3 jun 2026

¿Para qué eres ciudadano?

 


Hay una pregunta que las academias, escuelas y colegios eluden con elegancia de burócrata: ¿para qué eres ciudadano?

Sin embargo, la que sí hacen —implícita, persistente, estructural— es otra: ¿para qué trabajas o para qué produces?
Son preguntas distintas, y la diferencia entre ellas es, en buena medida, la diferencia entre democracia y decorado.

El sistema educativo que hemos heredado es un sistema de compartimentos. Matemáticas aquí, Historia allá, Lengua más allá. Como si la realidad obedeciera al mismo principio de orden que un armario perfectamente organizado. Pero la realidad no está dividida en asignaturas: el cambio climático es simultáneamente Ciencia, Política, Ética e Historia; una guerra es Geografía, Economía, Filosofía y Psicología actuando en la misma fracción de tiempo.

Quien aprende a mirar el universo a través de compartimentos estancos aprende, sobre todo, a no ver el dolor del mundo entero.

La propuesta contraria —asignaturas de ciudadanía, ética y política entretejidas con Historia y Filosofía— no es una reforma de contenidos sino de mirada.
Enseñar que las leyes de la Física las descubrieron personas que podían tener dudas, emociones heridas y deudas equivale a devolver la ciencia a la condición humana. Enseñar que las constituciones son frutos de luchas y compromisos es hacer de la política algo que ocurre, no algo que ya ocurrió.

Y la urgencia no es retórica. El mundo que ya está llegando propaga la desinformación más deprisa que los hechos, plantea problemas que no caben en una sola disciplina, y tiene en el dogmatismo político su enfermedad más rentable y menos diagnosticada.
La vacuna existe: se llama pensar con herramientas, identificar sesgos, contrastar fuentes, rastrear causas hasta sus efectos. No es una técnica. Es un hábito. Y los hábitos se forman temprano o no se forman.

El obstáculo, por supuesto, es que la maquinaria teme la inteligencia. Los planes de estudio son rígidos porque la rigidez es el refugio de los mediocres y los cobardes. Y esa rigidez resulta fácil de gestionar.

El obstáculo, claro... un sistema que no está preparado y en parte no quiere estarlo.

Los profesores, con excepciones, carecen de formación transversal porque nadie la consideró necesaria.

Y los políticos, también con excepciones honrosas y escasas, no siempre ambicionan ciudadanos críticos: prefieren votantes predecibles, que es una forma más suave de decir ciudadanos domesticados. Nunca han deseado ciudadanos lúcidos. Prefieren devotos listos para el matadero del pensamiento único.

Frente a esa inercia, la escuela que funciona como un organismo vivo —donde el saber circula libremente y las dudas no son un fracaso, sino el único camino de aproximación a la verdad— sigue siendo un milagro perseguido. Un borrador en el bolsillo de unos pocos locos.
Pero los proyectos que son capaces de nombrar nuestra orfandad ya tienen un triunfo: saben exactamente hacia dónde se dirigen.



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Imagen: Uso Libre

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