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14 jun 2010

La Joya


Hacía tiempo que no me asomaba a esta ventana. He estado muy atareada con los estudios... y con otros problemas que, de momento, no tienen fecha de caducidad como los exámenes.
En los pocos ratos que me han quedado libres durante estos meses -que han sido muy pocos- he estado bajo la influencia y la meditación de las actividades que desarrollaba, tanto de los estudios como de los problemas. Resulta curioso observar cómo nuestro sistema mental va recolectando datos del enorme sembrado de la vida, los va incorporando a nuestra cotidianeidad y sin consentimiento. Esto, desde un punto de vista general, puede parecer maravilloso; pero no me lo parece tanto cuando aplico la lupa y pienso en ello desde las particularidades, ésas que van elaborando la joya de las experiencias de cada uno, donde cada repujado y filigrana que añadimos son una experiencia personal.
Vivimos en un mundo donde los individuos están bajo sospecha respecto a los poderes correspondientes: mientras los primeros tienen que justificar documentalmente cuanto afirman soñar, hacer o sentir, los segundos están exentos. Además, somos bombardeados a diario por un sin fin de opiniones inútiles y estúpidas que, de tanto de escuchar, acabamos por encontrar alguna “menos tonta”, ésta que nos acaba convenciendo y al final calificamos como “razonable”.
Decididamente, somos altamente influenciables, y peligrosos
Estoy pensando que no hay mucha exactitud en la expresión "somos un cúmulo de experiencias". Diría que somos un cúmulo de influencias que se van filtrando en nuestro organismo, circulan por nuestras venas y se depositan en nuestra mente. Me abruma lo influenciables que somos, me asusta. Como digo muchas veces, desde que nacemos nos guían hacia los gustos, los pensamientos y los sentimientos, todos comunes y corrientes. Mientras se nos coloca este uniforme social y moral se nos dice que cada individuo es único e irrepetible.
A nivel cósmico todos los seres vivos somos iguales. Y en el planetario todos somos hermanos; pero cuando cojo la lupa, observo que esto último no se cumple. En la práctica hay categorías de seres vivos y también de seres humanos. La mentira y la incoherencia parecen presidir en el país de la vida.
Hace unos días leí un estudio que afirma que los niños que mienten tienen más posibilidades éxito. Ya sé, ya sé: la mentira y el engaño son la base de la supervivencia. Es cierto; la pesca y la caza son un engaño que nos proporcionan alimento. También seducir a otro con promesas falsas preserva la especie, o se consiguen otros propósitos. La naturaleza se sirve de todo y desde este punto de vista sus mecanismos son legítimos. Sin embargo, veo que se produce un choque cuando aparece el modo de razonar humano que, a pesar de elaborar el común acuerdo y las convenciones, como una especie de uniformación ambiental, se muestra opuesto a cumplir con sus preceptos, recurriendo a la mentira y al engaño sin que estén involucrados objetivos de supervivencia naturales. La justicia no es un fundamento natural sino un invento de la razón humana; por desgracia, el hacer humano apenas vela por ella.
Tengo amigos muy jóvenes y lo que más valoro en ellos es su desinformación: su desconocimiento, su inocencia; la genialidad que aportan al pensar el mundo sin la “experiencia”, es decir, sin la suficiente -todavía- influencia del mundo. Alguno está a punto de entrar en la universidad y otros ya llevan dos o tres años; ahí están labrando los bancales de sus futuros, de los que recogerán la mayor parte de sus influencias.
Adoro sus capacidades de asombro, sus modos de cuestionar el mundo y a sí mismos. Aunque, me entristece pensar en los riesgos que correrán cuando empiecen la travesía: temo que se les arrebate la identidad y queden prisioneros de esa “experiencia” que hoy llamo influencia.
Sufro porque pueden quedar atrapados por el uniforme de la mentira y del sentido común, en el tiempo cuando una idea de entre muchas, la menos tonta, les parecerá razonable. Y esto lo digo por experiencia. ;)




10 jun 2007

La Redención de la Naturaleza


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Fotografía: Galatea


No me gusta leer noticias y nunca lo hago. Pero, por casualidad, he encontrado ésta:
Bush aborta el posible pacto para fijar límites a la emisión de gases de efecto invernadero.

