A principios de septiembre de 2026, se cumplirán sesenta años del primer capítulo de Star Trek. Sesenta años de una visión que, a diferencia de otras sagas de ciencia ficción, no eligió la guerra, la conquista ni el imperio; eligió la cooperación, la exploración y el entendimiento. La Tierra había dejado atrás el dinero. Las necesidades básicas estaban cubiertas. Roddenberry creó un mundo donde la gente no trabajaba para sobrevivir, sino para desarrollar sus talentos: estudiar, crear, cuidar, explorar. Porque nadie estaba ya por encima de nadie. Y porque habían aprendido de sus errores después de casi destruirse.
Cuando alguien me pregunta qué tiene de especial Star Trek, respondo con esa imagen: un Planeta Tierra de iguales, sin codicia, sin explotación, sin hambre. Y la réplica suele ser inmediata: "¿Eso no es un poco comunista?" Y, claro; me parece que esa percepción es un hacer desaparecer lo que perturba, lo que molesta, lo desconocido. Me quedo perpleja. Casi, ofendida: ¿es que no se dan cuenta de lo que Star Trek añadió al mundo? Y pienso, y me pregunto: con tantos millones de personas en Occidente celebrando el nacimiento, la muerte y la resurrección del crucificado que habló del desprendimiento, del amor, y la igualdad..., ¿acaso no es eso mismo lo que él predicaba? ¿Desde cuándo compartir los recursos del planeta entre sus habitantes es "comunismo"? ¿Desde cuándo la cooperación es sospechosa? Es como si viajar a la Luna la hiciese ser otra cosa, algo malo. Resulta que el cristianismo institucional ha preferido bendecir imperios, justificar guerras santas y acumular riquezas en el Vaticano, en lugar de predicar con el ejemplo. Y así, la gente asocia "compartir" con comunismo y "competir" con libertad. Una confusión muy rentable para unos pocos.
Qué triste es tener que explicar lo obvio: que una sociedad donde las necesidades básicas están cubiertas, donde nadie se enriquece a costa de otros, donde las personas pueden dedicarse a desarrollar sus talentos sin miedo a morir de hambre, es considerada "comunista" en lugar de simplemente humana. Y quien lo dice no ha entendido que la economía de la Federación no es ni capitalista ni comunista en los términos del siglo XX. Es post-escasez: cuando la energía es prácticamente ilimitada y los replicadores pueden crear casi cualquier objeto, la lucha por los recursos pierde su sentido. El dinero desaparece no por imposición, sino porque ya no es necesario. Eso no es comunismo, es evolución tecnológica y social. Y sí, también es un ideal ético: el que Jesucristo, Buda o cualquier pensador que con un mínimo de humanidad ha defendido eso bajo distintos nombres.
Es más triste todavía, si cabe, cuando piensas que el temor que infunde la ignorancia hace con lo nuevo un mundo de los extraños al que hay que evitar entrar. Gene Roddenberry tuvo muchas dificultades para lanzar el primer episodio de la Serie. Por eso mismo. Fue tildado de comunista. Por intereses. Por ignorancia. Él tuvo un sueño propio: imaginó un futuro donde la humanidad había superado sus peores instintos. No porque hubiera una revolución, sino porque la tecnología y la conciencia se unieron. Los replicadores acabaron con la escasez. La energía limpia y abundante hizo innecesario luchar por el petróleo o el agua. Y el contacto con otras especies —vulcanos, andorianos, bajoranos— nos enseñó que la diversidad no es una amenaza, es una oportunidad.
Pero lo más revolucionario de Star Trek no es el motor de curvatura. Es la idea de que se puede ser poderoso sin ser cruel. Que la grandeza no se mide por cuánto acumulas, sino por cuánto liberas. Star Trek no es un pronóstico. Es una posibilidad. Y cada vez que alguien la descarta con una etiqueta, está eligiendo la jaula en lugar del horizonte.
Sesenta años después seguimos confundiendo "comunismo" con "dignidad", y "libertad" con "desigualdad". Seguimos creyendo que la única forma de organizar una sociedad es la que hemos heredado, como si no hubiera alternativas. También es triste que la educación esté orientada para pensar que el único sistema posible es el de la competencia feroz, la acumulación y la desigualdad. Y que cualquier intento de imaginar algo diferente sea automáticamente tachado de "utópico" o "totalitario".
Pero Star Trek no es una utopía ingenua. Es una advertencia. Y es una promesa.
La advertencia de que, si seguimos así, nos autodestruiremos: porque cuando percibimos que ya no queda nada, cuando sabemos que ya no hay a dónde ir, desaparecemos.
Y la promesa es subversiva, necesaria y urgente; porque, en realidad, es la búsqueda de un proyecto como acto de supervivencia.