Evolucionar es un proceso lento que sucede a las especies con la pasividad de miles de milenios; es como un "estiramiento" o "desenvolvimiento" de las criaturas a causa de la selección natural, los virus, los cambios climáticos, los asteroides... la casualidad. Digamos que es geología en carne y hueso. Aunque los humanos no cambiamos por fractura como las rocas, sino por presión suave y constante, como el barro. Es un "dar se sí" que nos actualiza, en el que también interviene la voluntad.
Eso es plasticidad, quizá, nuestro rasgo más infravalorado.Y me pregunto si la plasticidad tiene límite o es como el Universo, en constante expansión mientras haya energía -o afecto- que la alimente.
Vengo a hablar de una película que no es de esas que te indican dónde llorar.
"El vínculo sueco" (Netflix, 2026), dirigida por Thérèse Ahlbeck y Marcus Olsson. Es un drama empujado por una contención que el mismísimo Señor Spok aplaudiría.
Relata una historia real sobre un burócrata sueco Jefe del Departamento Legal del Ministerio de Relaciones Exteriores, la oficina encargada de la emisión de las visas de inmigración, y que en 1942, durante la Segunda Guerra Mundial, se encontró ante un dilema: actuar respetando escrupulosamente la política de neutralidad sueca o, desde su escritorio, intentar salvar vidas a judíos deportados por los nazis e internados en campos de concentración y de exterminio.
Gösta Engzell está casado, tiene dos hijos y por las noches acostumbra a leer de un libro al pequeño. Engzell es un funcionario con miedo, angustiado por las dudas. Una noche, mientras leía a su hijo, unas lágrimas incontenibles -"de alergia", dijo- le hicieron sentir que no hacer nada era una decisión. Visado a visado, y con cada sello, este hombre titubeante e inquebrantable, a instancias de su secretaria, se lanzaría a arrancar de esa nave humana que transporta el odio, las injusticias. Un héroe anónimo para quien cada vida humana es una estrella ardiente frente a la frialdad diplomática.
No era un superhombre. Pero en un mundo donde la neutralidad se convertía en sinónimo de indiferencia, Gösta Engzell convirtió un sótano en una central de rescate, en un monumento a la compasión.
Hay más de una lección en esta película, y una de ellas es que la plasticidad humana, ese dar de sí como actualización constante, no exige gestas imposibles. Sólo requiere un pequeño paso más cada día hacia la dignidad.
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