Y, también, ésta otra:
Cientos de millones de personas se verán afectadas por el deshielo y la disminución de glaciares y cubiertas de nieve como consecuencia del cambio climático, según ha advertido el Programa de la ONU para el Medio Ambiente (PNUMA) en un nuevo informe.

La Naturaleza se nos muere.

Huir de las noticias es muy difícil, porque de lo malo siempre te acabas enterando. Hoy me he desanimado y he empezado a pensar. No he conocido el mundo sin guerras, conflictos o problemas. Encima la Historia ilustra de lo lindo: entran unas ganas de dejar de leer… Pero no es posible, al menos para mí.
Nací el año en que se murió Einstein. Fui uno de esos cachorros con patas largas y pies grandes que no produjo cambios a su alrededor, exceptuando el volumen desalojado en el espacio y las consecuencias normales de su existencia. Lo recuerdo todo en color sepia: luz a ciento veinticinco voltios, televisión con transformador y con la casa de Pepito íaaa, íaaa, hoó, dentro. Casi todas las personas con las que hablo, que son de la misma quinta, tienen recuerdos en sepia, como yo. Una época fea y triste. Teníamos poco y nos conformábamos porque no había mucho más. No había otra cosa. Cuando al crecer fui comprendiendo un poco soñé con un futuro más luminoso y alegre. Estrenábamos la palabra libertad. El futuro consistió en abordar una transición personal que viajaba con más rapidez que el río que nos llevaba, el cual, a su vez, también estaba mutando. La situación, pese a la lucha y las esperanzas que lograba concebir, era agotadora, incómoda. Un día se desvanecieron las esperanzas. Así, de golpe. Tendría ya unos treinta y pico. Por primera vez presenciaba conscientemente desatarse una guerra, desde el principio. La Guerra del Golfo. No como antes, que cuando tenía conocimiento de ella llevaba tiempo el conflicto. La esperanza pasó entonces a ser un acto de fe, una plegaria, cualquier cosa, irreal. Dejé de usarla.
Ahora resulta que el planeta se está muriendo desde hace mucho tiempo. En definitiva, que no he tenido tiempo para apreciar las bondades del mundo. Si las ha habido han estado dispersas, han sido pequeñas o han permanecido ocultas por los desmanes humanos. A veces parece que vivir es como ascender por una duna; tras la dificultad, en la cima se cierne la gran amenaza: nos quedamos sin planeta, sin casa.
Coincidiendo con las manifestaciones del cambio climático, mi jardín ha experimentado un crecimiento espectacular, alarmante por lo rápido y raro. Me da pena. Porque, cada vez que lo miro me doy perfecta cuenta de lo que está sucediendo. He nacido en un mundo hostil e incómodo, donde me siento echando las últimas miradas; porque la belleza que hoy observo, quizá no volveré a verla nunca más. Al contemplar lo que queda siempre pido el mismo deseo: que la memoria me acompañe hasta el final.

El escritor lituano, Romain Gary, (1914-1980) a través de su novela Las Raíces del Cielo denunció que “el cielo ha plantado en la Tierra unas raíces que nadie tiene derecho a arrancar.”
Y antes, el florentino, Giovanni Papini, (1881-1956) en la Redención de la Naturaleza escribió:
“La Naturaleza espera y gime esperando la imposible redención, la reconquista de la reluciente belleza del principio.
Esperan en aquella fúnebre paz los tallos floridos, esperan los manantiales polvorientos, esperan el fruto escarchado y el animal herido, esperan las minas de los cerros, los vedes caminos de los ríos, los áspides de los pedregales, las palomas asombradas, las vacas tumbadas en los establos, esperan todos los animales creados y humillados, los que han caído junto al hombre, por culpa del hombre, y que esperan del hombre reintegración y alivio.
La Naturaleza anhela y espera en esa sumisa estagnación su perdón y su triunfo”.

Ya sé que la escasez de sol produce melancolía. Pero llevamos ya varios días teniendo unas horas de sol. Quizá quede una dulce resaca. O quizá solo esté intentando consolarme de los malas noticias y los oscuros presagios echando la culpa a la ausencia de luz, porque se acostumbra la sangre al cortejo de su música.

20 feb 2007

La Luna en directo.

