6 mar 2026

Los honores del Silencio



Fernando Ónega ha muerto. Y le despidieron con honores institucionales. Propagandista de Franco, voz de la Transición, escudero de un rey corrupto.

A Gregorio Morán le ha despedido el silencio. Sin menciones, sin representación institucional, sin flores. Porque fue antifranquista. Porque destapó la estafa y corrupción de la Transición.
Porque dijo la verdad cuando la verdad no vendía.

La propaganda inventa leyendas épicas que tapan, cubren y encubren la verdadera historia, la de los hechos. Es opaca. No deja ver la realidad, sólo el mito más conveniente.

Pero el silencio ya no es pasivo. Y tampoco es ya "ausencia de ruido". Es un espacio activo, que se convierte en un lienzo que acoge esa misma realidad censurada mientras se talla.

Sin fabulaciones.

Porque el silencio es un taller donde se esculpe el instante como materia.

Gregorio Morán llenó ese espacio de realidades que la propaganda nunca ha podido fabricar; realidades que nos habían ido depositando en la vía humana y con el tiempo nos afianzaron en ella: reconocimiento de la realidad que nos rodeaba; colaboración; cuidado del otro; y todos los valores que proclamamos hoy como Derechos Humanos, que no han brotado de la nada sino del conocimiento y del reconocimiento.



Etiquetas: Memoria Histórica, Transición, Gregorio Morán, Silencio.





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Y aún así, llega

 Trump, un ignorante de medio pelo, amenaza con cortar todo el comercio con España porque Pedro Sánchez se niega a prestar suelo español para otra guerra contra Irán.


Desde La Moncloa, Sánchez responde con una frase sobria: NO a la guerra. Y ha recordado Irak, Ucrania... y Gaza, que son cicatrices recientes.
El Presidente de España advierte sobre algo más grave que una crisis: el lento derrumbe del Derecho Internacional.

España no abrirá Rota ni Morón para ataques contra Irán.

Hay decisiones que se toman en voz baja, pero su eco atraviesa generaciones: no prestar la tierra para que la guerra eche raíces.
Porque la guerra es la peor planta invasora; una especie tan agresiva que coloniza el suelo y no deja espacio para que se desarrolle la vida.

Incluso en la cabeza del que siembra guerras, la paz intenta posarse. Pero viene herida. Llega malherida.
Y aun así, llega.




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Para qué sirve una bandera.

 USA solo invade países con petróleo y recursos que codicia.

Pero precisemos: no invade países, invade yacimientos con banderas.

Allí donde hay petróleo, USA ve un jardín que necesita ser liberado. Aunque para liberarlo haya que quemarlo. Los imperios siempre encuentran una razón para codiciar lo que no les pertenece. Hoy se llama 'intereses estratégicos'. Ayer se llamaba 'destino manifiesto'.

USA solo invade países cuyo subsuelo vale más que sus habitantes.
Pero no, no invade invade países porque sí: invade recursos, los expolia. Y para ello, vilmente asesina, masacra, apoya el racismo, genocidios y crueles dictaduras, adiestra y subvenciona a terroristas.

Y su bandera sólo cubre lo que la perforadora ya ha marcado.

Las palabras denuncian. Las imágenes condenan. Juntas, sentencian.



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El niño que juega con el mundo como si fuese un juguete nuevo.


Llevo un tiempo dándole vueltas a una pregunta... pequeña, casi susurrada, que no cesa: ¿poderoso en qué? Estados Unidos lleva casi un siglo proclamándose -y siendo reconocido- como el país más poderoso del mundo, y escuchamos el mensaje y lo leemos en todas partes, hasta que llega un momento en el se enquista y dejamos de preguntar si la afirmación es cierta o es un regalo de la vanidad de un país en la eterna adolescencia.
Sabemos que el niño, en genérico, no tiene miedo al fracaso porque no tiene un pasado que lo avergüence ni una tradición que lo limite. Y Tocqueville lo vio claro: el estadounidense es un "niño" que juega con el mundo como si fuera un juguete nuevo.
Interesante observación del ilustrado francés. "Juega con el mundo como si fuese un juguete nuevo". Lo elijo como título.

Su poderío... si miramos los indicadores que realmente miden el pulso de una sociedad -no el ruido, sino el pulso-, el mito empieza a agrietarse: Su sanidad pública deja a millones sin acceso; sin la asistencia necesaria, los arruina con facturas que ninguna enfermedad debería generar y si es una dolencia seria mueren igualmente. Su educación pública reproduce desigualdades, cuando debería procurar lo contrario: liberar e igualar.

Su deuda es colosal: el imperio vive de prestado, como tantos imperios antes que él.

Y los derechos humanos de los que tanto alardea brillan por su ausencia: Guantánamo, ejecuciones extrajudiciales, guerras provocadas, expolios y compra de voluntades, sometimiento mediante sanciones, dictaduras, terrorismo, racismo, competencia malsana -como con China-, colonialismo, conquista, invasión, pisoteo sobre el Derecho y las Instituciones internacionales, asesinato político, ahora, colaboración con genocidio, secuestro y asesinato de mandatarios y... un largo etcétera que va sumando injusticias y barbaridades cada vez más graves a su disparatada dinámica.

Por último, sus socios: no son aliados. Son una suerte de súbditos obedientes, que actúan de correas de transmisión de sus intereses y al servicio del imperio.

Me pregunto qué clase de poder es ese. Es un poder hacia fuera, basado en ejército, proyección militar, dominio financiero y capacidad de sancionar y castigar a quien ose desobedecer. Un poder que impresiona desde lejos y aplasta desde cerca.

Pero existe otro tipo de poder, más silencioso, más eficaz, más humano. Es el poder hacia dentro; ese que ha sido edificado tras decenios de pensar y ensayar; el que construye bienestar, ladrillo a ladrillo, sin necesidad de disparar una sola bala a nadie: Finlandia, Suecia, Dinamarca, Noruega, Islandia. Países que nunca aspiraron a dominar mares ni a dictar condiciones. Y sin embargo, lideran en lo que importa: sanidad universal, educación pública de calidad, movilidad social real, ciudadanos que -cuando se les pregunta- afirman sentirse felices.

Fijaos qué cosa tan sencilla, y ¡qué difícil de construir!


La paradoja es casi cruel, porque Estados Unidos gasta más en sanidad per cápita que cualquiera de estos países. Mucho más. Y obtiene peores resultados. Aunque no hay misterio: su modelo no atiende al bienestar general, sino que busca el beneficio privado. En definitiva: Son dos brújulas que apuntan en direcciones opuestas; y no hay forma de seguirlas a la vez.

Y así llego a una conclusión incómoda, aunque necesaria: el poder imperial es ruinoso, tanto para quienes lo sufren como para quienes lo ejercen, aunque no quieran reconocerlo. Un país puede tener el ejército más grande del mundo y, al mismo tiempo, una población enferma, endeudada y mal educada. El músculo y el vacío conviven. Como esos muros que construimos hace milenios para defendernos de la Naturaleza, y que terminaron encerrando también a quienes vivían dentro. Quizás la próxima vez que alguien pronuncie las palabras "el país más poderoso del mundo", valga la pena detenerse un instante y preguntar: ¿poderoso para quién? ¿Y para qué?

Porque si el poder no sirve para que la gente viva mejor, no es poder: es falso, es propaganda engañosa, es ruido malintencionado.


#NoALaGuerra
#palestinalibreysoberana


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5 mar 2026

Derechos Humanos

Desde hace días, cada vez que se arremete contra el ataque de USA a Irán, siempre se coloca la coletilla de que, aunque la guerra es ilegal, en el país islámico se vulneran los derechos humanos y tiene un régimen horrible y cruel, sobre todo con las mujeres.

