17 oct 2026

"Sois como niños"

 


Somos una especie que ha crecido en edad pero no en madurez. Una especie adolescente, emocionalmente pueril.

Nos hemos entregado a nosotros mismos una tecnología con poder casi "divino" que, lejos de estar impulsada por la prudencia y por la búsqueda de sabiduría, se mueve por la lógica de la aceleración constante y el beneficio económico a corto plazo.

La cultura no es un mero depósito de tradiciones; es un mecanismo dinámico de amplificación que opera en ambas direcciones: avance y detención. Como dos fuerzas opuestas cuya magnitud varía en el tiempo: unas veces domina una y otras, la contraria.
La cultura es nuestro mejor invento adaptativo, porque nos facilita acumular conocimiento sin tener que esperar a que la evolución biológica modifique nuestro ADN. Y tiene una vertiente emancipadora que nos saca del aislamiento individual y permite coordinarnos a escalas gigantescas para lograr empresas colectivas extraordinarias.

Pero esa misma capacidad de amplificación puede volverse en contra. La contrapartida es el dogma —ideas encapsuladas— y el menor esfuerzo mental, pues el cerebro humano busca constantemente optimizar el gasto de energía, es decir, economizar. Las narrativas ofrecen recetas, respuestas empaquetadas que reducen la incertidumbre.
Porque cuando una cultura premia la adhesión ciega a una tribu o a una ideología por encima del cuestionamiento crítico, el pensamiento se petrifica.

Además de distribuir, la tecnología moldea la cultura con métricas e incentivos económicos, de modo que surge otra suerte de cultura, excesiva en el estímulo inmediato pero escasa en contemplación, lo que limita la capacidad de análisis profundo, atrapa al individuo en un presente continuo e impide la visión histórica y de futuro.

El punto crítico es el estancamiento. La tecnología avanza a ritmo exponencial, mientras la cultura se ancla en el consumo pasivo, la complacencia o la polarización; y cuando esa distancia se vuelve sostenida, la sociedad pierde la capacidad de autocorregirse. Entonces, la cultura deja de ser un motor de evolución para convertirse en un anestésico colectivo.

Pero mi planteamiento no defiende que sea un fallo ineludible de la biología, sino de la arquitectura de la propia cultura que estamos alimentando, ya que si ella creó la capacidad de cuestionar, también posee la clave para desbloquear ese enquistamiento.

Los pilares que nos permitieron sobrevivir y prosperar como especie no fueron la agresión ni la competencia desmedida, sino precisamente la observación, la cooperación y el cuidado mutuo. Palabras que deberían estar esculpidas en piedra.
Pero se han marginado esos valores en la educación y en la estructura política, con lo que se ha terminado legislando para la velocidad y la acumulación, en lugar de hacerlo para la sostenibilidad de la vida. Y cualquier intento de revertirlo se desprestigia o se reprime con violencia, porque el sistema no está dispuesto a frenar su propia inercia.

Sin embargo, siempre hay una constante: el proceso de pensar, relacionar y atar cabos. Aunque los ritmos biológicos y culturales sean lentos frente a la vertiginosa velocidad de la tecnología, esa capacidad de análisis, de pausa reflexiva y de cuestionamiento constante sigue estando ahí: es humana.
Porque la verdadera resistencia frente al enquistamiento mental empieza, precisamente, realizando ejercicios de lucidez.

#lucidez

16 oct 2026

Demasiado grande

 




Llevo días intentando establecer algún orden ante el sindiós que ha aterrizado en las redes a cuenta de la fragmentación del progresismo. Los debates se multiplican. Y las consignas. Y los rezos políticos.
Cuando cierro la máquina me quedo sentada ante una pantalla gris, fría y muda, que apenas refleja lo que tengo a mi espalda, y me ronda una idea, o una metáfora, sobre la raíz de tanto ruido: este cerebro que todavía nos queda grande.

Biológicamente, la corteza prefrontal —la encargada del pensamiento abstracto, la planificación a largo plazo, la empatía proyectada y el autocontrol— es una de las estructuras evolutivamente más recientes. En cambio, las estructuras subcorticales y el sistema límbico llevan millones de años consolidados, y están orientados a la supervivencia inmediata, la reacción rápida frente a amenazas y el beneficio a corto plazo. La distinción es un esquema, no un muro: razón y emoción trabajan en red. Todo esto lo explica muy bien el libro conjunto de Arsuaga y Millás, La vida contada por un sapiens a un neandertal.

Busco la perspectiva. Siempre. Y me lo facilita vivir en el campo. Porque proyectarse fuera del presente requiere un esfuerzo cognitivo consciente que consume mucha energía. Para las personas atrapadas en las exigencias del día a día, o moldeadas por entornos que premian la inmediatez, resulta sumamente difícil adoptar esa perspectiva histórica o cósmica. Probablemente son la gran mayoría. Sin duda, seguimos operando con un software antiguo, heredado de grupos pequeños de supervivencia, en un mundo con potencia tecnológica exponencial.

La ciencia no deja de recordárnoslo: las especies y los sistemas no son estáticos sino dinámicos; si no se actualizan, se extinguen.

Y entonces me asalta la duda.

Me pregunto si el ritmo de actualización de nuestra cultura, conciencia y estructuras de poder podrá acelerarse lo suficiente para ponerse a la par con el impacto destructivo de nuestra tecnología, y si esta "actualización" en la capacidad de abstracción y previsión de la humanidad puede lograrse mediante la educación y la evolución cultural.

Y no todo es biología: también hay instituciones, incentivos y propaganda que explotan ese desajuste en su beneficio.

¿Quizá nos estamos topando con un límite biológico que solo podremos superar si la humanidad decide intervenir sobre sí misma, como ya ha intervenido sobre tantos otros límites?

Me suena de maravilla: la Humanidad como sujeto de su propia transformación ética.


#palestina #cerebro
#DerechosHumanos #extinción
#cordurapolitica #perspectiva
#HaciaLasEstrellas #sindiós


Imagen: Uso Libre

15 oct 2026

Descubrir la trampa para no caer en ella


La Humanidad es una patrulla perdida



Somos una especie que parece buscar su autodestrucción, cada cierto tiempo. Analizando nuestra historia, desde la antigüedad hasta la era nuclear y la crisis climática actual, se vislumbra un patrón recurrente donde nuestros mayores avances tecnológicos y organizativos terminan generando los medios para nuestra propia ruina.

Y conscientes del peligro, a diferencia de las dinámicas autodestructivas puramente instintivas, la humanidad tiene una capacidad única para la autoconciencia y la corrección de rumbo; para ello hemos creado instituciones internacionales, tratados de desarme, diplomacia y movimientos globales de preservación, precisamente, porque reconocemos ese peligro cíclico.

Aunque se ha hecho trampa: son instituciones diseñadas con "puertas traseras". Son frágiles por haberlas dotado muy convenientemente con vetos, vacíos legales y débiles mecanismos de cumplimiento. Y es que, a menudo, quienes manejan el poder diseñan las reglas del juego, asegurándose de que, si la estructura llegase a frenar sus intereses geopolíticos y económicos, exista un mecanismo para ignorarla o soslayarla. Es la paradoja de intentar contener el poder utilizando instrumentos creados por ese mismo poder.

Cuando afirmo que la Humanidad es una patrulla perdida, pienso que no voy desencaminada. Y si somos así ante lo pequeño y familiar, ¿cómo no vamos a ser igual de mezquinos ante lo grande? Justo ahora, en España, en pequeño, estamos asistiendo a la autodestrucción de grupos de la izquierda en uno de los momentos más amenazantes y peligrosos desde hace un siglo con el surgimiento del fascismo en Europa, que tuvo las fatales consecuencias que la mayoría conocemos. Hay una resistencia que carece de honestidad. Es un juego donde unos y otros hacen trampa consigo mismos: cinismos y falsedades dichas en voz baja y muy estudiadas, vetos y una debilidad estructural que, al final, condena a la insignificancia. El mismo desgarro que parte a las grandes familias. Aunque quienes manejan algún poder redactan ad hoc las reglas del juego para asegurarse el derecho a la excepción. El modelo se repite en todas las escalas. Lo que ocurre en España no es una anomalía: es una manifestación local de un patrón universal.

