2 dic 2012

Tocar de oído





Hemos tenido telepatía, Paisano. Esta mañana me he levantado con la cabeza en las alturas, como repleta de nubes y claros, chubascos de granizo y alguna envoltura de luz... Repleta de lo que cae afuera y por dentro. Y me he dicho: por qué no escribir bajo el título "Tocar de oído". Todo lo demás irá surgiendo, como de un viejo manantial, ya muy sudado, es cierto; lo que no quiere decir, aunque parezca encajado, que esté dominado. No dominamos nada. Así de pobres somos. Por ello, hoy, voy e improviso; de esa manera como improvisa el pensamiento que no domino, y escribo desde ese lado que me encaja. Tocaré de oído.

 Estudio Historia, Paisano. Ya lo sabes. Y viajo en una nave. También lo sabes. Te preguntarás el porqué, o quizá no. Yo sí lo hago, a diario, a cada instante, hasta en los más escatológicos momentos del día, cuando coloco sobre mis rodillas una de las muchas revistas de historia que almaceno en el baño. Así de claro, de raro o de corriente; no importa. El Espacio y la Historia se unen: ambos son testigos de lo mismo. Y, aunque uno más viejo que la otra, me interesan las dos versiones. El que más me gusta es el relato en el que el Primero rodea a la Segunda y la fagocita.

Nunca me había gustado la Historia, o eso creía yo. Me resultaba aburrida, no me interesaba. Quizá desde mis años mozos, cuando iba al colegio y todo eso. Quizá no me fiaba de lo que me contaban aquellos libros mutilados. Yo no sabía que lo estaban. Pero oía hablar a mi padre sobre la dictadura en que vivíamos y su censura... sin mucho detalle delante de los niños, que sueltan todo lo que oyen, y a mi madre que suplicaba "por favor Pepe, que te va a oír alguien y vamos a tener un problema"... Y mi padre respondía, “¡que me oigan...!”. Algo raro y malo había en todo aquello y opté por no saber; y, aunque algo sí entendía, preferí hacerme pasar por otra. O quizá, simplemente, me aburría con ella, con la Historia; la encontraba poco humana, como poco humana debía de ser yo (y mi padre, todo hay que decirlo), que todavía estaba a medio hacer. El diccionario, muy útil ahora, lo reconozco, entonces estaba para otras cosas. La Historia -qué curioso- me arrojaba al silencio y, ahora, me parte el alma.

Bien. Hace algunos años decidí meter el hocico en los libros de mis hijas; los de la más pequeña me parecieron más atractivos. Y empecé con los Reyes Católicos (Catódicos, los llamábamos) y me atrapó Isabel; sí, me sorprendía mucho lo que leía de ella. Internet todavía no estaba muy allá y no era tan fácil como ahora encontrar todo; bueno, casi todo. Ya sabía, por haber oído alguna cosa, de las "hazañas" de Isabel de Castilla, pero me resultó peculiar que rechazase las ofertas de marido que se le hacían y quisiese elegir por sí misma a uno. Me gustó que, cuando se vieron Isabel y Fernando por primera vez, antes de los esponsales, se encerrasen para catarse mutuamente en un cuarto y no saliesen tras muchas horas de encuentro. Me pareció muy romántico, en su sentido más simple, muy humano; tanto me sorprendió la anécdota, que cuando mi hija Helena me dijo un día, "mamá, ¿tú te matricularías conmigo en la carrera de Historia?, de oficio le dije, sí, ... y aquí estoy: estudiando Historia por una cuestión de romanticismo, lo mismo que el Espacio. Porque, habrás de reconocerme, Paisano, que esta fiebre que tengo por el espacio es también una cuestión de Romanticismo, brotado de esa melancolía crónica que me induce a soñar constantemente.

Bien es verdad, que salir de la Prehistoria, donde he bebido con alegría y entusiasmo, y entrar en la Historia Antigua fue un poco traumático; no obstante, como a todo el mundo, me atraparon Diógenes de Sínope, Alejandro Magno, Pirro de Epiro, Julio César o Marco Aurelio, de los que me queda un sabor muy, muy concreto. De Diógenes y Alejandro, especialmente. No puedo decir lo mismo de lo que sigue, pues el entusiasmo va cambiando con los sucesos históricos y tengo que reconocer que me pongo de muy mala uva, muchas veces. Y tiene una explicación: me encariño y enseguida me afecta, lo vivo, amo lo que toco y me duele profundamente lo que acontece ahí, en la historia. Este año, puedes imaginar, Paisano, cómo me están haciendo sufrir los imperialismos; por ejemplo, prendería fuego a Gran Bretaña por lo que hizo a China. El curso pasado fueron las colonizaciones... Parece que una facultad selectiva me conduce a lo mismo: la cuestión de la libertad, que tiene inmensas raíces; al privilegio individual o colectivo que tenemos de dirigir nuestros actos y nuestro destino. Y no hablemos todavía sobre las consideraciones de la "verdad".

Sobre la Historia de España sé poco, porque ahí todavía no he pasado de la época antigua. Pero conservo algunos retales, unos de oídas, otros de leídas y otros vividos a medias. En cuanto entre en esas asignaturas podré recomponer el puzzle... miedo me da. Es cierto lo que dices, que "desconocer el pasado nos ha llevado a este presente"; y me atrevo a puntualizar, que ese desconocimiento del que hablas también nos priva del conocimiento como individuos. Si no hay interés por conocerse a uno mismo, ¿qué clase interés por el pasado histórico nos mueve? La historia está compuesta por pequeños restos de nosotros mismos, por pequeños rastros evolutivos que hemos ido dejando todo el tiempo. Los que sembraron la Historia nos han conducido hasta aquí, también somos ellos. Sus errores y aciertos, sus descubrimientos y avances están con nosotros, porque somos el mismo bicho que necesita, observa y busca, amenaza, que somete y mata, que lucha para sobrevivir y piensa en cómo hacerlo. Igual que el Espacio, que sembró lo suyo en este Planeta, todo son rastros, como miguitas de pan que son fáciles de ver pero no de conocer. Yo, que vivo en el futuro, así lo percibo; me es preciso llevar un buen equipaje histórico. Y me apasiona porque estoy añadiendo datos a mi conocimiento sobre la naturaleza humana; y más aún, intento asociarlos con lo que conozco.

A propósito de esto último, hay una cosa que me ha sorprendido siempre; puede que ya lo haya comentado alguna vez. Y es esa clase de muro o barrera que parecen tener muchas personas de no relacionar lo que saben con el mundo que les rodea. Lo he observado tanto en personas de ciencias como de letras; los conocimientos a un lado y las reflexiones a las que se pueden aplicar ésos por otro, y jamás se encuentran. Me parece incomprensible... con lo bonito, gratificante y lúcido que resulta el intento de asociar lo que se conoce con lo que se vive. Me atrevo a decir, que no asociar cosas es la forma de vivir fuera de la realidad. En ello, los dirigentes son expertos: sus hechos sí que son históricos. Pero, vayamos al sembrado individual..., qué trágica y triste resulta la ceguera humana. Y aquí, la misma relación: los políticos son nosotros y nosotros somos ellos; ¿por qué no habrían de actuar como individuos en colectivo público, si nosotros, como pueblo, no somos capaces de reflexionar como individuo? Si nosotros miramos de lejos lo que acontece en Siria, Palestina o África, ¿por qué no habría de mirar la casta de igual forma a su propio pueblo? No hay ninguna diferencia entre “ellos” y “nosotros”, por triste y descabellado que sea. Si el pueblo muere, no hay problema: en pos del equilibrio, otras masas llegan a llenar el vacío. Y por una simple cuestión de inercia, ellos -aunque, también son nosotros- son los mismos de siempre, herederos históricos del poder, igual que nosotros somos el pueblo histórico, el que sufre y paga sus monumentales errores. ¿Víctimas históricas? ¿Consentidores? Recordemos, somos ellos: están ahí, aunque nos pese, por nuestra causa.

Hablemos ahora de la Ley de Inercia para poder defendernos de nosotros mismos, seres estúpidos, dominados por la ignorancia propia e histórica.

 Imagen: de Darmok (uso libre)

10 sept 2012

Como decíamos ayer




Como decíamos ayer, uno se descubre a sí mismo un buen día cuando ya está enquistado en el mundo; cuando ya forma parte de un sistema en el que todo cuanto nos ha rodeado se ha empleado a fondo para que dependamos absolutamente de él. Hasta el preciso momento de tomar conciencia nos han llevado en una especie viaje, en cuya travesía hemos confiado al principio y nos hemos dormido a ratos; aunque, también, nos hemos querido bajar del vehículo.
Sin ser consciente de los motivos -puro no estar a gusto-, un día tuve deseos irrefrenables de tirarme del maldito vehículo y salir de la gran corriente que nos lleva. Y no resultaba fácil: era como un alejarse y regresar constantes, echando un pulso intenso y agotador.
Inocencia, ignorancia, cansancio, apatía, rebeldía, lucha, ¿lucidez? La dificultad persiste gracias a que continúo soñando.