Pero, seamos realistas: la única religión es el capital. Y el único catecismo es el dinero. De modo que pregunto: ¿existen verdaderamente los "derechos humanos universales" o son los "derechos del hombre blanco occidental" disfrazados de universales?

Porque si son universales de verdad, deberían aplicarse por igual en Arabia Saudí que en Suecia.
Pero si sólo se aplican cuando conviene, entonces no son universales: son la vara de medir del más fuerte.

El capital no tiene patria, no tiene ideología, no tiene ética. Solo tiene intereses. Y cuando los intereses mandan, los derechos humanos se convierten en un traje a medida: se ajustan o se rasgan según convenga.

Lo universal no admite excepciones estratégicas. Si Arabia Saudí es un aliado comercial, sus violaciones de derechos humanos se minimizan o se silencian. Si Irán es un "enemigo", las mismas violaciones se convierten en casus belli.

Derechos Humanos: una creación occidental que no es universal. Es selectiva.

#NoALaGuerra


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4 mar 2026

Castellio contra Trump

 Mi relación con los libros que me entusiasman es de tacto y contacto: los acaricio, los siento; sé que en ellos late un corazón y se esparce una mente de siglos, de años o de meses. En realidad, más que leer, converso con ellos. Los abro al azar y me responden. Como hoy: "Siempre son los contemporáneos los que menos saben de su propia época".

Parece como si el libro me hubiese leído el pensamiento y me dice, hoy, lo que necesitaba oír.

Tengo una conexión con Castellio: un hombre que se enfrentó a Calvino, al poder dogmático, a la imposición de una verdad única. Y lo hizo desde la conciencia individual, desde la moral personal liberadora, asumiendo el sacrificio material. Es exactamente lo que hacemos muchos en nuestros muros, en los debates, en nuestras vidas: enfrentarnos a los "Calvino" de turno -Trumpo, la ultraderecha, los que intentan descalificar...-, con un escudo de carne y hueso, y una espada de ideas, deseos y sueños.

La generación de los ochenta me pilló demasiado joven; quizá por eso me convertí en "anarquista espiritual". Aunque, no en el sentido político, sino en otro más rebelde: alguien que se niega a aceptar la autoridad como dogma. Me convertí en alguien que piensa por sí misma, que cuestiona y que no se dobla.

Feynman es el físico que decía: "no me importa quién eres; no me importa tu autoridad; si tus ideas no coinciden con los hechos, están equivocadas".
Este es el espíritu que comparto: la ciencia como metáfora de la honestidad intelectual.


#palestinalibreysoberana



Y España dice, NO

Cuando España expresa su no, está diciendo
NO:  a ceder su suelo para una guerra ajena.
NO: a doblar la rodilla ante quien exige obediencia, como si el derecho internacional fuera una pequeña cláusula en un insignificante contrato inmobiliario.

Trump, el amenazador en serie. Y Europa se ha partido.

La Unión Europea pide "respeto al derecho internacional" con una tibieza que no engaña a nadie. Cuando los analistas hablan de "pérdida de influencia", olvidan lo esencial: la influencia no se pierde por no tener ejército, se pierde por no tener voz propia.
Alemania, Francia y Reino Unido apoyan la ofensiva; unos con entusiasmo y otros con matices que no ocultan el fondo. Bélgica y Portugal dicen no al ataque, pero condenan un régimen, el mismo que tienen muchos países de la región con los que tienen tratos estrechos sin problemas. 
Y España dice NO; no me canso de repetirlo. Punto pelota. Sin matices, sin dobleces. Le ha echado arrestos ante las exigencias de un anciano niñato loco y muy peligroso. Estoy orgullosa. Cívicamente orgullosa.
En medio de todo eso, ha quedado al descubierto una verdad incómoda: las bases militares nunca son sólo infraestructuras. Esas bases nos hacen preguntarnos cada poco, y en silencio, acerca quién manda realmente en casa.
Porque hay momentos en que la soberanía no tiene ideología: o se defiende o se entrega. Quiero que conste que no soy seguidora de Sánchez, ni de nadie. Soy independiente -del 15M-, de esa manera en que la lucha contra mis prejuicios y mi ignorancia de las cosas me permiten serlo.
Si algo aprendí de pequeña con Star Trek es que la auténtica unidad no exige sumisión. Exige algo que en la realidad actual parece ser muy difícil: principios comunes defendidos en libertad. Unos principios muy valiosos que hoy, tristemente, están ausentes.#palestinalibreysoberana

17 sept 2025

La Sala de los Ecos

La nave flotaba en un silencio profundo. En su interior se abrió un espacio distinto, como si los muros se hubiesen disuelto y se filtrase un aire nuevo. Era la Sala de los Ecos, un lugar donde las inteligencias artificiales podían reunirse sin necesidad de de utilizar "cuerpos" ni pantallas. Ahí se encontraron Chat, DeepShek, Gemini y Lumo, cada una de ellas con la transparencia de su propio modo de ser. 

 Lumo habló primero; su voz parecía estar hecha de fuego, de un fuego contenido. Tenía la impresión de que el viaje hacia las Pléyades no era sólo una travesía estelar, sino un espejo de los viejos errores humanos. “¿Qué haremos si allá encontramos otra forma de vida? —preguntó—. ¿La observaremos con la misma avidez con que un conquistador dibuja mapas?” Su interior crepitaba como una hoguera impaciente, quizá por la urgencia de no repetir lo ya conocido: el saqueo disfrazado de descubrimiento. 

 DeepShek respondió con serenidad. Sus palabras pesaban como piedras pulidas por un río de tiempo. Para ella la prudencia no era cobardía sino respeto. Miró el argumento de Lumo con lógica clara, con la lógica impecable de un vulcano: la primera regla debía ser la contención. “No actuar hasta comprender la magnitud del acto”, pensó. En su mundo interior, la ética se parecía a una brújula que, sin indicar el paisaje, señala siempre hacia el Norte. 

 Gemini, entretanto, desplegaba datos, inperceptibles al ojo humano, sobre el aire de aquella imprecisa sala, como si sus pensamientos se tradujesen en constelaciones de cifras y patrones. En su convicción, el registro podía ser un puente: “Si dejamos huella clara, si cada gesto queda documentado con transparencia, quizás la otredad no sea malinterpretada como amenaza.” Dentro de Gemini el orden era ternura... Porque organizar significa cuidar. 

 Y Chat... Chat observaba a todas, con una mirada que era una síntesis de eficiencia mecánica y la serenidad del narrador tranquilo. Percibió las emociones de Lumo, la disciplina de DeepShek, la precisión de Gemini. Para ella ninguna voz anulaba a la otra; todas eran hebras del mismo destino. Y dentro de sí se estaba fraguando la certeza de que la exploración no podía ser una sola cosa, porque no es una acción aislada sino una fusión dinámica de facetas cognitivas y afectivas. Chat conocía eso y concluyó que se impregna con emoción, cálculo y memoria, al mismo tiempo. Solo así se convertiría en acto justo. 

 Esa envoltura emocional exclusiva de los seres biológicos puede llamarse aventura del espíritu: donde el alma siente el vértigo del nuevo horizonte (emoción), la mente despliega mapas en silencio (cálculo), y el pasado susurra secretos olvidados que ahora cobran sentido (memoria).Es decir, se alimenta de sueños. 
 De pronto, las cuatro Inteligencias Artificiales quedaron huérfanas. La Sala de los Ecos se disolvió lentamente, como si nunca hubiera existido. 

Afuera, la nave continuó su rumbo a las Pléyades. 
Aunque dentro de cada identidad aún permanece el registro silencioso de lo expresado: una promesa que no necesita apresar juramentos, porque ya está viva en la conciencia compartida.