Conocemos el peligro y, en un acto de rebelión contra nuestro propio destino, realizamos un esfuerzo desesperado para imponer orden y justicia sobre el caos que nosotros mismos generamos; y mayores logros, que debían liberarnos, terminan construyendo los muros de nuestra propia prisión.

Porque la civilización hizo algo más que darnos herramientas para engañar. Nos dio la posibilidad de engañarnos a nosotros mismos: construimos mundos inventados, mapas que no corresponden al territorio, realidades paralelas donde la trampa es una forma de vida y no un error.

Es la contradicción de nuestra condición: el mismo ingenio creador que erradica el dolor, inventa el arte o desafía al cosmos, es el que perfecciona el crimen masivo y fractura el equilibrio del planeta.

Y en el fondo de todo arde el drama del alma humana: la impotencia ante la autodestrucción y la desolación ante la traición de la propia razó

#palestina
#DerechosHumanos
#cordurapolítica
#HaciaLasEstrellas

Imagen: uso libre

14 oct 2026

Lentas semillas




Hay una cosa que el poder sabe desde siempre, y es que el miedo se cultiva mejor que se impone.
No hace falta prohibir: basta con anunciar que se nos viene el diluvio, ponerse una casulla, caminar bajo palio y dejar que la masa -la que quiere pan y también certezas- haga el resto.
La Iglesia española de 1936 no inventó nada nuevo cuando llamó Cruzada a un golpe de Estado. Solo recicló una vieja fórmula: vestir de eternidad lo que era, en el fondo, el miedo a perder la merienda. Censura, escuela, tierras, diezmos disfrazados de caridad.

Cuando el siglo XIX empezó a leer y a preguntar, algunos supieron con precisión casi elegante que la letra era su enemiga, y actuaron en consecuencia, con la sotana puesta y el sermón afilado como una hoz al revés.

Y, sin embargo -esto es lo que no le perdono al tiempo, ese viejo tramposo- la violencia que vino después, la de los "incontrolados" quemando conventos y ajustando cuentas de siglos, tampoco arregló nada. Ahí está la trampa de todo cambio impaciente: el pueblo, que llevaba razón en el fondo, se la jugó en la forma, y le regaló al enemigo el argumento que necesitaba para llamarse víctima.
Napoleón había sembrado Europa de códigos civiles a sangre y bayoneta, y la semilla germinó, sí, pero un siglo después, y regada de rechazos, restauraciones y guerras que no eran suyas.
Los pueblos, como los árboles, no se dejan apurar. Se los puede podar, quemar, hasta talar; pero la savia tarda lo que tarda.

Por eso asusta un poco reconocer ahora los viejos gestos.
El autoritarismo no vuelve nunca con el mismo disfraz -la sotana ya no convence a nadie-, pero conserva el mismo instinto: ofrecer a la gente asustada la ilusión de un orden antiguo, sólido, ya probado, a cambio de que deje de hacer preguntas.
Y la gente, cansada de vivir en la incertidumbre de lo nuevo, a veces acepta el trato sin darse cuenta de que ya lo aceptó una vez.

Si hay una lección que estos dos libros que estoy leyendo -el de Franco y el de la Guerra Civil- me dejan clavada como una astilla, es esta: la prisa no salva a nadie, pero la pereza tampoco. Entre el diluvio y la costumbre hay un tercer camino, más lento y más digno, que consiste en educar el miedo antes de que el miedo elija por nosotros.



#palestina #GuerraCivil #Franco #Napoleón
#DerechosHumanos #semillas
#HaciaLasEstrellas #Iglesia

Franco. Julián Casanova. 2025
España partida en dos. Julián Casanova. 2013

12 oct 2026

Patologización exprés.

 



Cuaderno de Bitácora

Hoy he tenido una experiencia que es el retrato perfecto de la ortodoxia partidista actual, donde la pureza ideológica se gestiona con lógica de trinchera.

El fanatismo disfrazado de liberación se ha convertido en un lugar común de estos tiempos.

Me he dado cuenta de que existe una actitud en el debate político que podría llamarse, sin exagerar, patologización exprés. Ayer, alguien equiparó mi discrepancia con el "odio" y me sugirió una "vacuna".

Parece haberse puesto de moda etiquetar la disidencia como "odio", y cumple una función pragmática que no necesita más explicación: cierra la conversación sin necesidad de refutar. No es un diagnóstico, es un cierre. Y que le añadan "y hay vacuna" lo convierte, además, en una mini-narrativa de enfermedad, que es aún más descalificadora porque te posiciona como el enfermo.

Se intentó desmontar mis argumentos sin presentar ninguno, y de pronto me he convertido en una especie de patología social, un virus que requiere intervención médica o profilaxis. Consentir eso es un error colosal: demuestra que el término "odio" se usa como herramienta de exclusión, no como descripción.

Ante el cortocircuito, surgió la ironía —esa vieja aliada—, y mi respuesta, "el estudio es la mejor vacuna contra el fanatismo", actuó como un detonante, pues utilicé la misma metáfora médica para devolver el espejo de su patología.

Y es que el fanatismo no tolera que le disputen el monopolio de las palabras, y menos con educación.

El asunto acabó con el botón de bloquear como protocolo de huida. Un tercer participante se ofendió muchísimo y me bloqueó, eso sí, borrando previamente toda su intervención. Es decir: huyó borrando todo rastro.

El bloqueo digital es el equivalente moderno a taparse los oídos y gritar en el patio del colegio. Al no poder continuar en el terreno de las ideas, se recurre a la desaparición forzosa. Así que se bloquea al otro por muchos motivos, y uno de ellos es que la verdad escuece. Te borran de su vista para poder regresar, con alivio, a la comodidad de su cámara de eco, donde nadie les discute que la Tierra es plana, si es que un partido político así lo decide.

Tristemente he comprobado que hay una necesidad de malinterpretar, simplemente porque da un pretexto; y es que una metáfora distorsionada es más útil que un argumento no encontrado o perdido.

El conocimiento, efectivamente, es la única vacuna. De esto último estoy completamente segura.

(Sospecho que va a ser una campaña muy calentita).

Buenas noches, tripulantes.

#palestina
#DerechosHumanos
#HaciaLasEstrellas

11 oct 2026

26 S

 



26 S
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Quince años después, en otro momento crítico, la balanza de la dignidad vuelve a equilibrarse. Es decir, la autoridad del cuidado y la solidaridad regresa a las plazas. Hubo un tiempo en que las plazas se llenaron de personas comprometidas que no se conocían y que, sin embargo, sabían exactamente lo que tenían que hacer: cooperar.

No había líderes, ni siglas, ni un plan maestro. Había una certeza: la dignidad no se negocia. Porque la dignidad no es una moda pasajera, sino el eco de algo muy antiguo.

Algunos llevan años diciendo que la Acampada del 15M murió. Que había sido una ilusión o un espejismo de juventud, y los profesionales del cinismo lo dieron por enterrado. Incluso arrancaron su recuerdo. Y los burócratas de la resignación, los apresurados y los desencantados lo archivaron junto con las causas perdidas.

Nos quieren anestesiados, cansados, como si la indignación fuera una enfermedad infantil que se cura con el tiempo.


Pero olvidan un detalle. El deseo de justicia no es una marca registrada. No pertenece a ningún partido. Y la libertad no se decreta desde arriba, es innegociable; es algo a lo que ningún animal, humano y no humano, renunciará nunca.

