadores: el islam no necesitó nunca cruzar fronteras para echar raíces en suelo europeo. Mucho antes de la expansión otomana en los Balcanes, el Islam ya había echado raíces profundas en la Península Ibérica y Sicilia durante casi ocho siglos. Posteriormente, durante los siglos de dominio otomano en el sureste europeo, poblaciones enteras de Bosnia, Albania y Kosovo se convirtieron, y sus descendientes siguen siendo, hoy, tan europeos como musulmanes. No son inmigrantes ni recién llegados, sino vecinos de toda la vida cuya fe llegó por el mismo camino que el cristianismo: conquista, conversión o siglos de convivencia forzada o voluntaria.
No hace falta inventar una hermandad cristiana o universal -como dicen algunos y algunas- para desmontar el prejuicio. Basta con consultar los archivos históricos o, simplemente, leer y estudiar de fuentes y autores acreditados para saber que se trata de una de las grandes civilizaciones de la historia humana, presente en el corazón mismo de Europa desde hace generaciones, y a la que el racismo cultural insiste en tratar como una curiosidad marginal recién desembarcada.
La secta minoritaria que el odio necesita imaginar no existe.
Lo que existe es, simplemente, una cuarta parte de la humanidad.
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