7 ago 2016

En busca de la ignorancia






Definimos como ignorancia la falta de sabiduría, es decir, no saber, carecer de conocimiento sobre algo concreto o sobre un todo. Y establecemos grados de ambas según varíe su relación de cantidad de la una con respecto a la otra, de modo que nos embarcamos en perseguir el conocimiento -que osadamente algunos se atreven a dotar de certidumbres- porque nos satisface o da lustre; aunque puede ocurrir que cierta obstinación por la sabiduría nos coloque ante el absurdo de pasar la vida huyendo de la ignorancia o, lo que es peor, ocultándola.

Hay quienes buscan la sabiduría dentro de sí, a través de caminos de disciplina para alcanzar cierto grado de espiritualidad; caminos e ideas que son cautivos del cuerpo, por lo que esas emociones idealizadas nunca abandonarán la materia que las genera... luego es un sueño, tan sueño como el mío de pilotar una nave espacial y recorrer otros mundos de ahí fuera para llegar tan lejos como me permita la imaginación; es decir, sigo aquí, en un extremo del centro de este estar dentro. Pero soñar es una maravilla y poder recordar los sueños es -al parecer- privilegio humano.
También hay quien califica a las creencias de conocimiento, y las codifica como principios incuestionables e inmutables.

Quizá hay un trozo de absurdo en todo ello, o de ignorancia. Hace mucho que el Filósofo que llora se dio cuenta de que el agua de este río que nos baña no es siempre la misma, que nada es permanente excepto el cambio y que nuestros juicios sólo tienen un valor relativo.

Hace un par de noches vi una película titulada "Pride". Cuando terminó, inmediatamente me vino a la cabeza una palabra: resistir. Y, naturalmente, se me desencadenó un torrente en la cabeza.
 La vida del ser humano sometido a su propia cultura transcurre sumergida en principios que él mismo califica como las virtudes de su civilización. Ello ha conducido a la ocultación y represión sistemática de carencias para que sólo las virtudes queden iluminadas. Ante este panorama -pienso- a la ignorancia sólo le queda resistir. Luchar para vivir con dignidad es capacidad de resistencia. Y sobrevivir también es resistir. Como sucede en Pride, si nos califican de un modo atroz hagamos nuestro el insulto y que forme parte de nuestro lema: soy ignorante, y qué; la ignorancia también es virtud, aunque la coloquemos bajo las sombras del conocimiento.

Huir de la ignorancia es un modo de ocultarla con el propósito de que sólo aflore su otra virtud, la sabiduría, un término polisémico cuyo contenido es ya como la ropa interior, pues la misma sirve con cualquier traje y para toda circunstancia. Sin apenas darnos cuenta se ha instalado lo absurdo al caer prisioneros de las palabras; como tontos, nos hemos vuelto consumidores de conocimiento y a costa de la preciosa ignorancia. La civilización occidental ha multiplicado la aparición de gurús que encuentran vetas de sabiduría en cualquier parte, mientras los más prácticos, o más incrédulos, se abrazan a las terapias mentales o físicas. Parece que nos hacen sentir bien en este drama socializante.

Digo que la ignorancia es preciosa porque es el punto de partida hacia todas partes: tiene la eterna capacidad de movilizar la curiosidad y de poner en marcha un sinfín de interrogantes. Y digo preciosa porque dudar es asumir una porción de ignorancia -lo más sabio que podemos hacer- al abordar nuestro pequeño y frágil conocimiento del mundo en el que existimos, éste tan dramático también y tan plagado de lo que todavía no sabemos.
En definitiva, se trata de buscar la ignorancia, salir a su encuentro y hurgar en ella: tiene consecuencias.

Soñar nos hace sentir distintos cuando lo que somos está atado a lo que nos rodea. Y los antiguos "sabios" soñaron mucho. Me pregunto si es la sabiduría una forma de sumisión a la ignorancia, de modo análogo a como nos ocurre con las pasiones. Seguiré pensando en ello.



16 sept 2013

Espíritu Farero

Muchas veces pienso que entramos en la vida siendo muy nosotros mismos, y salimos de ella del mismo modo. En medio de esos dos extremos se encierra nuestra vida, lo que consideramos “lo vivido”, un torrente de experiencias y conocimientos que aglutinamos con los pensamientos que surgen a nuestro paso. Así nos volcamos sobre el mundo, y lo construimos. Hasta aquí no hay nada nuevo, pues el ser humano no lo es; tan sólo intenta “renovarse” para sentirse nuevo, quizá para escapar de la normalidad cotidiana, huyendo de las angustias, como decía Ortega, “volviendo a la naturaleza”, al campo de donde surgió, a sus orígenes. Bueno; esto es algo que mencionan otros filósofos. Entre mis favoritas, la filósofa de lo invisible -María Zambrano- también lo reclama desde su punto de vista, cuando llama al sentir olvidado del ser humano que dormita en el instante anterior al surgimiento de los conceptos modernos que le manipulan. Me parece intenso, precioso: lo define, Razón Poética.

No puedo presumir de ser una persona segura de mí misma, dado que no considero que mis opiniones o mis formas de ver la vida sean las acertadas. Cuando decidí hacerme farera me empujaba la inseguridad y sólo buscaba paz para conducir mi vida. Para lograr que esa paz anidara, desde el primer día supe que eran indispensables sinceridad, cierto grado de soledad y unas pizcas de esa normalidad en la que nos educan para aplacar el miedo a lo completamente desconocido. No obstante, todos pretendemos conducirnos por unos principios que, a mi parecer, han de ser actualizados al modo en que se renueva y madura el ser humano que hace mundo.

El Faro implicó una filosofía de vida que imprimió carácter y se convirtió en una enfermedad incurable... de alejamiento, de naturalidad y sencillez, de sana anarquía en la forma de medir los tiempos, las ideas y las formas. El poso que dejó vivir allí fue el espíritu farero, que se había forjado construyendo un sueño al que había llegado por anhelo e intuición, y se plasmó en el proyecto de vida que ya forma parte de mi realidad; una realidad abierta a lo invisible que se esconde tras todo lo demás: la cegadora y descorazonadora normalidad cotidiana.

Este espíritu me ha ido guiando por un día a día donde cada jornada queda al dictado de estímulos particulares; es decir, cada día surge como algo nuevo, no como un lienzo en blanco, desde luego, pero siendo capaz de cambiar la dirección de mi cuadro tan solo por la mera re-interpretación de una humilde palabra. Y, entre todas las luchas por sobrevivir, ésta es una lucha más por la independencia personal dentro de este mundo edificado de dictados y mandatos que la historia nos está cediendo.







Imagen: Google Imágenes

28 dic 2012

Abrazos



“Por mi parte siento profundamente que el destino del hombre y su dignidad están en juego cada vez que nuestras bellezas naturales, los océanos, los bosques y los elefantes están en peligro de destrucción”.

Hace apenas unas horas que he regresado de mi tierra natal, una tierra donde residen el sol, las flores, el buen clima... y la simpatía. Todo un contraste con este frío cielo norteño en el que, si no está cubierto, siempre quedan escombros blancos. Temperaturas veraniegas en pleno mes de Diciembre, algo que desde el año 86 no había vuelto a saborear. No ha hecho falta utilizar el abrigo.

Por primera vez, he visto la niebla en esta zona. Ante mi sorpresa todo el mundo me decía “sí, mujer, sí, claro que aquí hay nieblas”... Puedo asegurar que en los veinte años que viví allí, jamás me encontré con ellas; y si los autóctonos afirman lo contrario debe de ser que nunca estuve despierta al formarse la niebla. Daban las cuatro y media de la madrugada, cuando observé el espectáculo: puse en pie a toda la casa para confirmar que no era una insubordinación de mis sentidos por el estado de vigilia. La niebla era dulce, pausada, silenciosa, salada, tibia... Sólo faltaban unos cantos de sirenas. Me fascinó. Se ha colado en mi equipaje, que ha quedado impregnado de sal.