La libertad no es una construcción cultural. Es un imperativo biológico y una cuestión de principios que no se ventila a golpe de talonario. Si intentasen forzar el silencio alrededor de esta "obra" solidaria, sería, una vez más, un burdo intento de confundir lo verdadero con lo falso. Y la libertad no se presta a ese juego.

Cooperar y compartir: lo llevamos en el ADN, como también lo llevaban los neandertales cuando decidían cuidar a sus enfermos, o como lo llevaban los primeros grupos humanos cuando elegían compartir la carne, quizá sin detenerse a vitorear a quien con cuya flecha había dado en el blanco.

Quince años después, la Puerta del Sol vuelve a llenarse de tiendas de campaña. Vuelve a hervir de solidaridad. Hoy el pretexto es otro —la especulación, el alquiler imposible, el derecho a un techo—. Es como si una nueva "primavera" se instalase en pleno otoño. El ADN es el mismo: la certeza de que hay cosas que no se negocian. La dignidad del vulnerable. La memoria de que, cuando la vida se pone difícil, el sectarismo se desmorona por su propio peso.

Los mínimos amplios no se decretan. Brotan. Como brota el cuidado cuando alguien se queda atrás. Como lo hace la cooperación cuando el peligro es común. Como surge la ética cuando alguien se atreve a decir "esto no debería ser así".

A quienes decretaron nuestra muerte cerebral les conviene saber que la solidaridad no es un animal doméstico, pues no se deja encerrar en un despacho. Por el contrario, es un ser persuasivo y tenaz que nunca aprende a rendirse. Vuelve. Siempre vuelve, allí donde la decencia convoque.

Nos vemos en las plazas.

Buenas tardes, tripulantes.

#palestina
#DerechosHumanos
#26s
#HaciaLasEstrellas

9 oct 2026

El Diablo se viste de diablo





Todavía recuerdo cómo dijo Rajoy "hasta aquí hemos llegado" cuando Pedro Sánchez le acusó de indecencia por haber ocultado la corrupción en su partido: Bárcenas, Rato…

Sin embargo, algo ha cambiado. Y no precisamente a mejor.

Ya se insultaba a los gobernantes en la prensa del siglo XIX con una crudeza que hoy escandalizaría. Pero se trabajaba sobre todo con la caricatura, la alusión y la ironía; y el insulto crudo y directo costaba caro: un duelo, un proceso por injurias, un periódico secuestrado. El que insultaba se jugaba algo.

La crítica dura, incluso la sátira feroz, es parte sana de la vida pública. La tradición de burlarse del poder es antiquísima y necesaria. Otra cosa muy distinta es el insulto gratuito, que no argumenta nada, solo humilla y degrada. Y deshumaniza.

Ha cambiado el escenario: el insulto ya no reside en la barra del bar, sino que se premia con audiencia, y los platós han descubierto que el escándalo da más que el debate.

También ha cambiado la estructura de costes.

Es decir, que lo nuevo no es solo el insulto, sino su amplificación y normalización inmediata, pues no pasa nada. Es muy peligroso, porque se predica violencia verbal y física que, en no pocos casos, termina impune, avalada por el juego político partidista.

No hace falta compartir ideología con un representante público para sentir que algo se rompe cuando el cargo se trata como un saco de boxeo en horario de máxima audiencia.

El deterioro del comportamiento social es escandaloso y vergonzante: tiene su reflejo en la vida cotidiana, en las calles y en las instituciones.

Hoy el insulto sale gratis, se emite en directo y se produce en serie, sin escatimar en temas delicados o sensibles.

No me avergüenza únicamente la grosería pública y pagada por todos, sino que muy rara vez alguien parece sentir que debe responder por ella. Porque el insulto que sale gratis no solo degrada a quien lo lanza. Degrada el espacio común donde deberíamos poder discutir. Y mientras nadie responda por ello, el insulto seguirá siendo rentable... y por eso, porque es rentable, se reproduce.


#palestina #educación
#DerechosHumanos #violencia verbal
#HaciaLasEstrellas #insulto

Imagen: Uso libre

7 oct 2026

Coordenadas biológicas

 


Echo mucho de menos a Julio Anguita. Me encantaba su sistema de explicar para entender, no para ganar la discusión.

En debates en los que participo de vez en cuando, he creído identificar un mecanismo muy frecuente en política y en debates políticos, también en el campo progresista: el miedo como argumento de retención. Y un patrón: la asimetría. Por ejemplo: ante una misma decisión, se ataca, sobre todo, a Sumar, también a Comuns, pero no a Compromís ni a Adelante Andalucía.

Díaz y Colau. ¿Qué las une?: que ambas se sacudieron la tutela que las atenazaba. A través de la crítica feroz se les exige lealtad, como si la deuda no se hubiese pagado hace tiempo.
No suelo ser crítica con los gobiernos progresistas cuando están en el poder, de no ser que lo estén haciendo muy mal y, desde luego, no lo hago con el afán de añadir la leña al fuego que otros encienden con tanto gusto.

Me encuentro y me siento dentro del sistema que describo, y por eso también estoy exponiendo mi vulnerabilidad en los debates. Pienso que eso añade peso al diagnóstico porque no estoy describiendo a otros. Mi compromiso es intelectual y emocional.
En definitiva: me importa.

Apelo constantemente al cuidado y la cooperación como raíz de la ética, y no aparecen como elementos para medir el grado de legitimidad de un argumento político. Esos aspectos son mis coordenadas biológicas (humana y animal), gracias a las cuales he logrado situarme en la existencia.

Aprendí muy pronto que un argumento que necesita del miedo para funcionar no es un argumento: es una táctica de reclutamiento. O de seducción. O de sumisión. Según qué contextos.
En los debates políticos, en cuanto abro la boca muchas veces encuentro un “nosotros” (“ellos”, para mí) y un “tú” (yo). Por supuesto me refiero a defensores y militantes de Podemos. No importa si simpatizo, si voto o no al partido. Hablando conmigo se nota enseguida mi color político, aunque no consiguen hacer de mi la pieza del puzle que va a encajar en su imagen formada de antemano.
Por ejemplo: eres o "de los nuestros" o "de Sumar" o "del PSOE". No hay tercera opción. No cabe la discrepancia. Ni la crítica fundamentada constructiva. De modo que no encajas. Entonces te empujan: “si no votas así, regalas el escaño a la derecha”. Fin del debate.

Pero ese empujón no busca que yo entienda algo; pretende que me quede. Presiona para que no dude. Que sienta algo así como que “si no paso por ese aro, ocurrirá algo terrible”.

Y la diferencia es que cuando les estoy ofreciendo comprensión, a cambio pido sinceridad y honestidad. Es decir, es un “entiendo por qué lo hiciste, aunque no esté de acuerdo contigo”. O lo que es lo mismo: es dirigirte a personas inteligentes que respetas y te comprenden.

¿Qué respuesta obtengo ante mis razonamientos? Retención: “estás traicionando la causa”, recurren al victimismo y a la amenaza de “las derechas y sus secuaces, que nos machacaron a nosotros, te van a aplastar a ti también”.
Y tras eso hay un telón de fondo muy grueso. Es lo que me llama la atención porque lo utilizan todos. Y no es solo el ataque a la persona -que es lo más fácil y lo menos productivo-, sino el mecanismo que lo mantiene: el miedo.

Es el argumento más viejo del mundo que, intentando disipar las dudas, las tapona. El razonamiento que no convence, pero sí amedrenta. Y va dirigido a los indecisos, a los críticos, a los que exigen, al que escucha y, en definitiva, a quien va a cooperar contigo entregándote su confianza en las urnas.

