Preguntas que no quisieron ser respondidas
Sobre sabios, prestigio y democracia directa
Hay debates que empiezan como conversaciones y terminan como espejos. Este fue uno de ellos.
En estos días participé en una discusión sobre cómo organizar una candidatura ciudadana. Se hablaba de "sabios que discuten", de "personas de reconocido prestigio", de asambleas que ratifican. Palabras atractivas, todas. El problema es que las palabras elegantes, cuando no se les pregunta qué esconden, acaban siendo decorado. Yo, en lugar de dar por bueno el modelo, pregunté. Estas son las preguntas que dejé sobre la mesa. Creo que valen por sí mismas, más allá de quien las recibió.
Sobre los sabios
El autor del texto habla de "sabios que discuten". ¿Cómo se eligen esos sabios? ¿Por aclamación, por currículum, por antigüedad en la causa? ¿Y qué ocurre si la asamblea no ratifica lo que proponen? ¿Se vuelve a trabajar hasta que la asamblea ceda, o hasta que los sabios convenzan?
Me parece esencial la forma en que un proyecto gestiona el conflicto. Una estructura que no sabe qué hacer con el disenso acaba petrificándose. Me pregunto cómo encaja eso con un modelo donde unos discuten —los entendidos, se supone— y otros solo ratifican. ¿Cómo se hace para cuadrar ese círculo?
Sobre la estructura
Dice que los equipos de trabajo están abiertos a quien quiera participar, que en ellos hay "personas expertas o experimentadas de reconocido prestigio social", y que la asamblea ratifica sin discutir. Si la asamblea no ratifica, se sigue trabajando hasta que lo haga.
Eso, con todos los respetos, no es democracia directa. Es una estructura vertical con cuatro escalones:
- Los expertos de prestigio (no elegidos por nadie)
- Los activistas que trabajan
- Los moderadores que organizan
- La asamblea que ratifica — o es ignorada si no lo hace
¿En qué se diferencia esto de un partido político? En un partido, la cúpula decide, la militancia trabaja y las bases votan lo que les presentan. Aquí los nombres cambian —"equipos de trabajo", "activistas", "asamblea"— pero la arquitectura de poder es muy parecida: unos pocos dirigen, muchos ejecutan, y la soberanía popular corre el riesgo de convertirse en un trámite con buena prensa.
Sobre el prestigio
No estoy en contra de que haya personas con más experiencia o formación. Estaría mintiendo si dijera lo contrario. Pero la política horizontal no se construye diciendo "los sabios discuten y el pueblo decide". Se construye con mecanismos que impidan que esos sabios se conviertan en una élite: sorteo, rotación, rendición de cuentas, espacios reales de deliberación donde las propuestas puedan ser modificadas por la asamblea, no solo ratificadas o vetadas.
Confiar porque sí, porque "hay que hacerlo", no es horizontalidad. Es fe. Y la fe es una virtud admirable en muchos contextos. En el diseño institucional, es un riesgo.
¿Cómo se mide el prestigio? ¿Quién decide qué es prestigio y qué merece ser descartado? Son preguntas que parecen técnicas y son, en realidad, políticas. Las preguntas más importantes siempre lo son.
Sobre Feynman y la cultura de la duda
El autor recurre a menudo a filósofos para sostener su propuesta. Yo voy a recurrir a uno de los míos: el físico Richard Feynman, que no tenía paciencia para las jerarquías del saber.
Feynman resumía su actitud ante la autoridad en una idea muy simple: no importa quién eres ni qué títulos tienes; si tus ideas no se sostienen ante los hechos, están equivocadas. Para él, el conocimiento no era un edificio de certezas, sino una cultura de la duda. Ningún prestigio, ningún título, ninguna autoridad sustituye a la evidencia y al pensamiento propio.
Si en este proyecto el prestigio da derecho a estar en los equipos que deciden, y la asamblea solo puede decir que sí —o esperar a que le presenten otra versión—, entonces, ¿dónde está la cultura de la duda? ¿Dónde está la posibilidad de que alguien sin prestigio cuestione a los prestigiosos?
Feynman nos enseñó que el prestigio no garantiza la verdad. Que la ciencia avanza cuando cualquiera puede cuestionar a cualquiera, sin que importe su título ni su reputación. Una estructura que no se abre a esa posibilidad no es una estructura abierta. Es una élite ilustrada con mejor marketing.
La pregunta que no es retórica
El autor del texto también afirma que "el poder lo tiene 100% la asamblea". Pero en unos mensajes atrás explicaba que la asamblea no discute, solo ratifica; que si no ratifica se sigue trabajando hasta que lo haga; y que en los equipos están personas que ya tienen prestigio fuera de la asamblea.
Si la asamblea no puede modificar propuestas, si su voto en contra se ignora, y si los equipos los ocupan quienes ya gozan de reconocimiento externo… ¿en qué sentido es soberana? No es una pregunta retórica.
Es el corazón del asunto.
Si vamos a construir algo nuevo, construyámoslo con preguntas. Con mecanismos. Con la honestidad de mirar la estructura que estamos levantando y preguntarnos si se parece a lo que decimos querer.
Porque una democracia que no se cuestiona a sí misma no tarda en parecerse a lo que dice combatir.
Sólo cambian los nombres en el mismo escaparate.
"Derechos Humanos". Imagen: uso libre.
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