Versión libre de Ayuso y Mohamed VI
en la Alcazaba de Almería (S-X).
La presidenta de la Comunidad de Madrid (Ayuso) viajó a México para ensalzar el mestizaje, la lengua castellana y la figura de Hernán Cortés. El resultado fue tan calamitoso que tuvo que suspender su gira, recluirse en un lujoso complejo turístico a esperar ser rescatada por su príncipe dipsómano o Jefe de Gabinete tras su declaración judicial como imputado. Ella, estaba huyendo, como hace siempre que algo la incomoda o la pone en la diana: hacer las Américas.
Esta vez dejó tras de sí un discurso que no merece ser resaltado -es indigno-, pero sí, desmontado. Todos conocemos qué ocurrió en México con la "infección" de españoles hace quinientos años, y qué, ahora, con la Presidenta de Madrid.
Hagamos un ejercicio de imaginación: Ayuso recibiendo en la Alcazaba de Almería a Su Majestad Mohamed VI, Rey de Marruecos, Comendador de los Creyentes y descendiente del Profeta.Imaginadla descorchando un vino de la Ribera del Duero —ironías del protocolo, o mala baba, quién sabe— y brindando por los ochocientos años de dominio árabe sobre la Península Ibérica; por el gran Almanzor que arrasó Santiago y volvió cargado con las campanas; por los albañiles que levantaron la muralla de Mayrit junto al río que los andalusíes llamaron Manzanares; y por los topónimos que sobrevivieron a la Reconquista porque la lengua es más persistente que los reyes.
Imaginad que Ayuso lo hace con la pompa que mostró en México, con esa seguridad que siempre descarta la duda y que es la forma más eficiente de no aprender nunca nada.
Allí, en México, se llenó la boca con revueltos calientes y refritos de La Hispanidad, ese plato de amputación que tanto le gusta.
Aunque hay más: el nacionalismo castizo, henchido de pringoso patriotismo, que habla de reconquista —ríase, si no, del destino— tiene muchas aristas, pues la lengua en la que proclama su pureza es, en buena parte, árabe.
Ocho siglos no es un paréntesis insignificante.
Ahí tenemos Madrid, que viene de Mayrit, que viene del árabe mā'rīt, la pequeña acequia madre que corría bajo lo que hoy es el casco antiguo. Alcalá, de al-qal'a, la fortaleza. Guadalajara, de wādī l-ḥijāra, el río de las piedras. Alcázar, Almudena, Almería, Algarve, Guadalquivir —el río grande, al-wādī al-kabīr—, Albacete, Alcorcón, Algeciras.
O Gibraltar, que es Jabal Tāriq, el monte de Tariq ibn Ziyad, el general bereber que cruzó el estrecho en el 711 y al que en España no se ha levantado una estatua, aunque sin él este país no existiría tal como lo conocemos.
Ochocientos años: más tiempo del que lleva existiendo el concepto moderno de España. Es más tiempo del que separa el descubrimiento de América de hoy.
Para entendernos: una enormidad que no cabe en el relato limpio de algunos rancios trasnochados; ese relato que necesita monumentos, aunque no de Tariq; que necesita una Reconquista limpia, épica y sin matices; el que precisa que el andalusí sea el enemigo que fue expulsado y no el vecino que se quedó, se convirtió, cambió de nombre y siguió horneando el mismo pan con las mismas manos. También necesita olvidar que muchos de los apellidos más castellanos —Medina, Alcántara, Guadalupe— son árabes disfrazados de santos.
Ayuso puede ir a México a intentar triturar la imagen de los actuales Gobiernos mexicano y español, estrechar manos, hablar de hispanidad, de lazos fraternos y de la madre patria. Pero lo que no puede es sostener simultáneamente que España tiene una deuda sagrada con América y ninguna deuda, ningún reconocimiento, ninguna memoria honesta con el mundo árabe y bereber que durante ocho siglos construyó la mitad de lo que somos.
La lengua con la que Colón escribió en su diario ya llevaba siglos bebiendo del árabe. El astrolabio con el que navegó era tecnología islámica. El sistema numérico con el que calculó la distancia era árabe. Y el cero —prodigioso, revolucionario e imprescindible— entró en Europa por Toledo.
Ay, ay, ay, Isabelita, Isabelita... la verdad es la primera víctima de cualquier identidad que se construye sobre la exclusión. Y, no. Por suerte para ellos, las calles de Madrid no están llenas de "malinchos". Están llenas de personas cuya dignidad está por encima de cualquier discurso nacionalista, imperialista, lo que sea eso que pretendes vender en tu mercado de estulticia.
México (Mēxihco, en lengua náhuatl), nombre propio aunque te duela, tiene memoria histórica.
Como Mayrit, que sobrevive debajo del Madrid actual. Y Mayrit también recuerda.
La historia es muy terca.
#PalestinaLibre #derechosHumanos #mestizaje #Marruecos #Colón #México #Tariq #reconquista #Mayrit #Cortés #MemoriaHistórica #Hacia las Estrellas
Imagen: uso libre
1 comentario:
La imagen muestra a dos personas -Ayuso y Mohamed VI- de pie en las escaleras de piedra de la Alcazaba de Almería, una fortaleza árabe del siglo X en el Sur de España. El cielo es de un azul intenso y limpio, y la luz cálida de los rayos baña la piedra dorada del monumento, que se alza imponente al fondo con sus torres almenadas y un arco de entrada en forma de herradura.
Las dos figuras visten ropa tradicional marroquí. A la izquierda, Ayuso -Isa, para los amigos- luce una larga túnica o kaftan de color verde esmeralda con bordados dorados y una hijab o velo de tono crema que enmarca su inconfundible cara redonda. A su derecha, el soberano alahuí -todavía corpulento él- luce una djellaba a rayas verticales en rojo granate y plata, y en la cabeza un tarbouch o fez rojo vivo. Lleva gafas de sol oscuras y calza babuchas doradas.
Ambas figuras miran al frente con una presencia serena y todo lo digna que pueden. Detrás de ellos, el arco de la entrada y las murallas de sillería árabe crean un marco que los convierte casi en parte del monumento (ja, ja). A la derecha, la roca viva sobre la que se asienta la fortaleza. Al fondo, entre las torres, asoman los pinos.
La imagen tiene algo de postal solemne, casi de retrato oficial ante un patrimonio que es tan español como árabe.
Publicar un comentario