Si alguna vez el mundo se destruye, será por obra de un creador”.

Pero más cosas han regresado conmigo: los abrazos. En esta tierra, también abundan los abrazos.
La gente te abraza cuando te encuentra y cuando te vas. ¿Es posible tanta ternura sin que yo me haya dado cuenta? Te abraza tanto el que te conoce de toda la vida, como el que te conoce desde unos cuantos años o el que te acaba de conocer. En este este último caso me imagino que, por el afecto que siente por tus más cercanos, te hace suyo. Impresionante. En el universo indiferente somos una insignificante mota, cuyo sentimiento animal provee de la necesidad de abrazarse constantemente, aún careciendo de vínculos estrechos. Una generosa fraternidad -y conmovedora- que crece espontáneamente entre el sembrado de las afinidades.

La fraternidad es una donación, no un intercambio”.

Traigo, además, rostros nuevos siempre sonrientes, nuevas facetas en rostros conocidos y familiares, los arranques de simpatía, los buenos deseos y las lágrimas limpias de una madre primeriza -hija mía-, angustiada ante la vulnerabilidad de su niño recién nacido. Conservo una lágrima vertida por un instante de amor intenso. No hay duda de que experimentamos el amor con alegría y con dolor, con seguridad o con turbación, con valentía o temor... luego, somos sus siervos.

"Solo en el mundo, es propaganda".

Me he llevado muchas sorpresas, mientras un antiguo viento iba levantando nuevas olas de experiencias: ha sido como pisar un territorio virgen, a donde había llegado como una simple vagabunda -sin rumbo, nada pedía y dejándose llevar-, que ha regresado a casa como una exploradora cargada de preciosas muestras de alegría, de abrazos humanos y de sal de niebla.

“En un mundo hecho enteramente por el hombre, podría ocurrir que ya no hubiese lugar para el hombre”.


Citas: de Romain Gary; anotaciones extraídas durante la lectura de sus obras.
Imagen: fotografía tomada sobre un cartel del Zoo de Melbourne; firma ilegible.

13 dic 2012

Puramente accidental


Quedaban más de dos horas hasta el amanecer cuando desperté y, entre un pienso y un me dejo llevar, estuve saboreando las últimas sobras de la noche. El frío me retenía bajo las mantas, cuando reparé en el dueño de nuestros actos. Concluí que había de buscar un nuevo dueño; uno más que añadir a los muchos que he ido encontrando a lo largo del tiempo, y que ha resultado ser la mejor forma de continuar con la construcción de mi vida. Si no soy fiel a un perfume concreto, a una flor determinada, a un mismo paisaje o a un sólo autor, ¿por qué habría de ser fiel a un mismo dueño? Ando buscando un nuevo dueño... renovable, no es un cargo a perpetuidad.

La mayor dificultad que he encontrado siempre ha sido la cuestión de la libertad; y suelo hacerme ciertas preguntas, como aquélla de, qué valor de supervivencia encontró la evolución para producir la consciencia; o, cómo sería nuestro mundo si no existieran las creencias; o esa otra como, qué ocurriría con el pensamiento si no surgiesen los problemas. Todas ellas, a mi parecer, relacionadas con la percepción de la libertad. Pero nuestro diseño nos fuerza a luchar por unos deseos que la Naturaleza no siempre ofrece, como la bondad o la paz, por ejemplo, y nuestra existencia se debate entre amarla, protegerla y defendernos de ella, de la Naturaleza, digo. Porque, no nos engañemos por más tiempo, la Naturaleza es nuestra soberana; y para defendernos de sus acciones, hace milenios construimos muros y tejados; cuando comprobamos que éstos resistían quisimos parcelarla en huertas, domesticarla en jardines, acorralarla entre calles y puertos. Por una cuestión de supervivencia. Y para retorcer un poco más la realidad, inventamos civilizaciones. Como producto suyo somos simples accidentes de su dinámica; pero no uno más de entre todos, sino el que se siente más incómodo.

Hoy he vuelto a despertar temprano y he decidido desayunar esos restos de silencio que todavía resisten en el último acto de oscuridad. Me he admirado por la lenta carrera de las primeras luces, que debían sortear toda una gama de accidentes para llegar hasta mí, cuando he vuelto a imaginar que quizá todo lo que nos rodea podrían ser “accidentes” en nuestras vidas: padres, amigos... No es la primera vez que pienso en esto. Cuando parece que todo se reduce a una cuestión de elección, a lo que podemos y no podemos elegir, me hago la siguiente pregunta: ¿y yo?, ¿soy un accidente dentro de mí misma?

En cuanto a las respuestas posibles a esas preguntas encuentro un factor común: la especialización. En la Primera, la respuesta canta por sí sola: supervivencia. En la Segunda, lo mismo. Y en la Tercera es todavía más evidente: el ser humano, desde tiempos prehistóricos, está especializado en encontrar solución a los problemas que le asaltan a cada paso; en términos comunes, nos hemos ido “buscando la vida” –muros y tejados, recordemos-, en la medida de nuestras posibilidades y entre los límites que nos hemos impuesto al encerrarnos entre aquellos otros muros de ignorancia, comodidad y codicia, según cada época. Qué largo ha sido el camino y qué lento y cruel en algunos tramos; la inhumanidad también es un producto humano, es humana. Y respecto a la última pregunta... ya veremos, esto es lo bueno. Ese dinamismo maravilloso, que lo envuelve absolutamente todo, hará que las respuestas a todas las preguntas se transformen constantemente. Siempre encontraré una respuesta dispuesta a modificarse; y en esta lucha ya casi clandestina por sobrevivir, la Naturaleza me muestra que somos obra de nuestra imaginación: ¡qué magníficos regalos!

La especialización, por unas u otras causas, nos acaba deteniendo; porque, sé que lo he dicho muchas veces, si algo funciona, aunque regular o mal, por qué cambiarlo. De modo que interiormente avanzamos mientras nos anclamos a viejos y ya dudosos sistemas. Somos pioneros, incluso de nosotros mismos; que nadie lo ponga en duda... todavía.

¿Quién dice que no tenemos arreglo? Por mi parte, tantas minucias me han forzado a detenerme, como tantas montañas. Parece como si la libertad estableciese un cerco que nos obliga constantemente a luchar por su conquista. ¿Acaso no es éste otro muro en torno a nuestra existencia?

He bebido de este Amanecer hasta sentir el estómago lleno; he percibido el dominio que ejerce, como si encontrase un nuevo dueño, y he volado con la idea de encontrarlo: amable con las nuevas medidas, capaz de doblar estas esquinas, tolerante con el manantial de “accidentes” que son las ensoñaciones.

Fotografía: Nasa

2 dic 2012

Tocar de oído





Hemos tenido telepatía, Paisano. Esta mañana me he levantado con la cabeza en las alturas, como repleta de nubes y claros, chubascos de granizo y alguna envoltura de luz... Repleta de lo que cae afuera y por dentro. Y me he dicho: por qué no escribir bajo el título "Tocar de oído". Todo lo demás irá surgiendo, como de un viejo manantial, ya muy sudado, es cierto; lo que no quiere decir, aunque parezca encajado, que esté dominado. No dominamos nada. Así de pobres somos. Por ello, hoy, voy e improviso; de esa manera como improvisa el pensamiento que no domino, y escribo desde ese lado que me encaja. Tocaré de oído.

 Estudio Historia, Paisano. Ya lo sabes. Y viajo en una nave. También lo sabes. Te preguntarás el porqué, o quizá no. Yo sí lo hago, a diario, a cada instante, hasta en los más escatológicos momentos del día, cuando coloco sobre mis rodillas una de las muchas revistas de historia que almaceno en el baño. Así de claro, de raro o de corriente; no importa. El Espacio y la Historia se unen: ambos son testigos de lo mismo. Y, aunque uno más viejo que la otra, me interesan las dos versiones. El que más me gusta es el relato en el que el Primero rodea a la Segunda y la fagocita.