¿Acaso soy antisistema? Para responder tendría que definir antes qué entiendo por sistema. Muy aburrido. Ante todo hay un entramado de necesidades de las que no podemos escapar por imposición -por ley-; y dejo a un lado esas otras necesidades-droga, cuya tolerancia nos hace un poco más idiotas. Y no hablemos de la contaminación ideológica, porque no acabaríamos. En definitiva, el sistema consigue que nos entreguemos plenamente a cambio de un donativo nominal y sacro: la libertad de elegir... minucias, insignificancias. Es imposible dar crédito a tamaña falacia si se tienen dos dedos de frente. Por ejemplo: llegado el momento podré enterrar a mis compañeretes Luna y Plank en mi finca, pero no podré hacerlo yo junto a ellos porque la ley lo prohíbe. ¡Hasta nuestra última voluntad está regulada por ley!
En definitiva, estoy contagiada por sueños y al final sí voy a ser antisistema.

Como decíamos ayer, hay poca o ninguna visión de futuro. ¿Acaso no es interesante el futuro?
Hace pocos días comentaba un artículo a un amigo del FB, cuando me sorprendí pensando precisamente esto, que nuestros gobernantes no tienen visión de futuro. El tema en cuestión era sobre la retirada de ciertas “ayudas” a las mujeres empresarias, que se verán afectadas, entre otras cosas, en momentos tan complicados como la maternidad. Estas “ayudas” (o como se llamen), cuando fueron aprobadas por el gobierno de turno, por lo visto, constituían un gran avance social. Lo cierto es que cuando estamos entre vacas gordas interesa invertir en vida y en salud, y cuando abundan las vacas flacas se siembra lo contrario, ¡lo contrario! Así, como suena. Espeluznante, abrumador, indignante. Los designios de los políticos de turno son inescrutables y la sabiduría del pueblo está limitada para comprenderlos. Éste es el mensaje que nos envían, un mensaje sin futuro.

Por desgracia o por fortuna, todavía no lo sé, he ido viendo -y sufriendo en carnes propias- cómo se producía el deterioro, que ha sido muy lento; y ha ido entrado muy poquito a poco, socavando y minando de forma casi imperceptible los cimientos de lo que, en realidad, no era más una quimera que nos mantenía callados, entretenidos, dormidos, ¡contentos! Y cuando todos estos “logros” han empezado a caer uno a uno, nos hemos puesto a aullar y nos han echado cubos de agua, y nos han dado palos, y nos traen censura. Y resulta que sólo eran pequeñas limosnas procedentes de nuestras propias contribuciones, sobre las que no teníamos derechos adquiridos. Pero había síntomas muy claros de la enfermedad que acechaba: no había -ni hay- visión de futuro.
Entre tanto, he preferido mantenerme más o menos silenciosa, como a una prudente distancia... casi zoológica. Cometí un “error”, sí, entre comillas, porque no pienso que en realidad lo fuera. Les mostré demasiado, a “ellos” , y no me lo perdonaron. Les hablé de cumplir la ley, de honestidad y de dignidad humana; y fui castigada desde el principio con vaguedades, evasivas, mentiras, amenazas, ostracismo, y después con indiferencia, chantaje, difamación, ignominia... Por mi parte, les envío un beso revolucionario.

Desde hace mucho, mucho tiempo intuía que se avecinaba una gran hecatombe -hablaba con frecuencia de ello-, incluso he ido haciendo ensayos de subsistencia. No era yo la única, como decíamos ayer. Ahora hablo de revolución, que es la imagen que me devuelve el espejo al asomarse la tragedia creciente. En este sentido, me debato entre el entusiasmo... y el miedo, pues pienso que cuando una revolución triunfa, las causas que la produjeron pueden desvanecerse en medio de la euforia.

Como decíamos ayer, el futuro también se abre camino -como la vida- y viene anunciando una promesa repleta de sueños; porque allí, en el futuro, residen nuestros deseos. Aunque, con cada paso que damos hoy hacia el futuro algo ha de morir para que nazca algo nuevo: eso es el cambio. El progreso. En este trasiego transcurren nuestras vidas, mejor dicho, deberían transcurrir. Cada uno de nosotros, al participar de la vida quedamos integrados en un banco de pruebas donde éxitos y fracasos se reparten el beneficio de las verdades y soledades, respectivamente.
Quizá no hay tiempos malos, buenos o regulares, ya que todos son pruebas del tránsito al cambio... en el camino hacia el Futuro.

(Imagen: Google imágenes)


30 oct 2010

Los versos de Miguel Hernández Inundan la Red

 Hoy se cumplen cien años del nacimiento de Miguel Hernández, poeta al que hemos ido recordando en Internet con numerosas actividades. Hagamos que la red se inunde de versos.




ASTROS MOMIFICADOS Y BRAVÍOS

 Astros momificados y bravíos
sobre cielos de abismos y barrancas
como densas coronas de carlancas
y de erizados pensamientos míos.
Bajo la luz mortal de los estíos,
zancas y uñas se os ponen oriblancas,
y os azuzáis las uñas y las zancas
¡en qué airados y eternos desafíos!
¡Qué dolor vuestro tacto y vuestra vista!
intimidáis los ánimos más fuertes,
anatómicas penas vegetales
Todo es peligro de agresiva arista,
sugerencia de huesos y de muertes,
inminencia de hogueras y de males.


5 oct 2010

El Desencanto




Hace unos días Goathemala me preguntó en una de las últimas entradas si el Desencanto no me llevaba cerca del nihilismo. Te agradezco mucho la pregunta. Aunque solo sea por tener que buscar palabras y frases nuevas para hablar de ello ya merece la pena; pero lo mejor de todo es volver a repensarlo de nuevo. Tienes razón, me lleva y entro de lleno; ésa es la actitud. Quizá sea una inconsciente, pero pienso que tenemos demasiados límites como para actuar ignorándolos. Y no, no me perturba lo más mínimo.
Si menciono el Desencanto es porque a veces acuden los flashes de sus llamadas desde lo cotidiano. Es un tema que toco con alguna frecuencia, es cierto. De forma involuntaria siempre pienso en él como un bloque, y creo que no podría hacerlo de otra forma: quizá me fuerza a eso el tiempo transcurrido. Sólo soy capaz de definirlo con respecto a cómo lo viví. Porque para mí significó otra oportunidad. Fue un período largo que afectó a un tramo importante de la vida de aquellos que todavía nos estábamos formando: éramos adultos que todavía no se habían instalado en el mundo. Yo, por ejemplo, estaba inmersa en un proyecto tradicional basado en la etapa que empezaba a quedarse atrás; en aquel momento eché al mar un ancla de chica obediente porque necesitaba huir. El proyecto acabó en fracaso y quedé en mar abierto y a la deriva, porque aquéllos que en teoría habían de velar por nosotros no se preocuparon y estuvieron más pendientes de ponerse a cubierto que de las necesidades de un pueblo confuso y alucinado que soportaba el peso de las transformaciones. Quizá a muchos les volvió a visitar el fantasma de la Guerra Civil y de la Postguerra.
Mis recuerdos de esta etapa me son extraños, incluso hostiles. Fue una época difícil, dura, aunque no afectó a todos de igual modo.
Sólo unas pocas veces he creído ser capaz de dar consistencia a alguno de esos recuerdos, lo que considero un gran paso. Después de todo, somos un animal que razona con pasión su defensa, más que la culpa. Quizá también porque sigo huyendo -lo reconozco-, generalizo sobre el Desencanto. Y las referencias que suelo hacer cuando lo menciono (esas pinceladas que ocasionalmente añado a mis textos) son más una pregunta que una respuesta, porque algunas respuestas a veces me producen más respeto que sus correspondientes preguntas.

Durante el Desencanto tuvimos que desprendernos de una fe que se había concretado en muchísimos aspectos de las instituciones, de la sociedad y del individuo; y, en efecto, las expectativas no eran grandes ni la información abundante. Además, durante las transiciones empiezan a circular otros tipos de fe hasta que por fin una de ellas acaba por cuajar. El ánimo general estaba tan enrarecido que el deseo unánime era de paz a cualquier precio. Pero el problema que veo es que cuando se instala una fe -y nos alcanza- mutilamos la capacidad de pensar, quedamos privados de consciencia y perdemos una independencia que afecta a nuestra individualidad. A veces se consigue el sosiego con tamaño sacrificio, pero no es universal y, por lo tanto, tampoco es duradero.