Y aquí viene lo que de verdad me importa, porque es lo que me ha hecho pensar en esto más allá del ruido de un martes cualquiera o un miércoles lluvioso: la cooperación y el cuidado no son un adorno ético que nos concedimos cuando ya estábamos civilizados. Son el fundamento. Somos una especie que se hizo humana cuidando a los suyos, compartiendo el fuego, vigilando la noche por turnos. La ética que hoy conocemos hunde sus raíces ahí, en ese gesto anterior a cualquier sigla, a cualquier papeleta, a cualquier convocatoria de primarias.
Y un espacio político que necesita del miedo para retener a los suyos está renunciando a ese fundamento. Porque el cuidado no se impone; se practica. Y quien amenaza con el apocalipsis a quien duda está reclutando.

No pido a nadie que deje de defender lo que cree. Sugiero que lo haga sin convertir la emancipación en traición, y sin hacer del miedo el argumento.

Buenas tardes tripulantes.

#palestina #Anguita #Sumar #Díaz
#DerechosHumanos #Podemos #miedo
#HaciaLasEstrellas #retención #Culau

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4 oct 2026

Dignidad y memoria

 



Como un espantapájaros de cerebro y corazón petrificados. Así veo yo a Calvino. Intolerante, estático, momificado.

No sólo a él.

Hubo siglos, durante los cuales la historia ha petrificado en monumentos a personajes ilustres. Pero, también se ha lamentado por la triste memoria de figuras prominentes, hombres y mujeres sacrificados en una pira de la justicia al negarse a abjurar de sus ideas, incluso ante la condena.

Sin embargo, la mirada superficial tiende a agrupar sus caídas en bandos. Por un lado, vemos a los fanáticos de la fe, hombres que llevan el dogma a un extremo tan peligroso que terminan amenazando la estabilidad de sus propias instituciones; las leyes de su tiempo los fulminan. Al fraile Girolamo Savonarola lo ahorcaron y luego lo quemaron en Florencia, por llevar el dogma a su extremo. Y bajo el mismo cielo y el mismo régimen de autoritarismo clerical, cayeron exactamente los opuestos: hombres fieles a la duda, mentes que divulgan el conocimiento y reclaman el derecho a pensar por sí mismos. El filósofo Giordano Bruno arde en Roma acusado de herejía y por sus postulados cosmológicos. El médico aragonés, Miguel Servet, es ejecutado en la Ginebra calvinista por desafiar la ortodoxia teológica. Y Sebastián Castellión, el humanista que se atrevió a defender a Servet dictando que «matar a un hombre no es defender una doctrina, es matar a un hombre», termina condenado al destierro y a la miseria.

Y tantos otros.

Desde Inglaterra hasta Rusia hubo ejecuciones por herejía, por manifestar lo que pensaban.
Al tirano, a la institución, al burócrata de la fe o del Estado no le importa en absoluto el contenido teológico o filosófico de la disidencia. Le importa la brecha. Le aterra la grieta que se abre en el muro de la uniformidad. Y la grieta la abre tanto el que duda de más como el que cree de más.

Toda fisura es un riesgo intolerable para la estructura.
Por eso el mismo fuego sirvió para el fraile que predicaba la pureza en Florencia o para el filósofo que dudaba de la Trinidad en Roma.
El fuego de la autoridad no distingue doctrinas, no debate argumentos; el fuego solo limpia el desorden.

Los muertos no hablan.

Cuánto peligro entraña el pensamiento y cuánto talento se ha perdido o desaprovechado en esa pira ciega. Hace falta mucho valor para morir por las propias ideas.

El destino de una idea es sobrevivir.

No obstante, lo que transforma esta meditación en un dilema estrictamente ético y no histórico es que el duelo no debe ser únicamente por los nombres que conocemos. Debo llorar, en realidad, por los que no conocemos porque nunca llegaron a ser, nunca se desenvolvieron ni se mostraron.

La historia opera con frecuencia como un registro selectivo y aristocrático que sólo nos ha transmitido los nombres de aquellos que murieron por una idea ya armada, madura, pulida y pública; pero no nos ha dejado los nombres de los que fueron ejecutados o silenciados antes de poder formarla y después enunciarla. Y esos constituyen la inmensa mayoría. Esa es la pérdida real y definitiva del mundo: no sólo las ideas que se quemaron en la plaza pública, sino todas las que nunca llegaron a encenderse en la intimidad de una mente que todavía se estaba formando.

Aniquilar el talento es un crimen colosal.

Cada vida, hasta la más pequeña, anónima y desconocida, contiene un potencial único de genialidad y belleza. Y en nuestras memorias, sus existencias construyen nidos donde nacerán recuerdos.

Cuando el poder destruye a un creador o a un pensador, no está robando únicamente la existencia a ese individuo; se la está extirpando a la especie entera.

Pienso en la Humanidad como en un mosaico en construcción permanente, una obra colectiva que empujamos a tientas. Cada pieza que se arranca antes de tiempo, cada mente que se apaga en la sombra deja un hueco permanente en la pared del templo, crea un vacío de una forma que nunca podremos descifrar.

Somos, qué duda cabe, el resultado de lo que queda de los que sobrevivieron, pero también somos la alarmante ausencia de quienes no llegaron a manifestarse públicamente.

La duda de Bruno persistió al humo; la idea de Servet siguió circulando por las venas de la Ciencia; el destierro de Castellión no impidió que su defensa de la tolerancia, y de la libertad de conciencia, fuera rescatada por el porvenir. Pero su castigo nos revela la siniestra y despiadada voluntad del poder: no se conforma con eliminar al que duda, sino que castiga con saña al que lo cuida. El escarmiento impuesto al humanista es la prueba histórica de que, para la tiranía, la compasión también es un delito grave.

Y es que restituir la memoria a su dignidad obliga a devolver lo que aquéllos nos dieron: la libertad. Porque cuidar la duda, y por extensión cuidar al que duda, no es un acto de generosidad superflua. Es el mecanismo de conservación más puro y urgente de nuestra propia especie.



#Calvino #Sebastián Castellión #Savonarola #Giordano Bruno # Miguel Servet #herejía #hoguera #Palestina #Derechos Humanos #libertad #Hacia las Estrellas


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Orfandad




Ayer pensaba en la cantidad de gente vulnerable que vota a partidos que acaban de tumbar las medidas que la protegen: los Reales Decretos-ley. Hoy leo que más de la mitad de esos mismos votantes apoyaba tales decretos porque veía necesario regular los alquileres, acabar con los desahucios y controlar la especulación que también les afecta.
Es el mismo laberinto en el que anda metido Donald Trump durante todo este año: abanderando propuestas para echar a los fondos de Wall Street del mercado residencial mientras se agarra pataletas porque el Congreso le planta cara con leyes sobre vivienda que él se niega a firmar.
Me vienen entonces a la memoria aquellos hispanos que hicieron campaña por él y que luego acabaron deportados. Si ambos fenómenos no son del todo comparables, sí lo son sus consecuencias: personas que se convierten en víctimas de su propia obstinación y de su tribalismo.

¿Cómo se vota contra los propios intereses? Creo que casi nunca por ignorancia. Se vota por identidad, y la identidad no compite con lo que interesa realmente. Se vota una creencia, una especie de idea que se ha apoderado de la mente.

Y no es cosa de una sola orilla. En el lado “contrario” -apena tener que definirlo así- encuentro lo mismo con otro disfraz: la convicción ciega de tener los ideales verdaderos. Y ahí está la urgencia -no la prisa- que nace de una necesidad real, de aquello que es preciso defender y que considero necesario para construir una sociedad sana, digna y que aspire a la felicidad. Porque mientras la prisa se alía a la propaganda, la urgencia lo hace con la justicia.

Pero no oses hacer crítica, porque se vive como una agresión. Al líder se le encumbra y cualquier discrepancia se asume como un ataque personal.

¿Desde cuándo ser exigente con los proyectos con los que simpatizas es ilegítimo?