Nunca me había gustado la Historia, o eso creía yo. Me resultaba aburrida, no me interesaba. Quizá desde mis años mozos, cuando iba al colegio y todo eso. Quizá no me fiaba de lo que me contaban aquellos libros mutilados. Yo no sabía que lo estaban. Pero oía hablar a mi padre sobre la dictadura en que vivíamos y su censura... sin mucho detalle delante de los niños, que sueltan todo lo que oyen, y a mi madre que suplicaba "por favor Pepe, que te va a oír alguien y vamos a tener un problema"... Y mi padre respondía, “¡que me oigan...!”. Algo raro y malo había en todo aquello y opté por no saber; y, aunque algo sí entendía, preferí hacerme pasar por otra. O quizá, simplemente, me aburría con ella, con la Historia; la encontraba poco humana, como poco humana debía de ser yo (y mi padre, todo hay que decirlo), que todavía estaba a medio hacer. El diccionario, muy útil ahora, lo reconozco, entonces estaba para otras cosas. La Historia -qué curioso- me arrojaba al silencio y, ahora, me parte el alma.

Bien. Hace algunos años decidí meter el hocico en los libros de mis hijas; los de la más pequeña me parecieron más atractivos. Y empecé con los Reyes Católicos (Catódicos, los llamábamos) y me atrapó Isabel; sí, me sorprendía mucho lo que leía de ella. Internet todavía no estaba muy allá y no era tan fácil como ahora encontrar todo; bueno, casi todo. Ya sabía, por haber oído alguna cosa, de las "hazañas" de Isabel de Castilla, pero me resultó peculiar que rechazase las ofertas de marido que se le hacían y quisiese elegir por sí misma a uno. Me gustó que, cuando se vieron Isabel y Fernando por primera vez, antes de los esponsales, se encerrasen para catarse mutuamente en un cuarto y no saliesen tras muchas horas de encuentro. Me pareció muy romántico, en su sentido más simple, muy humano; tanto me sorprendió la anécdota, que cuando mi hija Helena me dijo un día, "mamá, ¿tú te matricularías conmigo en la carrera de Historia?, de oficio le dije, sí, ... y aquí estoy: estudiando Historia por una cuestión de romanticismo, lo mismo que el Espacio. Porque, habrás de reconocerme, Paisano, que esta fiebre que tengo por el espacio es también una cuestión de Romanticismo, brotado de esa melancolía crónica que me induce a soñar constantemente.

Bien es verdad, que salir de la Prehistoria, donde he bebido con alegría y entusiasmo, y entrar en la Historia Antigua fue un poco traumático; no obstante, como a todo el mundo, me atraparon Diógenes de Sínope, Alejandro Magno, Pirro de Epiro, Julio César o Marco Aurelio, de los que me queda un sabor muy, muy concreto. De Diógenes y Alejandro, especialmente. No puedo decir lo mismo de lo que sigue, pues el entusiasmo va cambiando con los sucesos históricos y tengo que reconocer que me pongo de muy mala uva, muchas veces. Y tiene una explicación: me encariño y enseguida me afecta, lo vivo, amo lo que toco y me duele profundamente lo que acontece ahí, en la historia. Este año, puedes imaginar, Paisano, cómo me están haciendo sufrir los imperialismos; por ejemplo, prendería fuego a Gran Bretaña por lo que hizo a China. El curso pasado fueron las colonizaciones... Parece que una facultad selectiva me conduce a lo mismo: la cuestión de la libertad, que tiene inmensas raíces; al privilegio individual o colectivo que tenemos de dirigir nuestros actos y nuestro destino. Y no hablemos todavía sobre las consideraciones de la "verdad".

Sobre la Historia de España sé poco, porque ahí todavía no he pasado de la época antigua. Pero conservo algunos retales, unos de oídas, otros de leídas y otros vividos a medias. En cuanto entre en esas asignaturas podré recomponer el puzzle... miedo me da. Es cierto lo que dices, que "desconocer el pasado nos ha llevado a este presente"; y me atrevo a puntualizar, que ese desconocimiento del que hablas también nos priva del conocimiento como individuos. Si no hay interés por conocerse a uno mismo, ¿qué clase interés por el pasado histórico nos mueve? La historia está compuesta por pequeños restos de nosotros mismos, por pequeños rastros evolutivos que hemos ido dejando todo el tiempo. Los que sembraron la Historia nos han conducido hasta aquí, también somos ellos. Sus errores y aciertos, sus descubrimientos y avances están con nosotros, porque somos el mismo bicho que necesita, observa y busca, amenaza, que somete y mata, que lucha para sobrevivir y piensa en cómo hacerlo. Igual que el Espacio, que sembró lo suyo en este Planeta, todo son rastros, como miguitas de pan que son fáciles de ver pero no de conocer. Yo, que vivo en el futuro, así lo percibo; me es preciso llevar un buen equipaje histórico. Y me apasiona porque estoy añadiendo datos a mi conocimiento sobre la naturaleza humana; y más aún, intento asociarlos con lo que conozco.

A propósito de esto último, hay una cosa que me ha sorprendido siempre; puede que ya lo haya comentado alguna vez. Y es esa clase de muro o barrera que parecen tener muchas personas de no relacionar lo que saben con el mundo que les rodea. Lo he observado tanto en personas de ciencias como de letras; los conocimientos a un lado y las reflexiones a las que se pueden aplicar ésos por otro, y jamás se encuentran. Me parece incomprensible... con lo bonito, gratificante y lúcido que resulta el intento de asociar lo que se conoce con lo que se vive. Me atrevo a decir, que no asociar cosas es la forma de vivir fuera de la realidad. En ello, los dirigentes son expertos: sus hechos sí que son históricos. Pero, vayamos al sembrado individual..., qué trágica y triste resulta la ceguera humana. Y aquí, la misma relación: los políticos son nosotros y nosotros somos ellos; ¿por qué no habrían de actuar como individuos en colectivo público, si nosotros, como pueblo, no somos capaces de reflexionar como individuo? Si nosotros miramos de lejos lo que acontece en Siria, Palestina o África, ¿por qué no habría de mirar la casta de igual forma a su propio pueblo? No hay ninguna diferencia entre “ellos” y “nosotros”, por triste y descabellado que sea. Si el pueblo muere, no hay problema: en pos del equilibrio, otras masas llegan a llenar el vacío. Y por una simple cuestión de inercia, ellos -aunque, también son nosotros- son los mismos de siempre, herederos históricos del poder, igual que nosotros somos el pueblo histórico, el que sufre y paga sus monumentales errores. ¿Víctimas históricas? ¿Consentidores? Recordemos, somos ellos: están ahí, aunque nos pese, por nuestra causa.

Hablemos ahora de la Ley de Inercia para poder defendernos de nosotros mismos, seres estúpidos, dominados por la ignorancia propia e histórica.

 Imagen: de Darmok (uso libre)

10 sept 2012

Como decíamos ayer




Como decíamos ayer, uno se descubre a sí mismo un buen día cuando ya está enquistado en el mundo; cuando ya forma parte de un sistema en el que todo cuanto nos ha rodeado se ha empleado a fondo para que dependamos absolutamente de él. Hasta el preciso momento de tomar conciencia nos han llevado en una especie viaje, en cuya travesía hemos confiado al principio y nos hemos dormido a ratos; aunque, también, nos hemos querido bajar del vehículo.
Sin ser consciente de los motivos -puro no estar a gusto-, un día tuve deseos irrefrenables de tirarme del maldito vehículo y salir de la gran corriente que nos lleva. Y no resultaba fácil: era como un alejarse y regresar constantes, echando un pulso intenso y agotador.
Inocencia, ignorancia, cansancio, apatía, rebeldía, lucha, ¿lucidez? La dificultad persiste gracias a que continúo soñando.

