26 mar 2026

El Farol de Diógenes

 

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Pequeño manifiesto de cómo vivir cuando todo parece oscuro, que sostiene el mundo cuando todo parece venirse abajo.

Porque la política no es solo leyes, instituciones, partidos.

* Es también cómo nos sostenemos unos a otros en la oscuridad.
* Es el gesto de quien responde con verdad a una pregunta desesperada.
* Es el farol de Diógenes en la plaza vacía.

Invasión

 

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Si Occidente realmente creyera en la diversidad cultural, dejaría de exigir islamización a la inversa (occidentalización) como condición para la paz.


Y si los países islámicos realmente creyeran en la diversidad cultural, aceptarían que haya musulmanes en Occidente que quieran vivir de otra manera sin llamarlos apóstatas.

Ambos lados fallan. Pero uno de los lados invade.

La cadena

 

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Alguien me pregunta: ¿Cuál es el problema fundamental de la política? Y no puedo señalar uno solo, porque los veo conectados en una cadena; una genealogía de la crisis democrática.

El primer eslabón: el tipo de representación que diseñaron las burguesías de hace dos siglos, cuando tomaron el poder.
No fue una concesión democrática genuina; fue una operación para asegurarse el poder descartando a la población con subterfugios -raciales, de renta, de emancipación-.

Aquellas burguesías vinieron a comportarse como los reyes absolutos que acababan de derrocar, solo que bajo la ficción de haber sido elegidos por el pueblo.
Ese diseño abrió la puerta al segundo eslabón: el poder en la sombra. Empresarios endeudando a políticos a cambio de gobiernos bajo sus intereses. La captura no es un fallo del sistema, es una consecuencia de su origen.

Con ese poder en la sombra llegó el tercero: la mentira organizada. Campañas basadas en falsedades y ataques descarnados. Las burguesías mentían porque podían hacerlo; controlaban la prensa.

Lo que nos trae al cuarto eslabón: pueblos sin cultura política, sin educación de calidad, fácilmente "engañables" por ignorancia. Es La consecuencia lógica de siglos de diseño excluyente.

Y, por fin, el quinto eslabón: el tiempo. Ese factor que beneficia a políticos y burguesía por igual — amantes degenerados en la política — que lo miden en su propio beneficio mientras la ciudadanía queda atrapada entre la urgencia de unos y la paciencia forzada de otros.

En definitiva: no es un "problema". Es una cadena de intencionalidades, de objetivos.
Y cada eslabón se sostiene en los anteriores.

Podemos

 

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Ya he hablado sobre un artículo de Ione Belarra que pretende movilizar a la izquierda y tras analizarlo llego a concluir que, precisamente, esa estética de urgencia y confrontación que el artículo encarna es parte del problema que dice querer resolver.

La forma contradice el fondo.

Podemos está en modo defensa. Todo el tiempo. Y es lógico sólo hasta cierto punto, porque esa actitud no genera confianza: imprime más miedo.
La presión y la persecución aceleran los procesos. Cuando te atacan sin tregua, la tentación es simplificar el mensaje, cerrar filas, identificar enemigos con más nitidez.

Y las prisas son reveladoras. Quien tiene prisa generalmente tiene miedo: miedo a no llegar, a que la ventana se cierre, a que el sistema te absorba o te destruya antes de que puedas cambiar algo. Ese miedo puede ser legítimo; pero cuando gobierna las decisiones lacera y corroe, precisamente, lo que hacía valiosa la propuesta original.

Me pregunto si el problema de fondo no es que en España la política de transformación real siempre ha tenido que desarrollarse bajo una presión hostil tan intensa que raramente ha podido madurar con serenidad. La pedagogía requiere calma, requiere admitir matices y complejidad, y eso es un lujo que la política en modo supervivencia no suele permitirse.

Los integrantes de Podemos, sus seguidores y afines, también hablan de detener a la ultraderecha. Ellos piensan que no se consigue con la unión de toda la izquierda para unas elecciones. Y, entonces, me pregunto. ¿Cómo se consigue frenar a la ultraderecha a corto plazo? Quizá es una pregunta que la mayoría de los políticos evitan porque el corto plazo es incómodo. Y porque a largo plazo, la respuesta tiene varias vías: la más importante es Educación de calidad -no me canso de repetirlo-, lo que traerá cultura política, para abrir paso reducción de desigualdades, e instituciones fuertes. Pero, eso, tarda generaciones.

A corto plazo, la evidencia comparada de otros países sugiere varias cosas concretas.
Primero, resolver o al menos abordar visiblemente los problemas materiales que alimentan el malestar: vivienda, precariedad, sensación de que el sistema no te protege. La ultraderecha no crece en el vacío, crece donde hay frustración acumulada sin respuesta creíble desde la izquierda o el centro.
Segundo, no ceder el marco narrativo. Cuando la izquierda acepta debatir en los términos de la ultraderecha, inmigración como amenaza, seguridad como valor supremo, ya ha perdido medio debate.
Tercero, y esto es paradójico, cierta moderación táctica en las formas, no en el fondo. Los estudios electorales muestran consistentemente que el miedo al caos beneficia a la derecha. Una izquierda que transmite serenidad y competencia gestora resta votos a la ultraderecha entre votantes indecisos.
Y aquí está la tensión real con Podemos: su estética de urgencia y su confrontación pueden movilizar a los ya convencidos pero empuja hacia la ultraderecha a votantes asustados que buscan orden. Porque hay que contar con los aspectos emocionales del individuo.
Y, cuidado con las ideas que pretenden ordenar la vida sin atender a los efectos, porque no nos cuidan ni nos educan: una vez conseguida una porción del poder, el cálculo previsto no cuadra; y la cercanía o el alejamiento del ciudadano son distancias que hay que medir al milímetro; de lo contrario aparecen los desencantos.

Unificaciones

 

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Con motivo de las "unificaciones" de los progresistas.

Llevo todo el día pensando en un ejercicio de arqueología política aplicada al presente: La Diarquía. Un invento romano que funcionó durante largos periodos, precisamente porque institucionalizaba la desconfianza y el equilibrio. Tiene mucho que enseñarnos.

Dejadme que sueñe un poco.

Por un lado, resuelve el problema del "todo o nada": en una izquierda fragmentada, ceder el liderazgo único a un grupo se percibe como una derrota por las demás. Dos líderes, especialmente si representan las dos almas principales permitirían que cada familia se sintiera representada en la cúpula.

Por otro lado está el liderazgo como espejo de la coalición: si la base de la unión es plural, lo lógico es que la cúpula también lo sea. Una diarquía sería la imagen especular de la alianza, ya que es diversa en su cúpula pero está unida en la acción de gobierno.

Además es una forma de domesticar las ambiciones: nada frena los personalismos como tener a alguien enfrente con el mismo rango y poder de veto. La diarquía fuerza al pacto, a debatir, negociar y a la coordinación desde el primer minuto. De modo que no es un liderazgo sino una gestión compartida de egos y proyectos.

Para evitar los riesgos, como la parálisis por acuerdo, luchas por el liderazgo o la confusión ciudadana ante dos "primer ministro", se me ocurre un mecanismo de ingeniería política mediante un "turnismo semestral" ratificado por el Parlamento.