La memoria abarcaba escenas y frases; luego, tomaba rumbo al jardín de la iglesia, donde revivía la última noche: aquellas pupilas del padre Anselmo, secuestradas por la desesperación. Su figura estaba postrada; su rostro, vencido.
En una ocasión me dijo que yo era un naturalista y un gran aficionado del ser. Y sin duda alguna, todo su esfuerzo, su fracaso, era una circunstancia enredada en mi fabricada afición.
Después de dos semanas repasando los acontecimientos ya no tuve ninguna duda sobre mi responsabilidad en la crisis del sacerdote. El peso de lo acontecido me apremiaba. No podía esperar más. Pero… me faltaba inspiración. ¿Qué le diría? Todo se venía abajo para volver a empezar. Sin embargo, un impulso me arrastraba; porque la Naturaleza permanece fiel a sí misma; ella abre un camino y no permite que nos detengamos por mucho tiempo.

El día antes de volver a verle subí con el coche arriba de Sucrelagua, en busca de aquél primer recuerdo balsámico, de cuando llegué. Volví para mirar la carretera estrecha que acunaba en cada curva un giro de la vida y un punto de teja rojo. Desde el alto observé el mar cubierto por un velo de nostalgia, la mía propia. Nadie está a salvo. Entre los viñedos y los almendros hallé el orden escalonado de una naturaleza cautiva. Así descubrí que la Naturaleza es la auténtica fugitiva: tiene que esconderse en rincones inexplorados para mantener su integridad. Encontré, abajo, el nido amueblado en la plaza... Y permanecí un buen rato en la cumbre, intentando acuñar la metáfora.

Pasé la noche elaborando un texto, que retuve en la memoria con la intención de llevárselo a don Anselmo por la mañana. A ratos, me levantaba del sillón y me iba ante el espejo para pelearme con el orgullo. Después, más aliviado, recordaba que la vida se inclina para recogernos y el hombre, en su escalada, se queda con el puesto de pésimo aficionado. No hay vuelta de hoja.
Hacia las seis de la mañana, crucé la plaza. Todavía no había amanecido. Una noche en vela me había aclarado las ideas.
Me detuve frente al patio de butacas: allí echaban la Luna.
¡Vaya película! Todavía se la podía ver, colgada de las profundidades, ajena a los desperfectos que había ocasionado.
El sueño de esta gente se me anudó en la garganta y adquirí una vaga conciencia sobre su peso. Caminé hasta el cementerio y entré. Me senté en un banco y encendí un cigarrillo. El cielo todavía era un borrón azul oscuro, deslucido en un extremo por siglos de albas.Pensé que el sol nos deja un cielo recién nacido, resplandeciente, pulido, sin esquinas. Entonces, imaginé el amanecer como el nacimiento de un niño, y me puse nervioso como el futuro padre al que le gotea un temor, o una culpa. No dejaba de ser chocante que me pusiera a pensar en recién nacidos, mientras intentaba aguantar el tipo rodeado de difuntos. La oscuridad me estaba cobijando. Porque la noche, aunque parezca sumergirse entre dificultades, se esfuerza, sin embargo, por devolver los votos de serenidad al comprometido silencio. Y al contemplarla bajo las estrellas, la conquista de soledad se vuelve intensa. Sólo el sol o la luna vienen con noticias. Eso es lo único cierto.
En el tinte provisional del cielo comprobé que me había quedado sin armas para sujetarme. ¿Había cambiado yo o había sido el mundo? La memoria me había fallado; no recordaba lo que venía a decirle al cura. Después, un esquinazo en el tiempo; un aplazamiento de la existencia bajo el plácido sueño.
El reloj de la plaza me acribilló el oído al dar las nueve. La realidad seguía su curso, se estaba moviendo, me llamaba; tomé la idea prestada y dócilmente la seguí.
Atravesé el cementerio y me acerqué hasta la iglesia. La cancela del jardín de la sacristía estaba abierta. Quizá, don Anselmo... o su hermana, olvidaron cerrarla por la noche.
Me arrastré lentamente hasta la zona de huerto para no ser descubierto.
Y, entonces, aparecieron las buganvillas.