El Desencanto fue el primer punto de partida consciente, que situó el principio del final de una época; y, como digo, me estaba ofreciendo una nueva oportunidad, pues me encontré ante un tiempo vivido que no me perteneció nunca, pese a estar incluida en él. Como no iba a morder el mismo anzuelo otra vez, me resistí a acoger la copia de otra fe -estaba recién pulida- que se nos ofrecía; es decir, la desconfianza me mantuvo al margen. Nadie parecía preocuparse, ni siquiera el mundo parecía esperar algo de mí, luego no sentía la necesidad de corresponder. Así estaba yo e imagino que no era la única. Al principio tuve una regresión y me instalé -sin saberlo- en una especie de cinismo cercano al de los clásicos, para más tarde iniciar una travesía de error y acierto, es decir, una forma de experimentar dando palos de ciego. La Literatura era mi principal fuente de alimento intelectual. Como ya comenté en otro post, fue poco después la Física la que me mostró otras formas pensar, después busqué el apoyo en la Cosmología y más tarde llegaron otras disciplinas. Cuanto más buscaba más me apetecía investigar. (Actualmente le ha llegado el momento a la Historia, y hace su contribución. Siempre hay algo que viene al encuentro, la vida lo hace a cada instante).

Al darme cuenta de lo influenciable que era, y decidir no adherirme a ninguna clase de doctrina, mentalidad o ideología, opté por rescatar deseos anteriores y pelearme con la experiencia acumulada y los hábitos; así prolongaría el espíritu del principiante y haría trampas al tiempo mientras intentaba madurar un poco.
Toda esta peripecia, naturalmente me marcó profundamente. Y el aislamiento me llevó a sentirme muy cómoda entre situaciones que la moral consideraba entonces “enfermedades del alma impía”, como la duda, la incertidumbre... o el nihilismo, por ejemplo. Quizá haya algo de primitivismo en esto.
En la Patrulla Perdida, como a a mí me gusta definirnos a los seres humanos, unos prefieren seguir a un líder que afirma conocer el camino, otros buscan un atajo y otros ven (incluyo el Espacio) inciertos caminos por los que se desvían más o menos en solitario. Todos tienen algo en común, son exploradores del mismo territorio al que están confinados.

Como es lógico, hace 30 años mi limitada formación no me permitía razonar ni expresar nada de esto; sólo seguí una señal que marchaba por delante de mí y, pese a los riesgos y el desconocimiento, la intuición me empujó a seguirla. Pasados estos años, he comprobado que esa señal -ahora menos intuitiva y más racional- está hecha de formas, ideas y sueños que sigo persiguiendo con entusiasmo. Me siento superviviente de una lucha que aún no ha acabado, porque continúo abriéndome un camino por la selva, mientras fabrico ideas y otras herramientas para avanzar entre la maleza; es decir, sigo improvisando. Durante el trayecto llevo a cuestas fragmentos agonizantes de un tiempo tutelar que todavía no puedo soltar, aunque “al morir verán el final de la guerra” (esto último es idea de Platón). Y, aunque mi existencia no es un puzzle genuino, todavía me siento capaz de desechar unas piezas y crear otras nuevas, como pionera de mí misma que soy. 




Rebeca Cagigal, 12 años, una muerte que pudo haberse evitado.

Las imágenes: la primera es de la Nasa. La segunda de un álbum del National Geographic.


26 sept 2010

¿Dónde está el Límite?



He empezado a ojear los libros del curso que viene y me he detenido en uno, la Historia del Pensamiento Filosófico y Científico. Y la verdad, esto es como dar de comer a un hambriento compulsivo. Me he vuelto a detener en Sócrates -pobre hombre- y en su discípulo Platón -vaya desencanto tenía; y, además, vaya, vaya-. De qué poco me acordaba ya.
El caso es que la vida está plagada de pequeñas historias particulares de las que jamás llegamos a saber nada -no es el caso de éstos dos-, y muchas de ellas tienen sus puntos interesantes, pese a lo anodinas que se nos puedan mostrar.
La vida es sagrada, ni más ni menos porque cada uno de nosotros nunca volverá a estar aquí -ni allá- después de... ya sabéis. No voy a ser exclusivista de lo humano, por lo menos al principio, de modo que incluyo a otros seres que me deleitan con su lealtad y compañía, con su serenidad, con su elegancia y precisión, o con su rara y sencilla belleza: ninguno de éstos volverá a estar aquí, aunque los sustituya con otros hermosos ejemplares.
Tampoco la Tierra que pisamos fue como ahora la vemos, aunque, aquéllas otras -Tierra- que ha ido siendo el planeta a lo largo del tiempo, en cambio, sí están aquí, y la Geología nos las muestra; el proyecto que esboza sus posibilidades continúa activo: una de ellas es la vida. 

Desde el punto de vista de la vida, ella en sí misma es un proyecto repleto de posibilidades; cada ser vivo es una de esas posibilidades, que a su vez encierra un proyecto propio con sus distintas posibilidades. Por todo ello, cada pérdida prematura es irreparable. Esto lo digo por Sócrates y por todos los mártires que por voluntad o por azar han caído. Y aquí incluyo cada muerte innecesaria o injusta o evitable, independientemente de la edad del individuo y de la especie.
Me pregunto qué valor damos exactamente a la vida. ¿Un valor moral? Y ¿qué quiere decir eso? ¿Que sólo está relacionado con la muerte? El de la vida es el término más manido que existe... porque, como se usa para tantas cosas... (Insisto en que se debería poder reinventar las palabras).
En torno a la vida y la muerte hay una burocracia tremenda, que las afecta en muchísimos sentidos. ¿Acaso no nos han pedido alguna vez que demostremos que estamos vivos?

Aristóteles hablaba -ya empiezo- del Estado Ideal, como proyecto común para ciudadanos griegos; como a veces patinaba un poco en el chucrut (el hombre tenía sus contradicciones), no entraré en más detalles. Me quedo con el proyecto común y lo traslado -ahora sí- al ámbito humano. Como he dicho, cada ser humano tiene su proyecto de vida con sus posibilidades; los individuos que comparten rasgos se unen a un proyecto común en el que encuentran posibilidades, y establecen sus obligaciones y sus pactos. Cada país o nación hace lo propio. Bien, según Aristóteles, la finalidad de esto es respeto, bienestar, protección, bondad... felicidad. En definitiva, el ser buenos depende de los fines y de nuestra voluntad. Para Aristótles la bondad es una virtud, que se adquiere practicando lo que le es afín para crear un hábito, una costumbre. Esto todo parece muy legítimo, incluso, actual.
Pero la realidad es otra. La costumbre nos está perdiendo: nos hemos acostumbrado a todo; estamos enfundados en un uniforme, un hábito donde se consiente casi todo y está muy lejos de la virtud.

De verdad que me gustaría estar más poética, más soñadora; pero, es que no puedo. Pienso que se es demasiado alegre con la vida y la muerte de puertas para afuera. Y me hiela la sangre el tratamiento que ofrecen al respecto las instituciones estatales, donde pacen todos aquellos cargos, quienes, a cambio de muchísimo dinero, hinchan públicamente sus pelajes cuando hablan en genérico-colectivo de dignidad, vida o muerte. Es todo un negocio de la infelicidad de muchos, a costa de sus dignidades, vidas y muertes. No nos engañemos. Tenemos los ojos tapados por las telarañas de la costumbre de que pasen ciertas cosas, porque nos las presentan como inevitables, cuando no nos las ocultan. Y como parece que actuando uno a uno no se puede hacer nada, nos remitimos a suspirar, protestar unos segundos, alzar los hombros con las palmas extendidas hacia afuera, o darnos la vuelta. ¡Obras son amores! No soy lo que digo sino lo que hago.
Al hilo de lo que soy o dejo de ser, me ha encantado lo que ha dicho hoy el amigo Dédalus en el Alféizar

“El problema no es ser lo que soy 
sino, lo que soy, no serlo bastante". 

(Aplicado, claro está, a la buena gente. Lo digo, porque he hablando de los malos de la película....)

En muchas conversaciones que sostengo con amigos, donde cada uno defiende sus opiniones, siempre hago la misma pregunta: 

¿dónde ponemos el límite? 

Es una pregunta que me hago a mí misma constantemente, cuando pienso sobre algunas cosas e intento justificarlas. Vamos, que es una pregunta obligada.

¿Ante ciertas injusticias, que se llevan a la práctica porque perjudican a uno solo o a pocos individuos, ¿dónde ponemos el límite? para seguir actuando del mismo modo?

Ante el corporatisvismo, que es la forma de solidaridad más despreciable que conozco y mancha el concepto, ¿dónde ponemos el límite?

Desde plantar una lechuga y cazar un conejo para comérmelos, hasta consentir la caza deportiva, la tortura taurina y la explotación sistemática del planeta... ¿dónde ponemos el límite?

Ante el sacrificio negligente, político, bélico, ideológico, colateral... de vidas humanas, ¿dónde está el límite?