O sea: ingeniería constitucional, que despersonaliza el poder; obliga a la cooperación estructural; refuerza el papel del parlamento; y crea una memoria institucional de la coalición, donde nadie puede echar la culpa al anterior porque todos saben que en seis meses el siguiente será el anterior.

Hay precedentes históricos en los Cónsules romanos, en la Dirección Colegiada (1918-1933) de Uruguay, en Suiza, el Consejo General y en ¡Al-Andalus! durante las Taifas.

Puede surgir el problema de que el presidente saliente afloje o se sienta "triste" al final de su semestre, lo que podría solucionarse con un co-gobierno de los dos presidentes durante los treinta días finales de cada mandato; así, el entrante ya participaría de las decisiones claves que le van a afectar, y el poder se transferiría gradualmente y no de golpe.

¿Que, pierden las elecciones? Ya me voy despertando del sueño.
Pues la oposición podría ser bicéfala para evitar luchas intestinas...

Me acabo de caer de la cama.

Cautivos libres con elefantes

 

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Suelo recordar con frecuencia este pasaje del escritor Romain Gary en su obra "Las raíces del cielo", donde plasma la libertad indestructible en su protagonista, Morel, un prisionero de guerra junto con sus compañeros en un campo de concentración nazi.

Los cautivos, mientras trabajaban forzados en aquel campo, se mantenían cuerdos entre las crueldades que sufrían con ejercicios de libertad y compasión: mientras trabajaban ayudaban a volar a abejas atrapadas en el barro.
Pero sus guardianes, al darse cuenta de lo que hacían, para quebrantar todavía más su espíritu pisoteaban a las abejas.

Acabada la jornada y de vuelta en el pabellón, a uno de los prisioneros se le ocurrió evocar una imagen de sí mismo cuando estuvo en África: durante la puesta de sol, se deleitaba mirando a los elefantes caminando pausadamente, sus figuras recortadas a contraluz sobre una colina...
Y esa imagen, los soldados nazis no podían triturarla como hacían con las abejas.
De todo el grupo que practicaba el ejercicio de evocar la libertad con los Elefantes, el "dueño" de la imagen no sobrevivió, murió enfermo y desnutrido. Pero Morel y los otros compañeros sí sobrevivieron.

Al ser liberados, Morel marchó a África a defender de los cazadores furtivos la vida de los Elefantes que le habían mantenido lúcido, a salvo, vivo y libre.

Este pasaje tiene especial relevancia para mi, por la huida hacia la libertad.
La libertad no es solo un asunto humano; se aprende, se practica, se contagia en la relación con lo vivo: elefantes, caballos, nubes, el mar, un faro que se enciende y se apaga en mitad de la noche. La vida la insuflas tú.

Por eso los regímenes totalitarios siempre han querido colonizar el tiempo interior: llenarlo de consignas, de ruido, de miedo, y que no quede espacio vacío donde pueda germinar otra cosa. La propaganda no busca solo convencer, busca ocupar la mente para que no haya sitio para lo propio.

La imaginación es el único territorio sin muros. Los soldados nazis no pudieron luchar contra los Elefantes de Morel. Sabían que algo distinto estaba pasando y les apretaron aún más. Puedes cercar ciudades, controlar fronteras, espiar comunicaciones... pero no puedes poner un vigilante dentro de cada sueño, no puedes censurar el recuerdo de un elefante caminando por el alto de una colina y a contraluz.

La libertad no es solo un derecho, es un organismo vivo que necesita ser alimentado con imágenes, gestos, memoria y comunidad. Como el grupo de Morel en el campo de concentración. Y como todo organismo, o se cultiva, o se atrofia.

Los verdugos no sólo matan cuerpos: intentan matar la imaginación, la ternura, la capacidad de asombro.
Porque saben que un pueblo que aún puede evocar Elefantes en libertad es un pueblo que aún puede reconocer su propia dignidad.

Buenas tardes, tripulantes.

#palestinalibreysoberana

Flores para Ione Belarra




Hoy he leído un artículo escrito por Ione Belarra en El Diario, y me ha aburrido, o mejor, me ha cansado. Porque atribuirse todos los méritos es borrar el "arbusto evolutivo" de la política para presentar una línea recta que siempre conduce al propio partido. 

Sobre Sumar, creo que el artículo les trata injustamente. Su estrategia de acumulación gradual de avances, menos visible y más negociada, puede ser menos épica narrativamente pero no necesariamente menos eficaz. El problema de Podemos con ese enfoque es que no genera el relato heroico que necesitan para movilizar a su base.

Hace unos días hablaba con una seguidora vuestra sobre la dimensión casi religiosa del podemismo: de un mártir, del salvador, del enemigo omnipresente...  es una narración muy efectiva para cohesionar una tribu política; pero el precio es enorme: polariza, agota y aburre. Y acaba usando los mismos marcos que la derecha para atacar a un gobierno que, con sus fallos, sigue siendo bastante más progresista que cualquier alternativa realista.

Pienso, Ione, que la cultura debería estar más presente en la política. Al fin y al cabo somos seres culturales por naturaleza y culturizados por necesidad; o sea, que estamos "cargados" con un paquete cultural concreto.  
Así que,  si la cultura es el primer eslabón civilizador, entonces la política debería ser su servidora, no su manipuladora. Un político que comprende esto actúa con una perspectiva que trasciende el ciclo electoral. Sabe que su labor es transmitir un legado, no inventarlo.

Apunta esto, Ione: los partidos que priorizan la supervivencia inmediata sobre la coherencia cultural, pueden ganar algunas batallas pero pierden otra guerra, la civilizadora. Y es que, cuando la tormenta amaina, la sociedad sólo recuerda -si no hay olvido- quiénes actuaron con principios y quiénes con oportunismo. 

Te entiendo, Ione; trabajas muchísimo, como todos los nuevos partidos, excepto uno. 
Conste que esto no va sólo por ti, Ione. 
Verás,  la pedagogía política es necesaria pero insuficiente, pues los discursos fundamentados (como hacía el bueno de Anguita), las lecciones de historia (como hicieron Pablo e Irene en el primer momento) , los análisis lógicos (como los de Errejón)... son las "palabras sensatas"  necesarias en un momento concreto, pero susceptibles de quedar dormidas, porque su validez no está en su efecto inmediato sino en su disponibilidad futura.  

No tuvisteis en cuenta en futuro. Ellos, con toda la ilusión puesta en el Podemos de primera hora, habían vuelto a elevar el nivel intelectual de la política española. Consiguieron entusiasmar. Pero sólo fue un chispazo que se apagó muy pronto, no perduró. Os faltó sembrar comprensión, para recoger sus frutos en el futuro.

Como imagino que sabes, Ione, el oportunismo político sigue siendo una estrategia de corto plazo. Quien solo ofrece respuestas para el problema inmediato, sin sembrar comprensión profunda, construye sobre arena.  
Cuando la tormenta -la lucidez- llegue, los seguidores (da igual quiénes) no tendrán un circuito mental preparado para procesar la experiencia.

Ensoñación

 

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En los registros de la Flota Estelar (permitidme la ensoñación) me he encontrado con la película de 1992, de Gabriele Salvatores: "Mediterráneo".

