19 mar 2007

Petra.

Una fría mañana de invierno, Gregorio Samsa se despertó convertido en su secretaria.
No recordaba haberse traído ningún sueño desde el fondo de la noche. No se levantó con la impaciencia de siempre, que le hacía saltar de la cama para dirigirse al baño, y acto seguido lanzarse por las horas que iban componiendo su vida desde hacía cuarenta y ocho años. Resultaba extraño. ¿Acaso no había soñado? ¿Qué había estado haciendo entonces? La luz se dilataba lentamente y los muebles del dormitorio iban recobrando su forma de siempre. Había amanecido y todavía no se había levantado. Tenía sueño y frío; además, presentía que si se precipitaba le entraría un humor de perros.
Gregorio Samsa era un hombre enérgico que ocupaba un puesto importante en la administración. Su talante soberbio le llevaba a hacer creer a cuantos trabajaban junto a él que le debían sus puestos o sus ascensos; en definitiva, coleccionaba deudores temerosos de su poder. Sin embargo, aquella extraña mañana, cuando retozaba entre las sábanas, intentando atrapar el desconcierto que le invadía para someterlo a su voluntad, para aniquilarlo sin más, descubrió el cuerpo de una mujer dentro de su cama. Espantado, palpó el colchón impulsado por la ansiedad de averiguar de dónde salía aquél cuerpo y hasta dónde llegaba. Encontró los pies, que eran terreno neutral, y avanzó; las piernas eran normales, la cadera había engordado un poco... empezó a sudar angustiado. Encontró una cintura redonda y delgada que no le era familiar , pero cuando llegó al pecho gritó; inmediatamente acudió al sexo: no estaba, allí no había nada, ¡había desaparecido!. Saltó de la cama y corrió en busca del espejo; en lugar de su rigurosa calva encontró una espléndida mata de pelo rubio que le llegaba hasta los hombros. Buscó entre los rasgos de su rostro alguno que le recordara a sí mismo, pero no halló nada. Los ojos tenían otro color, sus labios finos ahora eran gruesos y amables, sus pómulos se marcaban con una redondez delicadamente femenina, su narizota se había vuelto pequeña y tenía la punta fría. Se pellizcó varias veces para despertar, se abofeteó la cara, se golpeó el cuerpo; le dolió pero no despertó. No estaba volviendo de ninguna parte, estaba cautivo en otro cuerpo.
Envuelto en una extraña nebulosa, que obedecía a un profundo estado de confusión, Gregorio Samsa recorrió la casa intentando reconocerla. Entró en la cocina y encontró todo en orden. Se dirigió a la biblioteca pero, al pasar casualmente por delante de la consola del recibidor, un impulso irrefrenable le hizo retroceder para mirarse en el espejo otra vez. Se vio de cuerpo entero y entonces descubrió que la atractiva mujer que se reflejaba ante sí era Petra, su secretaria. Se miró, se estudió el rostro durante largo rato; se frotó los ojos intentando liberarlos del espejismo, pero no obtuvo ningún resultado; no daba crédito a lo que estaba sucediendo. ¿Cómo iba a presentarse en la oficina de ésa guisa? De pronto oyó la puerta de entrada que se abría: era Gertrudis, el ama de llaves. Corrió a encerrarse en la biblioteca, nadie podía verle así. Gertrudis no le echaría de menos puesto que cuando ella llegaba normalmente él ya había salido; ni siquiera desayunaba en casa. Consternado e impotente se dejó caer en un sillón junto a la chimenea y hundió la cara entre las manos; así permaneció durante algo más de una hora, con la mente vacía, impasible, derrotado. Los ruidos de Gertrudis ventilando habitaciones le hicieron volver en sí. Le obsesionó la idea de que intentara entrar en la biblioteca. Se aproximó sigilosamente hacia la puerta y pegó el oído, espió los pasos: se acercaban. El ama de llaves movió la manivela para entrar y Gregorio sintió un estremecimiento cercano al terror. Notó como si un centenar de agujas de hielo se le clavaran en el pecho y alteraran el ritmo de su respiración, paralizándola. Tuvo que retroceder hasta la mesa y apoyarse para no caer. Vaciló un instante y volvió a su cuerpo; lo abultado de su pecho le impedía ver su voluminoso estómago, al que estaba tan acostumbrado; es más, aquella prominencia ya no existía. No había duda, era una mujer; la identidad, la recordó al instante. El desasosiego que sentía y la impotencia de no poder hacer nada le hicieron romper en un sollozo, que hubo de reprimir al instante para no despertar la curiosidad del ama de llaves. Ni siquiera podía abandonarse al desahogo del llanto. Todo su poder, el cual ejercitaba con sumo placer, no servía para nada. Estaba atrapado en un cuerpo que no le correspondía y nada podía hacer para remediarlo. Pero, ¿por qué? ¿Era una broma cruel? ¿Un castigo tal vez? La palabra cruel le detuvo de pronto dejándole a la espera del siguiente pensamiento. “Cruel”, repitió en alto como si se hubiera extraviado el significado. Espantado, percibió el eco de una voz femenina, de contralto, la voz de Petra.
Gregorio Samsa, en traje de dormir, comenzó a dar vueltas por la habitación. Tropezaba con los muebles pero no se percataba, éstos no alteraban el impulso incontrolable de su ansiedad. Sobre la chimenea descansaba un marco de plata repujada con una fotografía suya, en la cual posaba con actitud de triunfador. Se acercó, la miró unos instantes y de un manotazo la estrelló contra el suelo. La estampa de la foto, debajo de los cristales astillados, le sugirió la escena de alguna película de los años cincuenta. Intentó sobreponerse a la situación. Quizá podría llamar a alguien; pero, ¿a quién? ¿Quién iba a creer lo increíble? Estaba solo, completamente solo.
Por su mente empezaron a circular frases antiguas, rescatadas involuntariamente de algún lugar de la infancia, tales como: “la resurrección de los muertos” o “la vida eterna”. Sorprendido por los pensamientos y recuerdos que estas palabras le traían empezó a divagar sobre si estaba muerto y se había encarnado en otra vida con forma de Petra. Pero, para qué dos Petras idénticas en el mismo mundo... ¿Qué sentido tiene todo esto? ¿De qué me tengo que dar cuenta? Abrumado por tanta pregunta sin respuesta pensó en un laberinto cuya salida se encontraba en él mismo. Si hurgaba en su memoria y revisaba los acontecimientos relacionados con su secretaria encontraría la solución con toda probabilidad. Oyó que Gertrudis recogía para marcharse. Esperó unos minutos hasta escuchar el portazo. Cuando se sintió a salvo salió de la biblioteca y se encaminó hacia la cocina; cogió un vaso y la botella de whisky, y volvió a encerrarse. Buscó papel y pluma, llenó el vaso y se sentó en la mesa. Colocó el papel y escribió:
"19.. , año en que Petra llega a la oficina.
Apareció una mañana, sin que nadie la esperara, dejándonos a todos con la boca abierta. Había solicitado el puesto una decena de veces, pero yo siempre se lo negaba; le había dicho en todas las ocasiones, "no haces falta". Aquella mañana en que Petra apareció venía de parte de H..., me quedé tan perplejo que no pude negarme. Sin embargo, me molestó porque esta decisión había partido de alguien con más poder que yo. Dado que la primera noticia de que el puesto estaba adjudicado la trajo ella misma, no se me ocurrió otra cosa que gritar y enfurecerme como si la pobre tuviera la culpa; intentó explicarse pero no la dejé hablar. Yo sabía perfectamente que no era responsable, pero continué reprendiéndola por el mero placer de resarcirme del agravio de H... Después le encomendé una mesa y una tarea, lejos de mi despacho para no verla ya que no tenía nada que agradecerme; en el fondo de mi alma debo reconocer que esto era lo que más deseaba.”
Gregorio Samsa, ante este episodio, dejó de escribir. Recordó inmeditamente la indiferencia con que trataba a Petra las primeras semanas, no le encomendaba tareas concretas ni le daba instrucciones precisas acerca de nada. Lo más sorprendente era que Petra estaba feliz, o lo parecía; y esto aumentaba su irritación. Intimó con este recuerdo e involuntariamente dejó caer la pluma al suelo. Los sentimientos regresaban y los revivía. Acalorado, se revolvió en el sillón y, por fin, se levantó. Se despojó del batín y comenzó a dar vueltas por la habitación, perseguido por la imagen sonriente y feliz de Petra. Siempre le había parecido muy atractiva. Es más, cuando transcurridas unas semanas en que él no había dejado de contemplarla en secreto, desde la más obstinada indiferencia, le había ya asestado alguna que otra humillación pública, y todo el personal de la oficina había quedado convencido de que la detestaba profundamente, Gregorio tuvo que reconocerse que la muchacha le atraía, le gustaba.
Entre tanto, Petra observaba, y en el fondo se percataba de todo de forma intuitiva; porque alguien que se molesta tanto en crear esta clase de fastidio en realidad intenta sacudirse una molestia más grande. Para tratarse de una venganza contra H..., tres meses de humillaciones era demasiado tiempo. Sin embargo, la secretaria no tenía una sola prueba sobre la que sustentar sus sospechas; su única salida era actuar con normalidad, como si nada sucediera y por supuesto no perder los estribos mientras pudiera.
Gregorio Samsa, ajeno a las certeras impresiones de Petra, no se explicaba que ésta no reaccionara ni se defendiera. Por lo general, su estrategia siempre le había dado el resultado deseado, aunque, de cualquier forma, tratándose de una simple secretaria y siendo él un jefe provincial, la cosa estaba clara: ella quedaba por debajo de él en todos los aspectos: cultura, educación, posición social y económica. Esta reflexión le valió para convencerse de que no tenía nada que temer. Petra, tarde o temprano, se rendiría a él; solo era cuestión de deleitarse atrayéndola poco a poco, y arrancarla definitivamente de ése mundo suyo de tranquilidad sonriente, que él mismo podía ofrecerle. La empresa cada vez le resultaba más atractiva y encaminó sus deseos a conseguirla.
Un día, Gregorio decidió instalar a Petra en la antesala de su despacho. Lejos de lo que él había supuesto, la secretaria lo aceptó con absoluta normalidad, sin demostrar que se sentía honrada por el supuesto "ascenso". Trabajó en lo que se le propuso sin más. El jefe esperó durante un tiempo alguna muestra de agradecimiento o de simpatía; pero pronto cayó en la cuenta de que tal demostración no surgiría jamás, porque en el fondo sabía que no había nada que agradecer. Ese era en realidad el puesto de Petra y lo único que había hecho era tenerla relegada, encomendándole tareas anodinas.
Pasados unos meses, sin que la estrategia diera sus frutos, Gregorio se dio cuenta de que estaba obsesionado con Petra; tenía que arrancar alguna reacción, alguna señal. No podía apartarse de ella; la reñía sin motivo, por tonterías y generalmente en público. La secretaría sufría, él lo notaba, pero jamás se enfrentaba. Al fin comprendió que la amaba, que tenía que ser suya como fuese. Con unas pocas indagaciones, Gregorio se enteró de que Petra estaba casada con otro funcionario del mismo departamento. De pronto lo vio todo claro. Estaba enamorada de su marido. Pero él era el jefe, tenía más poder, más que ofrecer. Sintió un gozo infinito. No podía haber placer mayor que arrebatar de los brazos de otro hombre a una mujer enamorada. En este punto, Gregorio volvió a la mesa, donde había dejado el papel con las líneas que había escrito. Las leyó despacio. Le invadió una profunda sensación de melancolía, que venía precedida de la nostalgia que le estaban provocando los recuerdos. Sintió que su amor por Petra crecía, que la deseaba todavía más, que tenía la imperiosa necesidad de verla, de tocarla. Deseó sus ojos frágiles e inseguros, ¿cómo no se había dado cuenta? Petra era sensible. Había tenido la oportunidad de exprimir su corazón delicado con amabilidad y de extraer la sonrisa de aquél rostro que tanto le agradaba, y sólo había sido capaz de despertar en ella desdicha e indiferencia. Un día incluso la había hecho llorar; y en vez de sentir compasión se había sentido poderoso porque podía jugar con los sentimientos de ella; veía que de alguna manera podía dominar su estado de ánimo. Sin embargo, Petra había sabido protegerse de sus embestidas, consiguiendo que sus intenciones no la importunaran demasiado. De modo que, un día, decidió trasladar a su marido a la misma oficina: humillándole a él, Petra podría elegir.
De pronto, Gregorio recordó que se alojaba en el cuerpo de ella. ¡Tanto lo había deseado! Y, ahora lo tenía tan cerca... Salió de la biblioteca y corrió en busca del espejo. Cuando lo tuvo cerca se aproximó despacio temiendo que el reflejo de Petra no estuviera allí cuando se asomara. Sintió un estremecimiento, una combustión interna, un vuelco en el corazón. El deseo ardía con tal intensidad que se transformaba en angustia. De nuevo sintió las punzadas de hielo que le ahogaban. Aterrorizado, acercó las manos al pecho buscando alivio, pero no se atrevió a tocarlo. Encendió la luz para ver bien la figura. Después caminó hasta encontrarse con la ella, como por casualidad. El cuerpo de Petra se erguía dentro de un pijama de hombre, que le venía grande, aunque sus formas eran inconfundibles. Gregorio se aproximó al cristal y estudió la cara; en los ojos brillantes y febriles encontró, dilatándose, el germen del miedo. Compadecido, apoyó la mejilla sobre la imagen que chocó con la suya; cerró los ojos, buscó los labios y besó a Petra en sí mismo. El contacto frío le volvió a la realidad obligándole a separarse; la forma de los labios había quedado estampada en el aliento cuajado sobre el cristal. Pero, tenía su cuerpo. ¿Qué más podía esperar? Lo poseería sin reservas, sin resistencia. El placer que ambicionaba sobre el cuerpo tan deseado estaba al alcance de sus manos, de sus ojos, de sus sentidos, cautivo bajo la piel de Petra, que ahora era la suya. En esta prisión involuntaria hallaría cuanto ansiaba. Se alejó del espejo hasta contemplar la figura por entero. Despacio, empezó a desabrochar la chaqueta del pijama; sus ojos se arrastraban por el cuello, resbalando hacia el escote que empezaba a nacer bajo sus dedos temblorosos dispuestos a gozar. Su corazón empezó a latir, provocándole una presión intensa que ascendía hasta la garganta. Entonces tomó conciencia de la violación del cuerpo de Petra y del amor que sentía por ella. No, no tenía ningún derecho a culminar sus propósitos; no podía gozar de un cuerpo que no era suyo, que lo había encontrado prestado, traído por su obsesión, y que lo amaba profundamente; ni siquiera tenía derecho a contemplarlo. Sintió crecer la angustia de la decisión que acababa de tomar, pero esta vez le liberaba la mente. Entonces corrió a la biblioteca, cogió un sillón y lo colocó frente al espejo. Extenuado se sentó y contempló los ojos sin fondo del rostro de Petra; esperaría así a que pasara la enfermedad. De pronto sintió que su pecho se sosegaba y notó en su ánimo un pequeño brote de felicidad; no cambiaría nunca, estaba seguro, el amor es así: bueno y malo.
Al día siguiente, el ama de llaves encontró el cuerpo rígido de Gregorio Samsa, en pijama, sentado en un sillón en la biblioteca, con las manos crispadas sobre el pecho, los ojos vacíos de la muerte y un lamento esculpido en los labios. Nadie le oyó gritar. Nadie le amaba. Había sufrido un infarto fulminante.

