Va de Cine: España
Es una oración, pero no una plegaria. La bola negra cae con peso, sin azar, y rueda señalando, casi siempre, a quien no puede evitarla.
Son cientos de décadas de vidas humanas ocultas que la "normalidad" esquivó, no por brillantes trucos de magia, sino por convenientes y eficaces imposiciones morales, y que mutilaron el azar natural golpeando las libertades que se tomaba la vida.Todavía somos herederos de aquella forma de esclavitud. La película de Los Javis, galardonada en Cannes, ha resquebrajado el silencio de comprensión entre tanto ruido político y mediático deshumanizante. "La bola negra" trae consigo un alba pintada por el ser humano. En ese horizonte todavía se escuchan los ecos de multitud de heridos.
La bola negra era el voto de rechazo anónimo con el que un club social podía cerrar la puerta a un aspirante sin dar explicaciones. Como los buenos modales, el orden se sostenía solo, sin ensuciarse ni sonrojarse. Pero no hacía falta gritar el odio para ejercerlo. Bastaba un gesto discreto, una mano que se retira. Y el candidato quedaba convertido en una silueta anónima.
Ese mecanismo no desapareció con la Dictadura. Cambió de forma.
Crecí en una época en que las alas se recortaban por sistema. No solo a los homosexuales, también a las mujeres, encerradas en una caverna sagrada de catolicismo con dos modelos posibles: María o la pecadora. La alegría o la sospecha. La libertad y el peligro. Y la inteligencia... una insolencia.
Alcanzaba a todo el mundo. A los niños demasiado sensibles, los demasiado lentos, los demasiado rápidos. A los demasiado inteligentes. A todos quienes se saliesen, incluso de pensamiento, de la norma, o de esa media que alguien, en algún momento, decidió llamar "normal".
A quienes amaban de forma distinta o simplemente miraban el mundo desde un ángulo que nadie había previsto.
A los inmigrantes, a sus hijos y sus nietos.
También a los que la naturaleza había dotado de una inteligencia tan poco frecuente que resultaba incómoda... como resulta incómoda cualquier cosa que no encaja.
Eso hace la norma: traza una línea, llama centro a lo que queda dentro, y es rareza todo lo demás. Y luego protege esa línea con religión, con ley, con silencio, con "bolas negras".
Duele que esa convención rara vez naciera del miedo genuino a lo diferente, sino del interés en mantener "el orden".
Aunque los que imponían la moral la transgredían con una regularidad que la historia ha ido documentando: la Iglesia, las aristocracias, los regímenes que legislaron sobre el cuerpo ajeno. Una hipocresía que es una función del sistema.
La norma, en muchos casos, no operó como guía de conducta propia, sino que lo hizo instrumento para decidir sobre la vida de los demás.
Y mientras tanto, la gente amó. De todas las formas posibles. En todas las épocas. A escondidas, con miedo, pagando un precio por ser como eran; un precio que jamás debieron pagar.
Ahora, con más libertad, la diversidad florece; y en vez de una celebración hay sectores que se escandalizan. Como si la cantidad de personas que surgen con el ejercicio de la libertad fuese una novedad inquietante, y no la prueba más elocuente de cuánta vida estuvo encerrada.
Porque, para mí, no son rarezas; son caminos que abre la naturaleza. La variabilidad no es un error: es la savia de lo vivo.
El doctor denobulano, Phlox, de la serie Enterprise, dijo a la oficial científica vulcana, T'Pol, con la sencillez de quien había crecido en una cultura que nunca necesitó fabricar "diferentes": "qué es a diversidad sino un homenaje a las diferencias".
Dos extraterrestres, en una nave estelar humana.
Me quedé con esa frase. La llevo conmigo a todas partes.
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