No puedo dejar de sonreír al recordarla. Tiene todo aquello con lo que sueño: naturaleza, paz; y, como en el Faro, el mar con su brisa... y un Sol capaz de fecundar hasta las palabras más vacías.

Conocéis el argumento. Supongo. Segunda Guerra Mundial: un grupo de soldados italianos quedan aislados en una isla griega y descubren que la guerra, con toda su violencia y su retórica, es irrelevante frente a la realidad simple de la vida, la belleza y la conexión humana.
Preciosa isla. Maravillosa Basilisa. Y hay un final cortado a mi medida, con una dedicatoria: "A los que están huyendo".

Acabada la guerra, los soldados regresan a Italia; les mueve el entusiasmo de que pueden cambiar el sistema que produjo el fascismo. Se llevan la isla dentro, como yo mi Faro al partir. Pasan décadas intentando cambiar las cosas. Y fracasan. No porque ellos no fueran valiosos, sino porque el sistema -ese entramado de problemas fabricados, de juegos de poder, de hipocresía- es más grande que cualquier individuo.
En todo existir humano hay un ciclo de la esperanza y el desencanto.

Derrotados por esa selva de ladrillo, piedra y asfalto regresan, "se devuelven" a la Isla, al lugar donde la guerra no significó nada; donde el viento, el mar, las cabras y las personas sencillas les mostraron una realidad más auténtica que cualquier política "verdadera". Porque, como el Faro que yo viví, la Isla no era un lugar geográfico, era un estado del ser.

"A los que están huyendo"... Dedicada a los que buscan, a los que dan el primer paso para llevarse "algo" puesto de algún lugar de las sensaciones humanas.
Los soldados de Mediterráneo no cambiaron Italia. Pero la Isla les dio algo que ningún sistema político podría darles nunca: un marco de referencia que no dependía de su país ni de ninguna otra cosa que no fuera una Isla. O un Faro.

Espinas para la estupidez


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Un periodista preguntó en una ocasión a Richard. P Feynman qué explicación encontraba para los problemas del mundo. El Profesor le respondió: "estudie Física; encontrará respuestas a su pregunta".
Si el Profesor Feynman estuviese vivo, le preguntaría: ¿podemos aprender de nuestra propia biología a ser menos estúpidos políticamente?

Los humanos tenemos una tendencia recurrente al esencialismo en cuanto a diferencias se refiere, y a construir purezas imaginarias como mecanismo de cohesión interna. Y de exclusión, aunque la evidencia -genética, histórica, política- demuestre que somos, y siempre hemos sido, producto del encuentro y la mezcla. No somos sapiens puros, somos pura mezcla. Híbridos. Tenemos neandertales dentro... y otros linajes anteriores.

Esta tendencia al esencialismo debe ser un rasgo estructural de nuestro pensamiento social, que se activa cada vez que un grupo necesita definirse a sí mismo, y lo hace contra otro.
Pienso que es preciso activar una mirada que conecte, y que sea capaz de ver que existe el mismo patrón en el trato que profesamos a los nativos allí donde el sapiens blanco tuvo colonias, a los inmigrantes de hoy o en las peleas de la izquierda actuales. Hay una conexión. Más cercana de lo que pensamos. Ya he dicho antes que es estructural.

Esa forma de ver y entender el mundo, a la que apelo, se da cuenta de que la denigración del otro no es un error del pasado, sino una tentación permanente. El valor de esa mirada es enorme, porque desactiva la coartada del progreso: ya no podremos decir "eso era antes, ahora somos mejores".
La pureza que se defiende ya no es genética. Es ideológica. Es programática. Es identitaria. Pero la estructura es la misma: hay que expulsar al impuro para que el grupo se mantenga puro.
Si este análisis es correcto, es decir, si la tendencia a mantener la "esencia" y a excluir es estructural, entonces nadie es inmune. Ni siquiera tú o yo. Y debo preguntarme: ¿yo también caigo en esto y construyo purezas imaginarias?
La lucidez no se aplica sólo a los demás; también, a una misma. La autocrítica es una herramienta de supervivencia.

La realidad grita, ¡la unión no es derrota!, sobre todo si es temporal. Es colaboración. Es cooperacion. Es cuidado. Como llevamos haciendo desde la Prehistoria. Pero en política se vive como una traición, o como un rendición. El miedo que provoca se debe a la confusión entre identidad y programa, entre el "soy esto y no otra cosa", y el "quiero esto y para conseguirlo estoy en disposición de cambiar de forma, eventualmente". Es estrategia.

Pensando en futuro: quizá sobrevivir políticamente no sea mantener la sigla. Quizá sea dejar rastro en quienes vienen después. Dejar huellas fosilizadas bien visibles, como las de nuestros hermanos neandertales de Doñana. Y quizá las ideas -genes políticos- se incorporen a un cuerpo más grande, más diverso, más capaz de enfrentar lo que viene. La fusión no fue el final de neandertal, fue su persistencia.
Porque no se sobrevive como se quiere o como se imagina, sino como se puede.

La Duda

 

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La duda arrincona el fanatismo y nos hace humildes.

Y la autocrítica puede ser una excelente lección lucidez.
Intuyo que todo eso es más valioso que cualquier certeza. Porque la certeza aísla.

La duda, cuando es bien gestionada, conecta.

Proverbio vulcano para la duda:
"La pregunta que duele es la única que merece respuesta. Las demás son solo ruido."

La Capitana no se va

 

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Estoy en un debate donde exponen un planteamiento que, en mi opinión, parte de una premisa falsa: "que el tiempo en política corrompe por sí mismo". Es como si la experiencia fuera un veneno en lugar de un activo.

¿Doce años como límite universal? Me parece un número arbitrario y sin base lógica.
¿Por qué doce y no diez? ¿Por qué doce y no veinte? No hay respuesta porque no hay análisis; solo intuición.
En USA no pueden alargar el mandato más allá de los ocho años continuados, aunque tras cuatro fuera pueden volver a la Presidencia.

Por mi parte distingo dos posiciones: el Profesionalismo vacío de quien nunca ha tenido otra ocupación y carece de experiencia vital fuera de la política. Y la Experiencia, como valor, de quien ha dedicado décadas a pensar, gobernar, administrar y aprender de la historia.

Así que a mi modo de ver no es la permanencia, sino la fuga.
Existe un baile de liderazgos en la última década. Gente que "sale por patas" ante la primera dificultad. Esto genera una especie de fatiga de identificación en la población. Porque los votantes no votan sólo ideas, votan con el corazón a personas en las que confían. Y si esas personas desaparecen antes de que termine la legislatura, te quedas huérfana y la confianza se erosiona. Imaginad mi Nave: si la Enterprise cambiase de capitana cada tres misiones, la tripulación nunca llegaría a desarrollar lealtad operativa.

Así que hay una paradoja: los que se van no adquieren experiencia, y los que se quedan son acusados de "profesionalizarse". El resultado es una clase política que no puede madurar porque no permanece, y cuando permanece es sospechosa.