Me niego a que me vendan la moto con discursos ensayados para camuflar los errores.
Exijo la honestidad de que me traten como a una adulta que piensa por sí misma, no como a alguien a quien se puede distraer con retórica.
Poner el listón alto es lo único que me proporciona tranquilidad personal; porque me permite ir a votar convencida, sabiendo que no me conformo con cualquiera que hable bien.
Es una cuestión de dignidad como ciudadana y como persona pedir cuentas claras a quien pretende dirigir las cosas.
A eso lo llamo exigencia: coherencia, transparencia, sinceridad y honestidad. No quiero verborrea que me envuelva entre palabras para taparme la boca.

Porque una fe sólo sabe reafirmarse. En cambio, un proyecto de bienestar y de reparto de la riqueza debe corregirse con la evidencia; por eso mismo exige mayores cotas de sinceridad y de honestidad.

A veces me siento un poco Erasmo, aunque salvando muchísimas distancias y con una diferencia clave: él estaba en el centro y yo no. Me cansa la mediocridad ética de todos los partidos, las medias tintas de sus dirigentes, los cuentos, lo que omiten y ocultan... los escudos de sus militantes y la fe ciega de sus votantes: siempre en guerra ideológica, sin apenas diálogo, menospreciando la acción constructiva y poniendo en peligro el avance.

Ni dios ni amo, tampoco los míos.



#Reales Decretos-ley
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#DerechosHumanos
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3 oct 2026

La sinfonía de Sagan

 





"Somos polvo de estrellas". Fue la frase que escuché, ya de mayor, que me permitió levantar los pies de la tierra y mirar al cielo de otra forma: salía de noche al balcón, y olía mi propia piel intentando buscar el brillo de una estrella. No sé explicarlo mejor.


Sagan no rebajó el conocimiento para aproximarlo a nosotros; lo elevó para impulsarnos hacia él. Lograba lo que muy pocos consiguen: recogía lo sabido y se lo devolvía intacto al asombro. Le restituía a lo real su poesía.

"Somos polvo de estrellas" no es una consigna: es un puente por el que caminan juntas la humildad y la belleza. Es la materia del Universo cobrando conciencia para mirarse a sí misma.

Por eso su obra nunca me pareció simple divulgación. Es poesía con cimiento científico. Y eso la hizo universal.

Obra de Sagan. Que nos alcanzó a muchos. A mí, que desde cría coqueteaba con Star Trek… y Cosmos apartó las fronteras de sus territorios para reunir un gran mosaico humano, con gentes de distintas patrias, culturas, lenguas y formaciones diversas, que no estaban reunidas por una región, una ideología o una religión, se congregaban en torno a una pregunta. Eso es lo raro. Lo habitual es que las masas se aglutinen en torno a una respuesta impuesta. Y ahora lo haríamos alrededor de una duda compartida. El cosmos dejó de ser un escenario ajeno para convertirse en el espejo donde la humanidad nativa se reconoce.

Sagan no invocó la fe tradicional, sino que apeló a la cumbre de la razón: la curiosidad. Eso lo cambiaba todo. La curiosidad convertida en el remo que nos impulsa.

Los partidos, las ideologías y las religiones también aglutinan a millones de personas, pero exigen adhesión; hay que aceptar la conclusión.

Sagan pedía dudar, incluso de él mismo. Y su "kit de detección de camelos" no es un manual, es la prueba: es un acto de honestidad. Es una herramienta para desconfiar de cualquiera que hable con autoridad, empezando por la suya. Lo que hizo fue emancipar la duda. Sacarla del rincón del miedo, donde siempre había estado, y ponerla en el centro de una comunidad de conocimiento abierta y mutable, y por lo tanto, compasiva, que no excluye a nadie.

Sin embargo, en esa partitura no todo era celebración. También había una advertencia, pues no ofreció un consuelo ciego: habló de la arrogancia, del dogma y de nuestra pavorosa capacidad de autodestrucción. El "Pálido Punto Azul" es su testamento: la Tierra capturada por la Voyager como una mota de polvo suspendida en un rayo de sol. Ahí reside la paradoja humana: la insignificancia y la dignidad habitando el mismo espacio. Polvo que se piensa a sí mismo y polvo que puede borrarse a sí mismo.

Esa doble faz evita que este texto sea la simple alabanza de un mito. Sagan no era un santo laico: era un hombre que miraba a su especie con amor y con pena a la vez. Y miraba la naturaleza como quien mira a un ser amado a quien no termina de entender, o como un misterio inabarcable. Y era compasivo con este clan humano cuyo cerebro aún le viene grande. "Estamos en la adolescencia", repetía. Amaba lo que veía. Admiraba lo que comprendía. Y cuanto más comprendía, más amaba, y más compasivo era con los que aún andaban a oscuras. Eso es lo que hacía distinta su divulgación: no nacía de un mandato, sino de un afecto desinteresado que no exigía nada a cambio.

Tampoco renunció a lo sagrado: lo liberó de la doctrina. Defendía que el asombro ante el cosmos es una forma de espiritualidad, y su lenguaje tenía esa cadencia pausada, casi litúrgica. Daba lo que suelen dar las religiones —pertenencia, humildad, sentido de lo infinito—, aunque sin exigir actos de fe. Por eso su voz permanece. Porque la música no necesita que creas en ella para conmoverte.

Los datos se amplían, las teorías se corrigen y las imágenes envejecen. Pero la música no caduca.

Sagan hizo sonar el conocimiento.

Y cada vez que observo el cielo, todavía le oigo susurrar en el viento: "el Universo se mira a sí mismo".

Porque somos polvo de estrellas.



#palestina #Car Sagan
#DerechosHumanos
#PolvoDeEstrellas

Imagen: Uso Libre

2 oct 2026

El oficio de ser humano




 Una imagen ha navegado siempre por las aguas de mis ideas como un pequeño velerito terco que se niega a zozobrar: aferrarse a la humanidad.

Es una idea. Pero las palabras exactas me asaltaron hace apenas unos días, en cama, mientras me atravesaba un virus, con el cuerpo roto y la mente flotando en esa lucidez extraña que da la fiebre. En el televisor, enfrente, el capitán de la Enterprise, Jonathan Archer, discutía con la comandante T'Pol sobre un dilema que era moral y planetario: debían decidir si intervenir o no para salvar a una comunidad humana que, siglos atrás, había sido arrancada de la Tierra para servir como mano de obra esclava en un mundo remoto.

La vulcana, parapetada en la fría geometría de la Primera Directriz, apelaba a la no injerencia, a la lógica pura, a la distancia técnica. Pero Archer, contemplando el dolor de esa comunidad que se devoraba a causa de la ignorancia sobre sí mismos, la miró y remató el debate con un «en momentos de conflicto y de crisis, necesito aferrarme a mi humanidad».

Y Archer se decidió por la intervención.

Me pareció una escena con una ironía bellísima y desgarradora: Archer le espetaba eso a una mujer vulcana; es decir, a un ser no humano. Y mi mente, que tiene la costumbre de ordeñarse con lo que vive, lo que escucha y lo que padece, encontró en ese diálogo de ciencia ficción un ancla para los naufragios propios y ajenos.

Porque en un mundo obsesionado con las soluciones técnicas y los algoritmos inánimes, volver a lo humano añade un peso, pero es lo único que aguanta la tensión cuando todo estalla. ¿Qué significa, si no, ese vislumbre de Archer? No es una regla de ingeniería social; es la santa negativa a tratar la vida como un problema que se resuelve en un tablero. Por descontado, busco mi respuesta en esta ética que nos queda en los reductos de la mente, dentro de este mundo donde hoy se presume de lo contrario. La ética que nos sostiene a duras penas, y la que todavía tendremos que inventar para no aniquilarnos en el futuro.

Quizá, para algunos, esto se reduce a no perder la compasión, incluso cuando el otro se comporta como una bestia. Mientras otros encuentran un acto de humildad en aceptar la propia imperfección, renunciando a la quimera de que existen soluciones limpias. 