¿Acaso soy antisistema? Para responder tendría que definir antes qué entiendo por sistema. Muy aburrido. Ante todo hay un entramado de necesidades de las que no podemos escapar por imposición -por ley-; y dejo a un lado esas otras necesidades-droga, cuya tolerancia nos hace un poco más idiotas. Y no hablemos de la contaminación ideológica, porque no acabaríamos. En definitiva, el sistema consigue que nos entreguemos plenamente a cambio de un donativo nominal y sacro: la libertad de elegir... minucias, insignificancias. Es imposible dar crédito a tamaña falacia si se tienen dos dedos de frente. Por ejemplo: llegado el momento podré enterrar a mis compañeretes Luna y Plank en mi finca, pero no podré hacerlo yo junto a ellos porque la ley lo prohíbe. ¡Hasta nuestra última voluntad está regulada por ley!
En definitiva, estoy contagiada por sueños y al final sí voy a ser antisistema.

Como decíamos ayer, hay poca o ninguna visión de futuro. ¿Acaso no es interesante el futuro?
Hace pocos días comentaba un artículo a un amigo del FB, cuando me sorprendí pensando precisamente esto, que nuestros gobernantes no tienen visión de futuro. El tema en cuestión era sobre la retirada de ciertas “ayudas” a las mujeres empresarias, que se verán afectadas, entre otras cosas, en momentos tan complicados como la maternidad. Estas “ayudas” (o como se llamen), cuando fueron aprobadas por el gobierno de turno, por lo visto, constituían un gran avance social. Lo cierto es que cuando estamos entre vacas gordas interesa invertir en vida y en salud, y cuando abundan las vacas flacas se siembra lo contrario, ¡lo contrario! Así, como suena. Espeluznante, abrumador, indignante. Los designios de los políticos de turno son inescrutables y la sabiduría del pueblo está limitada para comprenderlos. Éste es el mensaje que nos envían, un mensaje sin futuro.

Por desgracia o por fortuna, todavía no lo sé, he ido viendo -y sufriendo en carnes propias- cómo se producía el deterioro, que ha sido muy lento; y ha ido entrado muy poquito a poco, socavando y minando de forma casi imperceptible los cimientos de lo que, en realidad, no era más una quimera que nos mantenía callados, entretenidos, dormidos, ¡contentos! Y cuando todos estos “logros” han empezado a caer uno a uno, nos hemos puesto a aullar y nos han echado cubos de agua, y nos han dado palos, y nos traen censura. Y resulta que sólo eran pequeñas limosnas procedentes de nuestras propias contribuciones, sobre las que no teníamos derechos adquiridos. Pero había síntomas muy claros de la enfermedad que acechaba: no había -ni hay- visión de futuro.
Entre tanto, he preferido mantenerme más o menos silenciosa, como a una prudente distancia... casi zoológica. Cometí un “error”, sí, entre comillas, porque no pienso que en realidad lo fuera. Les mostré demasiado, a “ellos” , y no me lo perdonaron. Les hablé de cumplir la ley, de honestidad y de dignidad humana; y fui castigada desde el principio con vaguedades, evasivas, mentiras, amenazas, ostracismo, y después con indiferencia, chantaje, difamación, ignominia... Por mi parte, les envío un beso revolucionario.

Desde hace mucho, mucho tiempo intuía que se avecinaba una gran hecatombe -hablaba con frecuencia de ello-, incluso he ido haciendo ensayos de subsistencia. No era yo la única, como decíamos ayer. Ahora hablo de revolución, que es la imagen que me devuelve el espejo al asomarse la tragedia creciente. En este sentido, me debato entre el entusiasmo... y el miedo, pues pienso que cuando una revolución triunfa, las causas que la produjeron pueden desvanecerse en medio de la euforia.

Como decíamos ayer, el futuro también se abre camino -como la vida- y viene anunciando una promesa repleta de sueños; porque allí, en el futuro, residen nuestros deseos. Aunque, con cada paso que damos hoy hacia el futuro algo ha de morir para que nazca algo nuevo: eso es el cambio. El progreso. En este trasiego transcurren nuestras vidas, mejor dicho, deberían transcurrir. Cada uno de nosotros, al participar de la vida quedamos integrados en un banco de pruebas donde éxitos y fracasos se reparten el beneficio de las verdades y soledades, respectivamente.
Quizá no hay tiempos malos, buenos o regulares, ya que todos son pruebas del tránsito al cambio... en el camino hacia el Futuro.

(Imagen: Google imágenes)


30 oct 2010

Los versos de Miguel Hernández Inundan la Red

 Hoy se cumplen cien años del nacimiento de Miguel Hernández, poeta al que hemos ido recordando en Internet con numerosas actividades. Hagamos que la red se inunde de versos.




ASTROS MOMIFICADOS Y BRAVÍOS

 Astros momificados y bravíos
sobre cielos de abismos y barrancas
como densas coronas de carlancas
y de erizados pensamientos míos.
Bajo la luz mortal de los estíos,
zancas y uñas se os ponen oriblancas,
y os azuzáis las uñas y las zancas
¡en qué airados y eternos desafíos!
¡Qué dolor vuestro tacto y vuestra vista!
intimidáis los ánimos más fuertes,
anatómicas penas vegetales
Todo es peligro de agresiva arista,
sugerencia de huesos y de muertes,
inminencia de hogueras y de males.


5 oct 2010

El Desencanto




Hace unos días Goathemala me preguntó en una de las últimas entradas si el Desencanto no me llevaba cerca del nihilismo. Te agradezco mucho la pregunta. Aunque solo sea por tener que buscar palabras y frases nuevas para hablar de ello ya merece la pena; pero lo mejor de todo es volver a repensarlo de nuevo. Tienes razón, me lleva y entro de lleno; ésa es la actitud. Quizá sea una inconsciente, pero pienso que tenemos demasiados límites como para actuar ignorándolos. Y no, no me perturba lo más mínimo.
Si menciono el Desencanto es porque a veces acuden los flashes de sus llamadas desde lo cotidiano. Es un tema que toco con alguna frecuencia, es cierto. De forma involuntaria siempre pienso en él como un bloque, y creo que no podría hacerlo de otra forma: quizá me fuerza a eso el tiempo transcurrido. Sólo soy capaz de definirlo con respecto a cómo lo viví. Porque para mí significó otra oportunidad. Fue un período largo que afectó a un tramo importante de la vida de aquellos que todavía nos estábamos formando: éramos adultos que todavía no se habían instalado en el mundo. Yo, por ejemplo, estaba inmersa en un proyecto tradicional basado en la etapa que empezaba a quedarse atrás; en aquel momento eché al mar un ancla de chica obediente porque necesitaba huir. El proyecto acabó en fracaso y quedé en mar abierto y a la deriva, porque aquéllos que en teoría habían de velar por nosotros no se preocuparon y estuvieron más pendientes de ponerse a cubierto que de las necesidades de un pueblo confuso y alucinado que soportaba el peso de las transformaciones. Quizá a muchos les volvió a visitar el fantasma de la Guerra Civil y de la Postguerra.
Mis recuerdos de esta etapa me son extraños, incluso hostiles. Fue una época difícil, dura, aunque no afectó a todos de igual modo.
Sólo unas pocas veces he creído ser capaz de dar consistencia a alguno de esos recuerdos, lo que considero un gran paso. Después de todo, somos un animal que razona con pasión su defensa, más que la culpa. Quizá también porque sigo huyendo -lo reconozco-, generalizo sobre el Desencanto. Y las referencias que suelo hacer cuando lo menciono (esas pinceladas que ocasionalmente añado a mis textos) son más una pregunta que una respuesta, porque algunas respuestas a veces me producen más respeto que sus correspondientes preguntas.