6 dic 2006

A propósito del amor

Hace unos días encontré un artículo sobre el enigma del amor. El autor hacía una llamada a la opinión -no era la única- en un intento por buscar definiciones. Citaba a Ortega y a Spinoza, entre otros.
Investigar sobre el amor es una empresa difícil, donde las opiniones se encuentran divididas. Por más que se quiera hablar, cada opinión incluye el riesgo de estropear el sabor que se desea conseguir del guiso lingüístico sobre el amor. Puede adornarse como se quiera; podrían añadirse todos los ingredientes oracionales que se encuentren; la receta nunca quedará completa, siempre faltarán elementos: palabras. Además, habrá que revolver entre las ideas para encontrar una que se acerque, a duras penas, a lo que se intuye.
Al aproximarnos al amor encontramos una nube inquieta que no se puede apresar, porque cambia constantemente de forma y solo conseguiremos que nos envuelva y nos invada.
El objeto de tan insistente búsqueda se encuentra en el interior del ser humano: sufre de "ansia" por tener el dominio sobre la realidad que le rodea y, cómo no, también ansía tenerlo sobre al amor.
El dominio sobre cualquier asunto de la realidad, parece alcanzarse cuando alguien encuentra una idea que coincide consigo mismo. Y entiendo que el articulista necesita esto: una idea sobre la realidad del amor que coincida con lo que intuye.

El amor es subyugante: aparece de pronto, cambia en el tiempo y, más tarde, se desvanece dejando atrás un rastro más o menos doloroso. Es un sentimiento que surge, aumenta, domina y nos deja a merced de la felicidad y el dolor. La voluntad no puede hacer mucho al respecto. Frente al amor solo podemos proteger nuestra vulnerabilidad; podemos abandonarnos a la ciega necesidad que nos empuja hacia él, a la disposición que presentamos los seres humanos o, por el contrario, protegernos, no sin dificultad, para evitar que nos infecte.

Para investigar la naturaleza del amor quizá habría que acudir a su origen, tal y como se hace con cualquier otro aspecto de la realidad. Por lo tanto, sería lógico indagar a fondo hasta dar con un origen claro, irrefutable. En toda exploración, además, es preciso encontrar un razonamiento deductivo que conduzca a un final satisfactorio, redondo, también irrefutable. No en vano se afirma que para analizar las cosas en profundidad hay que acudir a su origen. De poco sirve tratar los síntomas de una enfermedad sino no conocemos la causa que la produce. El amor no debería recibir un trato diferente.

El autor del artículo se apoya en los criterios de profetas, teólogos y filósofos. Incluye, además, su propia opinión, que resulta difusa porque, entre una definición y otra, intercala una duda que arrastra por cada una de las líneas de su exposición. Produce definiciones, las enlaza y las enmarca dentro de un gran interrogante, su propia duda. Pero no bucea en los orígenes del amor; tampoco menciona cómo ha ido aumentando la bola de nieve, a medida que el ser humano se volvía más y más complejo. Tan solo hace un gran esfuerzo con la idea general del amor y, en concreto, se centra en la idea del amor de la pareja en el seno del matrimonio.

El origen parece claro; el amor contribuyó favorablemente en el mantenimiento de la especie. Es el amor rudimentario, animal, estacional, efímero. Todos sabemos que el ser humano ha cambiado las cosas, aunque no su naturaleza; o por lo menos, no del todo. Con su forma especial de residir en el mundo, ha creado “hábitos”; entre esos hábitos se encuentran los “hábitos sentimentales”. No es “natural” –salvo raras excepciones en la naturaleza- que las parejas permanezcan unidas durante toda la vida. Entre los monos, desde luego, no lo es. Y el hombre no es otra cosa que un mono alterado genéticamente, una especie evolucionada capaz de analizar la realidad y de vincularla a sí mismo; es una cuestión de pura necesidad, de supervivencia. Y el amor, en todas sus manifestaciones, para el ser humano es una necesidad como otra cualquiera. No podía ser de otra manera.
Con la civilización han ido surgiendo los hábitos sentimentales, como han surgido otros muchos hábitos necesarios, que al hombre le son ya fundamentales para vivir.

