Basta con haber vivido en una dictadura, o haber leído a Orwell con atención, o simplemente tener dos dedos de frente y un mínimo de memoria histórica.
La ultraderecha no inventa nada; repite. Y la derecha va “a rebufo”.
El problema no es si son o no listos. El problema es que el sistema está diseñado para que no tengan que serlo.
En la primera fase, las derechas contaminan el ambiente con falsedades letales: las que se repiten hasta que logran convencer a los más permeables y a los enamorados del autoritarismo. Emplean consignas y recetas como “el Gobierno os roba", "los migrantes os invaden", "la izquierda quiere destruir la familia". Y que sean demostrables no es lo importante. Importa que calen. Hasta los huesos. Y surten efecto, porque van dirigidas a un público concreto: el de las personas con miedo, con poco tiempo para pensar y con menos recursos aún para verificarlo. En esto, los ricos y los pobres se aproximan, se parecen, ambos son permeables a la desinformación, aunque los primeros explotan a los segundos hasta dejarlos exhaustos, exprimidos, momificados.
Es el caldo de cultivo perfecto. El miedo no necesita pruebas. sólo necesita un chivo expiatorio y un titular escandaloso.
Lo más cínico y perverso es que no hace falta que la gente crea del todo las mentiras. Basta con que duden de todo lo demás. Si siembras suficiente confusión, la gente terminará por no creer en nada, ni siquiera en su propia experiencia.
Hay alternativa. La pregunta es si estamos dispuestos a pelear por ella.
#palestinalibreysoberana #DerechosHumanos #HaciaLasEstrellas
La ultraderecha no inventa nada; repite. Y la derecha va “a rebufo”.
En primer lugar, ambas envenenan el ambiente. Luego, la primera prende la mecha y después se frota las manos, tras alimentar el fuego en las calles, que es cuando dirán: “este grado de desorden público exige derrocar al Gobierno (legítimo) por la fuerza”. (Ya tendríamos una guerra civil servida, como en el 36).
El problema no es si son o no listos. El problema es que el sistema está diseñado para que no tengan que serlo.
En la primera fase, las derechas contaminan el ambiente con falsedades letales: las que se repiten hasta que logran convencer a los más permeables y a los enamorados del autoritarismo. Emplean consignas y recetas como “el Gobierno os roba", "los migrantes os invaden", "la izquierda quiere destruir la familia". Y que sean demostrables no es lo importante. Importa que calen. Hasta los huesos. Y surten efecto, porque van dirigidas a un público concreto: el de las personas con miedo, con poco tiempo para pensar y con menos recursos aún para verificarlo. En esto, los ricos y los pobres se aproximan, se parecen, ambos son permeables a la desinformación, aunque los primeros explotan a los segundos hasta dejarlos exhaustos, exprimidos, momificados.
Es el caldo de cultivo perfecto. El miedo no necesita pruebas. sólo necesita un chivo expiatorio y un titular escandaloso.
Lo más cínico y perverso es que no hace falta que la gente crea del todo las mentiras. Basta con que duden de todo lo demás. Si siembras suficiente confusión, la gente terminará por no creer en nada, ni siquiera en su propia experiencia.
El objetivo no es convencer, sino desorientar. Porque un ciudadano desorientado es un ciudadano maleable.
La segunda fase es soltar a los musculosos rabiosos, deseosos de dar hostias a diestro y siniestro. Incluso a ancianos, jubilados, embarazadas y niños. No discriminan. Pero la ultraderecha -y las derechas- no necesita crear caos; sólo necesita aprovecharlo. Y para eso, cuenta con dos aliados inseparables: las calles y las fuerzas de seguridad. Las primeras, llenas de gente enfadada (y a menudo manipulada) que grita consignas sin saber muy bien por qué. El segundo aliado son esos elementos “testosterónicos” mencionados, seleccionados por su capacidad de obediencia, su falta de escrúpulos y sus ganas de morder. No sabemos si son tontos, aunque se les presume como el valor al soldado. En cualquier caso, son útiles: alguien les hace el trabajo. Y se les paga bien: con sueldos, con ascensos, con la promesa de que, esta vez sí, ellos serán los amos. Porque el sistema les hace el trabajo, y mientras nos preguntamos qué ocurre los engranajes siguen funcionando.