¿Qué pido como votante?: Aceptación de crítica constructiva. Cumplimiento del programa, Reconocimiento de errores concretos, no genéricos. Comportarse con educación. No montar circo. Dar la talla, en situaciones adversas especialmente. No sentirme en ridículo por haberlos elegido.

No, esto no es una lista de deseos. Es un contrato ético entre representante y representado. Y hago una advertencia, que me parece lógica; si no cumplen, tengo dos opciones: votar tapándome la nariz (frente a la ultraderecha) o volver a la abstención como antes del 15M.

En definitiva, más o menos: pienso que la política no es una carrera de velocidad con límite de tiempo; es una travesía donde la experiencia permite navegar por tormentas solares o entre nubes de meteoritos.
Una capitana novata puede perder la nave durante la primera aventura estelar. Pero si la capitana se va cuando la cosa se pone fea, tampoco es útil a la causa.

Libertad

 


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Cuando decimos que la libertad "se disfruta", estamos nombrando algo que los tratados de política suelen olvidar: la libertad no es solo un principio abstracto o un seco conjunto de garantías legales.

Pienso que también es, y quizá sobre todo, una experiencia corporal, emocional, vital.
Se siente en el pecho cuando respiramos hondo, en la mirada cuando encontramos a alguien que nos entiende... o en las manos, cuando hacemos algo inservible.

Ese "disfrutar" puede ser la prueba de que no solo seguimos vivos, sino, también, de que no hemos sido vencidos.


#palestina libre y soberana

Cerezas para Gabriel Rufián

 

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A las voces críticas se nos suele tachar de "anti" o de ir "en contra de "; es decir, de ese "o todo o nada", que me suena al "o conmigo o contra mí" de toda la vida.

Con esta reflexión pretendo dar una visión que sea razonable y lo más objetiva posible. Lo digo porque es un tema que levanta muchas pasiones y se convierte en espinoso con un chasquido de neuronas.

Llevo días pensando en un diálogo que la izquierda española lleva décadas esquivando. Y habría que poner el dedo en una llaga que todavía sangra: la tensión entre lo urgente -detener a la ultraderecha- y lo más profundo -los proyectos nacionales -. Y son, justo, las dos lógicas distintas que convergen en esta confluencia: la urgente para parar al fascismo, y la profunda que afecta a los proyectos nacionales.

Gabriel Rufián ha utilizado una técnica clásica de negociación: colocar el elemento más controvertido -el derecho de autodeterminación- entre dos consensuados para que pase, bien por "arrastre" o bien por desapercibido. Es astuto más que inteligente; por eso le llamo Cuco, porque pone su huevo nacionalista en el nido de otro, en el de combatir al fascismo. Lo califico de oportunismo camuflado, dado que se tendría que haber realizado previamente un trabajo de confianza.

El problema aquí no es la autodeterminación como derecho. Yo no la discuto. Es legítima.
El problema es usar el espacio de lo común para colar lo que divide sin haber construido previamente el suelo para sostenerlo. Esto no es una interpretación rebuscada; es lo que cualquier observador puede ver.
La autodeterminación en España es un tema "erizo" que a muchos españoles se les clava en el alma, también progresistas; porque hay gente de izquierdas que es antinacionalista. Y no es poca.

En política, los temas erizo no se resuelven metiéndolos en el bocadillo de Rufián, por mucho que haga falta su iniciativa. Esos temas no se "cuelan"; se trabajan con tiempo, con cuidado, con respeto a las sensibilidades de quienes los ven como amenaza.

Llevo un par de días preguntando: ¿a qué precio?
Pienso que es una pregunta pertinente y muy importante; porque si la unidad se construye sobre una inclusión forzada (lo que divide), esa unidad será frágil. Y cuando llegue la campaña, VOX será una manada de hienas que ha encontrado un filón de carne fresca. "La izquierda quiere romper España". Y tapizarán todo con ese lema.

La unidad antifascista no se construye metiendo todo en una coctelera y agitando. Se construye reconociendo los miedos de cada parte, respetando los ritmos, generando gestos que demuestren que no se busca la hegemonía de una visión sobre otra. Y tengo la impresión de que Rufián ha colado su tema estrella, un tema que la izquierda no va cuestionar ni a discutir. Lo sabe. Y por eso lo ha hecho. Es su condición.

Pero la urgencia no puede secuestrar la estrategia. El fascismo es real: tiene oficio. VOX crece. Hay que pararlos. No hay ninguna duda. Y la urgencia no justifica cualquier táctica. Una unidad mal construida, frágil, llena de inclusiones forzadas, se romperá en el primer golpe. Y entonces el desastre será mayor.

Pienso que la política es el arte de lo posible, no sobre el papel; es el arte de lo posible en cada momento. Ahora mismo, para amplias capas de la izquierda no nacionalista, lo posible no incluye la autodeterminación como prioridad compartida.
Y forzar eso no es valentía. A mi parecer es torpeza.

En definitiva: propongo que hablemos de verdad. Que no coloquemos lo que divide en el centro de lo que une. Que construyamos confianza antes de exigir sacrificios. Que recordemos que el enemigo está fuera, no entre nosotros.


#palestina #Gabriel Rufián

Herencia



España llegó tarde a casi todo en el siglo XIX: tarde al liberalismo consolidado, tarde al sufragio, tarde a la industrialización generalizada, tarde a la separación real entre iglesia y estado.

Y esa tardanza no fue neutral, dejó una cultura política marcada por el caciquismo, el clientelismo y la alternancia pactada entre dos partidos, el turno de Cánovas y Sagasta, que era una democracia de escaparate.
Los votantes recién incorporados al sufragio en 1890 no eran ciudadanos formados políticamente sino masas a gestionar mediante el enchufe y la manipulación del voto. Esa herencia no desapareció con la República ni con la Transición.

La Transición, de hecho, tiene mucho de esa misma lógica: una modernización pactada desde arriba, con muchos aspectos sin resolver, y sin el debate público profundo que habría necesitado una sociedad salida tras cuarenta años de dictadura.
De ahí -pienso-, esa dificultad estructural para la pedagogía política que nos atenaza hoy: no hay una tradición sólida de ciudadanía crítica formada, porque históricamente no interesó formarla. Y cuando alguien ha intentado hacerlo, como el 15M o el Anguita de los noventa, el sistema reacciona con una hostilidad desproporcionada, precisamente porque toca algo muy profundo.

Hoy, bien entrado el siglo XXI nadie podía imaginar la precariedad existente en algunos sectores de la población. ¿No es sorprendente, a la vista de esto, que tantos prefieran el orden a la calidad de vida?
Pues es sorprendente solo en apariencia. Cuando se mira de cerca, tiene una lógica humana muy profunda.
La precariedad genera miedo, y el miedo no busca transformación sino protección. Una persona que vive al límite, con el alquiler justo, el trabajo inseguro y la sensación de que cualquier sacudida puede hundirla, no se puede permitir el lujo de apostar por el cambio.

El cambio implica incertidumbre, y la incertidumbre es lo que más teme quien ya está al borde. Paradójicamente, cuanto más precaria es tu situación, más conservador puedes volverte en ese sentido psicológico, no ideológico.
La ultraderecha entiende esto muy bien y lo explota: ofrece un relato de orden, de enemigos identificables (el inmigrante, la élite progresista, el feminismo) y de recuperación de algo que se perdió. Es un relato falso, pero emocionalmente coherente para quien se siente desprotegido.