16 mar 2007

Poema de T. S. Eliot


CUATRO CUARTETOS


El conocimiento Impone una estructura, y falsifica,
pues la estructura es nueva en cada momento
y cada momento es una nueva y chocante
valoración de todo lo que hemos sido.
Sólo nos desengañamos
de lo que, engañando, ya no podría hacer daño.
En medio, no sólo en medio del camino
sino en todo el camino, en un bosque oscuro,
en una zarza,
en el borde de una ciénaga, donde no se puede hacer pie,
y amenazado por monstruos, luces fantásticas,
a riesgo de quedar encantado. No me hagáis oír nada
sobre la sabiduría de los ancianos, sino más bien
sobre su locura,
su miedo al miedo y frenesí, su miedo a la posesión,
a pertenecer a otro, o a otros, o a Dios.
La única sabiduría que podemos esperar adquirir
es la sabiduría de la humildad:
la humildad es interminable.
Las cosas han ido todas a parar bajo el mar.
Los que bailaban han ido todos a parar bajo el cerro.

15 mar 2007

Epidemia de Inteligencia


La conciencia humana me sorprende. Sin conciencia no tendríamos inteligencia. La conciencia es la capacidad de darse cuenta y la inteligencia, la capacidad de proyectar. Tras meditar un rato, no estoy segura de si se están usando bien estos dos términos, conciencia e inteligencia, dado que sus aplicaciones están en entredicho. Lo habitual en los tiempos que corren es hacer una crítica de todo aquello hacia lo que nos ha conducido a los humanos el tener conciencia: el mundo que hemos creado, que a tantos nos disgusta. ¿Una moda más?
Se maneja la palabra estupidez humana con tal alegría… Y se habla del fracaso de la inteligencia, no para intentar arreglar algo sino para dar a conocer que no se forma parte del gremio desprestigiado, el de los estúpidos.
Y pensar que hace un tiempo, la estupidez era un término acuñado únicamente por sabios; ahora es común en los avispados, en los ignorantes carentes de pudor.
De la sobada teoría, se deduce que los afectados de estupidez (no saben que sufren tal enfermedad) padecen un estado de micro lucidez. Mientras que los afectados de inteligencia (creen que la sufren) padecen de visión mega clara.
Me aburren las revistas y los periódicos. No solo eso, no, muchos debates, también. El mundo empieza a convertirse en un sitio aburrido. Produce desaliento ver utilizar el término inteligencia con tan poca virtud, con tan poca, precisamente, inteligencia. Me produce escalofríos la palabra estupidez pero, llegados a un punto, hay tanto inteligente suelto que me complace arroparme con ella; al menos, la estupidez no ondea bandera. Y al haber tanto inteligente suelto, cada vez hay menos estúpidos. La inteligencia es como una epidemia.
Los humanos somos especialistas en crear fronteras, líneas divisorias, bandos: los buenos y los malos; los fachas y los rojos; los estúpidos y los inteligentes. Bandos ejecutores, polos opuestos, dañinos.
Hace unas semanas abrí un tercer blog. Y titulé el post de presentación así: “Venerable Anciana: La Vida”.
No hice una presentación convencional, desde luego. En el último párrafo escribí:
"El pensamiento es la forma más ingeniosa de añadir una dimensión extra a la jaula que nos contiene: el Universo. Mi único deseo es que la Anciana no se haya equivocado.”
La palabra esperanza, para mí carece por completo de sentido. Pero… Siempre hay un pero, claro, y en este último párrafo mostré una tentación irresistible… de Esperanza, que no tiene relación con su sentido habitual:
-Si no comprende la Realidad, no se preocupe… es solo el camino hacia ella-, leí en alguna parte.

Nadie sabe lo que es la conciencia, pero se manifiesta en las cualidades que derivan de ella. Tampoco se sabe lo que es la realidad, e igualmente se manifiesta en las cualidades que percibimos de ella. De modo que no sabemos nada. Somos unos perfectos ignorantes, unos estúpidos. ¿Dónde están entonces los motivos para hinchar pecho?
Creo que hay demasiados motivos para ser prudentes, para ser humildes.
La humildad es quizá la única virtud que nos habría garantizado un futuro adulto.
Pero los boletos de la Gran Tómbola están prácticamente agotados.
Saludos desde la Enterprise.

11 mar 2007

Covadonga.

Los textos que presento aquí son dos fragmentos que hacen referencia a la Batalla de Covadonga y están narrados por dos cronistas cuyas versiones no coinciden en absoluto. Traigo, por lo tanto, dos versiones, una musulmana y otra cristiana.
Los cronistas eran personas cultas; pero estaban vinculados con los soberanos que ejercían el poder. Sus relatos, muy a menudo, enaltecen hechos con objetivos diversos, divulgación de las proezas o hazañas de sus monarcas, legitimar su poder, etc., y es necesario incluir en ellos toda suerte de fabulaciones que se alejan completamente de la realidad. Así, cronistas de distinta procedencia, narran una misma realidad de muy diferente forma.
Creo que son dos piezas muy curiosas e interesantes –todavía pueden reportar alguna enseñanza-, que no están exentas de hacer gracia.
Os ruego a todos los que paséis por aquí, que me disculpéis si el post os parece muy extenso.

Primer fragmento.
(…) Cuentan algunos historiadores que el primero que reunió a los fugitivos cristianos en España, después de haberse apoderado de ella los árabes, fue un infiel llamado Pelayo, natural de Asturias (…)
(…) Dice Isa ben Ahmad Al-Razi que en tiempos de Anbasa ben Suhaim Al-Qalbi, se levantó en tierra de Galicia un asno salvaje llamado Pelayo. Desde entonces empezaron los cristianos de Al-Andalus a defender contra los musulmanes las tierras que aún quedaban en su poder, lo que no habían esperado lograr.
Los islamitas, luchando contra los politeístas y forzándoles a emigrar, se habían apoderado de su país hasta llegar a Ariyula, de la tierra de los francos, y habían conquistado Pamplona en Galicia y no había sino quedado la roca donde se refugió el rey llamado Pelayo con trescientos hombres. Los soldados murieron de hambre y no quedaron en su compañía sino treinta hombres y diez mujeres. Y no tenían que comer sino la miel que tomaban de la dejada por las abejas en las hendiduras de la roca. La situación de los musulmanes llegó a ser penosa, y al cabo los despreciaron, diciendo: “Treinta asnos salvajes, ¿qué daño pueden hacernos?
En el año 133 murió Pelayo y reinó su hijo Favila. El reinado de Pelayo duró diecinueve años y el de su hijo dos. Después de ambos reinó Alfonso, hijo de Pedro, abuelo de los Banu Alfonso, que consiguieron prolongar su reinado hasta hoy y se apoderaron de los que los musulmanes habían tomado (…).
AL-MAQQART: Kitab Nafh al-Tib.

Segundo fragmento.
Pelagio dijo: “Cristo es nuestra esperanza; que por este pequeño montículo que ves sea España salvada y reparado el ejército de los godos (…) confiado en la misericordia de Jesucristo, desprecio esa multitud y no temo el combate con que nos amenazas. Tenemos por abogado cerca del Padre a nuestro Señor Jesucristo, que puede librarnos de esos paganos”. El obispo, vuelto al ejército, dijo: “Acercaos y pelead. Ya habéis oído cómo me ha respondido (…)”
Por su parte ahora el ya predicho Alcamam mandó comenzar el combate y los soldados tomaron armas. Se levantaron los fundíbulos, se prepararon hondas, brillaron las espadas, se encresparon las lanzas e incesantemente se lanzaron saetas. Pero al punto se mostraban las magnificencias del Señor: las piedras que salían de los fundíbulos y llegaban a la casa de la Santa Virgen María, que estaba dentro de la cueva, se volvían contra los que las disparaban y mataban a los caldeos. Y como Dios no necesita las lanzas, sino que da la palma de la victoria a quien quiere, los cristianos salieron de la cueva para luchar con los caldeos; emprendieron éstos la fuga, se dividieron en dos destacamentos, y allí mismo (…) murieron ciento veinticinco caldeos.
Los sesenta y tres mil restantes subieron a la cumbre del monte Auseva y por el lugar llamado Amuela descendieron a la Liébana. Pero ni éstos escaparon a la venganza del Señor; cuando atravesaban por la cima del monte, que está a orillas del río llamado Deva (…) se cumplió el juicio del Señor; el monte, desgajándose de sus cimientos, arrojó al río los sesenta y tres mil caldeos y los aplastó a todos (…)
Crónica de Alfonso III (versión rotense)
Edición de A. Ubieto, Valencia, 1971.

Lo cierto es que, tras el análisis de los historiadores, las nieblas se disipan. ¿La verdad?, puede que nunca se esté seguro de ella, pero todo apunta a que la realidad fue muy distinta. Covadonga no tuvo nada que ver con los ideales de unidad y defensa del cirstianismo; fue obra de tribus poco romanizadas que defendieron su modo de vida y su organización social.
Estoy segura de que sabréis apreciarlas y habréis disfrutado de estas letras tanto como yo.

Saludos desde la Enterprise.