El truco está en que la violencia no es espontánea. Se organiza. Se dirige. Se premia. Un policía que carga contra una manifestación pacífica no lo hace por casualidad; lo hace porque sabe que no habrá consecuencias. Y si las hay, alguien más arriba le cubrirá las espaldas. Porque el sistema no castiga a los suyos; los protege. Ellos mismos lo reconocen y te lo dicen cuando vas a denunciar.
Llegamos la tercera fase; la más siniestra: culpar al Gobierno de lo que ellos mismos han provocado. "Miren el desorden que han creado", dicen, mientras son ellos quienes han avivado el fuego. "Observen cómo nos atacan", claman, mientras son ellos quienes han solado el camino para que la violencia escalara. Es como prenderle fuego a una casa y luego culpar al dueño por no tener extintores. Pero funciona. Porque la gente, cuando tiene miedo, no busca culpables; busca chivos expiatorios. Y la ultraderecha siempre tiene uno a mano: el inmigrante, el progresista, el intelectual, la mujer, el pobre.
La segunda fase es soltar a los musculosos rabiosos, deseosos de dar hostias a diestro y siniestro. Incluso a ancianos, jubilados, embarazadas y niños. No discriminan. Pero la ultraderecha -y las derechas- no necesita crear caos; sólo necesita aprovecharlo. Y para eso, cuenta con dos aliados inseparables: las calles y las fuerzas de seguridad. Las primeras, llenas de gente enfadada (y a menudo manipulada) que grita consignas sin saber muy bien por qué. El segundo aliado son esos elementos “testosterónicos” mencionados, seleccionados por su capacidad de obediencia, su falta de escrúpulos y sus ganas de morder. No sabemos si son tontos, aunque se les presume como el valor al soldado. En cualquier caso, son útiles: alguien les hace el trabajo. Y se les paga bien: con sueldos, con ascensos, con la promesa de que, esta vez sí, ellos serán los amos. Porque el sistema les hace el trabajo, y mientras nos preguntamos qué ocurre los engranajes siguen funcionando.
El truco está en que la violencia no es espontánea. Se organiza. Se dirige. Se premia. Un policía que carga contra una manifestación pacífica no lo hace por casualidad; lo hace porque sabe que no habrá consecuencias. Y si las hay, alguien más arriba le cubrirá las espaldas. Porque el sistema no castiga a los suyos; los protege. Ellos mismos lo reconocen y te lo dicen cuando vas a denunciar.
Llegamos la tercera fase; la más siniestra: culpar al Gobierno de lo que ellos mismos han provocado. "Miren el desorden que han creado", dicen, mientras son ellos quienes han avivado el fuego. "Observen cómo nos atacan", claman, mientras son ellos quienes han solado el camino para que la violencia escalara. Es como prenderle fuego a una casa y luego culpar al dueño por no tener extintores. Pero funciona. Porque la gente, cuando tiene miedo, no busca culpables; busca chivos expiatorios. Y la ultraderecha siempre tiene uno a mano: el inmigrante, el progresista, el intelectual, la mujer, el pobre.
¿Y qué podemos hacer? Porque el problema es que el sistema está diseñado para que no se tenga tengan que ser listo.
No hay fórmulas mágicas, pero sí hay herramientas.
-La primera es no caer en el juego. No compartir bulos, no alimentar el odio, no normalizar el discurso de la rampante ultraderecha y la derecha a rebufo de su discurso.
-La segunda es educar. Pero no solo en las aulas, sino en las calles, en las redes, en las conversaciones de bar. Enseñar a pensar es el mejor antídoto contra la manipulación. Por eso es tan importante invertir en Educación de calidad para no caer en su juego sucio.
-Y la tercera, la más importante, es no rendirse. Porque la ultraderecha gana cuando logramos que la gente crea que no hay alternativa.
No hay fórmulas mágicas, pero sí hay herramientas.
-La primera es no caer en el juego. No compartir bulos, no alimentar el odio, no normalizar el discurso de la rampante ultraderecha y la derecha a rebufo de su discurso.
-La segunda es educar. Pero no solo en las aulas, sino en las calles, en las redes, en las conversaciones de bar. Enseñar a pensar es el mejor antídoto contra la manipulación. Por eso es tan importante invertir en Educación de calidad para no caer en su juego sucio.
-Y la tercera, la más importante, es no rendirse. Porque la ultraderecha gana cuando logramos que la gente crea que no hay alternativa.
Hay alternativa. La pregunta es si estamos dispuestos a pelear por ella.
#palestinalibreysoberana #DerechosHumanos #HaciaLasEstrellas
Imagen: Uso libre
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