La niña era todo audacia y la madre andaba envuelta entre miedos, esos miedos inexplicables adquiridos a través de las fuentes de ciertos tiempos. ¡Era tan joven! “...Una edad estupenda, preciosa, para ser madre...”, venían a decir algunos de los “ciertos tiempos”.
La joven madre, ingenuamente, al principio pensó que para la pequeña no existían causas de sufrimiento; realmente, de su primera infancia, apenas encontraba recuerdos felices entre sus recuerdos. En la soledad de sus pensamientos se confesaba: no sé..., no sé...
Pero la vida no aguarda y ante las múltiples dudas que le asaltaban optó por observar a su cachorro intentando intuir qué esperaba de ella. Era un trabajo que empezaba cada mañana y rodeaba la noche, es decir, constante. Las dos niñas jugaron siendo madre e hija, lo único que podían hacer aún sin saber, ajenas a las bondades de la civilización que ocultan la naturaleza y al desamparo que produce simplemente existir.
Los meses y los años pasaban veloces como gacelas. Las preguntas de la niña, y los pequeños problemas que recogía de su mundo, se complicaban; se multiplicaron. La joven madre sólo podía ofrecerle ilusiones y, en último caso, un candoroso comodín de esperanzas.
Uno de los sueños más divertidos que ideó fue ir a sentarse las dos en la Luna para observar los problemas que a veces atormentaban a la más pequeña, un ejercicio que mantuvieron durante muchos años, incluso cuando la niña ya había alcanzado la edad adulta. (Muchos años después, en 1994, Spielberg adoptó una imagen parecida como logotipo para su Factoría de Sueños).
Sentadas allí fuera la humanidad se transformaba en un hormiguero, y las hormigas tenían gracia: ¡mira!, por allí unas se pelean entre ellas por un insecto; por allá otras cortan unas hierbas largas hasta dejar una calva en el prado; pero, en otro sitio, en medio de la selva, algunas necesitaban poco, recogiendo lo justo para llevar consigo al hormiguero; ¡mira!, por allí la lluvia las hace moverse más deprisa... ¡Son unas bobas muy listas!, acababa diciendo la pequeña. Desde allí vista, la Tierra ¡era tan hermosa, tan consoladora, tan inspiradora! Mientras reían, la madre atesoraba motivos y la niña rompía con sus problemas, que decrecían hasta caer en sus bolsillos.
Sentadas en la Luna se dieron cuenta de que nada les pertenecía, que sólo eran propietarias del puñado de sueños que caben en una vida y cada sueño es una gran isla plagada por los misterios de la naturaleza.


















