Nos han convencido de que el individualismo es parte de la naturaleza humana. Y que la ambición, la competencia, el "sálvese quien pueda" son instintos tan antiguos como el fuego. En realidad son "valores" importados del mundo anglosajón. Valores protestantes.
Sin embargo, los San del Kalahari llevan siglos sugiriendo otra cosa: que tal vez no sea naturaleza, sino una de las muchas formas posibles de organizar lo humano. No tienen jefes, ni propiedades, ni cárceles. Y sin embargo, sobreviven.
Y no sólo eso: prosperan en un desierto donde otros morimos de sed. ¿Cómo? Quizá porque siempre han entendido algo que nosotros llevamos generaciones desaprendiendo: que la supervivencia no es necesariamente un juego de suma cero, sino que puede ser —durante siglos lo fue- una red de manos entrelazadas.
Cuando el antropólogo Richard Lee quiso despedirse de los Ju/'hoansi, compró el buey más gordo que encontró para la fiesta final. Y esperaba gratitud.... Pero percibió burla.
Le dijeron que aquello era un saco de huesos, que tendrían que masticar hasta los cuernos.
Desconcertado, Lee, preguntó por qué, y un hombre llamado Tomazo le explicó la lógica con una claridad política envidiable: cuando un cazador trae mucha carne, empieza a sentirse jefe, y a los demás, servidumbre. Eso no se tolera.
Por eso, los Ju/'hoansi, hablan siempre de la carne como si no valiese nada. Es la forma de enfriar el orgullo a quien la trajo, antes de que ese orgullo termine matando a alguien de verdad.
No es modestia. Es ingeniería social. Porque en la caza, el mérito no es de quien dispara sino del dueño de la flecha. Y las flechas se prestan, se regalan, circulan entre la gente como las palabras. El dueño es todos y cualquiera.
Así que el cazador más hábil, el que corrió y rastreó bajo el sol, puede llegar al poblado y no tener derecho sobre la pieza que abatió, porque la flecha, por azar de un préstamo anterior, era de otro.
El sistema impide que nadie pueda decir jamás: "esto es mío porque yo lo conseguí".
Cuando alguien rompe las reglas, no hay castigo físico. Hay silencio. El grupo deja de hablarle, de mirarlo, de incluirlo en el fuego de la noche. Pero ese silencio no es para siempre. Es una pausa, un suspiro colectivo que espera a que llegue el arrepentimiento. Si la falta es muy grave, el infractor tiene que abandonar la comunidad. Y, aunque la documentación no es muy precisa sobre este aspecto, si el exiliado muestra arrepentimiento y humildad, si demuestra que ha entendido que dañar a uno solo es dañar a todos, los ancianos se reúnen y con todo el grupo se decide si vuelve a tener un lugar alrededor del fuego.
Quizá no hay perdón automático, pero tampoco condena eterna. Solo hay una convicción, que la armonía pesa más que el error.
Así que me pregunto: si el ego, el mérito individual y la acumulación no son leyes de la naturaleza humana —si una sociedad puede diseñar, con paciencia documentada durante siglos, mecanismos para que ninguno de los tres eche raíces-, entonces lo que llamamos "naturaleza humana" para colocar el individualismo merezca otro nombre. Quizá el más honesto sea: "una elección que alguien hizo hace mucho y que la mayoría heredó sin cuestionarla".
Los San no son un pueblo primitivo congelado en el pasado. Son una prueba viva de que existió, y existe, otra manera de estar juntos en el mismo Planeta donde también existimos todos los demás.
Y no son los únicos: Graeber y Wengrow han documentado en su obra, "El amanecer de todo", cómo muchas sociedades —desde los pueblos del Pacífico norteamericano hasta los del valle del Mississippi- experimentaron con formas de organización social muy diversas, ninguna de ellas natural o inevitable.
No sé si esas formas podrían sostenerse en la escala en la que vivimos ahora. No lo sé, y no voy a pretender que sí. Aunque, la sola existencia de la pregunta ya desmonta la idea de que sólo había un camino.
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