8 mar 2007

El Abrazo de los Desterrados

La pieza era pequeña, dos pasos por tres y medio. Suficiente para tirar un colchón en el suelo y poner dos caballetes con un tablón encima. Los libros quedarían por el suelo; no se irían a ninguna parte. La ropa, cuatro miserias mal contadas, en la mochila. Una ventana rectangular, pegada al techo; a esa distancia, un tragaluz inalcanzable.

El edificio era una maravilla, un antiguo tribunal de la Inquisición rehabilitado recientemente que olía a nuevo. Había más piezas en el ático, como la mía, pero estaban vacías. En realidad eran trasteros que los dueños de los pisos de abajo alquilaban por muy poco dinero: doce mil pesetas al mes. El baño era otro trastero modificado, pegado al mío.

Nina llegó un mes después. Una noche oí gemidos en el baño. Me despertaron. Una chica de mi estatura se estaba lavando la sangre de la boca. Se tambaleaba. Pasé su brazo izquierdo por mi cuello y la ayudé a lavarse. Nina rompió a llorar. La conduje hasta mi cuarto y le sequé la cara, el escote, los brazos; estaba empapada y seguía aturdida. Le costaba hablar. Nina era argentina.

Cuando la acompañé a su pieza, el paisaje del pasillo la traicionó de nuevo. Entre sollozos la ayudé a cambiarse de ropa. Luego la ayudé a subirse a la cama, un colchón sobre un altillo de madera rústica que llegaba hasta la ventana del techo y daba a la calle. Nina estaba dormida, cuando soñó que la perseguían; se tiró de la cama, algo a lo que se había acostumbrado en Argentina. Al cogerle un brazo para taparla, se estremeció:
-me he roto una costilla. No se puede hacer nada. Se curará sola.
La miré preocupada.
-Quedáte tranquila; estudio quinto curso de Medicina. No tengo nada por ahí dentro pinchado. Lo he visto muchas veces.
Me quedé con ella toda la noche, sentada en un sillón de director de cine.
La luz inundó la habitación y me despertó. Nina dormía.
Salí a comprar el desayuno. Cuando regresé ya estaba despierta. No se había incorporado todavía.
-¡Desayuno sueco! ¿Cómo lo has adivinado? –exclamó.
Un tanto confusa, sonreí y me encogí de hombros. Pensé que estaba delirando. Se incorporó muy despacio.
-No te muevas –le dije-; subo todo esto y lo tomamos ahí arriba.
Había comprado croasanes, jamón de york y café con leche; mi desayuno favorito, el de los domingos. En mi pieza rellené los bollos con el jamón y preparé dos vasos. La cafetera con el café ya azucarado me la había prestado Carlos, en dueño del bar de enfrente. Y, también, una bandeja de acero.
Desayuno sueco. Siempre se aprende algo.
Nina me contó que era una refugiada política. Muchos de sus amigos habían muerto o “desparecido”. Había conseguido escapar de una muerte segura en Argentina y llegó a Suecia, donde aceptaban refugiados de la dictadura, y donde se les exigía ser licenciados o estudiantes universitarios para ser admitidos en el país. Nina había tenido mucha suerte. Pero la lengua y el clima… sobre todo el clima, y la ausencia de luz en invierno…
Acabó en España. Había llegado apenas hacía una semana.

Desde aquella noche nuestra vida ya no fue la misma. Nuestra misión en el mundo dependía de muchas cosas, pero las dos habíamos encontrado una buena causa, compartir y hacernos compañía. Formamos un equipo en la miseria más absoluta, que a veces soñaba que el amor, aunque fuese de unas pocas horas, podría arreglar algo cuando todo parecía estar ya perdido.

Un día, en el comedor de beneficencia conocimos a Óscar, un chileno que, como ella, era un refugiado político. Pasamos el resto del día, juntos. A media noche Oscar nos acompañó hasta casa. Nina y él se fundieron en un abrazo interminable. Los dos lloraban. Ambos acababan de encontrar una buena causa. Era el Abrazo de los Desterrados.

(Dedicado a Nina y a Oscar; a los desaparecidos, perseguidos o refugiados por motivos humanos e ideales políticos justos. Y, también, a todos aquellos que, por la causa que fuere, se sienten castigados, desterrados o están huyendo).

3 mar 2007

Recetas de Vida: la caducidad de la experiencia.

Al acabar la cena, salí a la terraza a tomar el aire. El viento venía perfumado y cálido. Adela y Juan continuaron en la mesa, esperando el café, mientras apuraban un cigarrillo. Sus voces me llegaban por detrás, desde la estancia.
Me rendí al idealismo de figurarme en otros lugares. En mundos perdidos que solo existían en mis deseos. Las estrellas habían extendido sus dominios aquella noche, ¿por qué no iba a pensar en otros lugares? ¿Por qué no inventar formas de existir en otros moldes distintos a los conocidos aquí en la Tierra? Viaje a Vega, veinticinco años luz. ¿Por qué no? ¡No es tanto tiempo! Carl Sagan también lo imaginó.

Adela salió a la terraza. Venía encendida. Juan y ella habían discutido. No había oído nada, había estado tan absorta, tan entregada al sueño...

-¡Los padres no entendéis nada!
- ¿Por qué dices eso, Adela? ¿Qué ocurre?
-¿Qué va a ser? ¡Lo de siempre!

“Lo de siempre”. Cuánta razón tenía. Pero, la culpa era de ella, de Adela; con treinta años no debería estar ya en casa. La ciencia desfila victoriosa ante nosotros y, rápidamente, nos hacemos propietarios de sus avances; sin embargo nos cuesta dar el salto mental que nos instala en el futuro, con los hijos. Ellos son nuestro túnel del tiempo: desde el pasado hacia el futuro.

-Me puedes explicar lo que ha pasado, Adela. ¿Cómo ha empezado la disputa?
-¡Lo sabes de sobra, mamá! No me apetece repetirlo.
-Haz un esfuerzo, por favor, un resumen.
-Pues, lo de la experiencia y todo eso, ya sabes.

“Ya sabes”. Un amor grande y profundo no es suficiente. Al amor, muchas veces, le faltan razones. El amor, demasiadas veces, arropa. Cada vez que un hijo tiene un problema, los padres tenemos que educarnos. La edad, la perspectiva que proporciona el tiempo y los datos de la experiencia; con todo ello construimos patrones, recetas de vida, fósiles mentales. Tendemos a encajar los actos que a nosotros nos dieron resultado en el presente que viven nuestros hijos. Dos realidades difíciles de acoplar.

-Adela, quiero decirte una cosa. No juzgues a tu padre con demasiada dureza. Él intenta ayudarte, quiere lo mejor para ti.
-¡Quiere, mamá! ¡Quiere!
- Quiere se utiliza para muchas cosas, Adela. Él habla de deseos, de lo que desea para ti. Baja de tu castillo de modernidad e intenta comprender. No te está imponiendo nada; solo habla de lo que conoce; no puedes condenarle por eso.
-Resulta difícil, mamá.
-Escucha, Adela. Entre nosotros y tú hay una distancia muy grande, nos unen unas cosas pero nos separan otras. Cuando te damos un consejo te estamos entregando un modelo, lo que nosotros vivimos cuando estábamos en tu lugar de ahora. Esos consejos son patrones que nos han funcionado y con respecto a ti pueden estar caducados; nuestra vida ha rodado sobre ellos y la tuya, hasta ahora, también. Tienes la vida resuelta y tu problema es la comodidad, no nos pidas ese sacrificio. Hablar, intercambiar pareceres… ¡Perfecto! Pero, intentar convencer por la fuerza…, hacer una imposición ideológica es una exigencia que nos haces porque para tí las cosas solo pueden ser como las concibes ahora. Si te das cuenta, demuestra la misma rigidez de la que nos acusas. No necesitamos tener una mente que se abra con la rapidez de la tuya, porque nuestro mundo ya es distinto del tuyo. A estas alturas, nuestros anhelos empiezan a cumplirse y lo que necesitamos es soñar sin demasiadas preocupaciones. Nos renovamos de otra forma y queremos vivir el tiempo que nos queda marcando nosotros el ritmo.

Al día siguiente, Adela se fue de casa. Salió para construir un futuro que solo a ella pertenecía. Por primera vez en muchos años, sentí alivio.
Esa misma noche, Juan y yo cenamos en la terraza.

-¿Sabes una cosa, Juan?
- Sorpréndeme...
-Tendríamos que actualizarnos.
- No tenemos tiempo de educarnos, querida. El viaje a Vega dura veinticinco años y despegamos dentro de una hora.

2 mar 2007

Luna Púrpura


Mañana, día 3 de Marzo, la Luna nos brindará un discurso nocturno.

Desde las once menos cuarto de la noche, hasta la una de la madrugada, podremos ver un eclipse total. Durante su máximo, la Luna tendrá una tonalidad rojiza.

Nuestros ojos se reunirán allí, donde se fraguan los sueños.

Felices sueños.



Maestro en existir.


Cuando el ser humano provoca una catástrofe con fatales consecuencias se enuncia la fórmula general, “el hombre es su peor enemigo". Cuando esta concepción se individualiza, uno puede decirse a sí mismo: soy mi peor enemigo.
La frase conduce a reflexión y me inclino a pensar que es un sentimiento sano y lúcido que nos mantine buscando nuevos sentidos a nuestra existencia.
Los humanos contamos con la facultad de la interiorización, tenemos la sensación de “llevarnos puestos”. Tenemos conciencia de nosotros mismos. Y el tener capacidad de pensar en nosotros mismos hace que topemos con unos límites naturales. La supervivencia nos obliga al trabajo, necesitamos desesperadamente la convivencia con los demás, etc.
Además, existen otros tipos de limitaciones adquiridas, que nos oprimen como fajas y que nos arrebatan la paz. Son actos, criterios, reflexiones, modos de vida, etc., basados en usos convencionales, que la fuerza de la costumbre -ver, hacer y ver hacer- nos impide analizar e identificar. No deberíamos tener reparos para reconocer que hacemos muchas cosas sin saber por qué las hacemos. Vivir no es fácil para nadie.

En definitiva, el ser humano sabe que existe, “cree” que todo esto tiene un propósito y es el único animal que sabe a ciencia cierta que va a morir. Quizá sean estos los motivos principales por los que entra en conflicto con tanta facilidad y frecuencia, a lo largo de su vida.
Está claro que cada persona tiene su forma de ser y se encuentra avalada por el conjunto de sus experiencias. Pero tarde o temprano, aquélla que es inquieta y exigente entra en crisis; no se conforma con las cosas tal y como están, ni tan siquiera consigo misma.
Creo que no hay ningún método concluyente para superar las crisis. Sin embargo, la felicidad está a la venta. Nos venden libros para ser más felices, nos venden psicología, disciplinas físicas, músicas, etc. Y se nos intenta vender todo esto porque lo verdaderamente cierto es que la insatisfacción está a la orden del día, es la nota común. En realidad, lo que la mayoría de las personas quiere son remedios fáciles y rápidos para poder permanecer a gusto y sin sufrir dentro de la cárcel en la que están inmersos. Esto, se ha convertido ya en "lo normal".
Los modos corrientes de encontrar calma son solo parches para disfrazar el desencanto; son paliativos que producen alivio temporal. Sus efectos caducan porque lo que se busca es “escapar”y no llegar al fondo de las cosas. Hay mucha prisa por adquirir la felicidad, aunque ésta sea postiza: felicidad artificial.
Comprender quiénes somos es una tarea para toda la vida; es una labor que requiere un esfuerzo diario. No se es maestro en existir. Estamos cambiando constantemente. Cada día que nos levantamos somos un novato que ha de afrontar cambios. Si los cambios son muy pequeños, la lección que aprendimos ayer, si no somos exigentes, todavía nos podría valer hoy. Pero la inevitable intromisión de un parámetro diferente, por muy pequeño que sea, alterará el resultado y afectará a nuestro grado de satisfacción. Podemos resolver muchos problemas de física de un determinado tipo y decir, “todos son iguales”. Y en realidad no es así. Puesto que cada problema incluirá una pequeña variación, tendremos que abordarlo con los mismos conocimientos necesarios para resolverlo, pero como si fuera la primera vez que lo vemos, como un problema único. En la vida no sucede de forma diferente; tenemos referencias que ayudan y debemos pararnos a pensar cada poco, porque cada instante es único.
Nadie sabe más de nosotros, que nosotros mismos. Pero hay que armarse de paciencia y valor para hacerse las preguntas correctas.