Las tentaciones de cerrar los ojos son muchas, se nos pone muy fácil. Las virtudes se ensalzan a bombo y platillo a cualquier hora del día, en cualquier situación; y mis preguntas descienden o ascienden... ya no lo sé, porque se me amontonan: 

¿De verdad hace falta llevar el uniforme?
¿Tan corrompidos estamos?
¿Por qué la honestidad es una amenaza?
Cuando la honestidad se castiga: ¿qué nos queda?
¿Dónde está el límite?
¿Dónde está mi nave?

¿….



El libro que estoy leyendo: Historia del Pensamiento Filosófico y Científico I (Antigüedad y Edad Media). G. Reale y D. Antiseri. Herder.
Las dos imágenes son de Google Imágenes, ¡gracias! (Si alguien se siente molesto, las cambiaré con mucho gusto)


En Memoria de la niña de doce años, Rebeca Cagigal: una muerte anunciada, injusta y, sobre todo, evitable. Un daño colateral.

22 sept 2010

Presente

Hace pocos días terminé de leer un libro de Stefan Zweig: Castellio contra Calvino. La proximidad de los exámenes de septiembre no me permitió dedicar a su lectura más de treinta minutos diarios, de modo que cada mañana esperaba con ansia el rato de descanso para encontrarme entre sus páginas.
Soy una persona impresionable. Y soy también de ese tipo que cuando hace un descubrimiento sustancioso quiere llevarlo a la práctica enseguida en vez de esperar a mañana; es algo así como tener un circuito eléctrico inerte delante y no poder evitar hacer andar por sus hilos unos cuántos electrones para comprobar cómo funciona.
Pues bien, muy raras veces sucede que no me encuentre señales, mensajes o guiños entre las páginas de los libros que manejo; todos dicen algo concreto que me resulta útil, o queda a la espera en este desván de memoria selectiva para, en el momento oportuno, entrar a caminar por los hilos del circuito particular, el de mi forma de entender la vida.
Acaricio los libros que estoy leyendo, como si acariciase el mundo que quiero; me encariño muchísimo con ellos -porque les late un corazón- incluso cuando los termino; y tardo en colocarlos en la estantería varios días, aunque tampoco tardo en volver a rescatarlos para abrirlos al azar, comprobar que no he sufrido una abducción y que mi afecto hacia cada uno de ellos ha sido algo más que un sencillo amor de verano.
Hoy he repetido el ejercicio con “Castellio contra Calvino”. Lo he sacado de la estantería, he vuelto a acariciarlo, lo he abierto por una página cualquiera y me ha dicho lo siguiente: “Siempre son los contemporáneos los que menos saben de su propia época.” Después de esta frase, que parece más bien una sentencia, continúa así: “Los momentos más importantes escapan, sin que se den cuenta, a su atención, y los verdaderamente decisivos casi nunca encuentran en sus crónicas la debida consideración”.
Entre el sabor general que me quedó del libro, recuerdo algunas ideas, quizá las que más acordes estuvieron con el momento de la lectura; ésta en concreto no la recordaba, y me alegro de haber vuelto a hacer el ejercicio de repaso que en absoluto me aburre.

Al acabar los exámenes se nota una fatiga, como si el cerebro quedara empachado y necesitase vaciarse tras una larga y pesada digestión de información. Pero debe de existir otro sector dentro de él que no se abandona al cansancio intelectual y continúa generando ideas sobre el mundo, la vida y las cosas que suceden; sobre lo que nos rodea, y el modo que tenemos de percibir, sentir y pensar.
Encuentro mucho sentido en la “máxima” de Zweig, tanto como en su explicación siguiente. ¿Será cierto que los momentos más importantes escapan? Esto parece encajar con esas populares ideas que incumben al pasado, acerca de dejar pasar el tiempo que proporciona distanciamiento -perspectiva, objetividad- en un asunto que nos afecta; o ésa que afirma que no se sabe lo que se tiene hasta que se pierde; o aquélla otra sobre que cualquier tiempo pasado siempre fue mejor.

Pertenezco a la generación del Desencanto, una época de principios de los Ochenta. Pero he comprobado que las “épocas”, a medida que pasa el tiempo, van perdiendo distancia y los desencantos se van acercando entre sí, se van uniendo, casi solapándose. Puede que se trate de una percepción natural cuando llegas a una edad en la que tienes más pasado que futuro. El presente, es decir, lo que acontece, que es la base de nuestro desarrollo, cuando desagrada nos obliga a sobrevivir aferrados casi exclusivamente a unos pocos principios personales, a las múltiples dudas y a un puñado de sueños que, teóricamente, arreglarán el mundo;  y de este modo, tal como sucedía a Castellio, la moral personal liberadora llega a constituirse en un sacrificio material de todo aquello que ha estado proporcionando bienestar. Reconozco que hace falta muchísimo valor.

Me afectó aquel Desencanto. Y me pescó demasiado joven; por ésto, quizá, a partir de ese momento mi vida se condujo con más aporte de imaginación que de normas, y me convertí en una anarquista espiritual, portadora de un escudo de carne y hueso, con espada de ideas y sueños. Con el paso de los años, la anarquía espiritual se ha ido extendiendo y adquiriendo otros matices, materializándose, hasta quedar plasmada en un sentimiento de permanente conflicto con las instituciones, con la autoridad, algo que también sucedía al lúcido físico, Richard P. Feynman, con quien me satisface enormemente coincidir.
Por todo ello, quizá también, el desencanto sigue acudiendo alguna noche bajo mi almohada y me inocula un poco más de melancolía.


En memoria de la niña de doce años, Rebeca Cagigal, una muerte anunciada, prematura y, sobre todo, evitable e injusta, que ha quedado catalogada fríamente, como un “simple daño colateral".

El libro: de Acantilado, "Castiello contra Calvino, Conciencia contra Violencia.
La imagen procede de Google Imágenes y en ella aparece una dirección web.

8 ago 2010

Linterna en mano, hacia el futuro.


Esto del pensar suele sorprender en soledad y transcurrir en los silencios. Una se lleva puesta durante un tiempo y a veces encuentra repeticiones; y hay que aprender a distinguir cuándo esas repeticiones suceden espontáneamente y cuándo las atraemos nosotros mismos, las tomamos como frutos de las nostalgias o de otras cosas que nos acechan. Pienso que sucede de todo.
Es curioso lo que se nos ocurre. Por ejemplo. Los estados de ánimo son como los sabores; pero, en vez de depender de las condiciones del gusto o el olfato en cada momento, ellos lo hacen desde el estado del corazón. Así que cuando vivimos un suceso, dependemos de la satisfacción o la amargura que guardamos en él. Me gusta la idea. Porque, independientemente del punto de bienestar que yo tenga, vivir las mismas cosas -o saborear el mismo helado de chocolate- desde distintas formas de percepción me proporciona una sensación de variedad por dentro, como si al pensamiento le crecieran nuevas ramas con rutas diferentes.
Pero compartir las ideas tiene su punto: es como encontrar una ubicación satisfactoria a un mueble que trota por la casa, aunque sea de modo provisional. Provisional, ¡cómo me gusta esta palabra! Durante muchos años me sentí de paso en cada sitio donde vivía. Lo mismo que ahora; si hay raíces aquí, no las encuentro. Llegado un determinado momento, siempre he querido irme; qué sensación más cálida.
A propósito de compartir. Precisamente, hace unos pocos días hablaba con mi hija mayor de esto de las repeticiones que se producen en la vida, de la inercia, de la costumbre y de los problemas de la experiencia. Porque la experiencia puede ser un arma de doble filo, si no se revisa a diario. Y la niña, que ha estudiado física, cuando le explicaba que me sentía distinta cada día, y que afrontaba las cosas desde ese punto de vista, me dijo: física cuántica, mamá; la variable eres tú. Esto me parece que  dijo. ¡¡¡Yuúupyyy!!! Qué alegría sentí al comprobar una vez más que la física me entiende. Y, entonces, salió a relucir la maravillosa incertidumbre, la evaluación contínua y la revisión de la experiencia, esas pequeñas cosas que tengo presentes en mis oraciones de reflexión diarias.

Un pensamiento optimista:
“No he conseguido enderezar el mundo, vencer a la necedad y a la maldad, devolver a los hombres la dignidad y la justicia, pero por lo menos gané un torneo de ping-pong en Niza en 1932, y cada mañana me sigo tumbando para hacer mis doce abdominales, así que no hay por qué descorazonarse”.