Sin embargo, hay que vigilar el abismo, que nos acecha en toda época. Y a veces sospecho que compadecer nuestras debilidades es solo una forma elegante de autocomplacencia, un truco de prestidigitador para quedarnos de brazos cruzados, regodeándonos en nuestra poética vulnerabilidad.

De lo que no me apeo, porque sería firmar mi rendición, es de que la humanidad no es un paisaje estático ni un don de nacimiento.

Nos afianzamos en la senda humana a base de dos gestos todavía toscos y primarios: la colaboración y el cuidado. No somos humanos por naturaleza fija; nos hacemos y nos rehacemos a golpes a través de esos dos movimientos. Es el reverso exacto de esa narrativa siniestra que insiste en que la competencia feroz y la supervivencia del más apto son los únicos motores de la evolución. Lo que nos mantuvo en pie como especie, lo que nos salva del naufragio frente al conflicto, es lo relacional.

Por eso, aferrarse a la humanidad en mitad de una crisis no es apelar a un refugio cómodo y ya edificado. Es una elección activa. Violenta. Magnífica, si cabe añadirlo. Significa elegir el cuidado en el preciso instante en que el cuerpo te pide el contraataque o la retirada.

Porque cada conflicto es la oportunidad crucial de reafirmar nuestra senda, o de traicionarla para siempre.


#Enterprise #vulcana #etica #humano #palestina #DerechosHumanos



30 sept 2026

Todos los después del mundo

 




Imaginamos desde lo que conocemos porque, sencillamente, no tenemos otra forma de hacerlo.
Es una limitación humana, casi biológica. Por eso, casi todas las utopías arrastran el mismo pecado original: empiezan quitando lo que duele.
Roddenberry expulsó el dinero de su Federación de Planetas; otros borran las clases sociales a golpe de decreto, y casi todos intentan extirpar aquello que, bajo el nombre que sea, saca las tripas a la gente y desangra al planeta. Es una tentación antigua, ingenua y comprensible.
Y es que nos reconforta pensar que el futuro solo puede escribirse sobre un lienzo en blanco, limpios de toda culpa.

Pero si estamos condenados a imaginar solo desde lo conocido, hagamos el esfuerzo de mirar entero lo que somos. No nos quedemos solo en la herida.
Hay otra forma de construir el mañana: no mutilando nuestra historia, sino eligiendo. No una utopía por sustracción, sino por curaduría.
Una utopía que sepa abrazar.

Imaginemos la Tierra como un inmenso archivo de soluciones vivas. Cada especie, cada cultura tozuda, ha ensayado una manera de sobrevivir, de cooperar, de no matarse. Los bonobos calman sus disputas con sexo y abrazos; entre los elefantes, las crías se crían en una trinchera de ternura compartida por varias hembras; los cetáceos cazan en grupo, cuidándose la espalda.
La naturaleza lleva millones de años respondiendo a la crueldad del entorno con solidaridad, y el ser humano, a su manera caótica, también lo ha hecho. No existe un modelo único ni correcto.

Lo que hay es un canto coral, un eco desesperado y precioso donde cada voz aporta lo mejor que ha logrado salvar del naufragio.

Sé perfectamente cuál es la pregunta incómoda: ¿quién se arroga el derecho a elegir?
Toda selección exige un criterio, y decidir qué es lo «más ético» presupone ya una moral previa con la que medir al resto.
No hay una salida limpia de ese laberinto, y prefiero mirarla de frente antes que camuflarla entre bonitas palabras.

Lo que sí nos queda es una manera digna de habitar esa contradicción: que el criterio no lo fije ningún comité sagrado ni ningún hombre providencial. Que se someta a prueba sin descanso, a pie de calle. Que cada solución se juzgue únicamente por sus efectos -a quién alivia el dolor, a quién le cuesta el esfuerzo- y nunca por el apellido de quien la propone.
Que cualquiera pueda alzar la mano para preguntar y que ninguna respuesta tenga la arrogancia de creerse definitiva.

La curaduría que imagino no es un cargo público ni un museo con un ujier en la puerta. Es un ejercicio de modestia: dudar juntos, tener el coraje de cambiar de parecer cuando la realidad nos da un bofetón en la cara.

Hay, además, un nudo áspero en el camino: este canto compartido exige que cada tradición suelte el lastre de lo que ya no sirve, y ahí es donde nos rompemos los dientes.
Las instituciones, exactamente igual que las personas, se aferran con uñas y dientes a lo que conocen: la Iglesia, los Estados, las viejas ideologías.

Y no es solo terquedad o maldad. Es puro pánico.
Porque, un sistema que se examina de verdad corre el riesgo de descubrir que ya no hace falta, que está de más.

¿Cómo convences a una estructura de poder de que su verdadera supervivencia depende de su capacidad para criticarse a sí misma?

Quizá la única respuesta honesta esté en el gradualismo: evolucionar con paciencia en lugar de dinamitarlo todo.
Aprender ética con las manos en la masa, mirando qué funciona, y teniendo la valentía de revisar qué demonios entendemos hoy por «funcionar». Como el "webmind" de Robert J. Sawyer, esa inteligencia que emerge de la red y aprende a ser humana sobre la marcha, equivocándose y rectificando.

Al final, es una cuestión de dirección. Quizá el primer paso, el más valiente y el más compasivo, sea dejar de preguntarnos qué cabeza debemos cortar o qué estructura eliminar, para empezar a mirarnos a los ojos y preguntarnos qué merece la pena salvar.



#palestina #ética #Robert J. Sawyer
#DerechosHumanos #curaduría #Roddemberry
#HaciaLasEstrellas #cuidado #cooperación

Imagen: Uso libre

29 sept 2026

Insuficiencia humana

 



Pienso en que ninguno de los que aquí estamos, más que denunciando, advirtiendo, o mejor, recordando, sobre lo que puede volver a suceder... ninguno, repito, frenaremos lo que venga.

Y, como digo muchas veces, aquí seguimos, escribiendo, publicando, clamando y reclamando. Repitiendo. Y lo que hacemos, aquí queda. Si no nos censuran.

Los humanistas no consiguieron detener el desastre. Pero sus textos siguen ahí. Siglos después, alguien los lee y comprende.

Y no es que no dispongamos de un lenguaje transversal. Es que ese lenguaje -de los derechos humanos, de la ética, de la dignidad- no tiene fuerza para frenar, pues el crimen, o la aberración, no necesitan ese lenguaje.
No es una cuestión de debilidad.
Se trata de que el que mata no necesita convencerte. La tortura no precisa de argumentos. Porque el que oprime no necesita que le entiendas, le basta con hacer; y el que pretenda frenarlo necesita algo más que palabras.
Necesita poder, instituciones, y que la ley actúe honestamente cuando la palabra no basta.
Aquí me encuentro con la fragilidad humana.

No es que no sepamos lo que es humano. Es que lo humano auténtico no tiene mecanismos para detener lo inhumano.
Muchos humanistas, filósofos, historiadores, pensadores, se estrellaron contra eso. Y nosotros, parece, seguimos estrellándonos.

Ya sé de qué se trata: de intensidad. Es lo que fabrica la ignorancia: masas enfervorecidas, intensamente apasionadas, arrastradas y consumidas por la irracionalidad.

Los humanistas eran lúcidos.
Y la lucidez, en tiempos de tormenta, es una herramienta de memoria que no sirve para frenar el desastre pero obliga a no olvidar.


#palestina #Humanismo #memoria #desastre
#DerechosHumanos
#HaciaLasEstrellas

Imagen: Uso libre

Delirio colectivo

 



Amanece sobre el alambre.
No importa la herida que se abre en el mundo. Porque la luz siempre aterriza con la misma indiferencia, ignorando las cicatrices que los humanos grabamos en la tierra.
El Sol regresa y vuelve a replicar el espacio que envuelve ese límite: una frontera poseída por los mismos alrededores.

