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12 sept 2009

Atapuerca

 Ayer aterricé, como todos los veranos, en Atapuerca. Aunque navegué por la autopista, la carretera estaba algo complicada por el tráfico. El día se presentó magnífico, soleado y poco caluroso. El viaje de ida duró casi tres horas, un tiempo en el que fui emborrachándome con el paisaje trigueño.

La visita al parque temático de Atapuerca estuvo floja; quiźas el guía tenía hambre o estaba cansado de toda la jornada hablando y explicando las mismas cosas. Hoy no me importa demasiado, pues el retorno al pasado siempre me recompensa haciéndome recordar que no estamos tan lejos de aquello y que todavía nos queda mucho por hacer.

 
El guía ha conseguido hacer fuego

Compré un ejemplar de Toc-Toc, El Niño de Atapuerca
para mis sobrinas: estoy deseando leerlo y escucharlo con ellas. Me fascinan la curiosidad de los niños, sus caras de asombro y el atropello de su voz cuando preguntan.

Cabaña en el Parque Temático. Todos los niños se metían dentro.

El regreso lo hice por la ruta del Puerto del Escudo. De todo el trayecto, la zona que más me gusta es El Páramo de Masa, ahora salpicado con pequeños bosques de molinos. Al llegar junto a ellos, me dutuve y apagué el motor: las aspas rozaban el aire a cámara lenta y desprendían un sonido constante, como el sedante rumor de mar de fondo.

 
Estilizados y altos, mensajeros del viento 

El momento culminante llegó al atravesar  el Puerto de Carrales donde me sentí como el romántico doctor Skružný, de la película Mi Dulce Pueblecito, quien se olvidaba de conducir al contemplar el bello paisaje checo y decía: cada momento bonito de la vida deberíamos poder guardárnoslo para cuando lleguen los malos". 

 
En el fondo del valle, leña recién cortada

Entre la fronda aparecen algunas cicatrices de estío y sobre los árboles empiezan a posarse los primeros acentos de otoño.