Pensamiento optimista: de Romain Gary; La Promesa del Alba; Mondadori 1997.
Fotografía: de la Nasa

3 jul 2010

Recién Nacida




Recuerdo la época en la que era peligroso hablar abiertamente sobre lo que uno pensaba: las ideas esperaron pacientemente ocultas, entre un desorden impecable, como tesoros de infancia. Tras una época de transición vino otra durante la que se podía hablar, y las ideas brotaron con coraje y surtieron sus efectos. Hoy, hablar claramente ya no produce efectos, y las ideas van cayendo como hojas condenadas a un lecho de otoño: aunque bellas, están muriendo. Ahora, no pasa nada. Y no pasa nada. Vemos pasar la vida con sus acontecimientos, tomamos el pulso a las opiniones y, efectivamente, desde hace mucho tiempo fluyen las quejas sobre la deshumanización y denuncias de todo tipo, se alzan montañas de ideas, ilusiones y esperanzas que se ven desde todas partes, y no pasa nada, sobre todo, porque, es cierto, no pasa nada. Únicamente parece que pasa, lo que nos sucede a cada uno; y en contadas ocasiones ciertos acontecimientos rebasan ese límite, a veces llegando a la prensa donde se desmadran a lo grande y pronto desaparecen. Porque las heridas que transporta el tiempo se van perdiendo en el olvido, incluso en nosotros mismos... Me siento enemistada con la humanidad; me divorciaría de ella sin dudarlo, para alejarme de sus consignas, que son como anclas, y que tanto le cuesta cumplir, porque el terreno firme por el que cree transitar la está devorando. Lo que sabemos ahora, que es mucho, es el fruto de anteriores ignorancias; pero, ¿por qué seguimos precipitándonos al vacío de la insatisfacción? No sé si quiero conocer la respuesta. Para consolarme pienso en que una respuesta es lo queda conmigo tras el vuelo que emprende una duda que me estuvo cuidando, acompañando y quemando, y, al partir, me ha dejado huérfana. No quiero respuestas sino incógnitas encendidas. Necesito que la humanidad me sorprenda gratamente. Regreso por el túnel del tiempo para encontrarme con ella, para reconciliarme, allí, cuando nos unían las mismas necesidades. Me fascina su peculiar forma de dar de sí, un maravilloso préstamo del universo. Y en este instante, cuando me dominan los pretéritos temporales, la humanidad tira de mí con el idealismo apasionado que nutre su larga mesa. Me dejo engañar una vez más, quizá haga una tontería, y vuelvo a la lucha, aunque no me conformaré con recoger las migas de esperanza que arroja desde el mantel a los corazones hambrientos. 
Después de todo, no puedo evitar mirarla... y devolverle un gesto de ternura. Como recién nacida, a la humanidad, todavía la quiero.

Imagen :Google (Flodeo)

28 jun 2010

Adivinanza


 Es una burbuja
que disorsiona el espacio de lo que hoy he vivido.
 Un niño que juega a que me oiga y sienta,
y que me sigue hasta donde triunfa lo desconocido.
 Una nube que dirige el silencio rumbo a la ficción.
 Pero, cuando desparece,
las horas que ha ido dejando
han ardido sin un propósito.

20 jun 2010

Contradicciones


Ciertos expertos no vacilan en afirmar que el ser humano es contradictorio; y parece que dejan ahí tan categórica afirmación, como dando a entender que forma parte de la naturaleza humana e, incluso, que es bueno. El caso es que esta idea rebota una y otra vez en mi cabeza sin encontrar lugar donde colocarse, tal y como me suele suceder con las verdades incuestionables que desde el principio de nuestros días se nos han venido sirviendo. Vamos a ver. Cuando empieza nuestro proceso de domesticación en edad temprana se nos inculcan unos valores -al principio sólo son palabras para nombrar nuestros actos-  que debemos llevar a la práctica una vez son impuestos y sin entrenamiento previo. Atención, a partir de aquí empezamos a decir adiós al modelo instintivo. Bondad y verdad son de los primeros nombres que nos tatúan.
Yo fui una niña rebelde y me trajo muchos problemas. Como mujer de una época en sepia me tocó observar y callar mucho más de lo deseable, gracias a lo cual pude mirar la vida desde la barrera y me percaté de muchos fenómenos que sucedían a mi alrededor. Me di cuenta, fundamentalmente, de que no había coherencia, solo verdades consuetudinarias, incuestionables e inviolables. Por fortuna crecí junto a la costa, en un lugar atestado de turismo extranjero; y con mis dotes observantes pude sacar algunas conclusiones, como que no todo el mundo es o actúa como se nos decía entonces.  El mundo era mucho más que la España en Sepia que yo conocía. Afortunadamente, insisto.
 A medida que fue pasando el tiempo comprobé que los potenciales alcances de la bondad y la verdad estaban muy limitados. Pero, si quería sobrevivir, efectivamente, tenía que aprender a manejar ambos conceptos y sus contrarios, combinándolos con mucha precaución, con astucia.
Me di cuenta de que desde el más humilde rincón hasta las más altas esferas, excepto en las películas, solían triunfar los malosos, o los mentirosos, aunque fueran descubiertos muchas veces. Con este juego, lo que sucedía es que vivía siempre con cargo de conciencia, porque estaba a caballo entre dos formas de actuar, una teórica y otra práctica, y no resultaba fácil. Cuando estuve en posición de dirigir mi vida, decidí abandonar el juego, me alejé del mundanal y me recluí en un faro. Digamos que opté por intentar experimentar con la honestidad lo más en solitario posible -como los vicios- al menos conmigo misma y con los míos.
Así las cosas, como animales de costumbre que somos, a lo largo del tiempo me he ido dado cuenta de que poner en práctica este tipo de astucia origina hábitos que se extienden por otros muchos ámbitos de la vida, dejándonos instalados abiertamente en este sistema de contradicciones que ya parece estar elevándose al altar de lo propiamente humano.
Si se premia abiertamente la mentira, la verdad o la honestidad serán las grandes proscritas de nuestra civilización. Desde la nave imagino con horror el día en que ambas formarán parte de nuestro registro arqueológico, y serán exhibidas en un museo como ingenuas rarezas de nuestro primitivismo que dificultaban las posibilidades de supervivencia.


Dentro de nosotros existe algo que no tiene nombre y eso es lo que realmente somos.

(José Saramago)

14 jun 2010

La Joya


Hacía tiempo que no me asomaba a esta ventana. He estado muy atareada con los estudios... y con otros problemas que, de momento, no tienen fecha de caducidad como los exámenes.
En los pocos ratos que me han quedado libres durante estos meses -que han sido muy pocos- he estado bajo la influencia y la meditación de las actividades que desarrollaba, tanto de los estudios como de los problemas. Resulta curioso observar cómo nuestro sistema mental va recolectando datos del enorme sembrado de la vida, los va incorporando a nuestra cotidianeidad y sin consentimiento. Esto, desde un punto de vista general, puede parecer maravilloso; pero no me lo parece tanto cuando aplico la lupa y pienso en ello desde las particularidades, ésas que van elaborando la joya de las experiencias de cada uno, donde cada repujado y filigrana que añadimos son una experiencia personal.
Vivimos en un mundo donde los individuos están bajo sospecha respecto a los poderes correspondientes: mientras los primeros tienen que justificar documentalmente cuanto afirman soñar, hacer o sentir, los segundos están exentos. Además, somos bombardeados a diario por un sin fin de opiniones inútiles y estúpidas que, de tanto de escuchar, acabamos por encontrar alguna “menos tonta”, ésta que nos acaba convenciendo y al final calificamos como “razonable”.
Decididamente, somos altamente influenciables, y peligrosos
Estoy pensando que no hay mucha exactitud en la expresión "somos un cúmulo de experiencias". Diría que somos un cúmulo de influencias que se van filtrando en nuestro organismo, circulan por nuestras venas y se depositan en nuestra mente. Me abruma lo influenciables que somos, me asusta. Como digo muchas veces, desde que nacemos nos guían hacia los gustos, los pensamientos y los sentimientos, todos comunes y corrientes. Mientras se nos coloca este uniforme social y moral se nos dice que cada individuo es único e irrepetible.
A nivel cósmico todos los seres vivos somos iguales. Y en el planetario todos somos hermanos; pero cuando cojo la lupa, observo que esto último no se cumple. En la práctica hay categorías de seres vivos y también de seres humanos. La mentira y la incoherencia parecen presidir en el país de la vida.
Hace unos días leí un estudio que afirma que los niños que mienten tienen más posibilidades éxito. Ya sé, ya sé: la mentira y el engaño son la base de la supervivencia. Es cierto; la pesca y la caza son un engaño que nos proporcionan alimento. También seducir a otro con promesas falsas preserva la especie, o se consiguen otros propósitos. La naturaleza se sirve de todo y desde este punto de vista sus mecanismos son legítimos. Sin embargo, veo que se produce un choque cuando aparece el modo de razonar humano que, a pesar de elaborar el común acuerdo y las convenciones, como una especie de uniformación ambiental, se muestra opuesto a cumplir con sus preceptos, recurriendo a la mentira y al engaño sin que estén involucrados objetivos de supervivencia naturales. La justicia no es un fundamento natural sino un invento de la razón humana; por desgracia, el hacer humano apenas vela por ella.
Tengo amigos muy jóvenes y lo que más valoro en ellos es su desinformación: su desconocimiento, su inocencia; la genialidad que aportan al pensar el mundo sin la “experiencia”, es decir, sin la suficiente -todavía- influencia del mundo. Alguno está a punto de entrar en la universidad y otros ya llevan dos o tres años; ahí están labrando los bancales de sus futuros, de los que recogerán la mayor parte de sus influencias.
Adoro sus capacidades de asombro, sus modos de cuestionar el mundo y a sí mismos. Aunque, me entristece pensar en los riesgos que correrán cuando empiecen la travesía: temo que se les arrebate la identidad y queden prisioneros de esa “experiencia” que hoy llamo influencia.
Sufro porque pueden quedar atrapados por el uniforme de la mentira y del sentido común, en el tiempo cuando una idea de entre muchas, la menos tonta, les parecerá razonable. Y esto lo digo por experiencia. ;)




