No sólo a él.
Hubo siglos, durante los cuales la historia ha petrificado en monumentos a personajes ilustres. Pero, también se ha lamentado por la triste memoria de figuras prominentes, hombres y mujeres sacrificados en una pira de la justicia al negarse a abjurar de sus ideas, incluso ante la condena.
Sin embargo, la mirada superficial tiende a agrupar sus caídas en bandos. Por un lado, vemos a los fanáticos de la fe, hombres que llevan el dogma a un extremo tan peligroso que terminan amenazando la estabilidad de sus propias instituciones; las leyes de su tiempo los fulminan. Al fraile Girolamo Savonarola lo ahorcaron y luego lo quemaron en Florencia, por llevar el dogma a su extremo. Y bajo el mismo cielo y el mismo régimen de autoritarismo clerical, cayeron exactamente los opuestos: hombres fieles a la duda, mentes que divulgan el conocimiento y reclaman el derecho a pensar por sí mismos. El filósofo Giordano Bruno arde en Roma acusado de herejía y por sus postulados cosmológicos. El médico aragonés, Miguel Servet, es ejecutado en la Ginebra calvinista por desafiar la ortodoxia teológica. Y Sebastián Castellión, el humanista que se atrevió a defender a Servet dictando que «matar a un hombre no es defender una doctrina, es matar a un hombre», termina condenado al destierro y a la miseria.
Y tantos otros.
Desde Inglaterra hasta Rusia hubo ejecuciones por herejía, por manifestar lo que pensaban.
Al tirano, a la institución, al burócrata de la fe o del Estado no le importa en absoluto el contenido teológico o filosófico de la disidencia. Le importa la brecha. Le aterra la grieta que se abre en el muro de la uniformidad. Y la grieta la abre tanto el que duda de más como el que cree de más.
Toda fisura es un riesgo intolerable para la estructura.
Por eso el mismo fuego sirvió para el fraile que predicaba la pureza en Florencia o para el filósofo que dudaba de la Trinidad en Roma.
El fuego de la autoridad no distingue doctrinas, no debate argumentos; el fuego solo limpia el desorden.
Los muertos no hablan.
Cuánto peligro entraña el pensamiento y cuánto talento se ha perdido o desaprovechado en esa pira ciega. Hace falta mucho valor para morir por las propias ideas.
El destino de una idea es sobrevivir.
No obstante, lo que transforma esta meditación en un dilema estrictamente ético y no histórico es que el duelo no debe ser únicamente por los nombres que conocemos. Debo llorar, en realidad, por los que no conocemos porque nunca llegaron a ser, nunca se desenvolvieron ni se mostraron.
La historia opera con frecuencia como un registro selectivo y aristocrático que sólo nos ha transmitido los nombres de aquellos que murieron por una idea ya armada, madura, pulida y pública; pero no nos ha dejado los nombres de los que fueron ejecutados o silenciados antes de poder formarla y después enunciarla. Y esos constituyen la inmensa mayoría. Esa es la pérdida real y definitiva del mundo: no sólo las ideas que se quemaron en la plaza pública, sino todas las que nunca llegaron a encenderse en la intimidad de una mente que todavía se estaba formando.
Aniquilar el talento es un crimen colosal.
Cada vida, hasta la más pequeña, anónima y desconocida, contiene un potencial único de genialidad y belleza. Y en nuestras memorias, sus existencias construyen nidos donde nacerán recuerdos.
Cuando el poder destruye a un creador o a un pensador, no está robando únicamente la existencia a ese individuo; se la está extirpando a la especie entera.
Pienso en la Humanidad como en un mosaico en construcción permanente, una obra colectiva que empujamos a tientas. Cada pieza que se arranca antes de tiempo, cada mente que se apaga en la sombra deja un hueco permanente en la pared del templo, crea un vacío de una forma que nunca podremos descifrar.
Somos, qué duda cabe, el resultado de lo que queda de los que sobrevivieron, pero también somos la alarmante ausencia de quienes no llegaron a manifestarse públicamente.
La duda de Bruno persistió al humo; la idea de Servet siguió circulando por las venas de la Ciencia; el destierro de Castellión no impidió que su defensa de la tolerancia, y de la libertad de conciencia, fuera rescatada por el porvenir. Pero su castigo nos revela la siniestra y despiadada voluntad del poder: no se conforma con eliminar al que duda, sino que castiga con saña al que lo cuida. El escarmiento impuesto al humanista es la prueba histórica de que, para la tiranía, la compasión también es un delito grave.
Y es que restituir la memoria a su dignidad obliga a devolver lo que aquéllos nos dieron: la libertad. Porque cuidar la duda, y por extensión cuidar al que duda, no es un acto de generosidad superflua. Es el mecanismo de conservación más puro y urgente de nuestra propia especie.
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