El autor del artículo da un nombre a una clase de amor y habla del “amor entrañado”. Sobre él afirma que es un amor integrado en las entrañas, que crece en el seno del matrimonio. Sinceramente, creo que al amor entrañado no se le puede atribuir una pureza original porque, tal como lo veo yo, es una “clase de amor habitual” que se vierte sobre una necesidad social humana, la de las seguridades. El matrimonio es una creación cultural del hombre, que obliga a una convivencia y ofrece seguridad a la prole. Es un amor “forzado”, cautivo en una circunstancia artificial. Pese a tratarse de un amor “civilizado” no es menos bello ni menos intenso, aunque pasa a engrosar la larga lista de hábitos sentimentales y habría que analizarlo dentro de éstos.
Esta palabra, “seguridades”, es ya un eje importante de la vida del ser humano de hoy, porque necesita estar (o sentirse) “seguro” entre muchas cosas. Unos se conforman durante toda su vida con lo que han alcanzado a comprender y con todo aquello que han obtenido en un primer estadio. Otros, sin embargo, no estarán conformes y dudarán mucho, seguirán haciendo preguntas a la realidad que nos rodea, una y otra vez. Pero el factor común a ambos, es que todos necesitan algún tipo de seguridad, con respecto a cualquier cosa; todos necesitamos atrapar “algo”, para sentir que la vida merece la pena. En torno a ese algo construimos una creencia y así lo hacemos nuestro. Es una cuestión de “seguridades”. Necesitamos sentirnos seguros, al menos en una cosa, para poder seguir haciendo lo que nos viene en gana. Resulta paradójico que precisemos de una atadura para poder pensar o sentir que somos libres. Y el amor no está excluido; el hombre ha construido con él castillos inmensos, verdaderos mundos aparte: dogmas de fe, responsabilidades, esperanzas, cárceles… y, por supuesto, la necesidad y la seguridad… en fin, grandes obras. Parece ser que sin amor, el mundo actual perdería toda su cohesión.

Volviendo al artículo, el autor sitúa el “amor entrañado” dentro de una escena de infidelidad. Es de suponer que lo hace así para crear un contraste; describe una escena donde uno de sus personajes –ella- intenta describir a su amante el amor que siente por su marido. Esto induce a establecer una comparación con el amor que siente por su amante, quien no parece entender las explicaciones de ella.

Creo que no hace falta recurrir a una escena tan corriente. El amor “entrañado” en el matrimonio, bajo mi punto de vista, se compone de elementos que interaccionan entre sí, como la complicidad, necesidad, comodidad, seguridad, fatiga, aburrimiento, costumbre, apego, tranquilidad, cariño, dependencia… etc. El amor entrañado que se pretende descifrar, solo puede mantenerse satisfactoriamente si ambos miembros de la pareja tienen capacidad para sorprenderse mutuamente, con cierta asiduidad; es decir, cada uno conserva su individualidad (crecen con independencia) y se reúnen muy a menudo para compartir sus hallazgos.
Es cierto que estamos sujetos a requerimientos biológicos que pueden alterar “por encantamiento” el orden de cosas que se establece dentro del matrimonio. Estoy convencida de que esta clase de amor es prácticamente inmune a esas infecciones, no necesita de otras experiencias, porque mantiene muy atareada a la pareja con las que ya comparten mutuamente. La clave del éxito podría estar en esta frase: “no he encontrado nunca a nadie que me guste más que tú”. Y cuando esto sucede, no quiere decir que se haya dejado de explorar el mundo y solo “estás tú”, sino que quiere decir que, “tras muchos años compartidos, todavía eres inaccesible, aún tengo que luchar para que permanezcas a mi lado, tienes algún misterio guardado…y me tienes aquí, atado a ti”. Creo que lo dice todo.

El amor, en definitiva, es un sentimiento que cambia con el hombre, que evoluciona con él. Y por ello, no se puede apresar, no se puede comprimir con palabras; lo producimos, simplemente.
El amor tuvo un origen, surgió en bruto; y con el tiempo, en el interior humano, se ha ido puliendo y tallando como una preciosa gema, cuya complejidad le otorga un valor incalculable. Y por ello seguiremos derramando hermosas frases.
Aunque, nunca estaremos seguros de si se trata o no de un engaño, porque, a veces, acecha la sensación de que las múltiples caras del amor son disfraces que nuestra mente crea, para poder seguir reconciliándonos con las nuevas situaciones que nos prepara la existencia, y con los nuevos sentimientos que florecen al caminar a través de ella.