28 feb 2007

El Hechizo del Caos.

Caos, mariposas y poetas... Y Refranero.

¿Me miras incrédula, tú, Poesía?

Caos.

Qué palabra, caos; y qué idea. La utizamos tan amenudo... ¡Hasta en el arte! La aplicamos a todo lo que implique representar desorden o desconcierto. Pero, lo cierto, es que dentro del caos se puede hablar de orden. Qué curioso, ¿no?
Como no puedo parar de pensar -como todo el mundo, claro- un día me dije que, ya que la utilizo y la oigo tanto, por qué me iba a limitar a usarla sin más y sin conocer algo más concreto sobre ella. De modo que empecé a buscar. Entre los libros que tengo en casa, hay muchos de física; pero aquí estaba muy complicado enteder algo sobre el caos. Gráficas, muchas gráficas.... y un lenguaje bonito porque lo adorno con la imaginación de lo común, de lo ya familiar.

Puesto que el Caos encuentra aplicaciones muy humanas, pensé que dónde mejor para buscar, que en un libro de filosofía. Y, en efecto; ahí encontré algo al alcance de mis entendederas.
Resulta que, no hace demasiado tiempo, en 1961, un meteorólogo llamado Edward Lorentz se encontraba estudiando el desarrollo del tiempo y los vientos. Para ello utilizaba un ordenador en el que iba introduciendo valores. Con el fin de simplificar los cálculos, a la cifra 0.506127 le suprimió los tres últimos decimales y dejó que la máquina trabajase. Al cabo de una hora comprobó que esta insignificante variación había provocado un resultado totalmente inesperado.

El buen meteorólogo concluyó que pequeñas variaciones métricas tienen repercusiones enormes en el resultado final de un proceso; hasta tal punto, que el proceso resulta impredecible.
Por pura casualidad había descubierto los Sistemas Caóticos, los presididos por el Efecto Mariposa.
Esto del Efecto Mariposa, ¡me encanta! Hasta hay una película que se apoya en este concepto para desarrollar su argumento.
Hay que mencionar a Newton, porque ya se había dado cuenta de la existencia de los procesos caóticos en las interacciones gravitatorios; pero ésa es otra historia.


Mariposas.

He oído que un beso produce un efecto en el estómago: vuelo de mariposas.


Lorentz dio una conferencia con este título: Carácter predecible: ¿puede el batir de las alas de una mariposa de Brasil provocar un tornado en Texas?

La conclusión es:
- que la predicción solo puede llevarse a cabo en términos probabilísticos. ¡Vaya chasco para los magos del tiempo!

-y que el carácter determinista de un proceso no garantiza su predictibilidad. ¿Quebradero de cabeza para filósofos?


Poetas.

¿Cómo? ¿Improviso? Pero… ¡Si yo no soy poetisa!

Un techo de nubes avanza,
en rota formación
de cuerpos lenticulares
con reflejos de plata,
sobre lienzo perlado
y pinceladas, aquí o allá,
de hebras y torundas en gris oscuro:
un cielo Caótico,
el cielo de otoño,
cargado de tintas
y hambriento de invierno.



Refranero

¿Sobre el Caos? ¡Con mil amores!!

Por un clavo se perdió una herradura;
por una herradura, un caballo;
por un caballo, un caballero;
por un caballero una batalla;
y por una batalla, un reino.


¡Cómo es el Caos! ¿Eh? Mete la cuchara en todas partes... Cosas de la Naturaleza: sus truquitos.
Chao, chao.

(Imágenes Google)

25 feb 2007

El buscador de estrellas.

El Buscador de Estrellas. ¿Acaso no es una idea preciosa?
La palabra “astrolabio” proviene del griego; en griego, la palabra es muy complicada, y significa “el buscador de estrellas”.

Adoro la Grecia Antigua.

Existe una historia de un sirio llamado Ibn Khallika, del siglo XIII, que relata cómo nació este instrumento de forma casual.
Todo sucedió cuando el egipcio helenizado, Ptolomeo, se cayó de su caballo mientras sujetaba en una de sus manos un globo celeste. La montura, al caer, aplastó el globo dejándolo plano, y de esta manera nació El Buscador de Estrellas.


24 feb 2007

Un Hombre del Futuro.

Primavera de 1987.

En el pueblo vive un hombre al que puede verse todos los días por la carretera que sube hasta el faro. El hombre va a pie. Con ambas manos sujeta una motocicleta que camina junto a él. Es de estatura pequeña, de vestido regular tirando a desaliñado y algo sucio. Los ojos…, los ojos, grandes, redondos como los de un niño, y tristes. La piel curtida y el pelo negro. ¿La edad?... No sabría decir: imprecisa, indefinida; o infinita, como si llevase una eternidad en la Tierra.
Pero su semblante no es triste. Es sereno. El hombre parece tranquilo, está en paz.
Todos los días, el mismo recorrido. Al cabo de un tiempo de cruzarme con él –yo en el coche, él a pie- empezamos a saludarnos con una alzada mutua de barbilla: el saludo local, el saludo paisano. Todos lo hacen aquí.

Verano.

Pregunto a la de Tasiuco, una vecina:
-¿este hombre... ?
Y me responde:
- “es el que se pasó de listo”.
Mis ojos la interrogan. La vecina se encoge de hombros:
-“sí, era muy listo y se pasó; se ha quedado así para siempre”.
Después me cuenta esto y aquello de él. Pero no la escucho. Solo me queda la imagen del hombre, asociada a la frase “se pasó de listo”.
-¿Tuvo un accidente?
- No.
-¿Bebe?
-¡No!
-¿Sufre?
-¡No, por Dios!
- ¿Entonces?
- Nada. Se pasó de listo. No puedo decir más.
Intuyo lo que quiere decir, pero no consigo dominar la idea. Se pasó de listo.
Insisto:
-¿Superó la velocidad de la luz y se le dilató tanto el tiempo que se le detuvo?
-No te entiendo.
-Y, quizá, entonces, Elquesepasódelisto ¿quedó atrapado en un presente distinto al nuestro e inaccesible para los demás?
Me río con guasa. Y la de Tasiuco, que me sigue la broma:
-¿Es eso el futuro?
Vuelvo a reír:
-Puede ser…Pero, ¿habla con alguien?
-Pues, sí. Lo justo. Es un hombre normal. Vive dentro de su cabeza, a su manera… Buena gente. No sé. Se pasó de listo.
-Ya entiendo; es un hombre evolucionado, un hombre del futuro, todo consciencia…
-Pues… sí, ahora que lo dices… puede ser eso de la nicotinencia, fuma mucho, sí,pero como el hombre habla poco… Se llama Ramón. Se lo conoce por Moncho.

Seis años más tarde.

Las campanas de la iglesia tocan a muerto. Ha caído Moncho. Lo han encontrado en la cama. Muerte natural. Como había vivido, sin hacer ruido.
Un poema de su puño y letra:

“Cerca ya de la muerte
y con el cuerpo consumido,
nunca he conocido a nadie
que el más leve suspiro
o aliento divino, escuchase.
Dios nunca pensó en mí.”

Y un epitafio para su tumba:

“Señor, no te ocupaste de mí.
Ahora, ya no me haces falta”.

El cura habla de Moncho sin haberle conocido. No le importa el epitafio; dice lo que dice el pueblo. Le alaba. No hay lágrimas. No hay más palabras que las del cura.
En la lápida, bajo su nombre, aparece la palabra “jardinero”. Desde aquí se alcanza a ver la ría: está subiendo la marea. Y me digo: solo el mar le llora.

20 feb 2007

La Luna en directo.

La memoria abarcaba escenas y frases; luego, tomaba rumbo al jardín de la iglesia, donde revivía la última noche: aquellas pupilas del padre Anselmo, secuestradas por la desesperación. Su figura estaba postrada; su rostro, vencido.
En una ocasión me dijo que yo era un naturalista y un gran aficionado del ser. Y sin duda alguna, todo su esfuerzo, su fracaso, era una circunstancia enredada en mi fabricada afición.
Después de dos semanas repasando los acontecimientos ya no tuve ninguna duda sobre mi responsabilidad en la crisis del sacerdote. El peso de lo acontecido me apremiaba. No podía esperar más. Pero… me faltaba inspiración. ¿Qué le diría? Todo se venía abajo para volver a empezar. Sin embargo, un impulso me arrastraba; porque la Naturaleza permanece fiel a sí misma; ella abre un camino y no permite que nos detengamos por mucho tiempo.

El día antes de volver a verle subí con el coche arriba de Sucrelagua, en busca de aquél primer recuerdo balsámico, de cuando llegué. Volví para mirar la carretera estrecha que acunaba en cada curva un giro de la vida y un punto de teja rojo. Desde el alto observé el mar cubierto por un velo de nostalgia, la mía propia. Nadie está a salvo. Entre los viñedos y los almendros hallé el orden escalonado de una naturaleza cautiva. Así descubrí que la Naturaleza es la auténtica fugitiva: tiene que esconderse en rincones inexplorados para mantener su integridad. Encontré, abajo, el nido amueblado en la plaza... Y permanecí un buen rato en la cumbre, intentando acuñar la metáfora.

Pasé la noche elaborando un texto, que retuve en la memoria con la intención de llevárselo a don Anselmo por la mañana. A ratos, me levantaba del sillón y me iba ante el espejo para pelearme con el orgullo. Después, más aliviado, recordaba que la vida se inclina para recogernos y el hombre, en su escalada, se queda con el puesto de pésimo aficionado. No hay vuelta de hoja.
Hacia las seis de la mañana, crucé la plaza. Todavía no había amanecido. Una noche en vela me había aclarado las ideas.
Me detuve frente al patio de butacas: allí echaban la Luna.
¡Vaya película! Todavía se la podía ver, colgada de las profundidades, ajena a los desperfectos que había ocasionado.
El sueño de esta gente se me anudó en la garganta y adquirí una vaga conciencia sobre su peso. Caminé hasta el cementerio y entré. Me senté en un banco y encendí un cigarrillo. El cielo todavía era un borrón azul oscuro, deslucido en un extremo por siglos de albas.Pensé que el sol nos deja un cielo recién nacido, resplandeciente, pulido, sin esquinas. Entonces, imaginé el amanecer como el nacimiento de un niño, y me puse nervioso como el futuro padre al que le gotea un temor, o una culpa. No dejaba de ser chocante que me pusiera a pensar en recién nacidos, mientras intentaba aguantar el tipo rodeado de difuntos. La oscuridad me estaba cobijando. Porque la noche, aunque parezca sumergirse entre dificultades, se esfuerza, sin embargo, por devolver los votos de serenidad al comprometido silencio. Y al contemplarla bajo las estrellas, la conquista de soledad se vuelve intensa. Sólo el sol o la luna vienen con noticias. Eso es lo único cierto.
En el tinte provisional del cielo comprobé que me había quedado sin armas para sujetarme. ¿Había cambiado yo o había sido el mundo? La memoria me había fallado; no recordaba lo que venía a decirle al cura. Después, un esquinazo en el tiempo; un aplazamiento de la existencia bajo el plácido sueño.
El reloj de la plaza me acribilló el oído al dar las nueve. La realidad seguía su curso, se estaba moviendo, me llamaba; tomé la idea prestada y dócilmente la seguí.
Atravesé el cementerio y me acerqué hasta la iglesia. La cancela del jardín de la sacristía estaba abierta. Quizá, don Anselmo... o su hermana, olvidaron cerrarla por la noche.
Me arrastré lentamente hasta la zona de huerto para no ser descubierto.
Y, entonces, aparecieron las buganvillas.

14 feb 2007

Sir Halley


El Papa Calixto III, en el siglo XII, excomulgó al Cometa Halley. Lo consideró un instrumento del Diablo.

Caratacus

Cuando Roma invadió Britania en el año 43, el siguiente paso que debía dar era la ocupación de todo el territorio y consolidar así su dominio.

No fue una tarea fácil, pues las tropas romanas encontraron un rival más que poderoso: Caratacus. Éste era el príncipe de una poderosa tribu, los catuvellaunos, que se oponía con ferocidad al dominio romano. Su aura de valeroso guerrero se extendió de tal forma que se convirtió rápidamente en el gran líder de la resistencia. Aunque, Caratacus, también se convirtió en la gran pesadilla de Roma.

