Hay una cosa que el poder sabe desde siempre, y es que el miedo se cultiva mejor que se impone.
No hace falta prohibir: basta con anunciar que se nos viene el diluvio, ponerse una casulla, caminar bajo palio y dejar que la masa -la que quiere pan y también certezas- haga el resto.
La Iglesia española de 1936 no inventó nada nuevo cuando llamó Cruzada a un golpe de Estado. Solo recicló una vieja fórmula: vestir de eternidad lo que era, en el fondo, el miedo a perder la merienda. Censura, escuela, tierras, diezmos disfrazados de caridad.
Cuando el siglo XIX empezó a leer y a preguntar, algunos supieron con precisión casi elegante que la letra era su enemiga, y actuaron en consecuencia, con la sotana puesta y el sermón afilado como una hoz al revés.
Y, sin embargo -esto es lo que no le perdono al tiempo, ese viejo tramposo- la violencia que vino después, la de los "incontrolados" quemando conventos y ajustando cuentas de siglos, tampoco arregló nada. Ahí está la trampa de todo cambio impaciente: el pueblo, que llevaba razón en el fondo, se la jugó en la forma, y le regaló al enemigo el argumento que necesitaba para llamarse víctima.
Napoleón había sembrado Europa de códigos civiles a sangre y bayoneta, y la semilla germinó, sí, pero un siglo después, y regada de rechazos, restauraciones y guerras que no eran suyas.
Los pueblos, como los árboles, no se dejan apurar. Se los puede podar, quemar, hasta talar; pero la savia tarda lo que tarda.
Por eso asusta un poco reconocer ahora los viejos gestos.
El autoritarismo no vuelve nunca con el mismo disfraz -la sotana ya no convence a nadie-, pero conserva el mismo instinto: ofrecer a la gente asustada la ilusión de un orden antiguo, sólido, ya probado, a cambio de que deje de hacer preguntas.
Y la gente, cansada de vivir en la incertidumbre de lo nuevo, a veces acepta el trato sin darse cuenta de que ya lo aceptó una vez.
Si hay una lección que estos dos libros que estoy leyendo -el de Franco y el de la Guerra Civil- me dejan clavada como una astilla, es esta: la prisa no salva a nadie, pero la pereza tampoco. Entre el diluvio y la costumbre hay un tercer camino, más lento y más digno, que consiste en educar el miedo antes de que el miedo elija por nosotros.
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Franco. Julián Casanova. 2025
España partida en dos. Julián Casanova. 2013