1 ene 2010

Historia de una Locura




Hemos dado nombre a las flores, emociones a los colores y vemos danzar a la luz, cuando de todo ello y más, la Naturaleza es la que ejecuta la permanente revolución en la que vivimos.
Entre el amanecer del hombre hasta la conquista del espacio existe un lugar donde se cuece una humilde conquista, la propia:
quizá nuestra historia es la de una permanente locura.

¡FELIZ AÑO 2010!

13 dic 2009

Bajo el Peso de los Sueños



Tan enredada como estoy con los estudios, se me pasan los días sin saber en cuál vivo. No es que me preocupe, no, no me preocupa lo mas mínimo. Es más, si me apuran, diría que me gusta no saber en qué día vivo. Es lo más aproximado quizá a vivir en una nave espacial, donde las coordenadas terrestres carecen de sentido.
Sin embargo, esta madrugada ha ocurrido algo inesperado: ha llovido hielo. En efecto, el cielo escupía diminutos dientes -a estas alturas del mes, aquí ya los enseña-, unas blanquísimas bolitas de nieve-costa que rebotaban en la ventana del abuhardillado, y se acumulaban en una esquina del marco como un finísimo edredón desabrochado. Desconozco qué suerte de luz me permitía ver todo esto en la oscuridad.
Cada año intento contemplar este espectáculo con cierta novedad y con intención de no acostumbrarme a él. Verán, la nieve, para mí, siempre ha sido un lujo del que he disfrutado, la mayoría de las veces, en fotografías. Un lujo asociado a la Navidad. Y esto es lo que me ha mantenido hoy despierta hasta el amanecer. Navidad, qué época más extraña; cercana y distante, dependiendo del momento de la vida bajo el que se observe. Recuerdo cuando se produjo la ruptura; tenía trece años. Aquella Navidad fue diferente a todas las anteriores. Naturalmente que me sorprendió el cambio; aunque, no fui capaz de hablar de ello con nadie ni de explicarme a mí misma el motivo por el cual se producía. A partir de aquel momento nunca volvió a ser igual. La Navidad pasó a ser un contacto más, de los muchos que se tienen en el negocio de la vida, cuyo poder venía impuesto por múltiples intereses. Años más tarde comprendí que aquél momento era una bienvenida a otra de las muchas formas en que se manifiesta la desilusión. Y éste es, precisamente, el tema que me trae hoy aquí: la desilusión, un sentimiento que, en mi caso concreto, inspiró la melancolía de mi carácter y me formó como una exploradora de la vastedad del sentir. Por este motivo, un día, no tuve más remedio que sentarme en mi cama y ponerme a pensar: sentí que los humanos éramos hijos bastardos de los diferentes tiempos históricos, de la acumulación de decisiones convenientes de muchos otros y de sus intereses inmediatos. En aquel instante comprendí que los siglos de historia que nos preceden pueden convertirse en un pesado caparazón de costumbres y tradiciones que nos hacen caminar con paso de tortuga. Recuerdo que fue un día liberador; porque pensé que, pese a todos los obstáculos y al peso histórico que cargamos sobre nuestra espalda, lo único que me podría mostrar el rastro del futuro que anhelaba era soñar. Los sueños se crean o se desvanecen, pero nunca había oído pronunciar a nadie la frase, "vivir bajo el peso de los sueños"; y concluí que está posibilidad no existía.


Imágenes: Google imágenes.
La primera: Fondos de pantalla iphone.
La segunda: Fotonatura.org.

29 nov 2009

El Teléfono



¡Rig, ring, ring!...  (va derramándose el sonido por la mesa de estudio). ¿Diga?  Buenas tardes Doña, ¿puedo hacerle unas preguntas? (Los Carolingios bailando por los salones de la cabeza). Bueno... depende del tipo de preguntas me reservaré el aceptarlas, ¿le parece? Sí, sí, de acuerdo Doña. Del uno al diez, ¿qué nota daría usted al presidente del Gobierno? (Las nueve de la noche, vaya horitas de llamar). Un cero patatero porque rima y me salgo del rango que me propone. Ja,ja,ja. Bien, ¿y al jefe de la oposición? Otro cero le doy, por los mismos motivos. ¿Y a Fulanito? Pues no sé quién es. Bien. ¿Y a Zutanito? Pues, ni idea de quien es. Bien, bien. Y, ¿a Menganita? (Al otro lado, el bolígrafo rasca a la vez que gruñe el papel de la encuesta). Pues tampoco, ya lo siento. Jajajaja, sí, no se preocupe, no pasa nada. ¿Hay alguno que le haga tilín? Pues no, me producen bastante alergia, por no decir algo peor. Sí, ya; hay mucha gente que también dice que le pasa... eso mismo que usted dice. Muy bien, Doña. ¿Qué le parece la gestión llavada a cabo en su Comunidad en los ultimos años? (Vuelven a bailar los Carolos.) ¿A qué se refiere? ¿Ha notado usted algún cambio? Bueno, pues han mejorado mucho las carreteras. Sí, ya, me refiero en general.... Pues... no sé, la gente de por aquí no ha cambiado, es la misma, se comporta igual... Solo he notado lo de las carreteras como le digo, ya no son calzadas romanas. Ah, bien, bien, de acuerdo. ¿A quién votó usted en las elecciones del 2007? ¿Hubo elecciones en el 2007? Sí, sí. Bueno, ¿y en las del 2008? ¿Hubo elecciones en el 2008?  Una última pregunta. ¿Es usted de un partido de derecha o de izquierda? Bueno, yo soy partidaria del pensamiento y del conocimiento, nunca me he planteado si se inclinan a derecha o izquierda y tampoco me ha merecido la pena bajar a tocar tierra para comprobarlo. Ah! Comprendo, es usted una idealista... ¿...? Gracias, Doña. Buenas noches. Nohaydequé. ("...Pipino el Breve, en el año 744 ordenó...") ¡Clic!




Los Payasos Líricos


"Estoy resuelto a defender mi derecho a ser débil, y sólo mi amor a la debilidad puede hacer un héroe de mí. Esto es una contradicción, desde luego. Pero entendedlo bien: estoy dispuesto a dar mi vida por mis contradicciones. Todo lo referente a la presencia del hombre en la tierra es contradictorio, y el hombre es una contradicción que no permitiré que nadie destruya.
(...) Tal vez nos volvemos incapaces de amar, de vivir, y todo lo que tenemos en las manos y en el corazón se convierte en idea, en sistema, en abstracción.
(...) Y todo lo que puedo hacer es defender un mundo, un estilo de vida que respete mis contradicciones, mis aproximaciones, mis dudas, mis inciertas y cambiantes verdades y mis fraternales errores. Existe a nuestro alrededor, entre el error y la verdad, un margen piadoso de relatividad que nos salvará siempre, tanto de nuestros errores como de nuestras verdades. Nuestra pequeñez hará que escapemos a todos los cálculos; el hombre es algo que ninguna ley puede capturar ni contener.
(...) Solo tengo que tocarte, mi amor, para saber lo que es humano y lo que no lo es. El progreso es el derecho a la debilidad, penosamente conquistado, y penosamente conservado. Pero sólo se puede ser débil entre los que creen en la debilidad y la respetan. Y mientras tanto, mientras espero que el hombre prevalezca, debo aceptar la derrota, que será tremenda. Debo dejarte y plantarme ante aquellos que creen en el hierro y en la fuerza. Debo dejarte y esperar pacientemente hasta que ellos sean como nosotros -hasta que triunfen-, hasta que sean débiles. Debo ayudarles a debilitarse, a triunfar.
(...) Deja que se lancen de cabeza con su entusiasta certidumbre: caerán directamente en brazos de la duda. Deja que florezcan en la confianza de sí mismos: la duda llegará a ellos como una corona de espinas que será una realización.
(...) El hombre raramente fracasa cuando se propone mostrarse como tal."