En el año 50, en una batalla a campo abierto, el gobernador romano Ostorio Scápula consiguió derrotarlo y hacerlo prisionero. El príncipe, haciendo gala de su gran astucia, logró huir. No era la primera vez que se escabullía de las garras de Roma. Pero, en esta ocasión, fue traicionado por la tribu de los brigantes, quienes lo entregaron a la legión que lo condujo a Roma, donde había alcanzado ya mucha fama, para ser juzgado.

En la capital del Imperio, Caratacus fue llevado ante Claudio. Una vez más la astucia de este guerrero dejaría una huella definitiva en la Historia. Lanzó un discurso que le salvó la vida.

Dice así:

“Si vosotros los romanos escogéis gobernar despóticamente sobre el mundo, ¿debe deducirse de ello que el mundo debe aceptar la esclavitud? De haberme entregado enseguida, ni mi derrota ni vuestro triunfo hubieran devenido famosos. Mi castigo sería seguido por el olvido, mientras que, si salváis mi vida, seré un monumento duradero de vuestra clemencia”.

El emperador quedó impresionado. Tenía ante sí al más noble, valiente e inteligente guerrero, encarnado en un celta.
Claudio le perdonó la vida y le permitió vivir en Italia con su familia.

Y, colorín, colorado...

9 feb 2007

Tomar posesión de una esperanza.

La noche en que le saqué de la plaza, me había mirado con ojos trastornados.
-Mire, padre -le recomendé-, vale más darles una lección de geografía, que sermones. No están atentando contra la Palabra de Dios; no son sacrílegos, son solo inocentes, pobres ignorantes. Si nos ponemos trágicos acabaremos saliendo en los periódicos de todo el país. Usted les sermonea y yo les llamo burros, pero ninguno de los dos conseguimos nada. Vamos a pensar que han sufrido un ataque de romanticismo y nada más.
-Pero... ¿no se ha enterado usted, don Eugenio? El alcalde ha reunido hoy al pleno del ayuntamiento para decidir si la luna es una radio o una piedra. Han concluido que es una radio, que tiene horario de trabajo y quieren adaptase a él. ¡Esto está yendo demasiado lejos!
Sus ojos se desorbitaban mientras gritaba:
-¡Han decidido escribir al presidente americano para preguntarle no sé qué cosas; y me han elegido a mí, para que les escriba la carta y la envíe! ¿Se da cuenta?
Tengo que reconocer que el asunto me sorprendía a la vez que me divertía. Pero sin duda era trágico, porque lo era para don Anselmo.
-Bueno -dijo luego el cura, intentando calmarse-; no digo que sean idólatras, pero el diablo se esconde detrás de esto, estoy seguro.

Dediqué mucho tiempo a librarme de la imagen de don Anselmo gritando ante una multitud de campesinos que se sentaba en la plaza, enredada entre patatas fritas, vino y una algarabía de feria. Pero no lo conseguía; daba verdadera lástima. Y yo no le ayudé nada.

Para esculpir en mi fuero interno el espacio que abarca mi afecto por este hombre, me llevo la mano al pecho y encuentro un mundo de tamaño incalculable. Por parte del cura nunca podré estar seguro, pero por la mía, siento que vacié mi corazón en el cuenco de sus manos. La prueba que Dios le había impuesto era una burla. Y consciente de que no existía tal prueba, me resultaba insoportable verle sufrir de esa forma.
Ya había contado con el fracaso, pero no como nos encontró a ambos. Una noche, antes de que empezara el espectáculo de la luna, me acerqué al jardín de la sacristía, con la única pretensión de evitar que el padre acudiera a la plaza. Le encontré sentado bajo su eterna higuera.
El me dijo:
-Todos somos hijos de Dios.
Y yo contesté:
-Sí, pero a Dios se le ha escapado el Oficio de la Luna.
-¡Basta! -gritó.
Me estrujó el brazo y me empujó hasta la cancela, que daba con el cementerio, para obligarme a salir.
-Cuando necesite su opinión se la pediré. Ego te absolvo, in Nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti. Amén.
Las espinas de mis palabras habían ido arañado los pulidos contornos del corazón de don Anselmo.

Transcurrió una semana, durante la cual tuve las noticias que me trajo su hermana. La angustia ocupaba mis sueños y los trasladaba a otros rincones. Mi mundo se había encogido. Me acechaba una culpa que me atormentaba. Creí, con una lógica pesimista, que entre el sacerdote y yo había acabado todo. Intenté levantar un muro de razonamientos que nos separase. Necesitaba despegarme de su influencia, desprenderme del afecto que nos habíamos robado mutuamente. Pero olvidaba que de entre las enfermedades que acechan a la razón, una es el amor y la otra todo aquello que nos convence. Si el espíritu tiene cloaca, estas cosas deberían salir las primeras. Porque nunca podré comprender el extremo al que puede llegar la atrocidad humana cuando se ocupa en defender una idea.
Sobre el amor, prefiero no hablar.
Retomé los paseos por el campo y dediqué todo mi tiempo libre a pensar. Subía a la montaña, donde me sorprendía el ocaso contemplando los pasillos del cielo por los que se acercaba la luna. Y, noche tras noche, solo encontré una imagen velada de mí mismo. Nunca tropecé con el padre Anselmo. No obstante, supe que le había traicionado, que había provocado su fracaso. Mientras él vigilaba a Dios en su memoria, yo le había estado robando la fuerza que precisaba para su prueba, su cruzada.
Tras largas reflexiones, con mis razonamientos elaboré un resumen: yo era para él un hijo de Dios; y él para mí un fruto de la Naturaleza. Cuando él dicía: todos somos hijos de Dios; y, cuando yo afirmaba: cualquier forma de vida que brota sobre la Tierra es digna de Respeto, ¿acaso no estábamos hablando sobre lo mismo?
Poco después di con la respuesta.
Cualquier persona, sea cual fuere su procedencia y su mentalidad, puede darnos una lección de humanidad, y el cura me la había dado.
Al fin me tentó una esperanza: instalándome en la humildad comprendí que, el que ambas religiones, la suya y la mía, pudieran convivir, era un reto para la humanidad.

El ser humano: pionero de sí mismo.

Al leer una cita de Sacha Tsipotchkine se me ha desatado todo un torrente de ideas; ideas que normalmente residen en aguas mansas. Digo normalmente, porque cuando esto me sucede necesito hablar y escribir, y ni duermo ni como. Solo escribo. Y lo hago como una auténtica posesa. Por fortuna tengo con quién hablar y lucubrar a mis anchas. Me da que pensar: todos en esta casa estamos bastante pirados.
La cita, claro está, se me cuela y encuentra buen abono y excelente asiento para germinar. Es más, encuentra un lugar óptimo para establecerse y no parar. Así, cuando leo la cita –que es todo un pensamiento profundo- pienso, ¡claro!; y compruebo que añade más plumas a mis alas. Además, va y se mete en el sembrado de lo que esbocé el otro día en otro post de otro sitio, el las ideas de ida y vuelta, que la esperanza de coincidencia y la cura y consuelo de comprensión, a veces, se tornan angustia, tristeza, alegría…según, sin, so, sobre, trás; en definitiva, un ansia porque las ideas se corten en un punto que interpretaremos (subjetivamente, por supuesto, pero que para nosotros será casi universal) como “verdad”.
De modo que con la verdad hemos topado. Es muy frecuente oír en los intercambios de opinión “esa es tu verdad pero no la mía”. Y no hay nada más cierto: cada uno tiene “su verdad”, es decir su modo de comprender las cosas y de interpretarlas. Como los humanos necesitamos mucho los unos de los otros, apreciamos demasiado las coincidencias, o concordancias, como dicen los portugueses.
Por aquí me voy del tema principal, pero lo voy a hacer. Creo que al buscar coincidencias con los demás dentro de nuestra forma de pensar ganamos en compañía y entusiasmo pero perdemos en iniciativa. Es solo una opinión, desde luego, que trabaja conmigo desde hace algún tiempo. ¿Qué pasaría si nos arriesgásemos a quedarnos completamente solos con nuestras ideas? No digo permanentemente, claro; el trabajo en equipo hace que progresemos más rápido; es importante contrastar y todo eso. Pero ahora que no nos mandan a la hoguera por ser originales nos podemos permitir el lujo de serlo sin miedos añadidos. ¿No?
Vuelvo al sendero principal, el de la verdad, y pienso que creernos “en la verdad” es un atrevimiento necesario y peligroso. Por ejemplo, qué es para mí la verdad; pues cuando encuentro una idea que coincide plenamente conmigo misma, considero que “es verdad”. En realidad es “mi verdad”. Otro ha podido encontrar una idea de las mismas características que coincida plenamente consigo mismo, que le rellene sus correspondientes huecos de oscuridad y, sin embargo, nuestras interpretaciones no coinciden. Esto está a la orden del día. Y yo me digo: bueno, y aquí quién modera, quién gobierna. Y solo se me ocurre una cosa, la Naturaleza. Y entonces todo lo demás me parecen accesorios, artificios de una mente humana excesivamente joven, cuyas actividades y sugerencias nos vienen grandes.
Cuando surgió el género Homo, éste era un recién nacido; cuando adquirió la forma Sapiens alcanzó la primera infancia; cuando alcanzó el desarrollo sapiens sapiens, que es lo que somos ahora, se instaló en la adolescencia. Se puede decir que hemos alcanzado el siguiente estadio evolutivo, que es sapiens al cubo recentis, y que hemos llegado no por evolución natural sino tecnológica. Debo decir que las aplicaciones de la ciencia me encantan, pero en manos tan traviesas como las nuestras, sinceramente me asustan un poco.
En este estado de cosas, al no luchar en un medio natural sino artificial nuestra “humanidad” se ha extraviado bastante. Nos hizo humanos la evolución natural, la necesidad de que sobrevivieran individuos en medio naturales nuevos. Los que no mutaban favorablemente no sobrevivían; por lo tanto, solo se perpetuaron los genes de aquellos con novedades evolutivas favorables.
El camino filogenético por el que hemos venido los sapiens al cuadrado está casi perfilado. Pero por algún sitio se ha perdido “la humanidad”. Por eso me pregunto cada poco, qué demonios de valor encontró la evolución en la consciencia, en el pensamiento simbólico? ¿Cuál será el siguiente paso evolutivo? Somos una especie en equilibrio y estamos especializados. Hemos dejado de ser “generalistas” y nuestra evolución natural ha frenado en seco. Ahora es ya una evolución tecnoloógica.
Tengo desazón a veces, porque no voy a ver casi nada. Desde luego no quiero asistir al final que todo el mundo augura, pero sí me gustaría asomarme a… lo que intuyo, a la sustancia de la que está hecho mi sueño. Tengo pocas creencias, por llamar creencias a lo que yo creo, que no soy fiel a las cosas. Por esto me conformo con la duda. He incluido un resorte en mis engranajes mentales, a los que el corazón a veces no se suma, que me instala en la duda; sí, como Descartes, la duda, pero no para llegar a la verdad como esperaba él, sino para poder seguir hurgando en el ser humano que llevo puesto y esperándome desde aquí dentro.
Bueno, La cita de marras:
“El hombre ¡llegará un día! Un poco de paciencia, un poco de perseverancia: no faltan más de diez mil años… Hay que saber esperar, mis buenos amigos, y sobre todo ver en gran escala, aprender a contar edades geológicas, tener imaginación; de este modo el hombre se hace enteramente posible, incluso probable: bastará estar todavía presente cuando aparezca. Por el momento no hay más que rastros, sueños, presentimientos… Entretanto el hombre no es más que un pionero de sí mismo. ¡Gloria a los ilustres pioneros!”
La cita pertenece a “Paseos sentimentales a la luz de la luna”, que a su vez aparece en un libro del año 1962, de Romain Gary, “El Devorador de Estrellas.