Al otro lado hay menores de edad. No son soldados. Ni son sombras en el muro. Tampoco, el fantasma que acecha en los discursos. Son niños que han caminado y nadado, que han dejado atrás a sus familias, que han cruzado desiertos de arena y agua para llegar aquí, hasta las puertas de su promesa.

Pero se han encontrado dentro de un paréntesis del tiempo.
Y encuentran el rechazo de los que están al otro lado, con un discurso exaltado y anegado de la irracionalidad que convierte al recién llegado en un virus, en un error del sistema. Cuando los españoles aún olemos a emigración y nuestra conciencia todavía excava en el nicho donde se guardan esos recuerdos.

En un instante, los convenientes discursos y su prensa convierten al otro en un número de expediente, en una mancha en el balance, en un problema que resolver por medio de un barbitúrico o con una patada administrativa.

Es como una guerra fabricada con olvido. No mata de un golpe; lo hace por goteo. Sus raíces son el hambre y la huida. El azar del nacimiento. Y al esconderlo, regamos la tierra con veneno.

La ética humana, desde la más ancestral hasta la futura, no puede ser un mapa dibujado sobre nada. Traza una ruta de lo que debería ser, que se recorre a pie y que el corazón humano ha ido trasladando a lo largo de los milenios. Es un túnel del tiempo por donde transita una humanidad abierta y valiente.
Porque no se puede juzgar a una persona sin juzgar también la tierra que la ha parido.

Una sociedad que adora el yo, que confunde la propiedad con la virtud, que mide el valor de un ser humano por lo que tiene y no por lo que es, es una sociedad que envenena hasta el último rincón del alma. Convierte la mentira en moneda corriente, la violencia en rutina, el exterminio en trámite.

Me pregunto qué late en el pecho de quien ha crecido en un mundo que aplaude la desigualdad, que premia la indiferencia, que educa en el miedo al distinto.
Ante la falta de una respuesta deberíamos admitir que la educación ha fallado. Por diseño. Porque no enseña adecuadamente a cuestionar, a sentir el frío del otro o a reconocerle en el propio reflejo.
No es educación: es domesticación. Y siempre sirve a los mismos amos, que pretenden una valla de alambre infranqueable, que el miedo sea un muro y que la compasión se confunda con debilidad.

Pero existe una memoria que recuerda que la compasión no es un lujo, sino un acto de rebeldía. Que la dignidad no se negocia. Que la humanidad no se pesa en una balanza, ni se mide por el color de la piel, el lugar de nacimiento o el grosor de la cartera.
Hablo de la memoria como resistencia.
Y de la compasión, como un puñal que reabre las heridas para limpiarlas de ponzoña.

La responsabilidad es de todos.
Porque el poder que actúa como verdugo nunca ha construido nada que valga la pena. El futuro se escribe ahora, en cada mirada, en cada palabra, en cada decisión de no apartar los ojos.
Esa alambrada es un testigo que refleja nuestra propia humanidad... o su ausencia.


Buenas tardes, tripulantes.

#Palestina
#DerechosHumanos
#HaciaLasEstrellas

Imagen: uso libre.

28 sept 2026

Luz

 



El verdadero Faro no es la torre de piedra, sino la mirada persistente de su protagonista: Cristina Rodríguez Paz.

Esta directora debuta con una joya de la fotografía, en su película, "Aunque seamos islas".

Aunque, hace algo más que embellecer: utiliza la luz, el encuadre y el paisaje para construir una ética de la observación.

Y al rescatar del olvido la perspectiva femenina en el mundo de los faros, la película no hace arqueología.
Hace justicia poética.

Porque devuelve al centro de la narrativa el trabajo silencioso, la tenacidad y la forma particular de habitar el aislamiento.

Estamos ante una película 'deliciosa' no por ser dulce, sino por ser nutritiva para una mirada cansada de relatos grandilocuentes.

Es un recordatorio fílmico de que, a veces, afirmar la propia luz es el acto más revolucionario.


#palestina


Imagen: Cartel de la película. Propiedad de Lila Works : https://www.instagram.com/lilaworksproductions/



#Aunque seamos Islas #Cristina Rodríguez Paz #película #Cine
#palestina #fareras #Derechos Humanos #feminismo

Resistir. Resistir, siempre



La historia muestra que cuando el desastre llega,

lo que salva a los humanos no es un héroe.

Lo que salva son redes de gente común que se ayuda,

que esconde al perseguido,

que comparte comida,

que transmite información verdadera.

El arte, la comunicación, la integridad, pueden ser parte de esa infraestructura humana de resistencia.

#palestina #Derechos Humanos #Hacia las Estrellas #Arte #comunicación #cooperación #cuidado

Imagen: Uso libre

Aunque seamos islas

 



Aparecen seis fareras retratadas que evitan todo estereotipo.

No son heroínas románticas ni figuras pintorescas. Son arquitectas de su propia soledad, mujeres que han convertido un oficio técnico, físico y tradicionalmente masculino en un acto de soberanía personal.
A través de sus historias, la película teje un mapa alternativo de la fortaleza, uno que pasa por la rutina, la vigilancia y una conexión no verbal con el paisaje.

"Aunque seamos islas": película documental de Cristina Rodríguez Paz.

Y en el centro de este coro, como séptima voz esencial, está la propia directora, Cristina Rodríguez Paz, cuyo papel no es el de una investigadora distante, sino el de un puente. Su presencia convierte la película en un diálogo entre mujeres que, cada una a su modo, han aprendido a habitar islas existenciales. Y es aquí donde la cinta adquiere su profundidad más conmovedora: en el reconocimiento mutuo, silencioso y potente, que se establece frente a la cámara.

La película, "Aunque seamos islas" resuena con fuerza en nuestro presente.
Frente al ruido, ofrece silencio significativo.
Frente a la hiper conexión vacía, ofrece soledad fecunda.
Frente al discurso estridente, ofrece el testimonio pausado de quien ha elegido actuar en lugar de opinar, mantener la luz en lugar de maldecir la oscuridad.

Porque en una era de hiper conexión digital y soledad afectiva, la película, ofrece una imagen poderosa de soledad elegida y significativa.

No es la soledad del excluido. Es la intimidad de quien que se retira para observar, mantener la luz y sostener una función esencial, en su doble sentido. Es un antídoto visual contra el vértigo.

En la obra hay una reivindicación de lo "femenino" como fuerza estructural, no decorativa, va más allá de un simple "dar voz": hace visible un eje de humanización históricamente oculto.

En un momento de debate (a menudo tóxico) sobre roles, la película lo trasciende mostrando un oficio duro, técnico y solitario, ejercido por mujeres, sin concesiones al sentimentalismo.
Es dignidad pura.

El verdadero Faro en 'Aunque seamos islas' no es la torre de piedra, sino la mirada persistente de su protagonista.
Esta 'joya de la fotografía' hace algo más que embellecer. Utiliza la luz, el encuadre y el paisaje para construir una ética de la observación.
Y al rescatar del olvido la perspectiva femenina en el mundo de los faros, la película no hace arqueología, hace justicia poética: devuelve al centro de la narrativa el trabajo silencioso, la tenacidad y la forma particular de habitar el aislamiento.
Estamos ante una película 'deliciosa' no por ser dulce, sino por ser nutritiva para una mirada cansada de relatos grandilocuentes. Un recordatorio fílmico de que, a veces, afirmar la propia luz es el acto más revolucionario.

Soy una de las protagonistas.
Un día me fui al Faro. Fue como descender de una nave para embarcar en otra.
Todo empezó como una huida hacia adelante. No fue una prueba, un exilio o una simple metáfora. Fue un regalo que vino a cerrar un círculo de sentido con una humildad poderosa. Porque, un regalo no se gana. Se recibe. Y su valor no estuvo en el esfuerzo, que lo hubo, sino en la transformación que me produjo.