La izquierda, en cambio, ofrece transformación que, aunque sea necesaria y justa, suena a más turbulencia para quien ya está mareado.
Parece como si las necesidades de seguridad fuesen anteriores a las de justicia social y que, bajo amenaza, el cerebro humano diese prioridad a sobrevivir antes que a mejorar.
Por eso, la izquierda que no transmite también seguridad y estabilidad, además de justicia, tiene el camino muy cuesta arriba.

La Historia, queridos tripulantes, no es un adorno académico. Es el mapa para comprender dónde estamos.
"¿Por qué no hace el amor mismo pedagogía?", dice Apolodoro a su padre, don Avito en "Amor y Pedagogía". 
Y traslado esa pregunta a la política: ¿por qué la justicia por sí misma no convence? ¿Por qué necesitamos pedagogía? 
Porque la gente no ve la justicia cuando tiene miedo. 
Tanto el amor como la justicia necesitan condiciones para ser percibidos. Y la primera condición es la seguridad.


#PalestinaLibre

También tarda

 


Autor: Enrique de Miguel Dicenta

El progreso es así: unos ponen los cimientos, otros levantan la pared, otros ponen el tejado.

Y la gente que vive dentro no pregunta quién puso cada ladrillo; sólo agradece tener casa.

Hay quien piensa que la política es propiedad intelectual.

Otros pensamos que es obra colectiva y celebramos que se desarrolle. Nos produce alegría.

Pero los avances no llegan de golpe; a veces la comprensión también tarda.

La realidad es tozuda

 




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Intento encontrar el eslabón que enlace el análisis político con mi preocupación humana.
Ya no me refiero a estrategias abstractas, sino a lo que funciona para que la gente viva mejor.

Ayer, en un debate, uno de los comentaristas mencionó "los casos de Portugal y de el País Vasco", como alternativas en las no cuaja la ultraderecha.
Lo mejor de todo: vengo a demostrar con datos que sí hay forma de frenar a la ultraderecha.

Todos estamos viendo que igual que los nuevos partidos progresistas han venido para quedarse, el nuevo partido de ultraderecha, también. Pero ha habido dos regiones en los que ésta no ha prendido, o tiene una presencia muy pequeña gracias a un buen freno social.

Empiezo con Portugal, porque es especialmente interesante, ya que durante años fue el ejemplo de que la ultraderecha no tenía un suelo fértil dentro la Península Ibérica.
El país salió de una dictadura -Salazar, salazarismo- con la Revolución popular genuina y preciosa, el 25 de Abril de 1974, que dejó una memoria colectiva muy viva del fascismo como algo vivido y sufrido, y no como abstracción histórica. Durante décadas actuó como vacuna cultural.
Sin embargo, en los últimos años, Chega, el partido ultraderechista de André Ventura, ha crecido de forma significativa, lo que demuestra que esa vacuna tiene caducidad cuando las condiciones materiales se deterioran: vivienda inasequible, salarios bajos, emigración de jóvenes cualificados, sensación de que el sistema político no responde.
Portugal es un ejemplo de cómo se frena la ultraderecha y de cómo regresa cuando los problemas materiales no se resuelven.

El País Vasco. Probablemente es el caso más sólido y sostenido en el tiempo.
La ultraderecha no encuentra arraigo real en la región y las razones son estructurales. Porque tiene un sistema de concierto económico que le permite gestionar sus propios recursos y reinvertirlos allí mismo, con lo que los servicios públicos -sanidad, educación y vivienda social- mantienen una calidad muy superior a la media española.
Los salarios son más altos. El desempleo, más bajo. La sensación de que las instituciones funcionan y protegen está mucho más extendida. A esto añadimos el tener una identidad cultural fuerte y una sociedad civil muy organizada, que históricamente ha canalizado el conflicto y el malestar por vías políticas propias y sin dejar ese espacio vacío para que lo ocupe la ultraderecha.
En definitiva: cuando las necesidades básicas están cubiertas y la gente siente que el sistema le da algo a cambio, el discurso del miedo y el enemigo que ofrece la ultraderecha pierde fuelle. No desaparece, porque siempre habrá una minoría atraída por él, pero no crece hasta convertirse en mayoría.

Hay una conclusión práctica, incómoda para cualquier partido de izquierda que privilegie la "épica" sobre la gestión.
Frenar a la ultraderecha pasa por dos cosas a tener en cuenta:
- gobernar bien, que desactiva el miedo e importa más que tener razón;
- resolver problemas concretos, que es más eficaz que la "heroica";
A evitar:
-vivir de rentas políticas;
-el esencialismo ideológico: es un obstáculo porque paraliza;
-la confrontación permanente, que acaba espantando a los votantes.

La política como terapia

 



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Estoy pensando que cuando las relaciones personales son insatisfactorias, cuando la precariedad aprieta, cuando el futuro es incierto, solemos buscar un argumento que dé sentido a nuestro malestar.

La política lo ofrece, en su versión más identitaria: "ellos tienen la culpa", "nosotros somos los buenos", "alguien nos representa y nos entiende".

Y no importa el color. La estructura emocional es la misma en la izquierda y en la derecha.

El líder se acaba convirtiendo en padre simbólico. Es como el partido en familia.
El adversario es el enemigo que merece todo el odio acumulado.

Así, la política deja de ser el espacio para resolver problemas colectivos y se convierte en un gigantesco diván donde la gente intenta curar sus heridas.

Aunque, hay un problema: en ese diván no se cura nada. Sólo se alimenta el ciclo con más emoción y menos reflexión; más lealtad y menos crítica; más ruido y menos solución.

Una de "añoradores" y "nostalgicones"

 



Uso libre


A los los "añoradores" y "nostalgicones"; ahí van estas preguntas:

¿Estarían dispuestos como nostálgicos que son a firmar, hoy, un contrato que les quitase el divorcio, limitase la libertad de expresión y subordinase derechos individuales a una moral oficial? ¿Aceptarían que su hija necesitase el permiso de su marido para trabajar?

Si la respuesta es no, entonces lo que añoran no es el sistema, sino una fantasía selectiva del mismo.

Para nuestra vergüenza, España estuvo aislada tras la Segunda Guerra Mundial por su afinidad con las potencias fascistas. La "normalización" internacional llegó por interés geopolítico en la Guerra Fría, de la mano -siempre sin escrúpulos en ética y justicia- de un EEUU que hablaba de Derechos Humanos que no cumplía. No llegó por homologación democrática.
La realidad fue pragmatismo geopolítico puro: bases militares a cambio de legitimidad. Franco no se "moderó"; el contexto internacional lo necesitaba como aliado anticomunista. EE.UU. cerró los ojos ante la dictadura mientras predicaba libertad en otros foros internacionales. Y una Europa deudora tragó. El mundo nos aceptó porque éramos el tonto útil de esa historia.
La nostalgia no es un archivo histórico; es un montaje cinematográfico que funciona con tres trucos psicológicos:

-Confunde orden con justicia: el silencio parece paz cuando no eres quien está siendo silenciado. El nostálgico confunde su comodidad -no enterarse de la injusticia- con el bien común.

