No sé de qué me maravillo. Cada año ocurre lo mismo. ¿Será por falta de memoria o es que la naturaleza nos prepara para que cada primavera nos vuelva a sorprender con su extraordinaria belleza?
Regresaba hoy de la ciudad cuando he sentido el contagio. Una yegua haciendo su vida junto a su vigoroso potro recién nacido. Canelas y frisonas, también con sus terneros, vagando cabizbajas, olisqueando el suelo.
A mi lado, alguien ha puntualizado con asombro: “esta gente se come suelo”.
Definitivamente, es contagioso. Las praderas resplandecen y deslumbran, tras semanas ¡meses! de tempestades.
Vivimos del suelo. El sol está regando luz desde hace días y se derrama como si fuera joven.
La llegada a casa no ha sido peor; las voces de la finca se me han resumido en el interior con trinos hechiceros que no han cesado. Y en los sentidos me han dolido las yemas a punto de reventar, mientras el mar y el cielo, limando diferencias y entre suspiros, han acabado fundidos. Ni un rastro de blanco surcando el horizonte.
No me he decidido por... ¡hacia dónde mirar! Todo me encanta. Y no sé por qué me sorprendo.
La primavera, con sus explosiones anuales, es generosa, deja todas las luces encendidas.
Una más de las leyes -me digo- a las que estamos sometidos sin remedio. La naturaleza es el más primitivo de los seres. El más libre de todos.
Las horas han pasado envolviendo los sonidos con cuidado, como si fueran niños prematuros.
La luz pesa. El día se ha consumido así mismo, como cada día.
Antes de dormir -es una costumbre- he abierto un libro nuevo por una página al azar:
“una ley de la naturaleza es más una prohibición que una obligación”.
Ahora escribo desde lo más profundo y plácido del sueño.
La fotografía es mía, de casa.
(La cita es de Jorge Wagensberg, de su libro La rebelión de las formas, o cómo perseverar cuando la incertudumbre aprieta. Metatemas)