4 dic 2006

El Huerto y el Cura

La cancela del jardín de la sacristía estaba abierta. Quizá el padre Anselmo, o su hermana, se olvidaron de cerrarla por la noche. Entré con sigilo, y me escondí bajo el macizo de buganvillas para observar al cura cuando entrara.
Todavía era temprano. El sol radiografió las hojas de los cerezos y las dejó al desnudo. Sentí un deslumbramiento, como cuando se observa algo que deleita en exceso.
Una forma de esperanza emergió torpemente del caudal de sensaciones en el que me encontraba inmerso; y la potencialidad de la vida se me fue acercando con la tibieza de la luz errante, justo cuando se quebraba el silencio: un roce de aromáticas, una esperanza en el lecho de la ignorancia.
El padre Anselmo era bastante joven para jubilarse; sin embargo, saltaba a la vista que se sentía acabado. Seguramente, no había encontrado dónde depositar el sentimiento de culpa que nos acechaba a ambos; en mí, que estaba convencido de tenerla, o sobre sí mismo porque le había flaqueado la fe.
Pocas veces había tenido el cura la sensación de haberse equivocado. Aunque su espíritu había acumulado suficientes contradicciones, y en pocos días se habían materializando en su rostro y en su cuerpo. Puede que fueran la vanidad y el orgullo del pecado original, porque creyó que la Palabra de Dios no era suficiente. Sus palabras habían liberado un residuo de su corazón que debió haber sido estampado contra la pared oscura de una noche cualquiera. Su voz se distrajo, se perdió entre la espesura de un bosque humano que no quiso renunciar a un sueño.
La puerta de cristales de la sacristía se abrió; y mientras el padre salía, su hermana le volcó un susurro en el hombro:
-no quiero comer nada -dijo,- quiero estar solo.
El movimiento por el huerto atrajo un zumbido de abejas desde la higuera y el cura empezó a sacudir los brazos alrededor de la cabeza, quizá sin saber exactamente a quién debía espantar. Luego investigó en sus manos, como esperando encontrar en ellas el rastro de los años perdidos.
-Quiero estar solo-, repitió en voz baja, mientras fue hundiéndose en la espesura y las sombras, donde la luz trazaba líneas con las partículas brillantes del aire.
Se detuvo junto a la higuera. El sonido de abejas se redujo a un sonido monótono que el sacerdote asumió como un salmo: canturreaba como un demente perdido en el espacio de un recuerdo.
Por fin se sentó bajo el árbol, abrió un libro imaginario entre las manos y empezó a leer. La voz se sofocaba, se estaba consumiendo. Una fotografía, eso era; una instantánea a contraluz de la impotencia que arde en el alma de un hombre.
El padre todavía no me había visto. Me quedé observándolo un buen rato, temiendo que mi presencia añadiría ascuas a su hoguera. Tuve la tentación de huir. Entonces sentí la vida enhebrando mi cuerpo; y volvió el roce de la esperanza que me empujaba suave pero firmemente, hacia el hueco de existencia que intentaba abrirse en el tiempo.
Sonaron las diez en el reloj del ayuntamiento. Salí de entre las buganvillas y me coloqué muy cerca, bajo un cordón de luz. El reflejo del rayo sobre mi americana blanca chocaba contra su sotana y la iluminaba, pero él no se inmutó.
-Padre -le dije,- si le parece bien, puedo hacerle compañía.
Ni siquiera me miró. Cerró el libro juntando las palmas:
-¡Amén!-dijo-. Después arrastró la mirada por el suelo y se dirigió a mí:
-eres un buen muchacho, doctor, hace días que no charlamos.
Era la primera vez que me tuteaba. Por un momento creí que desvariaba. Permanecí callado unos instantes; esperaba algo más. La situación me intranquilizaba. Al fin contesté, ejerciendo de niño, en aparente desigualdad e incapaz para hacer daño.
-Padre -le dije-, cuando mira el cielo por las noches, ¿no tiene la impresión de que ahí fuera vive alguien más?
Al instante me arrepentí de mis palabras.
Pensé que la atracción de la ilusión sobre el desengaño era muy fuerte, que ambas se encontraban a poca distancia y tendían a reunirse pronto. Era preciso reconstruir el momento para evitar que la realidad estallase. Pero mi destino dependía ya de su voz.
El padre Anselmo me clavó sus ojos húmedos. Me respondió que un rayo de lucidez había herido su conciencia y que bajo la ampolla había encontrado una piel nueva.
Luego me examinó con sed, pero no me atreví a decir nada. Y, entonces, hallé en su rostro una inteligencia extraordinaria.
Me preguntó:
-¿sabes por qué leía en mis manos?
Y sin apenas respirar, respondió:
-porque ya no son las mismas.