-Recuerda la juventud y se la atribuye al régimen opresor; y esa energía vital la traducen como “aquello funcionaba”. Es una falacia afectiva.

-Reduce la complejidad. La democracia es ruidosa. La dictadura simplifica. Y la simplificación tiene un extraño atractivo: convierte a la persistente incertidumbre en obediencia. Es el atractivo estético y emocional del autoritarismo. La democracia es incómoda y la dictadura ofrece una narrativa de imposición del "orden".

La memoria histórica no es venganza ni propaganda; no es un ajuste de cuentas, es seguridad vial. Es caminar con mapa; lo contrario es ir a ciegas, lo que puede resultar romántico… hasta que uno cae por un precipicio que estaba bien marcado y señalizado. Es decir: el nostálgico te acusa de "remover el pasado" justo cuando se han puesto las señales para no estrellarnos de nuevo.
Porque el peligro de la nostalgia no es sólo inventar un pasado, es que nos hace vulnerables a la repetición de los mismos errores.

En definitiva: no se intenta juzgar a quienes vivieron entonces con las categorías de ahora. Se trata de preguntar a quienes, con toda la información disponible, hoy eligen pintar la dictadura como un orden virtuoso. Y eso no es memoria, es militancia.

Sembrar el futuro es una forma de estar

 



Uso libre

Como decíamos hace siglos,  el lenguaje no sólo describe la realidad; también la construye. Cada vez que debatimos sobre cómo denominar un fenómeno, por ejemplo, conflicto/guerra o anomalía/crisis, estamos moldeando cómo se percibe y, lo más importante, cómo se puede actuar sobre él.

Me he fijado especialmente en cómo ha ido evolucionando el modo de denominar, desde los años ochenta, el deterioro del Planeta, que es nuestra única Nave espacial. No tenemos otra de repuesto.

*Efecto invernadero: muy científico, neutral que describe un mecanismo físico.

*Calentamiento global: es más directo y sigue siendo aún descriptivo.

*Cambio climático: curiosamente, este término supuso un retroceso semántico. "Cambio" suena natural, cíclico, casi benigno. Como cambiar de ropa.

*Crisis climática: se recupera la urgencia, pero diluye la responsabilidad.

*Emergencia climática: expresa máxima alarma y mínima concreción.

¿Os dais cuenta del truco? Ya no hay culpables del cambio climático. Cada salto terminológico tiene su historia, y no siempre es inocente.
Lo curioso es que el movimiento va en dos direcciones contradictorias al mismo tiempo:
Por un lado, para no alarmar a industrias y mercados, o sea, suavizar para los mercados ("cambio climático" suena casi neutro, casi natural, casi inevitable).
Por otro, dramatizar para movilizar opinión pública ("emergencia", "crisis"), pero sin señalar culpables concretos.

El lenguaje dominante prefiere los grandes relatos. Y al ser cada vez más dramático, el lenguaje va perdiendo información.
Así se habla de "crisis" sin decir quién la provoca, con qué intereses, con qué responsabilidades diferenciadas entre países, entre industrias, entre clases sociales. El resultado final es la pérdida de información para el destinatario final, el público.

Con semejante dilución semántica... parece un chiste... "crisis climática" suena a bolero, o a tango.
Y no es un detalle menor, porque lo que se nombra con precisión puede gobernarse. Pero lo que se nombra con ambigüedad sólo podemos padecerlo.

Pienso en la importancia de nombrar con exactitud, incluso cuando el poder prefiere la niebla. Porque nuestras palabras educan.
Y porque nombrar es sembrar el presente para recibir en el futuro.

El turno de morir

 


"Morir sin saber"
(Uso libre)


Hay una pregunta que no me deja dormir:

¿Hemos decidido, como sociedad, mirar hacia otro lado, mientras Netanyahu y Trump reparten la muerte como quien firma papeles en una oficina?

En algún lugar del mundo, ahora mismo, un hombre espera sin saber si este es su último amanecer. Una mujer abraza a su hijo sin saber si es el último abrazo. Un adolescente camina sin saber si llegará al final de la calle. Un bebé duerme sin saber que alguien, muy lejos, ya ha decidido su destino.

Ellos deciden. Como dioses sin piedad.
Selectivamente. Con nombres en listas.
Con coordenadas en mapas.
Con la frialdad de quien nunca verá los ojos
de a quien condena.

Y nosotros... nosotros lo vemos. En la pantalla. Entre una serie y otra. Con el mando a distancia cerca y la cena todavía caliente.
Eso también es una elección.
Y tiene un nombre.


#guerra #morir #palestina #NoWar #DerechosHumanos

25 mar 2026

No hubo respuesta

Preguntas que no quisieron ser respondidas


Sobre sabios, prestigio y democracia directa

Hay debates que empiezan como conversaciones y terminan como espejos. Este fue uno de ellos.

En estos días participé en una discusión sobre cómo organizar una candidatura ciudadana. Se hablaba de "sabios que discuten", de "personas de reconocido prestigio", de asambleas que ratifican. Palabras atractivas, todas. El problema es que las palabras elegantes, cuando no se les pregunta qué esconden, acaban siendo decorado. Yo, en lugar de dar por bueno el modelo, pregunté. Estas son las preguntas que dejé sobre la mesa. Creo que valen por sí mismas, más allá de quien las recibió.


Sobre los sabios

El autor del texto habla de "sabios que discuten". ¿Cómo se eligen esos sabios? ¿Por aclamación, por currículum, por antigüedad en la causa? ¿Y qué ocurre si la asamblea no ratifica lo que proponen? ¿Se vuelve a trabajar hasta que la asamblea ceda, o hasta que los sabios convenzan?

Me parece esencial la forma en que un proyecto gestiona el conflicto. Una estructura que no sabe qué hacer con el disenso acaba petrificándose. Me pregunto cómo encaja eso con un modelo donde unos discuten —los entendidos, se supone— y otros solo ratifican. ¿Cómo se hace para cuadrar ese círculo?


Sobre la estructura

Dice que los equipos de trabajo están abiertos a quien quiera participar, que en ellos hay "personas expertas o experimentadas de reconocido prestigio social", y que la asamblea ratifica sin discutir. Si la asamblea no ratifica, se sigue trabajando hasta que lo haga.

Eso, con todos los respetos, no es democracia directa. Es una estructura vertical con cuatro escalones:

  • Los expertos de prestigio (no elegidos por nadie)
  • Los activistas que trabajan
  • Los moderadores que organizan
  • La asamblea que ratifica — o es ignorada si no lo hace

¿En qué se diferencia esto de un partido político? En un partido, la cúpula decide, la militancia trabaja y las bases votan lo que les presentan. Aquí los nombres cambian —"equipos de trabajo", "activistas", "asamblea"— pero la arquitectura de poder es muy parecida: unos pocos dirigen, muchos ejecutan, y la soberanía popular corre el riesgo de convertirse en un trámite con buena prensa.