18 ene 2007

Pensión Sila

El viaje había resultado pesado; el tren se movía con sacudidas laterales y tirones impidiéndome acoplar la cabeza en el rincón del asiento. No había dormido. Me sentía rota, muerta. Tiré de las maletas arrastrándolas por el suelo hasta la escalinata de la estación, donde esperaban los taxis con los motores en marcha, espiando las intenciones de los viajeros para abrir sus puertas y tragárselos con rumbo a sus destinos; cuanto más lejanos mejor. Me instalé en uno, pero en cuanto pronuncié el nombre de la calle a la que me dirigía, el taxista me buscó los ojos por el retrovisor y me miró como se mira a una idiota. Dijo que ésa calle estaba muy cerca y que no le interesaba perder una carrera más larga. Con acento de Atocha. Ni siquiera había bajado la bandera. No articulé palabra. Bajé del coche, arranqué las maletas del asiento, las dejé en el suelo y me senté encima. Encendí un cigarrillo mientras medía mentalmente la distancia, la cuesta, mis músculos, el mal humor y la impotencia hasta el portal de la pensión en la que me iba a hospedar por recomendación de Gabi. Acumulé la rabia suficiente como para poder acarrearlo todo, el cansancio, las maletas y el hervidero de tacos que iba deglutiendo y que me iban acercando a un estado cercano a la desesperación. No sé cuanto tardé en subir la cuesta. Tuve que parar muchas veces a descansar porque el corazón me galopaba en el pecho con la furia de un caballo desbocado. La maleta de los libros pesaba como si llevase piedras. Cuando llegué a lo alto me paré y miré hacia atrás; me pareció una proeza. La cuesta parecía más pronunciada desde la cima que en el comienzo. El alivio que había sentido al llegar arriba se convirtió en un abismo. Tenía que recorrer, todavía, el largo de una calle estrecha, aunque ésta, gracias al cielo, estaba en llano. Hacía rato que lloviznaba y no me había dado cuenta, hasta que alcancé el portal de la casa, de que estaba hecha una sopa. Era de esas lluvias imperceptibles que bañan hasta los huesos. El portal estaba negro y la luz no funcionaba. Escondí los bultos en el hueco de la escalera y subí hasta el segundo piso: PENSION SILA. El mismo letrero que había visto en el balcón desde la calle, las mismas letras. La inquietud me impacientaba o la impaciencia me inquietaba, no lograba distinguir la diferencia. No abrían y había pulsado el timbre nada más ver el letrero. Dejé caer mi peso sobre el botón nuevamente. No abrían. ¡No abrían! La escalera era tétrica. La lucera del techo esparcía una luz raquítica y agonizante que no alcanzaba más que a salpicar los peldaños por el lado de la barandilla. Volví a llamar por tercera vez. Enseguida escuché ruidos; parecían pasos; inmediatamente oí una voz en la lejanía, que canturreaba. La voz, cada vez más cercana, entonaba como los ángeles, provenía de una garganta prodigiosa. La puerta se abrió y enmudeció la voz, seguramente para escuchar. Tras la puerta apareció una vieja pintarrajeada, con el pelo muy largo y muy abundante, la melena ahuecada y enmarañada, vestida con un batín de boatiné color granate. El rumbo que tomaba mi impaciencia -la vieja no hablaba, sólo me miraba con desconfianza-, el plantón de la escalera y el agotamiento apenas me permitían articular una palabra. Me aclaré la voz y pregunté tartamudeando si tenían una habitación libre para ocuparla todo el año y que me mandaba Gabi. Parecía una tonta allí plantada, frente a la vieja que debía de estar trastornada porque me miraba y no contestaba y luchando con los nervios para que me saliera un hilo de voz claro que fuera comprensible. La vieja dijo, "Gabi", y luego algo que no entendí en portugués. Repetí la pregunta sacando la voz de la cabeza, con amabilidad e intentando sonreír, y mi sorpresa fue mayúscula cuando la loca dijo, ¡nao! y cerró la puerta.
No reaccioné. Tampoco volví a llamar. Bajé por la escalera despacio, tanteando la pared y el pasamanos a la vez y con la moral en ruinas. La idea de volver a coger las maletas y arrastrarlas por otra calle en busca de otra pensión -cuando encontrara alguna- fulminaba la ilusión de dormir en la hora siguiente.
No pude continuar bajando. En el rellano de la primera planta me senté con las piernas estiradas y encendí un cigarrillo. Había que pensar con calma, estaba en el principio del principio y no podía desesperarme. Tenía hambre y sueño y me dolía hasta la raíz del pelo. Peor no podía estar.
Oí abrirse una puerta y unos pasos que retumbaban pesados bajando por la escalera. La vibración del suelo repercutía en mi cuerpo por simpatía, porque a pesar de la situación me sentía cómoda.
-¿Está usté ahí entavía?
-¡Aquí! –dije, secamente.
La mujer esperaba una respuesta desde el portal y se asustó cuando me oyó tan cerca. Localizando la brasa del cigarrillo descendió hasta el rellano donde me encontró completamente desparramada.
-¿Ha preguntao pruna bitación? Sí cla tenemos. Mi tía está un poco ía y noye casi ná. No ha dibío entendel-la.
La voz de la mujer parecía de agua, fluía con una claridad casi celestial: era el ángel que cantaba en la pensión. Me levanté apoyándome en todas las partes de mi cuerpo intentando encontrar alguna que no me doliera, con lentitud, como si deseara llevarme el suelo pegado, como un gusano que precisa de cualquier superficie para avanzar. La mujer, que era muy joven, adivinó mi plomo y me ayudó a incorporarme. Me levantó como a un pelo, sin ningún esfuerzo. Era voluminosa y fuerte, aunque muy ágil. Me preguntó por el equipaje a la vez que señalaba el portal, apuntando con los ojos hacia abajo. Bajó rápida, con los movimientos parecidos a los de un oso; con los saltos rítmicos de los niños y las carnes descompasadas bailando a un lado y a otro. Desde abajo, preguntó:
-¿Ener güeco?...
Y, antes de que yo pudiera encontrar mi voz para decir “sí”, ya subía con las maletas como si nada. La dejé pasar delante y la seguí; no hubiera podido soportar el interrogatorio afónico de la vieja una vez más. Entró directa hasta una habitación, a la izquierda de la entrada: un cuarto inundado por la luz, que se abría a la calle con dos hermosos balcones.
La mujer era joven y se llamaba Celia; la vieja Sila. Si en la escalera me había parecido gorda era por la oscuridad, que escondía más de la cuenta. Celia era deforme. La carne se le repartía por el cuerpo de un modo despiadado y grosero. Solo había visto algo parecido en reportajes americanos sobre la obesidad. Su cara se prolongaba hasta el escote con una papada que se dividía en un canal oscuro donde se intuía el nacimiento del pecho. Los brazos y las piernas estaban estrangulados en las articulaciones, como las morcillas. Sentí lástima porque estaba sucia. A pesar de lo grotesco de la figura, Celia tenía los rasgos agradables. Lo más especial de su cara de luna, dos ojos diminutos y escondidos que emanaban tranquilidad y ternura. La voz maravillosa, en un aparte lejano, como una prótesis divina.
No dejaba de hablar y de explicarme cosas. Me decía que no hiciera caso de Sila, que bebía y que con la vejez eso se nota mucho. Mientras me hablaba empecé a notar un calorcillo que me subía por los pies y ascendía por el cuerpo hasta la cara. No la escuchaba con atención. Logré alcanzar alguna frase suelta que a duras penas repercutía en mi mente gaseosa. Pero me tranquilizaba escucharla. Me acunaba con su voz. Y con los ojos abiertos, dormía.
-Escanse, quendiluego hablaremos más calmás y lapuntaré en el libro de güéspedes.
Me entregó la llave de la habitación y salió cerrando la puerta.
Me tendí en la cama vestida, sin quitarme el abrigo siquiera. Recorrí la habitación con los ojos empezando por el techo; buscando los vértices bajaba por una esquina dando metros a la altura. Esta casa tiene los techos altos, debe ser difícil calentarla... Me quede dormida.
Sonó el timbre de la casa. Lo oí entre nubes. De un salto pasé de la última imagen de un sueño a mi cabeza. Me costaba moverme y me quedé quieta, en la misma postura, sin abrir los ojos. Volvió a sonar el timbre. Pasos, movimiento, voces y la puerta que se cierra. Regateaba con la pereza; ¿quién vencería antes, el sueño de nuevo o cambiar de lado?
El colchón se adaptaba al cuerpo, recogía mi forma y me acomodaba en él como en una vida nueva de la que no podría regresar, donde todo es tan irreal que no afecta, donde nada duele demasiado.
La primera imagen que me vino a la cabeza fue la de mi hija, que me arrancó las alas de cuajo y la realidad me cayó como un fardo desde el cerebro hasta el pecho. Toda mi historia se condensó en un segundo; apareció apretada desde el principio hasta el final como una proyección para un solo espectador; las secuencias pasaron sin piedad para pedirme explicaciones sobre mi pereza. No estaba ahí para dormir; la niña me esperaba.
Abrí los ojos: una habitación fría, entre las agonías del atardecer, con las paredes desnudas. Empecé a recordar. Estaba anocheciendo. Cuando entré por primera vez en la habitación el sol se colaba hasta el último rincón y la visión de una cama donde descansar me hizo creer que el cuarto era confortable. La noche urdía su traición; la oscuridad iba avanzando y me fue trayendo las nostalgias y las dudas. Aquellas cuatro paredes mudas eran una caja amarillenta con una cama, una silla y un armario destartalado y sin puertas. Tan sólo mis maletas significaban algo, porque reflejaban algún color. Desde el balcón entraban los destellos del letrero luminoso. Pensión Sila, SILA, la vieja endemoniada que me cerró la puerta. Si mis padres la vieran se desintegrarían. Bueno, ¡qué digo! si vieran todo; la gorda, la escalera, la habitación... Me volvieron a desfilar las imágenes de antes, pero esta vez se detenían: el piso en el que vivía con mis padres y mis hermanos, el colegio. Tantos años de educación... estudiando... para qué, para nada; una familia rota, una farsa; todo una mentira. Nada de esto volvería. Pero todo estaba retenido en mi memoria, en mis modales, en todas las fibras de mi organismo. Ahora es diferente, me decía constantemente; me alejaba de la comodidad, de la confianza con la que observamos las mismas cosas un día tras otro, sin que llamen nuestra atención; de esas mismas cosas ante las que pasamos desde siempre, sin preguntarnos por qué están ahí o quién las ha puesto que a mí nadie me ha preguntado dónde las prefiero.
-Ahora soy distinta -me dije en voz alta-, por eso todo va a resultar diferente.
Comprendí que, llegado este punto, nunca volverían a ser las cosas como antes, era ya imposible. Y, mientras hablaba al vacío, buscando el coraje necesario para no desfallecer, regresaron las imágenes de las habitaciones de mi casa en Rusiente, con los dormitorios enmoquetados y pintados; me parecían exquisiteces, abundancias al lado de las paredes ciegas que me rodeaban.
La miseria de la habitación me mostró el futuro que me esperaba. Noté un golpe en el pecho, un brinco del corazón, y sentí abrirse la brecha entre los dos mundos.
Antes de precipiatarme al vacío me instalé en la realidad enemiga: una angustia atroz.
Regresar a casa y someterme a la voluntad de mi familia: la idea me aliviaba y la angustia cedió.
Sonaron unos golpes en la puerta: era Celia. Me levanté, abrí la puerta y me lancé al abismo.