El hervor de insectos aumentó cuando empezamos a pasear por el jardín. De pronto, igual que había hecho antes, se detuvo ante la única morera, que llegaba hasta el suelo. Abrió la densa cortina de hojas y observó las entrañas, diciendo:
-cuando nos asimos a la Naturaleza escuchamos el corazón de todos sus hijos, nos alimentamos unos de otros, compartimos un alma.
Luego, con la mano sobre la frente, continuó:
-el secreto de todo está aquí, doctor; entre los pliegues de esos pensamientos tuyos he encontrado una Fe que parece más auténtica que la anterior.
No supe qué decir; no conocía ningún remedio que aliviara el dolor del hombre, en cuyo corazón crece la necesidad de reunir el misterio del mundo con su propia mente. Porque la verdad de su espíritu, sujeta antes a la voluntad de Dios, estaba echando raíces en torno a esta nueva concepción.

2 dic 2006

María

Pasear por el puerto la tranquilizaba. Comenzaba por la zona de los yates para terminar en el espigón. Llegaba hasta la baliza y bajaba por las rocas. Después se sentaba a contemplar el movimiento del agua. De vez en cuando alguna ola le salpicaba la ropa; entonces pensaba que el mar se sentía molesto, perdiendo intimidad. Aquella salpicadura era su protesta, y comprendía que la ola que le mojaba era una ola desesperada y el mar, a su modo, también suplicaba.
Bajó la cuesta empinada de una calle muy estrecha. A media altura vislumbró los mástiles de los yates que se balanceaban como los elefantes cuando están parados. Recorrió el paseo de las palmeras hasta la playa y se detuvo ante la corpulencia de la arena. Con los ojos entreabiertos, los montículos que había esculpido el viento sugerían el desierto de las fotografías. Y permaneció unos instantes, sobre la línea de la ilusión, evocando el perfil de unas dunas y caminando hacia un oasis de Coca-Cola que temblaba bajo los efectos ópticos del calor. No había un alma, solo ella y el mar que respiraba sosegadamente. El aliento tibio olía a salitre y a brea. Ante la imagen de aquella playa, nacida hace casi una eternidad, Ella rastreaba el fondo de una existencia sin final. El sonido del mar la atrajo. Hundió los pies en la arena; el calor concentrado los envolvió. A medida que se iba acercando empezó a creer que ahí estaba el último superviviente, poniendo a secar las olas al sol de la orilla. En el cielo, el sello redondo de la luna, una huella calcinada de lo que unas horas antes había sido. La brisa húmeda y templada que recorría la playa se deslizaba entre las hebras de su pelo; las mechas tamborileaban en su espalda como dedos impacientes. Ella imaginó una cabeza con dedos que le palpaban las ideas. Y pensó que la mente se nutre de vaguedades que se hornean Dios sabe dónde. Aplanó la arena con las manos y dibujó una cabeza humana plagada de dedos; durante unos instantes la observó como esperando la clave de algún secreto. Percibió un punto alejado en su espíritu que le atormentaba desde hacía tiempo.
Siempre le había sorprendido de los ancianos, que sus recuerdos más lejanos se descomprimieran como por arte de magia, para convertirse en los únicos vigilantes de sus adormecidas mentes; por esto creía que los secretos que guarda el alma, tal vez atravesarán un día la memoria para acompañarnos hasta la antesala de la muerte.
Caminó levantando la cara, recibiendo la caricia de la brisa y dejando a las olas que se le enredaran en los tobillos. La espuma del mar plagaba la orilla de destellos y se imaginó pisando nidos de estrellas. Al llegar al final vaciló un instante; en las rocas, la erosión había esculpido pequeños cráteres y otras formas puntiagudas que podían cortarle en los pies. Tanteó los filos con las manos y avanzó despacio. Se sentó muy cerca del agua, que estaba cristalina. Percibió los cambios de color del fondo; la arena ondulada, unas zonas más claras y otras más oscuras. El sol empezaba a quemar. Un cangrejo flotaba, yendo y viniendo, empujado por una ola. Por fin alcanzó la roca; se abrió paso cómodamente por el relieve. Un punto brillante de sol borraba temporalmente las manchas de su caparazón. El animal se movía entre los cráteres y las gotas aplastadas de alquitrán. De pronto se detenía en un hoyuelo inundado y, tras unos instantes, proseguía su búsqueda.
-¡Infeliz! - dijo -Mientras tú rastreas por la roca yo lo hago en el horizonte. Al oírse comprendió que nunca había sido libre. Había una ley natural, además de las nuestras, que llevamos tatuada en alguna parte. ¿Cuántas veces había dicho, “ley de vida?” Mil veces; a lo largo de la carrera, en su trabajo: es un comentario familiar; vale al nacer y al morir. Se cumple en todo.
Unos meses atrás leyó una novela que le había dejado vivamente impresionada. El recuerdo de ésta le llevó tras la imagen de un hombre que se aísla en el corazón de la selva y observa el cielo que allí encuentra, lo contempla en silencio. Entonces ve nacer en el cielo unas raíces que se extienden hacia la Tierra, que la sujetan y la mantienen unida al Universo. Pero, inmediatamente, el cielo comprende que nada se asemeja ya al origen, que es puro artificio; que el hombre domina y mata por una idea y por placer; que se proclama rey de las especies, las manipula y las transforma; que el poder que ejerce destruye cuanto le rodea. Entonces, estas raíces, se retiran dejando a la Tierra flotando sola en el Universo, en una deriva de destrucción. La historia más lúcida que había encontrado en letra impresa: la soberbia consuela nuestra insignificancia; intentando superar la perfección de la Naturaleza hemos destruido la belleza natural y creado otras artificiales, a nuestra imagen y semejanza.
Empezó a pensar que existe una traición en el ser humano, y es la contradicción de sentirse “hombre”; por ello ha quebrantado la única ley natural que se le impuso: ser humano, ser fiel a sí mismo. Y llegó a la conclusión de que entre todos los seres de la creación, el hombre era el único que se había vuelto loco.