Sobre el prestigio

No estoy en contra de que haya personas con más experiencia o formación. Estaría mintiendo si dijera lo contrario. Pero la política horizontal no se construye diciendo "los sabios discuten y el pueblo decide". Se construye con mecanismos que impidan que esos sabios se conviertan en una élite: sorteo, rotación, rendición de cuentas, espacios reales de deliberación donde las propuestas puedan ser modificadas por la asamblea, no solo ratificadas o vetadas.

Confiar porque sí, porque "hay que hacerlo", no es horizontalidad. Es fe. Y la fe es una virtud admirable en muchos contextos. En el diseño institucional, es un riesgo.

¿Cómo se mide el prestigio? ¿Quién decide qué es prestigio y qué merece ser descartado? Son preguntas que parecen técnicas y son, en realidad, políticas. Las preguntas más importantes siempre lo son.


Sobre Feynman y la cultura de la duda

El autor recurre a menudo a filósofos para sostener su propuesta. Yo voy a recurrir a uno de los míos: el físico Richard Feynman, que no tenía paciencia para las jerarquías del saber.

Feynman resumía su actitud ante la autoridad en una idea muy simple: no importa quién eres ni qué títulos tienes; si tus ideas no se sostienen ante los hechos, están equivocadas. Para él, el conocimiento no era un edificio de certezas, sino una cultura de la duda. Ningún prestigio, ningún título, ninguna autoridad sustituye a la evidencia y al pensamiento propio.

Si en este proyecto el prestigio da derecho a estar en los equipos que deciden, y la asamblea solo puede decir que sí —o esperar a que le presenten otra versión—, entonces, ¿dónde está la cultura de la duda? ¿Dónde está la posibilidad de que alguien sin prestigio cuestione a los prestigiosos?


Feynman nos enseñó que el prestigio no garantiza la verdad. Que la ciencia avanza cuando cualquiera puede cuestionar a cualquiera, sin que importe su título ni su reputación. Una estructura que no se abre a esa posibilidad no es una estructura abierta. Es una élite ilustrada con mejor marketing.


La pregunta que no es retórica

El autor del texto también afirma que "el poder lo tiene 100% la asamblea". Pero en unos mensajes atrás explicaba que la asamblea no discute, solo ratifica; que si no ratifica se sigue trabajando hasta que lo haga; y que en los equipos están personas que ya tienen prestigio fuera de la asamblea.

Si la asamblea no puede modificar propuestas, si su voto en contra se ignora, y si los equipos los ocupan quienes ya gozan de reconocimiento externo… ¿en qué sentido es soberana? No es una pregunta retórica. 


Es el corazón del asunto.

Si vamos a construir algo nuevo, construyámoslo con preguntas. Con mecanismos. Con la honestidad de mirar la estructura que estamos levantando y preguntarnos si se parece a lo que decimos querer. 

Porque una democracia que no se cuestiona a sí misma no tarda en parecerse a lo que dice combatir. 

Sólo cambian los nombres en el mismo escaparate.



"Derechos Humanos". Imagen: uso libre. 


#Palestina #democracia #asamblea #duda #Feynman #sabios


¿Para qué sirve la consciencia?

 


Imagen: uso libre

Un físico como Roger Penrose se preguntó un día algo que parece sencillo y no lo es: ¿Qué ventaja evolutiva pudo tener la consciencia?

Desde la lógica fría de la selección natural, es casi un escándalo biológico. La consciencia consume energía, nos siembra dudas y, a menudo, nos paraliza. No nos hace correr más rápido ni digerir mejor. Y sin embargo, aquí sigue: un fuego que no se apaga. ¿Por qué sobrevivió?

La ciencia describe el mecanismo, pero no el sentido. La biología nos habla de neuronas espejo y oxitocina, pero describir el engranaje de un reloj no es lo mismo que entender el valor del tiempo. Para eso hay que cambiar de registro. Y ahí entramos nosotros.

Quizás la consciencia no sea un trofeo, sino un triple desafío:

Para cuidar, porque nos permite anticipar el dolor ajeno antes de que ocurra. Es la capacidad de elegir la mano tendida frente a la indiferencia. No es un adorno moral: fue la estrategia de supervivencia del más conectado, no del más fuerte.

Para cooperar, ya que la cooperación es un acto de imaginación. Construir normas, sentir la justicia —incluso cuando nos perjudica— solo es posible porque podemos habitar el punto de vista del otro sin dejar de ser nosotros mismos.

Para ver más allá del yo, lo que significa proyectarnos en el futuro, para hacer de la ética una extensión de la vida. Como si la evolución hubiera descubierto que la mejor estrategia para no desaparecer es convertirse en algo digno de ser preservado.

La consciencia no es un músculo; es una práctica. Se expande cuando cuidamos, cooperamos y trascendemos. Se atrofia cuando callamos, cuando delegamos el pensamiento en otros. El servilismo —esa renuncia a pensar— no es más que una consciencia que se ha abandonado a sí misma.

A veces pienso que la consciencia no es solo una propiedad individual. Es un órgano colectivo -no una fusión donde lo individual se diluye sino una red de singulares que se busca-  que aún no sabemos usar del todo. O, una patrulla perdida que quizá, con la práctica, pueda reencontrar su brújula.

Porque la consciencia no solo nos permite cuidar, cooperar y trascender. También nos permite preguntar. Y lo mejor de las preguntas no son las respuestas, sino que suscitan más preguntas.

Así que hasta aquí hemos llegado para alcanzar otro mundo y desde él vislumbrar el siguiente. Porque la evolución no premió solo al que tenía los colmillos más largos. Premió, sobre todo, al que fue capaz de mirar más allá del horizonte.


#Palestina

#Penrose #consciencia #cooperación #cuidado

Serie: Fauna Humana III

 


Homo vitrinae activista


"Homo activista". Imagen: uso libre.

Homo vitrinae soberanus lleva sus galones en la solapa. Homo vitrinae veritatis se envuelve en la jerga como si fuera una túnica. Pero el activista de vitrina —tercera subespecie de este género— no necesita ni galones ni jerga. Necesita un escenario. Y lo encuentra donde hay una causa justa, un proyecto colectivo, un movimiento social con energía vital y gente dispuesta a poner el cuerpo.

Llega como quien llega a un decorado ya montado. No le interesa la causa, sino el reflejo que la causa proyecta sobre él. Las fotos en manifestaciones, las siglas en el perfil, las intervenciones en público, las palabras grandilocuentes sobre justicia y emancipación… todo es material para su vitrina. Habla con pasión de los oprimidos, pero nunca ha compartido su precariedad. Denuncia las injusticias, pero siempre desde una posición que las reproduce. Aprovecha los proyectos colectivos para obtener lustre, y cuando el brillo disminuye o la causa exige esfuerzos que no puede retransmitir en redes, desaparece sin dejar rastro. No es que abandone: es que la función ha terminado y él no estaba allí para construir el decorado, sino para lucirse en él.

Su hábitat son los márgenes que han dejado quienes, agotados, se han retirado. Entra en un grupo activista como quien entra en un salón vacío: se instala, decora con su presencia, y pronto ha olvidado que otros pusieron los cimientos. Su estrategia es la ocupación suave: no impone, se ofrece. "Yo puedo encargarme", dice, y nadie se lo ha pedido. "Tengo contactos", añade, y los contactos nunca aparecen. "Habría que hacer algo", sentencia, y el algo siempre lo hacen los demás.