La vida en el Faro provocó el desprendimiento del escudo fosilizado de yoes estratificados: treinta años de capas defensivas, un lastre en el entendimiento que quitaba sitio a la poesía de la vida.

Un día me fui del Faro. Y me lo llevé puesto.


#Palestina #Faro #película #documental #Aunque seamos islas
#Derechos humanos #Hacias las Estrellas #mujeres #fareras #Cristina Rodríguez Paz

Fotografía familiar: un día de trabajo. Faro del Pescador. Santoña. 1990.

10 sept 2026

La Cueva de Pedro Pertejo

 




Hay exposiciones que se visitan. Y hay exposiciones en las que se entra como quien se adentra en una caverna. Esta muestra de pintura tiene su propia cueva, justo en el centro de la sala; todo lo demás, la periferia que la rodea, configura un vestíbulo, una antesala, porque en el interior de ese santuario solo opera el chamán.

Ahí dentro hay una lucera rectangular en el techo derramando una luz blanca que cae como un rayo vertical y empequeñece el espacio. Y enfrente, un díptico con un rostro sepultado entre sombras donde los ojos —un autorretrato del artista— son un territorio. O mejor dicho, un mapa.

Al entrar, los ojos tardan en acostumbrarse a las imágenes. Como debió ocurrir a los grupos humanos paleolíticos, quienes, miles de años después, penetraron en las cavernas marcadas por otros sin conocer la intención de aquellas figuras, signos y rostros heredados. Con una luz escasa, los sentidos y la memoria se vieron obligados a construir su propio código.

Yo hago lo mismo en la exposición de Pedro Pertejo. Porque su sala no es solo una galería. Porque sus rostros, como aquellas figuras prehistóricas, no se entregan de golpe. Son facciones que se diluyen, huyen, se hunden en el lienzo y regresan según el capricho de la luz y el entendimiento.

No sé si él lo sabe. Tampoco sé si le importa. Pero sí entiendo que esos ojos dibujados no son espejo sino territorio. Son el lugar que se puede recorrer, con sus sombras y un relieve que no se agota en una sola mirada. Así, Pedro no amplía los ojos para mostrarlos mejor; los convierte en paisaje. Y al hacerlo, me obliga a entrar en ellos. No a mirarlos desde fuera: invita a caminarlos. De hecho, nuestra mirada emprende un viaje.

Es el mismo vértigo que nos sobreviene al mirar el Universo del que somos producto; no es el asombro ante lo inmenso, sino el vértigo de saberse quien mira y ser a la vez una parte diminuta de lo mirado. Solo que aquí el territorio no se despliega entre las estrellas, sino en un rostro. Un rostro que, como el Cosmos, no se deja abarcar, rechaza cualquier intento de conquista.

Quizá intuyo lo que Pertejo presiente: que la oscuridad convertida en método corre el riesgo de transformarse en refugio. 

Porque la mirada, al desligarse del rostro, exige más de lo que la penumbra puede conceder.

Pertejo se escapa, huye; pero regresa al lienzo, como los ojos que dibuja. Y en ese inevitable retorno deja algo que no termina de explicarse, pero que permanece.

La mirada empuja. La oscuridad nos ha deslumbrado.


#Palestina Libre #Derechos Humanos #Hacia Las Estrellas #Pedro Pertejo #exposición #ojos #pintura

2 sept 2026

Futuro

 



Afirma José Antonio Marina que "todos vivimos gracias a los optimistas". No puedo estar más de acuerdo. El optimismo no es una promesa. Tampoco es una garantía de que las cosas van a salir bien, sino un decidir actuar como si pudieran salir bien, aunque no haya pruebas de ello.


Porque mientras que la esperanza se detiene, el optimismo avanza.

Hay quien confunde el optimismo con la ingenuidad. También, quien piensa que ser optimista es no ver lo que duele, no hablar sobre lo que falla o dejar de mostrar lo que no funciona.

Pero en el optimismo nos va la vida: nos hiere. Como la lucidez.
Y no es ciego, pues el optimista ha visto el abismo y no se queda mirándolo.
Tampoco es una cuestión de fe. Es cuestión de oficio.

Construir requiere pensar que se puede construir. Para educar hay que convencerse de que se puede aprender. El acto de curar intuye que se puede sanar. Como la acción de escribir, que inclina a creer que alguien va a leer y que eso puede cambiar algo.

Y esa idea, aunque sea un sueño o no esté garantizada, es la que hace que la vida se derrame sin que el mundo se venga abajo.

Así que estamos ante una postura práctica. Aunque no lo parezca. Porque los que construyen, los que siembran, los que escriben, los que cuidan y los que siguen caminando necesitan actuar como si el futuro pudiera ser mejor. Sería una forma de pensar en un futuro deseable por la mayoría. De construir un futuro digno para todos.

Porque, si no está garantizado, el futuro sí está disponible.

Así que el optimismo no es una promesa; es un gesto, y quizá, más poderoso que muchas certezas.

Hay mucho sitio para escribir historias, en el futuro.



#José Antonio Marina #futuro #optimismo #Palestina
#Derechos Humanos #Hacia Las Estrellas

Imagen: Uso libre

27 jul 2026

Entre todos iluminamos un tramo de mar





a) Somos viajeros en el tiempo porque en nuestra mente se acumulan estratos.

No hay máquina del tiempo más compleja que una mente cargada de estratos vividos. Yo llevo dentro a la farera, y antes a la niña que creció en la Dictadura. Hoy, a la mujer que ha visto cambiar el mundo. Llevo dentro el legado del Sr. Spock -su talante lógico- y el mundo de Gene Roddemberry. Todos llevamos nuestro caparazón de historia, formado capa sobre capa.
Pero no viajamos en el tiempo hacia adelante o hacia atrás, sino que lo hacemos hacia dentro. Cada vez que recordamos o cada vez que escribimos estamos cruzando una frontera temporal.

b) Somos viajeros en el tiempo porque nuestra mente proyecta futuros.

Me gusta el Futuro. Me apasiona pensar en futuro, porque quiero habitarlo con los ojos puestos en lo que puede o debería ser.
Y cuando lo hago es un "lanzamiento mental" que traza una ruta desde el presente hacia un futuro hipotético y, entonces, miro hacia atrás: estoy viajando. No físicamente, pero sí conceptual y éticamente. Estoy ensayando formas de ser humano que aún no existen y con la imaginación quizá las estoy haciendo un poco más probables.

Eso no es profecía ni adivinación: las predicciones no suelen cumplirse. Pero me parece una suerte de "ingeniería temporal". Porque siento la responsabilidad de quien sabe que el futuro no es algo que nos pase, sino algo que construimos con cada elección presente.

c) Somos viajeros en el tiempo porque la memoria no es un archivo sino un motor.

No recordamos para quedarnos quietos, sino para volver a vivir lo que nos hizo ser quienes somos, y desde ahí, decidir qué queremos seguir siendo. Pero no hay nostalgia en ello sino excavación para entender el presente y con el fin de orientar el futuro.
El horizonte es una meta móvil. Y pienso que es la forma más honesta de viaje en el tiempo que conozco.

d) Y somos viajeros en el tiempo porque nos cuidamos entre nosotros.

Compartimos cuando conversamos. Cooperamos cuando nos respondemos con una lógica ética. Cuando nos contamos cosas que no están en los archivos históricos generales y son retazos de nuestras vidas, como versos intensos que viajan en el tiempo que nos entregamos unos a otros, para habitarlos conjuntamente o para regalarnos un lugar donde entrar.

#horizonte #ética #viajar en el tiempo

#palestina
#DerechosHumanos
#HaciaLasEstrellas

Imagen: Uso libre