1 dic 2006

El Nacimiento de lo Humano

Ante sus ojos se desplegaron los fenómenos naturales y lo envolvieron como una piel de la que jamás podría desprenderse.
La forma humana de mirar arrancó las cosas de su sitio y las aisló como cosas únicas.
Todas estas cosas, al principio, se sostuvieron en su espíritu, ajenas a su voluntad.
Fue un impulso curioso, primitivo, dominador.
El ser humano experimentó para dominar con el pensamiento, porque deseaba conocer la naturaleza profunda de las cosas.
Nacía el ser humano.
La complejidad de la vida y su rápida efervescencia le llevaron a la primera intromisión en los asuntos de la naturaleza.
El primer paso fue la supervivencia, una tentación ineludible. Todos los seres necesitan alimentarse y protegerse.
Y la vida, en sus códigos más íntimos, lleva escrita una máxima: abrirse camino.
El ser humano, a diferencia de las demás especies, intuyó esta intención de la vida y se enfrentó a la enfermedad, que en un primer paso intentó curar y más tarde prevenir.
Pero, tras el sufrimiento del cuerpo se desperezaba un miedo que le dominaba a intervalos, un misterio que se fue haciendo constante.
Alzó su voz al cielo: ¿hay alguien superior que lo gobierna todo o es producto de esta joven inteligencia?
Gracias a sus antepasados, la criatura humana fue acumulando alguna sabiduría. Aunque le seguía asaltando el vacío existencial, un vacío que, a menudo, se confundía con la premura de la cotidianeidad.
La intuición yacía prisionera en su mente: tan solo tenía que dar rienda suelta a sus presentimientos, volcarlos en sus sueños y empezar a darles forma.
En una palabra: imaginar. Y esculpió un mundo nuevo, que al Universo ha sido indiferente.