Romain Gary





Fragmento: Los Colores del Día. 1960
Cuadro: Dalí. "Soledad"

Fotografía: "en la cuerda floja" de Google Imágenes


20 nov 2009

Cuando el mundo se afina...






Cuando el mundo se afina,
como si apenas fuera un filamento,
nuestras manos inhábiles
no pueden aferrarse a nada.


No nos han enseñado
el único ejercicio que podría salvarnos:
aprender a sostenernos de una sombra


(Argentina)

8 nov 2009

Mar



Después de una semana de temporal que no cesa, con rachas de viento huracanado y lloviendo granizos, imagino lo que nos espera. Antes de que se desatara la tempestad el Mar era toda una invitación, una trampa como la de la araña en su tela.
Nací, crecí y vivo junto al Mar; y pienso qué pasaría si algún día decidiese instalarme lejos de él. Su contemplación, cuando está sereno, infunde una emoción difícil de explicar.
Los humanos hemos abierto muchos negocios con el Mar, desde la supervivencia, el comercio, el deporte, la energía y la salud..., hasta la poesía. Y queda prendido en la memoria porque es nuestra cuna. A veces parece que respira sosegadamente, como un niño que lleva horas durmiendo, e inspira placidez. Otras veces se tiñe con colores prestados, tan inesperados y embriagadores que los sentidos hacen equilibrios entre la maravilla y la melancolía. Su nombre debería escribirse con mayúscula, como el del Sol, la Tierra o la Luna. Porque, pese a sus múltiples temperamentos, que dependen de su confinamiento, el Mar es uno.
Desde hace días está bravo. Parece que suplica y grita, y que ruge ya desesperado por los azotes de un viento despiadado e incontenible. El Mar emprende su venganza precipitándose contra el acantilado, haciéndose estallar en mil pedazos blancos que vuelan en anarquía mecidos también por el mismo viento. En su retirada lo veo sangrar entre las grietas de las rocas, arrastrando lo que queda de sí mismo para recuperar lo que considera suyo. ¡A cuántas aventuras incita! Y cuántas ausencias lava, para luego depositarlas limpias en la orilla como un regalo de humildad.

Fotografía: Jon Kepa

25 oct 2009

Si la cosa funciona

He visto la última de Woody Allen -tres veces- y en todas las ocasiones he salido entusiasmada. De este director sólo me gusta su cine de madurez, el de los últimos años. En “Si la cosa funciona” me encuentro al fin con un Allen que me convence porque coincide conmigo: su historia también es la mía. Me parece su mejor película; es demoledora, brillante, ¡genial!
A la salida capté al vuelo algún comentario sobre el filme: desfasado y superado.
Me quedé pensando en lo del “desfase”, más bien refunfuñando. Al llegar a casa hice lo que el protagonista del libro que estoy leyendo, usar el diccionario: “superar”, vencer, exceder.
Desde luego, cuando son las palabras las que se apoderan habría que volver a pensarlas, o definirlas de nuevo por lo que puedan esconder. Después concluí lo de siempre, que es imposible que las prendas del mundo nos queden como un guante a todos a la vez. La plasticidad de estar viva hizo el resto: el guión de “Si la cosa funciona”, escrito en los años setenta, tiene un trasfondo existencial que me resulta clásico e insuperable: nuestra pequeñez, nuestra debilidad y nuestra capacidad de comprensión. Somos seres desamparados, cada cual en su vía de extinción.
La película no me ha dejado indiferente. Le pone a uno al corriente de sí mismo y frente al universo: una situación que no cambia. A su modo o como puede, cada uno introduce y protagoniza una historia en la extraviada Patrulla humana. De aquí el desbarajuste; somos improvisadores de nosotros mismos. Nuestra existencia ha sido arrojada al regazo del azar, desde donde la vida nos sale al paso salpicando el camino con aciertos y errores, con casualidades y dudas.
Woody Allen ordeña la realidad, bien recurriendo a la física, bien desde el interior de las sorpresas, para descifrar los asuntos más comunes que nos tocan. Y cuando la felicidad es mordida por la lucidez se hace preciso ceder al consuelo de la amistad, la tierra mejor abonada para dejarse caer. Sobre la marcha, “intenta atrapar todo el amor posible”, dice; “y.... si la cosa funciona...”

15 oct 2009

ÍTACA




Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca
debes rogar que el viaje sea largo,
lleno de peripecias, lleno de experiencias.
No has de temer ni a los lestrigones ni a los cíclopes,
ni la cólera del airado Posidón.
Nunca tales monstruos hallarás en tu ruta
si tu pensamiento es elevado, si una exquisita
emoción penetra en tu alma y en tu cuerpo.
Los lestrigones y los cíclopes
y el feroz Posidón no podrán encontrarte
si tú no los llevas ya dentro, en tu alma,
si tu alma no los conjura ante ti.
Debes rogar que el viaje sea largo,
que sean muchos los días de verano;
que te vean arribar con gozo, alegremente,
a puertos que tú antes ignorabas.
Que puedas detenerte en los mercados de Fenicia,
y comprar unas bellas mercancías:
madreperlas, coral, ébano, y ámbar,
y perfumes placenteros de mil clases.
Acude a muchas ciudades del Egipto
para aprender, y aprender de quienes saben.
Conserva siempre en tu alma la idea de Ítaca:
llegar allí, he aquí tu destino.
Mas no hagas con prisas tu camino;
mejor será que dure muchos años,
y que llegues, ya viejo, a la pequeña isla,
rico de cuanto habrás ganado en el camino.
No has de esperar que Ítaca te enriquezca:
Ítaca te ha concedido ya un hermoso viaje. 
Sin ellas, jamás habrías partido;
mas no tiene otra cosa que ofrecerte.
 Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado.
Y siendo ya tan viejo, con tanta experiencia,
sin duda sabrás ya qué significan las Ítacas.



Fotografía: Capa de la Tierra. Google Imágenes

7 oct 2009

LA CIENCIA EN ESPAÑA NO NECESITA TIJERAS

De los motivos que me impulsan a participar en la iniciativa promovida por Javi Peláez, dos de ellos son muy personales: uno es que no quiero ver a mi hija, todavía en el segundo año de universidad, cómo se desanima en su proyecto como futura investigadora; no quiero que piense que EN ESPAÑA LA CIENCIA NO TIENE FUTURO, porque involucra su futuro; así que no deseo para ella el desánimo ni la desilusión. El otro motivo está relacionado con la SALUD.

Creé este blog hace años como una nave estelar con la intención de humanear con otra perspectiva por las salas de sus páginas. Los amigos que la visitan me permiten participar de la diversidad de ideas, pues vierten aquí múltiples opiniones, que lucen como estrellas, y me hacen sentir más hecha, más humana.
No son pocos los guiños que, con mis limitaciones, hago a la ciencia desde aquí. Digamos que la Ciencia, en todos los campos del saber humano, es otra niña en mi vida a la que mimo y cuido como si fuera mía, porque, gracias a ella, a la Ciencia, cada día también me siento más humana.

La ciencia afecta positivamente al desenvolvimiento de nuestro pensamiento y contribuye al conocimiento del mundo que nos rodea. Y si por un lado las creencias incuestionables empuñan el hacha, por otro se aplica la tijera, y a esto le sumamos las dificultades que no están en manos de unos y otros porque dependen de nuestras limitaciones, ¿dónde nos quedamos?

El científico descubre y crea. Tomando la voz de Gary Zukav: “la distinción entre científicos, poetas, pintores y los escritores no está del todo clara, y es muy posible que sean todos miembros de una misma familia de seres humanos, cuyo don natural es tomar las cosas que llamamos lugares comunes y re-presentárnoslas de manera que logren que se expandan los límites que nos hemos impuesto”.
Por lo tanto, cerrar puertas a la ciencia es cerrarlas al ingenio, al desarrollo humano. La ciencia nos hace más inteligentes, más críticos, más humanos. Su buen uso permite que nos instalemos en este mundo con cierto confort; y, ¿por qué no?, con orgullo: es el logro más destacado, el más útil, porque INTENTA EXPLICAR, porque OFRECE SOLUCIONES ante necesidades y problemas. La ciencia es un fruto extraordinario, el más grande que ha dado el árbol humano. Por todo esto, y más cosas que no se me ocurren ahora mismo, pienso que es EL MÁS ÚTIL DE LOS INVENTOS HUMANOS.

FRENAR EL PROGRESO DE LA CIENCIA es encarcelar el futuro, supone una mutilación que reduce el desarrollo y CIERRA EL ACCESO A MEJORES POSIBILIDADES.
En fin, un país que no dedica recursos suficientes a la investigación científica no sólo se perjudica a sí mismo sino a todos los demás, porque LA CIENCIA TIENE ALCANCE UNIVERSAL.