12 ene 2007

Marina

La última vez que había visto a Marina todavía ocupaba la buhardilla de la calle del Pez. Gracias a un amigo común, que la encontró un día por casualidad, pude dar con su paradero. Llevaba buscándola varios meses sin ningún éxito. Me presenté sin previo aviso, para darle una sorpresa. El día que caí por sorpresa en su “palomar”, la encontré metida en un lío del que pudo salir de la única manera que le fue posible, aplicando una buena dosis de ingenuidad que, en aquella época de su vida, en la que todo empezaba, constituía lo más valioso de su personalidad.
Marina era una mera observadora de acontecimientos, y los dejaba entrar en su vida porque nunca los había tenido. Decía que la vida circulaba y no bastaba con verla pasar, que era bueno no apartarse demasiado y permitir que nos rozara. Pero no siempre era ella quien buscaba a los problemas, sino que éstos, muchas veces, la involucraban, como a todos los mortales, y no hacía demasiado por esquivarlos. Así alimentaba su curiosidad por todo cuanto acontecía. Cualquier cosa, por insignificante que fuese, le resultaba una experiencia, aunque sólo fuese para elaborar con ella una pequeña idea que pudiera incorporar a su vida.
Me iba acercando en el taxi, ya veía el letrero con el nombre de la calle. Durante el trayecto, los recuerdos me hacían sonreír. Me sentí viejo acordándome de cada aventura con su desenlace.
-¡Pare aquí! -dije distraído.
Marina esperaba en la acera, con la velocidad de la impaciencia en la mirada. No había cambiado nada. Seguía estando delgada, como cuando me deleitaba pintándola en Boal; todavía guardaba un estado de candor, aunque percibí que se consumiría pronto pues en su cara había un brillo nuevo que desterraba aquella expresión de ingenuidad casi infantil, la que me cautivó porque era tan dulce y le llenaba levemente los ojos de melancolía.
El problema, me contó, surgió en el bar donde trabajaba; un bar con escenario, en el que tanto se representaba una obrita de teatro, como tenía lugar un concierto de jazz, con los músicos inflándose de cerveza en plena actuación, o como se escuchaba con fervor a un poeta que recitaba su poesía. Allí se daban cita, famosos, intelectuales y artistas de todas las categorías, sin que la fama o la ausencia de ella creasen un ambiente inaccesible para los que debutaban por primera vez. No había jerarquía ni preferencias, todos eran artistas sin ninguna diferencia. El dueño, Carlos, era escritor, y los miércoles se reunían escritores que trabajaban desde la marginación. El arte circulaba por las mesas sin demasiada compostura; podía encontrarse a un grupo discutiendo sobre los apuntes de cualquiera de ellos, o a un personaje durmiendo la mona en un sofá, tras una importante borrachera de horas tempranas.
Me encontré a Marina toda llena de agobios porque unos días antes habían entrado en el bar para robar y se habían llevado el valioso equipo de música. Sólo quedaron los altavoces, que también eran caros, pero que estaban colgados del techo y arrancarlos hubiera complicado el trabajo de los ladrones.
Como es normal, Marina fue la principal sospechosa; aunque, a ella no se le había pasado por la cabeza que nadie pudiera pensarlo. Vino un policía que la sometió a un interrogatorio de más de media hora. Cuando entró en el bar para empezar su jornada habitual, Marina advirtió el gesto que la dueña hacía al policía indicándole que era ella a quien estaban esperando. Carlos cerró la puerta del local y corrió las cortinas dando la vuelta al cartel de "cerrado". Marina saludó y obedeció las indicaciones que le hacían de que tomara asiento en una silla concreta, de una mesa concreta. Todo estaba estudiado de antemano, como en el escenario, pero Marina no se dio cuenta. El matrimonio se situó detrás de la barra, con intención de escuchar, y el policía se sentó antes que Marina adoptando la actitud de escudriñar el semblante de la sospechosa. Se fijaba sobre todo en sus manos, seguro de hallar algún temblor que delatara la turbación del culpable. Marina se quitó el abrigo sin apresurarse y lo colocó cuidadosamente en el respaldo de su silla; lo mismo hizo con el bolso y se decidió a sentarse. Estaba tranquila, aunque asustada por la severidad del hombre. El peso del respaldo hizo que la silla se venciera hacia atrás, al mismo tiempo que la sospechosa se sentaba de golpe en el suelo. Instintivamente se agarró a la mesa, que se tambaleó y puso en peligro al integridad de ambos, pero el hombre, todo reflejos, la sujetó sin mirar a ninguna otra parte más que a la cara de ella. No se inmutó ni la ayudó a levantarse. Esperó pacientemente a que se incorporara, sin abrir la boca. Marina se puso como la grana. Trasladó el equipaje a otra mesa y consiguió sentarse por fin. Presintió que achacarían el desastre a su nerviosismo; esta sensación junto con la desconfianza que se respiraba en el aire terminaron por desatarle los nervios.
Después del interrogatorio, el policía se marchó. En principio no mostró mucho interés por la culpabilidad de Marina, "aunque el asunto quedaba pendiente de estudio". Esto pudo escucharlo a pesar del tono confidencial que había usado el agente y le infundió alguna tranquilidad. Pero los dueños no estaban dispuestos a quedarse de brazos cruzados. Cuando Marina creyó que todo había terminado e iba a comenzar la jornada de trabajo, Carlos le informó de que el local iba a quedar cerrado por unos días: “si no te importa, acompáñanos a dar una vuelta de relax, que se respira mucha tensión por todo lo sucedido”. Ella aceptó con un cierto grado de desconfianza. La propuesta le pareció inocente, aunque intuyó algo que a lo que no pudo dar consistencia.
La perspicacia de Marina vagaba todavía lejos de los malos pensamientos. Por este motivo y por otros muchos detalles resultaba tan ingenua como una niña. La invitación de la pareja le incomodaba porque no le permitía quedarse sola para pensar sobre el asunto. Marina no podía adivinar que ellos le achacaban el robo y creyó que lo que en realidad querían era preguntarle si había observado algo raro la noche anterior, o si había visto a alguien merodeando por la barra, justo en la zona de los discos.
Subieron al coche y dieron vueltas por ciudad durante cinco minutos, en el más complicado silencio. La tensión hacía denso el aire. Mi amiga no comprendía de dónde demonios salía tanta tensión; suponía que de la pareja, cosa bastante comprensible teniendo en cuenta lo sucedido. La mujer de Carlos cortó el clima, con una acusación afilada. Entonces Marina comprendió que el interrogatorio había sido algo más que un simple trámite. "Sabemos que has sido tú; así que empieza a cantar y no compliques las cosas. Dinos dónde has metido el equipo". Marina cayó de golpe y una sensación de frío la invadió por completo. Cuando pudo hablar temblaba de pies a cabeza. Marina respondió: "en ninguna parte".
-¡Vamos! Mira, si nos lo devuelves se acaba el asunto, quitamos la denuncia y todo queda como estaba -dijo Carlos, pausadamente e intentando infundir tranquilidad paternal.
-Pero, es que yo no os puedo devolver el equipo de música, porque no lo he robado.
¿Y tus amigos?¿Gregorio, Manuel...?
-Tampoco. Son estudiantes, no rateros -respondió, Marina, molesta-. Viven con sus padres y tienen dinero de sobra. No necesitan robar un equipo para nada porque ya tienen uno que vale más que el que os han robado, y además viven mejor que vosotros.
-Vamos a sus casas -dijo la mujer enérgicamente-; quiero comprobarlo.
Marina se indignó.
-¡Ni lo sueñes! Yo no voy. Hacedlo vosotros, si queréis. Os presentáis y contáis vuestro problema, pero yo no involucro a mis amigos, porque sé que no han sido ellos.
-¿Sabes que has perdido tu trabajo?- dijo Carlos.
-Ya lo supongo -contestó Marina con amargura-, pero casi lo prefiero. No es cómodo trabajar para alguien que desconfía de ti. De todos modos siento mucho no poder ayudaros, estáis perdiendo el tiempo, no he robado el equipo. Hubiera sido poco inteligente por mi parte ya que, como así ha sucedido, yo iba a ser la principal sospechosa.
-No te creo -dijo la mujer.
Marina se impacientó.
-Pues peor para ti. ¿Qué queréis que haga, que diga que he sido yo? Si no queréis pensar otra cosa y estáis tan seguros, ¿por qué no se lo habéis dicho a la policía? Puede que sea culpable y esté aquí representando una comedia de inocencia. ¿Os deja tranquilos que lo diga? Pues vamos a la comisaría y lo digo: "estos señores quieren que diga que yo he robado su equipo de música". Pero no os lo va a devolver porque no lo tengo, no lo he cogido. Encuentro lógico que desconfiéis de mí, pero pensad que por el local pasa mucha gente entre clientes, amigos vuestros y actores. Para mí esto es un problema. Pierdo el trabajo y tal y como están las cosas prefiero comer a escuchar música. No entra dentro de mis cálculos ir por el mundo robando. Estoy preparando una oposición para conseguir un sueldo y poder recuperar a mi hija. Os lo dije el primer día; he sido sincera con vosotros. Creo que robando me lo pongo un poco más difícil de lo que ya lo tengo. Es curioso; si desde el principio os hubiera contado que yo era un ama de casa aburrida, que lo único que quería era buscar un entretenimiento, pero que en realidad tenía mi vida solucionada, ¿qué hubiera pasado? ¿Me hubierais culpado?
-¡Pues claro! -concluyó la mujer-, no hay ninguna diferencia.
-Pues perdona que te contradiga, pero no lo creo. Cuando tienes dificultades económicas, las sospechas recaen sobre ti inevitablemente cuando pasan cosas de este tipo. Pero iré más lejos, cuando tienes dificultades de cualquier clase o atraviesas por un mal trance, nadie quiere saber nada, porque nadie quiere complicarse escuchando o atendiendo los problemas de otra persona. No soy un ama de casa aburrida con ganas de moverse, soy una mujer separada, sin un duro en el bolsillo que se busca la vida sin pedir nada a nadie. Si sois un poco inteligentes, o medianamente intuitivos, os daréis cuenta de que no encajo dentro del mundo en el que me estáis recluyendo injustamente con vuestra acusación. No soy una vulgar choriza. Y no estáis sospechando, en realidad me estáis acusando. Estoy empezando a darme cuenta de que debería estar ofendida y en realidad lo que me pasa es que no salgo de mi asombro; no se qué hago aquí escuchándoos y aguantando semejante humillación.
Carlos y su mujer enmudecieron. Hacía rato que se había hecho de noche y continuaban dando vueltas y vueltas por las calles. Marina tenía la garganta seca y una desagradable presión en la boca del estómago. La mujer se giró y se sentó apoyada en la puerta, con intención de decir algo. Sin embargo no dijo nada y se dedicó a estudiar a Marina. Ante un gesto de Carlos para acabar con el infernal paseo por el laberinto de calles, que se iba llenado de gente y había que andar esquivando, su mujer se apresuró a decir:"vamos a tu casa, quiero mirar allí".
Carlos se volvió a mirarla sorprendido, como con sensación de estar extralimitándose.
-¿Tienes inconveniente, Marina? -dijo, derrotado por la mirada severa de su compañera.
Marina, con un tono suave y desprovisto de rencor, respondió:
-No, no tengo ningún inconveniente.
Carlos se lo agradeció con los ojos, por el retrovisor.
Marina no creyó que enseñar su cuarto fuera suficiente para calmar a aquella mujer, pero consideró que si no tenía nada que ocultar no tenía por qué negarse. Además el orgullo había dejado de escocerle hacía rato, cuando cayó la noche y cuando descargó su cabeza diciéndoles lo que pensaba.
El recorrido hasta la casa de Marina transcurrió en silencio. La mujer de Carlos se había acomodado en el asiento; y quizá iba pensando que esta última decisión era la que tenía que haber tomado desde un principio. Su sonrisa la delataba. Tenía el presentimiento de que Marina estaba "cazada" y de que en su casa encontraría el equipo. A Carlos, por el contrario, se le notaba afectado porque estaban rozando los límites de la paciencia de cualquiera. Habían sometido a mi amiga al interrogatorio del policía, a sus acusaciones y a un denso silencio mientras escudriñaban sus gestos, sus ojos, todos sus movimientos y cualquier cosa que hiciera evidente su sospecha. En definitiva, la mansedumbre de Marina le había convencido de su inocencia casi por completo, y todo lo que él hiciera de ahora en adelante, promovido por la obstinación de su mujer, le parecía mal y le hacía sentir como un canalla.
Cuando Marina abrió la puerta del cuarto, Carlos preguntó la hora, pero nadie respondió. Era una pregunta rompehielos; era, además, una pregunta que debía recaer sobre su mujer para que terminara cuanto antes con aquél absurdo ajuste de sucesos y sospechas.
Todo estaba en desorden. El armario, destartalado y sin puertas, vomitaba ropa y libros de texto, cada cosa en sus estantes, pero abarrotado por lo pequeño y la cantidad que contenía. La cama era un colchón estrecho depositado sobre el suelo, con un saco de dormir, color verde. El resto de la pieza estaba invadido por más libros que Carlos se apresuró a ojear. Detrás de la puerta (se vio al cerrarla) apareció un cajón de madera cubierto por una tela de cretona verde. Marina observó que la mujer lo miraba con insistencia. Se acercó, lo destapó y extrajo de él una botella de leche y unas magdalenas.
-¿Queréis comer algo? -dijo-, con las emociones se nos ha olvidado cenar.
Se expresó con tal naturalidad, que disipó por completo la intención que la había llevado a mostrar lo que contenía el cajón, cuando la mirada acusadora de la mujer había clavado su vista en él. Este detalle la desarmó e hizo que Carlos y Marina se miraran con un destello de complicidad, mientras se sentaban en el suelo tranquilamente. La mujer se irguió y dijo secamente:
-¡Venga!¡Empieza a buscar!
Marina sonrió, diciendo:
-no soy yo quien tiene que buscar nada, porque sé que el equipo no está aquí. Sois vosotros quienes tenéis dudas; podéis buscar con toda libertad.
La mujer se sentó vencida e incapaz de moverse. Pidió una magdalena, mientras la cogía directamente del cajón y sin esperar consentimiento. Carlos permaneció en silencio, con los ojos clavados en libro que había escogido. Por fin, él empezó a hablar. Preguntó a Marina por sus preferencias en literatura. Aunque conseguía hacerse una idea por lo que veía, necesitaba hablar de algo que despistara el tema principal de la rara reunión en aquél cuarto. Le preguntó también por detalles de su vida y reconoció que quizá debía de haber mostrado algún interés desde el principio; porque, si se hubiera preocupado un poco por saber algo acerca de ella, de cómo vivía y de lo que la había llevado hasta allí, probablemente no se habrían atrevido a tanto aquella tarde.
Cerca de las cuatro de la madrugada, Carlos decidió que era hora de marcharse, aunque no quiso irse sin antes disculparse con Marina.
-Ha sido una conversación interesante, ¿sabes? Soy escritor y me fascinan las historias de todo el mundo. Lo que tú haces, Marina, es "humanear". Yo lo llamo así; y para mí tiene mucha importancia, porque estoy convencido de que hace que la gente deje de ser normal para volverse interesante. Lo que más me ha gustado de esta tarde es que te has portado con nosotros con mucha paciencia; además, has sido generosa, nos has invitado a cenar magdalenas con leche, mientras nosotros sólo pensábamos en nuestro dichoso equipo, sin preocuparnos por si te esperaba alguien o habías comido. Te hemos llevado de acá para allá, te hemos insultado y nos hemos metido en tu casa; has permitido que éstas horas tan desagradables rueden contigo. Pareces buena chica. Yo ya no tengo dudas. Además, si me lo permites, me voy a meter un poco en tu vida. Creo que lo estás haciendo bien, que te has salido por completo de tu ambiente para iniciar una nueva vida. Yo hice algo parecido y estoy satisfecho con mi vida y con lo que he hecho con ella; la única forma que tenía de percibir mis diferencias, de aprender a valorar las cosas por mí mismo, era lanzándome de cabeza en el desorden, en el caos. Me enredé en él, me perdí, pude percibir sus efectos. También me quedé solo, pero fue mejor.
Marina estaba emocionada pero no lo dejó traslucir porque vio que la mujer seguía aferrada a su intención de encontrarla culpable. Respondió a Carlos con sinceridad, pese a la incomodidad del esfuerzo que tenía que hacer para no soltarse a llorar.
-He pensado que razonando mi inocencia, que era lo único que podía hacer, estaríais pensando que se trataba de una estrategia para quitaros la idea de la cabeza. Por eso os lo he dicho, porque quería entrar en todas las posibilidades cuanto antes. He supuesto que si lo hubiera robado me hubiera puesto nerviosa, pero también he pensado que eso no debía importarme demasiado. He notado que todos me observabais, estudiabais mis nervios. Tanto si lo hubiera hecho como si no, yo hubiera seguido manteniendo mi inocencia. Es lógico, ¿no? De manera que tendréis que conformaros con lo que os deje más tranquilos; y os digo sinceramente que no lo he robado. Si no me podéis creer, lo aceptaré; en caso contrario me alegraré, porque no estaréis enfadados conmigo y tendré un bar al que podré ir de vez en cuando a oír música.
-Reconozco que tu seguridad me ha desarmado un poco al principio -dijo Carlos-; y es verdad que he pensado que podías estar representando una comedia de inocencia. Pero eres educada, no nos has atacado, has sido correcta. Y la gente educada tenemos puntos muy vulnerables, nos volvemos más débiles. Además, todo lo adquirido a través de este método tiene fisuras por las que se escapa la intuición y nos permite ver el grado de naturalidad con el que se desenvuelven los demás. Este punto es clave para descubrir muchas cosas, y yo hoy he descubierto que estabas siendo sincera, que no estabas fingiendo. Te has defendido con lógica y nos has hablado de tu oposición, de tu hija, no sé, en fin he visto algo. Bueno, el bar estará abierto el viernes, ¿querrías venir a tomar una copa con nosotros? Es una lástima que tengan que pasar estas cosas para conocer de verdad a la gente.
-Sí, es una pena -concluyó, Marina.
Carlos pareció querer añadir algo, pero como su mujer se impacientaba sólo dijo que seguirían hablando el viernes y que la conversación quedaba pendiente. Marina prometió ir y enseguida se marcharon.
En la cabeza de Marina resonaba como un eco lo que les había dicho: "tendréis que conformaros con lo que os deje más tranquilos". Pero si alguien tenía que buscar pensamientos que le infundieran tranquilidad era ella porque en realidad, cada día, no hacía otra cosa que atraerse ideas que la mantuviesen serena; un buen sistema era justificar el comportamiento de los demás con el fin de justificarse a sí misma. Quería desprenderse de todo lo que la hacía sufrir "innecesariamente", y la vida se le hacía una carga muy pesada con solo pensar que vivir también era sufrir.
Cuando Carlos y su mujer se marcharon, la actitud de él le había parecido la lógica. Al verse absuelta se había conmovido, como cuando era pequeña y la acusaban injustamente de algo, y una vez que habían reconocido su inocencia lloraba la angustia y el miedo acumulados. Pero la actitud de la mujer tampoco le había sorprendido porque, tras una sospecha, aunque después se disipe, muchas veces la desconfianza queda en el aire y el motivo que lleva a desconfiar de alguien permanece inevitablemente. Muy en el fondo, todos las personas nos sentimos culpables por algo, aunque ese algo no se cuaje con una forma concreta.
Marina contuvo las lágrimas, quedando pendiente la angustia de las horas que había pasado, y prefirió pensar que en la mujer no había maldad, sino que era desconfiada por algo que venía determinado por una antigua cicatriz, como le pasaba a ella misma muchas veces.

