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4 jul 2009

Ceniza amarga


Tanto tiempo llevándose puesto, que a veces le costaba verse como algo nuevo. Había momentos en los que sentía el dominio de los hábitos civilizados, aunque, no por mucho rato: el tedio, como una ola que golpea esos fondos enquistados, hacía crujir su postizo armazón cultural. La flojera del hambre -qué frágil diseño- le creaba obligaciones; también, la colmena, con su gordinflona reina, sus zánganos y su música de reconocimientos: sobre sus pompas habrían de caer -y herir- sus deseos. Intentaba concentrarse y se esforzaba hacia la existencia; pero sin agregar tutelas ni préstamos, ¡imposible! No se habían editado las palabras que pusieran a la suya un nombre exacto. Su casa, donde diariamente surgían el alba y el ocaso, como dos latidos distintos de una misma lumbre; donde más él había. Tanto tiempo consigo y vivió solo, junto a los residuos de un sueño.