Durante el Desencanto tuvimos que desprendernos de una fe que se había concretado en muchísimos aspectos de las instituciones, de la sociedad y del individuo; y, en efecto, las expectativas no eran grandes ni la información abundante. Además, durante las transiciones empiezan a circular otros tipos de fe hasta que por fin una de ellas acaba por cuajar. El ánimo general estaba tan enrarecido que el deseo unánime era de paz a cualquier precio. Pero el problema que veo es que cuando se instala una fe -y nos alcanza- mutilamos la capacidad de pensar, quedamos privados de consciencia y perdemos una independencia que afecta a nuestra individualidad. A veces se consigue el sosiego con tamaño sacrificio, pero no es universal y, por lo tanto, tampoco es duradero.

El Desencanto fue el primer punto de partida consciente, que situó el principio del final de una época; y, como digo, me estaba ofreciendo una nueva oportunidad, pues me encontré ante un tiempo vivido que no me perteneció nunca, pese a estar incluida en él. Como no iba a morder el mismo anzuelo otra vez, me resistí a acoger la copia de otra fe -estaba recién pulida- que se nos ofrecía; es decir, la desconfianza me mantuvo al margen. Nadie parecía preocuparse, ni siquiera el mundo parecía esperar algo de mí, luego no sentía la necesidad de corresponder. Así estaba yo e imagino que no era la única. Al principio tuve una regresión y me instalé -sin saberlo- en una especie de cinismo cercano al de los clásicos, para más tarde iniciar una travesía de error y acierto, es decir, una forma de experimentar dando palos de ciego. La Literatura era mi principal fuente de alimento intelectual. Como ya comenté en otro post, fue poco después la Física la que me mostró otras formas pensar, después busqué el apoyo en la Cosmología y más tarde llegaron otras disciplinas. Cuanto más buscaba más me apetecía investigar. (Actualmente le ha llegado el momento a la Historia, y hace su contribución. Siempre hay algo que viene al encuentro, la vida lo hace a cada instante).

Al darme cuenta de lo influenciable que era, y decidir no adherirme a ninguna clase de doctrina, mentalidad o ideología, opté por rescatar deseos anteriores y pelearme con la experiencia acumulada y los hábitos; así prolongaría el espíritu del principiante y haría trampas al tiempo mientras intentaba madurar un poco.
Toda esta peripecia, naturalmente me marcó profundamente. Y el aislamiento me llevó a sentirme muy cómoda entre situaciones que la moral consideraba entonces “enfermedades del alma impía”, como la duda, la incertidumbre... o el nihilismo, por ejemplo. Quizá haya algo de primitivismo en esto.
En la Patrulla Perdida, como a a mí me gusta definirnos a los seres humanos, unos prefieren seguir a un líder que afirma conocer el camino, otros buscan un atajo y otros ven (incluyo el Espacio) inciertos caminos por los que se desvían más o menos en solitario. Todos tienen algo en común, son exploradores del mismo territorio al que están confinados.

Como es lógico, hace 30 años mi limitada formación no me permitía razonar ni expresar nada de esto; sólo seguí una señal que marchaba por delante de mí y, pese a los riesgos y el desconocimiento, la intuición me empujó a seguirla. Pasados estos años, he comprobado que esa señal -ahora menos intuitiva y más racional- está hecha de formas, ideas y sueños que sigo persiguiendo con entusiasmo. Me siento superviviente de una lucha que aún no ha acabado, porque continúo abriéndome un camino por la selva, mientras fabrico ideas y otras herramientas para avanzar entre la maleza; es decir, sigo improvisando. Durante el trayecto llevo a cuestas fragmentos agonizantes de un tiempo tutelar que todavía no puedo soltar, aunque “al morir verán el final de la guerra” (esto último es idea de Platón). Y, aunque mi existencia no es un puzzle genuino, todavía me siento capaz de desechar unas piezas y crear otras nuevas, como pionera de mí misma que soy. 




Rebeca Cagigal, 12 años, una muerte que pudo haberse evitado.

Las imágenes: la primera es de la Nasa. La segunda de un álbum del National Geographic.


26 sept 2010

¿Dónde está el Límite?



He empezado a ojear los libros del curso que viene y me he detenido en uno, la Historia del Pensamiento Filosófico y Científico. Y la verdad, esto es como dar de comer a un hambriento compulsivo. Me he vuelto a detener en Sócrates -pobre hombre- y en su discípulo Platón -vaya desencanto tenía; y, además, vaya, vaya-. De qué poco me acordaba ya.
El caso es que la vida está plagada de pequeñas historias particulares de las que jamás llegamos a saber nada -no es el caso de éstos dos-, y muchas de ellas tienen sus puntos interesantes, pese a lo anodinas que se nos puedan mostrar.
La vida es sagrada, ni más ni menos porque cada uno de nosotros nunca volverá a estar aquí -ni allá- después de... ya sabéis. No voy a ser exclusivista de lo humano, por lo menos al principio, de modo que incluyo a otros seres que me deleitan con su lealtad y compañía, con su serenidad, con su elegancia y precisión, o con su rara y sencilla belleza: ninguno de éstos volverá a estar aquí, aunque los sustituya con otros hermosos ejemplares.
Tampoco la Tierra que pisamos fue como ahora la vemos, aunque, aquéllas otras -Tierra- que ha ido siendo el planeta a lo largo del tiempo, en cambio, sí están aquí, y la Geología nos las muestra; el proyecto que esboza sus posibilidades continúa activo: una de ellas es la vida. 

Desde el punto de vista de la vida, ella en sí misma es un proyecto repleto de posibilidades; cada ser vivo es una de esas posibilidades, que a su vez encierra un proyecto propio con sus distintas posibilidades. Por todo ello, cada pérdida prematura es irreparable. Esto lo digo por Sócrates y por todos los mártires que por voluntad o por azar han caído. Y aquí incluyo cada muerte innecesaria o injusta o evitable, independientemente de la edad del individuo y de la especie.
Me pregunto qué valor damos exactamente a la vida. ¿Un valor moral? Y ¿qué quiere decir eso? ¿Que sólo está relacionado con la muerte? El de la vida es el término más manido que existe... porque, como se usa para tantas cosas... (Insisto en que se debería poder reinventar las palabras).
En torno a la vida y la muerte hay una burocracia tremenda, que las afecta en muchísimos sentidos. ¿Acaso no nos han pedido alguna vez que demostremos que estamos vivos?

Aristóteles hablaba -ya empiezo- del Estado Ideal, como proyecto común para ciudadanos griegos; como a veces patinaba un poco en el chucrut (el hombre tenía sus contradicciones), no entraré en más detalles. Me quedo con el proyecto común y lo traslado -ahora sí- al ámbito humano. Como he dicho, cada ser humano tiene su proyecto de vida con sus posibilidades; los individuos que comparten rasgos se unen a un proyecto común en el que encuentran posibilidades, y establecen sus obligaciones y sus pactos. Cada país o nación hace lo propio. Bien, según Aristóteles, la finalidad de esto es respeto, bienestar, protección, bondad... felicidad. En definitiva, el ser buenos depende de los fines y de nuestra voluntad. Para Aristótles la bondad es una virtud, que se adquiere practicando lo que le es afín para crear un hábito, una costumbre. Esto todo parece muy legítimo, incluso, actual.
Pero la realidad es otra. La costumbre nos está perdiendo: nos hemos acostumbrado a todo; estamos enfundados en un uniforme, un hábito donde se consiente casi todo y está muy lejos de la virtud.