Me despedí de Marina con pesar, lamentando no tener el instrumental para retratar sus nuevas emociones. En estas pocas horas comprendí que durante este tiempo había amado y odiado, había descargado una parte de su ignorancia y había encontrado las primeras respuestas a todas aquellas preguntas que se hacía cuando la conocí.
Mucho tiempo después, Marina me contó que el asunto terminó como era de esperar. El viernes fue al bar y el lunes siguiente ya estaba otra vez detrás de la barra, porque Carlos, a pesar de las protestas de su mujer, la volvió a contratar. Al cabo de un mes descubrieron a los culpables intentando vender el equipo de música en El Rastro; una cuadrilla de actores que había actuado una noche en el bar. Pero la dueña nunca dejó de mirarla con recelo; y, aunque la relación se suavizó con el tiempo, jamás se disculpó con ella.

Madrid, 1982.

La órbita del tiempo

Hoy no me ajusta el cuerpo. He dormido poco, dos horas en toda la noche.
En medio de una lectura, me levanto y salgo afuera. Yo he ordenado este jardín, lo he recluido en la prisión de mis gustos, de mis deseos. Ha quedado encerrado en la visión que tuve cuando esto solo era una pradera desnuda. Cada año todo está más grande; salen los brazos leñosos entre las rejas invisibles. No quise poner rejas al campo. Ya no recuerdo la imagen. En mi cabeza estuvo ordenado una vez. Por suerte, se ha resistido a permanecer fotografiado. Me gusta. El cautiverio ha fabricado transformaciones. Tampoco puedo contenerlo; se vence hacia una rabiosa anarquía. Cada vez es más salvaje. Quiere cumplir la ley, viaja hacia el desorden: un lujo de la naturaleza, del universo. Como los humanos.
El semblante de la vegetación contamina el texto: dejo el libro, abierto, sobre la hierba.
Por el sur veo el valle. Y por el norte una cala cantábrica, violenta, animal. El mar convencido; la tierra entregada, reducida a arena, sometida por el agua y el viento.
La temperatura es tan alta este invierno que asusta. Hoy nada me convence. Vivo una negación donde fermentan nuevos gérmenes y una luz nueva vendrá a sustituir a la anterior. Así se irán construyendo otros puentes ideológicos por los que cruzará mi vida, mientras en el diario de mis células irán quedando escritas convicciones caducas y viejas resignaciones. Ellas son las lecciones aprendidas, que habré de repasar para esquivar al vacío de la madrugada, el momento angustioso de ceguera, el instante justo del cambio de luz, cuando siento que puedo caer.
Nada en medio del jardín, en este paraíso que he creado, permanece imperturbable.
Si se posa un pájaro, se vence la rama. Si sopla una brizna de aire, las hojas aplauden.
A la prisión diaria de sentirme, se une la necesidad de imaginar escenarios disparatados que disfrazan la vida por un instante. Un jardín, por definición, no tiene nada de disparatado. La mente es poderosa y hace un esfuerzo por evadirme de ciertos “estares”. Tengo bienestares y malestares. Cuando estoy en el centro, ni bueno ni malo, solo tengo estares. Este modo intermedio de ser o de no ser es un pasadizo que une dos lugares. Me detengo en medio, donde surge una idea que sustrae el presente y me arranca de mi propio lado. Un privilegio. Alejada ya de mí misma, las páginas de la novela, pese a su intensidad, pierden efecto, son inútiles. Ya no estoy en el presente ni en el pasado.
El futuro no existe. Ahora no presido el tiempo; solo vivo el instante e intento no acumular segundos. Soy pero no estoy. O, ¿es al revés? Me he perdido.
El libro continúa abierto, donde lo he dejé antes de perderme en el tiempo. Un remolino se enreda con las hojas y las arruga. Las páginas sujetas al lomo y las palabras a las páginas. Me acerco a cerrarlo y miro, por casualidad, la hierba. ¡Qué bien se siente aquí! Pero… si yo no estaba, no estoy ni bien ni mal. No puedo, pero quiero. Repetiré la frase: ¡Qué bimel se siente aquí! Bimel: ni bien ni mal. Palabra nueva. Ya tengo dos: estares y bimel. A pesar de la familiaridad de la vegetación me creo el anonimato, me convenzo de él. Ni un alma humana; acaso una voz lejana que se expresa en el lenguaje que los animales de granja comprenden. Apuro un cigarrillo, lo apago y lo piso. Observo la colilla aplastada y me pregunto qué pasará con ella. Me doy cuenta de que me estoy instalando en el tiempo: he pensado en el futuro de la colilla. No. No quiero moverme de aquí. He detenido el tiempo.
Una pequeña araña gris pasa junto a mi pie: su paso es cauteloso pero firme, no vacila. Intento averiguar dónde está su nido. Pero no me levanto para buscarlo. Con una pata toca accidentalmente la boquilla de la colilla apagada: no le gusta; quizá tenga un olor desagradable. Se aleja, pero, no; retrocede y la inspecciona detenidamente una vez y otra; así lo hace durante un minuto. Después la abandona y camina con la misma determinación de antes. Entre la hierba casi seca la pierdo. También he perdido la cuenta de un tiempo en cuya nave ya he entrado. Busco la araña, desesperadamente. ¿Cómo es posible? ¡Solo he desviado la mirada un segundo! Insisto en la búsqueda y por fin la encuentro: quieta, muy quieta, justo donde la había perdido: ¿Qué estará haciendo? De golpe recorro en tiempo, que se había acumulado. He viajado del pasado al futuro de la araña. Y al echarla de menos me he lanzado de cabeza al presente. Dentro de esta ensalada aliñada con minutos y segundos, de tréboles, margaritas, jazmines, buganvillas, parras, brezo y hierbabuena estamos metidas la Perra, la Araña y Yo: tres pesos ligeros. Ellas dos, ajenas al cínico dogma de existir sin interferir. Yo queriendo ser cualquiera de ellas, por unas horas.
Me instalo en el presente: el rugido intenso del mar me llega sólido hasta los oídos.
Y de pronto la araña gris sale de su trance y corre a toda prisa como si algo o alguien la reclamase, como si un cambio que yo no percibo la decidiese o como si repentinamente se hubiese acordado de que tiene la comida en el fuego.
¿Qué he ganado? Dos palabras nuevas y un viaje en el tiempo.
Y he repasado esta lección: cada día es una secuela del anterior.