Deseo que la investigación en España se desarrolle LIBREMENTE, ajena a los adoctrinamientos, sin trampas competitivas, SIN TACAÑERÍAS NI ARBITRARIOS MEDIOCRES APAÑOS POLÍTICOS.
Por lo tanto, me opongo a toda clase de recortes que afecten a la investigación científica en España, porque LA CIENCIA EN ESPAÑA NO NECESITA TIJERAS.



4 oct 2009

REUNIÓN EN LA ALDEA


Iniciativa de

La Aldea Irreductible


LA CIENCIA ESPAÑOLA NO NECESITA TIJERAS







Próximo estreno


EL DÍA 7 DE OCTUBRE


en un montón de blogs


;)







26 sept 2009

Sentarse en la Luna



Cuando nació su primera hija sabía poco de la vida. Es más, se podría decir que no sabía nada. El mundo le resultaba un lugar hostil, así, sin más. Al ver crecer a la niña, tan saludable y alegre, supo que no podía transmitirle su sentimiento pese a sentir la obligación de prevenirla ante el acecho de los múltiples peligros. Una tarea difícil: el mundo que ambas veían podía ser el mismo, aunque no lo era el modo de percibirlo.
La niña era todo audacia y la madre andaba envuelta entre miedos, esos miedos inexplicables adquiridos a través de las fuentes de ciertos tiempos. ¡Era tan joven! “...Una edad estupenda, preciosa, para ser madre...”, venían a decir algunos de los “ciertos tiempos”.
La joven madre, ingenuamente, al principio pensó que para la pequeña no existían causas de sufrimiento; realmente, de su primera infancia, apenas encontraba recuerdos felices entre sus recuerdos. En la soledad de sus pensamientos se confesaba: no sé..., no sé...
Pero la vida no aguarda y ante las múltiples dudas que le asaltaban optó por observar a su cachorro intentando intuir qué esperaba de ella. Era un trabajo que empezaba cada mañana y rodeaba la noche, es decir, constante. Las dos niñas jugaron siendo madre e hija, lo único que podían hacer aún sin saber, ajenas a las bondades de la civilización que ocultan la naturaleza y al desamparo que produce simplemente existir.

Los meses y los años pasaban veloces como gacelas. Las preguntas de la niña, y los pequeños problemas que recogía de su mundo, se complicaban; se multiplicaron. La joven madre sólo podía ofrecerle ilusiones y, en último caso, un candoroso comodín de esperanzas.
Uno de los sueños más divertidos que ideó fue ir a sentarse las dos en la Luna para observar los problemas que a veces atormentaban a la más pequeña, un ejercicio que mantuvieron durante muchos años, incluso cuando la niña ya había alcanzado la edad adulta. (Muchos años después, en 1994, Spielberg adoptó una imagen parecida como logotipo para su Factoría de Sueños).
Sentadas allí fuera la humanidad se transformaba en un hormiguero, y las hormigas tenían gracia: ¡mira!, por allí unas se pelean entre ellas por un insecto; por allá otras cortan unas hierbas largas hasta dejar una calva en el prado; pero, en otro sitio, en medio de la selva, algunas necesitaban poco, recogiendo lo justo para llevar consigo al hormiguero; ¡mira!, por allí la lluvia las hace moverse más deprisa... ¡Son unas bobas muy listas!, acababa diciendo la pequeña. Desde allí vista, la Tierra ¡era tan hermosa, tan consoladora, tan inspiradora! Mientras reían, la madre atesoraba motivos y la niña rompía con sus problemas, que decrecían hasta caer en sus bolsillos.
Sentadas en la Luna se dieron cuenta de que nada les pertenecía, que sólo eran propietarias del puñado de sueños que caben en una vida y cada sueño es una gran isla plagada por los misterios de la naturaleza.

12 sept 2009

Atapuerca

 Ayer aterricé, como todos los veranos, en Atapuerca. Aunque navegué por la autopista, la carretera estaba algo complicada por el tráfico. El día se presentó magnífico, soleado y poco caluroso. El viaje de ida duró casi tres horas, un tiempo en el que fui emborrachándome con el paisaje trigueño.

La visita al parque temático de Atapuerca estuvo floja; quiźas el guía tenía hambre o estaba cansado de toda la jornada hablando y explicando las mismas cosas. Hoy no me importa demasiado, pues el retorno al pasado siempre me recompensa haciéndome recordar que no estamos tan lejos de aquello y que todavía nos queda mucho por hacer.

 
El guía ha conseguido hacer fuego

Compré un ejemplar de Toc-Toc, El Niño de Atapuerca
para mis sobrinas: estoy deseando leerlo y escucharlo con ellas. Me fascinan la curiosidad de los niños, sus caras de asombro y el atropello de su voz cuando preguntan.

Cabaña en el Parque Temático. Todos los niños se metían dentro.

El regreso lo hice por la ruta del Puerto del Escudo. De todo el trayecto, la zona que más me gusta es El Páramo de Masa, ahora salpicado con pequeños bosques de molinos. Al llegar junto a ellos, me dutuve y apagué el motor: las aspas rozaban el aire a cámara lenta y desprendían un sonido constante, como el sedante rumor de mar de fondo.

 
Estilizados y altos, mensajeros del viento 

El momento culminante llegó al atravesar  el Puerto de Carrales donde me sentí como el romántico doctor Skružný, de la película Mi Dulce Pueblecito, quien se olvidaba de conducir al contemplar el bello paisaje checo y decía: cada momento bonito de la vida deberíamos poder guardárnoslo para cuando lleguen los malos". 

 
En el fondo del valle, leña recién cortada

Entre la fronda aparecen algunas cicatrices de estío y sobre los árboles empiezan a posarse los primeros acentos de otoño.

4 sept 2009

Ubi dubium ibi libertas


Una amiga argentina, cuando no comprendía algo, me decía "enciérrate en tu pieza y ponte a pensar".
Yo le hacía caso, era unos años mayor y la consideraba más sabia. Me iba a mi cuarto, una buhardilla de cuatro pasos por dos, me sentaba ante la mesa de estudio y comenzaba a escribir. Lo que hacía, pienso ahora, era hurgar entre mis experiencias con el fin de sintetizar alguna idea conductora que me permitiera volver a empezar. En términos de aquélla época buscaba una señal en alguna parte para encontrar "el camino", ése que, según me enseñaron, todos tenemos asignado.
Escribir era la forma de no andar dando gritos mientras esperaba que el destino me saliese al encuentro. Quizá fue aquí donde me nació la afición. Atendía a un deseo sin forma ni contornos, un sueño sin nombre. No obstante, lo que descubrí fue que la vida es un laboratorio en el que algún experiemento explota y nos quema las pestañas.

Sin posibilidad de eliminar los interrogantes, afortunadamente, desde entonces, sigo transitando por la vida tras una pista, persiguiendo objetivos e improvisando la mayoría de las veces por carecer de suficientes datos. Digamos que con frecuencia actúo intuitivamente, es decir, poniendo el corazón a tejer una prenda sin saber si me servirá.
 Pienso que si funciona todo este lío es porque nos hacemos preguntas constantemente, desde siempre; de niños reclamamos unas respuestas a nuestros padres que nos dejan más o menos conformes; cuando esto ya no es suficiente buscamos satisfacer los interrogantes en todas partes, incluso entre aquéllos que también los tienen y no pueden ofrecernos respuestas. Pero, las respuestas, van llegando lentamente y no suelen ser definitivas.
Entre tantas dudas surge la necesidad de confiar en uno mismo, al parecer lo único seguro que nos ofrece la naturaleza, como si la fuente de esa confianza estuviese en nuestros genes.
Cada vez que encuentro una respuesta que me satisface me doy cuenta de que vuelvo a empezar, pues aparece un nuevo elemento con el que experimentar en el laboratorio. Y ¡me encanta!

Henry Miller lo expresó así:

Yo obedezco únicamente a mi instinto y mi intuición. No sé nada por adelantado. En ocasiones expreso cosas que no comprendo, con el conocimiento seguro de que más tarde su significado se me hará claro y comprensivo. Tengo fe en el hombre que está escribiendo, que soy yo mismo, el escritor.

Aunque no es santo de mi devoción, Bob Dylan dijo una vez:

Escribo una canción y sé que va a salir bien. Ni siquiera sé de antemano lo que voy a decir en ella.

Y Heisemberg:

Lo que observamos no es la naturaleza en sí, sino la naturaleza expuesta a nuestro método de interrogación.


 Dedicado a La Rata Paleolítica, cuya entrada sobre el maltrato animal me ha llegado al alma. ¡Gracias!

Título: "Donde hay duda hay libertad". Proverbio latino. De "El Mundo y sus Demonios", de Carl Sagan.
(Las citas son de "La Danza de los Maestros de Wu Li", de Gary Zukav).
La fotografía la conseguí en Google Imágenes, hace ya rato.