Nací, crecí y vivo junto al Mar; y pienso qué pasaría si algún día decidiese instalarme lejos de él. Su contemplación, cuando está sereno, infunde una emoción difícil de explicar.
Los humanos hemos abierto muchos negocios con el Mar, desde la supervivencia, el comercio, el deporte, la energía y la salud..., hasta la poesía. Y queda prendido en la memoria porque es nuestra cuna. A veces parece que respira sosegadamente, como un niño que lleva horas durmiendo, e inspira placidez. Otras veces se tiñe con colores prestados, tan inesperados y embriagadores que los sentidos hacen equilibrios entre la maravilla y la melancolía. Su nombre debería escribirse con mayúscula, como el del Sol, la Tierra o la Luna. Porque, pese a sus múltiples temperamentos, que dependen de su confinamiento, el Mar es uno.
Desde hace días está bravo. Parece que suplica y grita, y que ruge ya desesperado por los azotes de un viento despiadado e incontenible. El Mar emprende su venganza precipitándose contra el acantilado, haciéndose estallar en mil pedazos blancos que vuelan en anarquía mecidos también por el mismo viento. En su retirada lo veo sangrar entre las grietas de las rocas, arrastrando lo que queda de sí mismo para recuperar lo que considera suyo. ¡A cuántas aventuras incita! Y cuántas ausencias lava, para luego depositarlas limpias en la orilla como un regalo de humildad.
Fotografía: Jon Kepa