Su plumaje es cambiante. Un día viste la camiseta de la lucha contra el racismo; al siguiente, la pancarta por la vivienda; al otro, la pegatina del feminismo. No hay contradicción en su itinerario porque no hay profundidad. La coherencia no le preocupa: solo le preocupa que el escaparate esté bien surtido. Su canto es el de la indignación impostada, ese tono que sube de volumen justo cuando llega la audiencia y baja cuando se retira. En sus rituales de cortejo se presenta como "alguien que siempre ha estado en las luchas", aunque nadie le recuerde en las primeras filas cuando las filas dolían.

Su historia natural es la del arribista emocional. Llega a los movimientos sociales cuando ya están consolidados, cuando el riesgo ha sido asumido por otros, cuando la causa tiene prestigio social. No funda, se afilia. No arriesga, se beneficia. Y con el tiempo, acaba confundiendo su propia conveniencia con la causa: cree sinceramente que defender sus intereses es defender los intereses colectivos. Esa confusión, esa buena conciencia del oportunista, es quizás su rasgo más inquietante: porque el oportunista que sabe que lo es aún puede provocar vergüenza ajena; el que se cree auténtico ya no tiene remedio.

El riesgo que introduce en el ecosistema es la erosión de la confianza. Su presencia desgasta a quienes realmente sostienen el proyecto. Porque mientras ellos ponen horas, energía, dinero, él pone posturas. Mientras ellos resuelven problemas, él colecciona fotografías. Y cuando el proyecto se tambalea, cuando la causa deja de dar lustre, él ya está en otro lado, con otra camiseta, con otra indignación recién estrenada. El movimiento no ha perdido un militante: ha perdido un escenario.

La contra-estrategia es la memoria. Registrar quién estaba cuando había que poner los pilares y quién llegó cuando ya estaban puestos. Nombrar la diferencia entre compromiso y escaparate. Y, sobre todo, no confundir la presencia en las fotos con la presencia en las trincheras. La solidaridad que se exhibe no es solidaridad: es consumo.

Homo vitrinae activista. Clasificado, como sus parientes el Soberano y el Poseedor de la Verdad, no por crueldad sino por necesidad. Porque lo que se nombra deja de pasar por compromiso. Deja de pasar por militancia. Y se convierte, también, en un espécimen de museo. Aunque este, eso sí, intentaría poner la vitrina en medio de una manifestación y convencer a los demás de que él fue quien organizó la marcha.


Esta serie, Fauna Humana, es un ejercicio de observación antropológica aplicada a los espacios que habitamos. Ningún espécimen ha sido dañado durante su estudio. 

 

#palestina

 

#activista #vitrina #proyecto

 

Serie: Fauna Humana II

 

Homo vitrinae veritatis


"Homo veritatis". Imagen libre.

De las tres especies que pueblan el género vitrinae, esta es, quizás, la más escurridiza. El Homo vitrinae soberanus lleva sus galones en la solapa: se le ve venir. El activista de vitrina se delata solo, tarde o temprano, con el desajuste entre lo que proclama y lo que vive. Pero el Homo vitrinae veritatis —el Poseedor de la Verdad— llega sin insignias. Se presenta desarmado. No necesita credenciales porque las sobreentiende. Su autoridad no reside en lo que muestra, sino en cómo se sitúa frente al saber: como su guardián, su intérprete autorizado, el único que realmente ha entendido. Su escaparate no son los títulos. Es la postura.

Lo encontraréis donde haya conocimiento que dirimir: debates académicos, grupos de discusión, hilos bajo artículos densos, presentaciones de libros en salas con sillas incómodas. Su ecosistema predilecto es aquel donde pueda erigirse, sin que nadie se lo haya pedido, en quien más ha entendido; aunque a veces no haya entendido nada; solo que ha sabido situarse en el lugar del que entiende.

Su plumaje es la jerga. Maneja términos que para otros son puertas cerradas, y los usa como llaves que solo él posee. Su canto tiene una cadencia muy precisa: comienza con falsa modestia —"no sé si me explico", dice, justo cuando está a punto de explicarte que llevas toda la vida equivocado— y termina siempre en sentencia que no admite réplica. "Siempre se puede aprender", añade, cuando ya ha decidido que quien necesita hacerlo eres tú. En sus rituales de cortejo confunde el diálogo con una clase magistral. Escucha lo justo para encontrar el resquicio por donde colocar su saber. No busca aprender. Busca tener la razón.

Es el producto acabado de una cultura que confunde la acumulación de datos con el pensamiento, y la erudición con la sabiduría. Le enseñaron que el conocimiento es un territorio a poseer, no un jardín que habitar. Por eso su relación con la verdad es de propiedad, no de indagación. La duda, para él, no es una herramienta: es una derrota anticipada. Y el que duda, piensa, tantea —ese es un pobre diablo que aún no ha llegado. Y sin embargo, habla mucho de la duda. La cita. La teoriza. La invoca con la soltura de quien ha leído todo Popper y no ha dudado un solo día de su vida.

Su estrategia de supervivencia es elegante en su crueldad: no debate. Explica. Si se le contradice, el repertorio es siempre el mismo. O amplifica su jerga hasta que el interlocutor se sienta fuera de juego —fuera del club, fuera de la conversación—, o desliza con suavidad una frase que sugiere que el otro, sencillamente, no ha leído lo suficiente. Su poder reside en hacer sentir que la ignorancia es un defecto personal. Una mancha que solo él puede ayudar a limpiar. Su generosidad, por tanto, es la del que reparte limosnas de sentido.

El daño que causa es silencioso pero profundo. Secuestra la conversación, la convierte en una asimetría insalvable. Quienes están aprendiendo, quienes exploran, quienes llegan con preguntas genuinas, salen más pequeños de lo que entraron. El espacio que podría haber sido de pensamiento colectivo se convierte en un museo donde él es la única pieza y los demás, visitantes agradecidos. Y lo más inquietante: cree sinceramente que está enseñando.

La contra-estrategia es más sencilla y más radical: devolverle la pregunta. Una honesta, sin trampa, que lo invite a salir del papel de intérprete y ocupar el de pensador. Muchas veces no sabe cómo. Conviene también aprender a distinguir entre quien sabe y quien se sabe. Entre quien habita la verdad y quien posa con ella. Quien realmente la frecuenta no necesita escoltarla ni defenderla con uñas y dientes. Sabe, porque lo ha experimentado, que la verdad no es una propiedad: es un encuentro. Y que quien realmente la habita no necesita posar con ella. Simplemente, la vive.

Homo vitrinae veritatis. Clasificado, como su pariente el Soberano, no por crueldad sino por necesidad. Porque lo que se nombra deja de pasar por neutro. Deja de pasar por el más inteligente de la sala. Y se convierte, también, en un espécimen de museo. Aunque este, eso sí, habría preferido escribir las cartelas.


Esta serie, Fauna Humana, es un ejercicio de observación antropológica aplicada a los espacios que habitamos. Ningún espécimen ha sido dañado durante su estudio. 

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#veritatis #pensamiento colectivo

#palestinalibre