¿Algún crítico anti-"woke" de la película La Odisea podría decir quiénes, cómo son y qué color de piel presentan los padres de Helena de Troya?
Hija de una espartana mediterránea y de Zeus, quien no tenía un cuerpo humano fijo, era un dios capaz de adoptar múltiples formas. Si aceptamos sin dificultad que pudiera transformarse en cisne, toro o lluvia de oro, resulta curioso convertir el color de su piel en el único aspecto que algunos consideran intocable. Por mucho que la obra hable de sus brazos blancos ("níveos"), me detengo en la importancia de inventar —una de las residencias del arte— en el cine, toda vez que La Odisea ya es toda una señora invención.
Helena de Troya nació de un huevo. Pedir rigor histórico a esa criatura es como pedir los papeles de identidad a un sueño. Ahí está toda esa lógica. La misma lógica que el manido ejemplo de Jesucristo rubio de ojos azules, donde se exige "fidelidad histórica" con una figura cuyo origen es un dios convertido en ave, una paloma. Aunque Jesús no llegó a salir de un huevo: no habría sido creíble… o quizá sí.
Durante siglos se ha pintado a Cristo rubio, de ojos claros y con el rostro que hubiera tenido en cualquier aldea del norte de Europa, pero nunca en Palestina. A su madre se le hizo el mismo "regalo". Nadie protestó, ni protesta, ni protestará. Porque es una apropiación basada mitad en la cultura y mitad en el racismo.
Pero no es que pintarlo como nórdico sea racista en sí mismo. Es que no representarlo nunca como negro ni como palestino, sí lo es. Nadie exige los huesos ni el ADN, ni tampoco apela al clima desértico-mediterráneo.
Fue una mentira tierna, quizás la más tierna de todas las que nos hemos contado. Porque no quería engañar a nadie; solo buscaba integrar lo divino en la piel blanca preferida sobre las demás: infieles, inferiores, con la animalidad a flor de piel. Siempre se ha tratado de una "raza" blanca de exterminio adjudicada a Jesús como en una subasta, ese dios al que todos los conquistados por la fuerza debían someterse.
Y funcionó durante generaciones. Y funciona.
Entre los humanos existe esa vieja costumbre de fabricar rostros para lo que carece de realidad, y después hay que defenderlos como si fueran joyas propias en riesgo de perderse o de ser robadas. Y no estoy defendiendo que toda discusión sobre representación sea así de vacía: cuando hablamos de personas reales, documentadas, con huesos que sí dejaron rastro, el debate tiene sentido y merece seriedad y espacio propios.
Pero es que de Helena de Troya no hay huesos ni los habrá. La Helena que imaginamos no procede de una descripción de Homero, sino de siglos de pintura, escultura y cine. Es una construcción artística, no un retrato histórico. Y tuvo, como Cristo rubio, la cara que deliberadamente se le "adjudicó".
Las representaciones de ambos son construcciones artísticas acumulativas.
Además, ¿a qué llamamos "blanca"? ¿Como una noruega? ¿Como una siciliana? ¿Como una chipriota?
La categoría es demasiado amplia para sostener un argumento de pureza fenotípica.
¿Tan fácil es separar el fenotipo de la persona, incluso en los cuentos?
Qué más da qué color tengan en el mito. En el cine, en el Arte, hay personas trabajando, tanto ellas mismas como quienes las han elegido.
Cada cierto tiempo el cine reabre la misma herida de mentira: un actor negro interpreta a un personaje que la tradición había pintado blanco, y de inmediato surge la misma crítica, disfrazada casi siempre de una sola palabra, "woke" (cómo la detesto), pronunciada con el desprecio de quien cree estar defendiendo algo sagrado cuando en realidad está defendiendo una costumbre.
Y las costumbres, ya se sabe, se toman a sí mismas por verdades en cuanto nadie las pone bajo la luz de la duda.
#palestina, #Helena de Troya
#DerechosHumanos, #Zeus
#HaciaLasEstrellas