De verdad que me gustaría estar más poética, más soñadora; pero, es que no puedo. Pienso que se es demasiado alegre con la vida y la muerte de puertas para afuera. Y me hiela la sangre el tratamiento que ofrecen al respecto las instituciones estatales, donde pacen todos aquellos cargos, quienes, a cambio de muchísimo dinero, hinchan públicamente sus pelajes cuando hablan en genérico-colectivo de dignidad, vida o muerte. Es todo un negocio de la infelicidad de muchos, a costa de sus dignidades, vidas y muertes. No nos engañemos. Tenemos los ojos tapados por las telarañas de la costumbre de que pasen ciertas cosas, porque nos las presentan como inevitables, cuando no nos las ocultan. Y como parece que actuando uno a uno no se puede hacer nada, nos remitimos a suspirar, protestar unos segundos, alzar los hombros con las palmas extendidas hacia afuera, o darnos la vuelta. ¡Obras son amores! No soy lo que digo sino lo que hago.
Al hilo de lo que soy o dejo de ser, me ha encantado lo que ha dicho hoy el amigo Dédalus en el Alféizar

“El problema no es ser lo que soy 
sino, lo que soy, no serlo bastante". 

(Aplicado, claro está, a la buena gente. Lo digo, porque he hablando de los malos de la película....)

En muchas conversaciones que sostengo con amigos, donde cada uno defiende sus opiniones, siempre hago la misma pregunta: 

¿dónde ponemos el límite? 

Es una pregunta que me hago a mí misma constantemente, cuando pienso sobre algunas cosas e intento justificarlas. Vamos, que es una pregunta obligada.

¿Ante ciertas injusticias, que se llevan a la práctica porque perjudican a uno solo o a pocos individuos, ¿dónde ponemos el límite? para seguir actuando del mismo modo?

Ante el corporatisvismo, que es la forma de solidaridad más despreciable que conozco y mancha el concepto, ¿dónde ponemos el límite?

Desde plantar una lechuga y cazar un conejo para comérmelos, hasta consentir la caza deportiva, la tortura taurina y la explotación sistemática del planeta... ¿dónde ponemos el límite?

Ante el sacrificio negligente, político, bélico, ideológico, colateral... de vidas humanas, ¿dónde está el límite?

Las tentaciones de cerrar los ojos son muchas, se nos pone muy fácil. Las virtudes se ensalzan a bombo y platillo a cualquier hora del día, en cualquier situación; y mis preguntas descienden o ascienden... ya no lo sé, porque se me amontonan: 

¿De verdad hace falta llevar el uniforme?
¿Tan corrompidos estamos?
¿Por qué la honestidad es una amenaza?
Cuando la honestidad se castiga: ¿qué nos queda?
¿Dónde está el límite?
¿Dónde está mi nave?

¿….



El libro que estoy leyendo: Historia del Pensamiento Filosófico y Científico I (Antigüedad y Edad Media). G. Reale y D. Antiseri. Herder.
Las dos imágenes son de Google Imágenes, ¡gracias! (Si alguien se siente molesto, las cambiaré con mucho gusto)


En Memoria de la niña de doce años, Rebeca Cagigal: una muerte anunciada, injusta y, sobre todo, evitable. Un daño colateral.

22 sept 2010

Presente

Hace pocos días terminé de leer un libro de Stefan Zweig: Castellio contra Calvino. La proximidad de los exámenes de septiembre no me permitió dedicar a su lectura más de treinta minutos diarios, de modo que cada mañana esperaba con ansia el rato de descanso para encontrarme entre sus páginas.
Soy una persona impresionable. Y soy también de ese tipo que cuando hace un descubrimiento sustancioso quiere llevarlo a la práctica enseguida en vez de esperar a mañana; es algo así como tener un circuito eléctrico inerte delante y no poder evitar hacer andar por sus hilos unos cuántos electrones para comprobar cómo funciona.
Pues bien, muy raras veces sucede que no me encuentre señales, mensajes o guiños entre las páginas de los libros que manejo; todos dicen algo concreto que me resulta útil, o queda a la espera en este desván de memoria selectiva para, en el momento oportuno, entrar a caminar por los hilos del circuito particular, el de mi forma de entender la vida.
Acaricio los libros que estoy leyendo, como si acariciase el mundo que quiero; me encariño muchísimo con ellos -porque les late un corazón- incluso cuando los termino; y tardo en colocarlos en la estantería varios días, aunque tampoco tardo en volver a rescatarlos para abrirlos al azar, comprobar que no he sufrido una abducción y que mi afecto hacia cada uno de ellos ha sido algo más que un sencillo amor de verano.
Hoy he repetido el ejercicio con “Castellio contra Calvino”. Lo he sacado de la estantería, he vuelto a acariciarlo, lo he abierto por una página cualquiera y me ha dicho lo siguiente: “Siempre son los contemporáneos los que menos saben de su propia época.” Después de esta frase, que parece más bien una sentencia, continúa así: “Los momentos más importantes escapan, sin que se den cuenta, a su atención, y los verdaderamente decisivos casi nunca encuentran en sus crónicas la debida consideración”.
Entre el sabor general que me quedó del libro, recuerdo algunas ideas, quizá las que más acordes estuvieron con el momento de la lectura; ésta en concreto no la recordaba, y me alegro de haber vuelto a hacer el ejercicio de repaso que en absoluto me aburre.

Al acabar los exámenes se nota una fatiga, como si el cerebro quedara empachado y necesitase vaciarse tras una larga y pesada digestión de información. Pero debe de existir otro sector dentro de él que no se abandona al cansancio intelectual y continúa generando ideas sobre el mundo, la vida y las cosas que suceden; sobre lo que nos rodea, y el modo que tenemos de percibir, sentir y pensar.
Encuentro mucho sentido en la “máxima” de Zweig, tanto como en su explicación siguiente. ¿Será cierto que los momentos más importantes escapan? Esto parece encajar con esas populares ideas que incumben al pasado, acerca de dejar pasar el tiempo que proporciona distanciamiento -perspectiva, objetividad- en un asunto que nos afecta; o ésa que afirma que no se sabe lo que se tiene hasta que se pierde; o aquélla otra sobre que cualquier tiempo pasado siempre fue mejor.

Pertenezco a la generación del Desencanto, una época de principios de los Ochenta. Pero he comprobado que las “épocas”, a medida que pasa el tiempo, van perdiendo distancia y los desencantos se van acercando entre sí, se van uniendo, casi solapándose. Puede que se trate de una percepción natural cuando llegas a una edad en la que tienes más pasado que futuro. El presente, es decir, lo que acontece, que es la base de nuestro desarrollo, cuando desagrada nos obliga a sobrevivir aferrados casi exclusivamente a unos pocos principios personales, a las múltiples dudas y a un puñado de sueños que, teóricamente, arreglarán el mundo;  y de este modo, tal como sucedía a Castellio, la moral personal liberadora llega a constituirse en un sacrificio material de todo aquello que ha estado proporcionando bienestar. Reconozco que hace falta muchísimo valor.

Me afectó aquel Desencanto. Y me pescó demasiado joven; por ésto, quizá, a partir de ese momento mi vida se condujo con más aporte de imaginación que de normas, y me convertí en una anarquista espiritual, portadora de un escudo de carne y hueso, con espada de ideas y sueños. Con el paso de los años, la anarquía espiritual se ha ido extendiendo y adquiriendo otros matices, materializándose, hasta quedar plasmada en un sentimiento de permanente conflicto con las instituciones, con la autoridad, algo que también sucedía al lúcido físico, Richard P. Feynman, con quien me satisface enormemente coincidir.
Por todo ello, quizá también, el desencanto sigue acudiendo alguna noche bajo mi almohada y me inocula un poco más de melancolía.


En memoria de la niña de doce años, Rebeca Cagigal, una muerte anunciada, prematura y, sobre todo, evitable e injusta, que ha quedado catalogada fríamente, como un “simple daño colateral".

El libro: de Acantilado, "Castiello contra Calvino, Conciencia contra Violencia.
La imagen procede de Google Imágenes y en ella aparece una dirección web.