11 may 2026

La Muesca. Apuntes sobre la ética como potencial latente.

 


Hay más virus en la Tierra que estrellas en el universo conocido. No es una metáfora. Es un dato que debería hacernos reconsiderar quién lleva el timón, si es que alguien lo lleva. La respuesta, por incómoda que resulte, es que nadie. O más precisamente: que el timón es una ilusión reconfortante que las sociedades se cuentan a sí mismas para no mirar demasiado tiempo el vacío.

Y sin embargo, algo persiste. Algo espera.

Los antropólogos llaman retrovirus endógenos a los fragmentos virales que se integraron en nuestro genoma hace millones de años y que el tiempo convirtió en otra cosa. Las sincitinas, por ejemplo, proteínas de origen viral que hoy forman la placenta de los mamíferos. Un invasor que se volvió constitutivo. Una amenaza que se convirtió en infraestructura. Sin aquel virus antiguo, sin aquella irrupción que nadie invitó, posiblemente no existiría la gestación tal como la conocemos. No existiríamos nosotros.

La biología es eso: orden improbable dentro de un caos que es la norma. Una anomalía local, temporal, sin garantías cósmicas. Y dentro de esa anomalía, el genoma funciona menos como un plano arquitectónico que como un arbusto: ramas que mueren, ramas que duermen, ramas que se bifurcan sin que ninguna sea la "correcta". Lo que llamamos evolución no es una escalera. Es un arbusto colosal donde conviven lo truncado, lo latente, lo caído y lo todavía posible. Los estratos acumulados no forman pisos de un edificio que sube. Son capas geológicas donde el pasado no desaparece: sostiene, condiciona, a veces contradice desde abajo.

La ética —pienso— podría funcionar de una forma similar.

En el siglo XVII, un jefe wendat llamado Kondiaronk visitó Europa y observó. Lo que vio no le impresionó en el sentido que los europeos hubieran esperado. Vio desigualdad naturalizada, servidumbre llamada orden, propiedad privada erigida en fundamento moral de la civilización. Y lo dijo. Con una coherencia filosófica tan afilada que Lahontan la transcribió y los ilustrados la leyeron como si fuera una revelación tardía. Leibniz se quedó boquiabierto, no por condescendencia exótica, sino porque reconoció en aquel hombre algo que su marco conceptual no esperaba encontrar allí: una ética desarrollada, funcional, activa.

Y no todas las muescas éticas encuentran el contexto para activarse. Algunas, como el gen de la cooperación igualitaria, han estado dormidas durante milenios, esperando su momento. Los antropólogos han documentado que muchas sociedades del Paleolítico (como las de los cazadores-recolectores) vivían en grupos igualitarios, sin jerarquías fijas ni propiedad privada. Estudios como los de Christopher Boehm (Hierarchy in the Forest) muestran que estos grupos tenían mecanismos para evitar que ningún individuo acumulase poder: desde el chisme hasta el ostracismo. Era una ética de la igualdad activa, pero frágilmente equilibrada. Con la llegada de la agricultura y el sedentarismo, este "gen ético" no desapareció: quedó como una muesca en el arbusto cultural. En algunas sociedades (como las de los ¡Kung del Kalahari) siguió activo. En otras, se truncó, pero su huella persiste en mitos (como el de la Edad de Oro), en prácticas (como el reparto de alimentos en muchas culturas) y en resurgimientos modernos (el anarquismo, las cooperativas, los movimientos horizontales). La muesca no se perdió: espera su contexto.

La muesca no estaba esperando en Europa. Estaba en el arbusto wendat, viva desde hacía siglos. Europa la recibió como un virus, en el mejor sentido: algo que entró desde fuera, que el sistema intentó aislar, y que sin embargo modificó la estructura de todo lo que vino después. Las ideas sobre igualdad que la Ilustración se atribuyó no nacieron en los salones de París. Llegaron, en parte, de voces que el mundo europeo llamaba "sin historia".

Pero hay algo más inquietante todavía.

La ética no es solo un fenómeno humano. Aparece, con distinta gramática pero reconocible estructura, en sociedades de otras especies: reciprocidad, cuidado, reparación del daño, reconocimiento del otro como alguien que importa. Lo que esto sugiere no es que los animales "también tienen su ética" en sentido antropocéntrico. Sugiere algo más radical: que la ética es una característica latente del universo que ha precisado de ciertas criaturas, con cierto grado de desarrollo cerebral, para ponerse en práctica.

No es una imposición desde fuera. Y, desde luego, no es un mandamiento grabado en piedra por ningún dios. Es una emergencia, esa propiedad que no estaba en las partes pero que aparece cuando la complejidad alcanza cierto umbral. Como la consciencia emerge de neuronas que no son conscientes. O como la placenta emergió de un virus que no tenía intención de construir nada.

El universo no diseñó la ética. La contenía como potencial. Y nosotros, criaturas improbables en un planeta periférico de una galaxia entre cientos de miles de millones, somos hasta ahora el medio en que ese potencial se ha hecho visible. Sin garantías de que continúe. Sin promesa de que vaya a algún sitio en particular.

Hoy, el arbusto sigue creciendo, y nuevas muescas éticas esperan su momento propicio. Algunas ya empiezan a activarse: el ecofeminismo (que cuestiona la explotación de la naturaleza y las mujeres como dos caras de una misma moneda) podría ser una muesca que el cambio climático está forzando a eclosionar. El anti-especismo (que extiende el círculo ético a los animales no humanos) es otra: su gen ético lleva siglos dormido, pero la crisis ecológica y los avances en neurociencia (que demuestran la capacidad de sufrimiento de otros seres) están creando el contexto para su activación.

Incluso la ética de la IA podría ser una muesca en ciernes: ¿acaso no estamos ya viendo cómo la inteligencia artificial nos obliga a replantearnos qué significa ser humano, ser consciente, ser ético?

Otras muescas siguen a la espera: la ética del cuidado como centro de la política, la justicia climática global (no solo local), o la idea de que la tecnología debe servir a la vida, y no al revés. El arbusto no nos dice cuál activará primero. Pero nos recuerda que, como el gen EPAS1 o las ideas de Kondiaronk, lo que hoy parece marginal puede ser mañana el cimiento de un nuevo mundo.

África es el mayor reservorio viral del planeta. También es la cuna de nuestra especie. Y quizá no es casualidad, porque es el lugar donde más tiempo ha habido para que la variación se acumule, para que las muescas se multipliquen, para que el arbusto crezca con más ramas que en ningún otro sitio. Lo que el mundo llamó durante siglos "subdesarrollo" podría leerse, desde esta otra óptica, como el nudo con mayor plasticidad sin activar. El lugar donde más potencial duerme.

La historia no ha terminado. El arbusto no ha terminado.
Y las muescas que hoy parecen inútiles, anacrónicas, peligrosas, o simplemente invisibles, esperan su contexto.

Como esperó la placenta.
Como esperó Kondiaronk.

Como espera, todavía, mucho de lo que aún no sabemos nombrar.



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Imagen: Uso Libre

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