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12 ene 2007

La órbita del tiempo

Hoy no me ajusta el cuerpo. He dormido poco, dos horas en toda la noche.
En medio de una lectura, me levanto y salgo afuera. Yo he ordenado este jardín, lo he recluido en la prisión de mis gustos, de mis deseos. Ha quedado encerrado en la visión que tuve cuando esto solo era una pradera desnuda. Cada año todo está más grande; salen los brazos leñosos entre las rejas invisibles. No quise poner rejas al campo. Ya no recuerdo la imagen. En mi cabeza estuvo ordenado una vez. Por suerte, se ha resistido a permanecer fotografiado. Me gusta. El cautiverio ha fabricado transformaciones. Tampoco puedo contenerlo; se vence hacia una rabiosa anarquía. Cada vez es más salvaje. Quiere cumplir la ley, viaja hacia el desorden: un lujo de la naturaleza, del universo. Como los humanos.
El semblante de la vegetación contamina el texto: dejo el libro, abierto, sobre la hierba.
Por el sur veo el valle. Y por el norte una cala cantábrica, violenta, animal. El mar convencido; la tierra entregada, reducida a arena, sometida por el agua y el viento.
La temperatura es tan alta este invierno que asusta. Hoy nada me convence. Vivo una negación donde fermentan nuevos gérmenes y una luz nueva vendrá a sustituir a la anterior. Así se irán construyendo otros puentes ideológicos por los que cruzará mi vida, mientras en el diario de mis células irán quedando escritas convicciones caducas y viejas resignaciones. Ellas son las lecciones aprendidas, que habré de repasar para esquivar al vacío de la madrugada, el momento angustioso de ceguera, el instante justo del cambio de luz, cuando siento que puedo caer.
Nada en medio del jardín, en este paraíso que he creado, permanece imperturbable.
Si se posa un pájaro, se vence la rama. Si sopla una brizna de aire, las hojas aplauden.
A la prisión diaria de sentirme, se une la necesidad de imaginar escenarios disparatados que disfrazan la vida por un instante. Un jardín, por definición, no tiene nada de disparatado. La mente es poderosa y hace un esfuerzo por evadirme de ciertos “estares”. Tengo bienestares y malestares. Cuando estoy en el centro, ni bueno ni malo, solo tengo estares. Este modo intermedio de ser o de no ser es un pasadizo que une dos lugares. Me detengo en medio, donde surge una idea que sustrae el presente y me arranca de mi propio lado. Un privilegio. Alejada ya de mí misma, las páginas de la novela, pese a su intensidad, pierden efecto, son inútiles. Ya no estoy en el presente ni en el pasado.
El futuro no existe. Ahora no presido el tiempo; solo vivo el instante e intento no acumular segundos. Soy pero no estoy. O, ¿es al revés? Me he perdido.
El libro continúa abierto, donde lo he dejé antes de perderme en el tiempo. Un remolino se enreda con las hojas y las arruga. Las páginas sujetas al lomo y las palabras a las páginas. Me acerco a cerrarlo y miro, por casualidad, la hierba. ¡Qué bien se siente aquí! Pero… si yo no estaba, no estoy ni bien ni mal. No puedo, pero quiero. Repetiré la frase: ¡Qué bimel se siente aquí! Bimel: ni bien ni mal. Palabra nueva. Ya tengo dos: estares y bimel. A pesar de la familiaridad de la vegetación me creo el anonimato, me convenzo de él. Ni un alma humana; acaso una voz lejana que se expresa en el lenguaje que los animales de granja comprenden. Apuro un cigarrillo, lo apago y lo piso. Observo la colilla aplastada y me pregunto qué pasará con ella. Me doy cuenta de que me estoy instalando en el tiempo: he pensado en el futuro de la colilla. No. No quiero moverme de aquí. He detenido el tiempo.
Una pequeña araña gris pasa junto a mi pie: su paso es cauteloso pero firme, no vacila. Intento averiguar dónde está su nido. Pero no me levanto para buscarlo. Con una pata toca accidentalmente la boquilla de la colilla apagada: no le gusta; quizá tenga un olor desagradable. Se aleja, pero, no; retrocede y la inspecciona detenidamente una vez y otra; así lo hace durante un minuto. Después la abandona y camina con la misma determinación de antes. Entre la hierba casi seca la pierdo. También he perdido la cuenta de un tiempo en cuya nave ya he entrado. Busco la araña, desesperadamente. ¿Cómo es posible? ¡Solo he desviado la mirada un segundo! Insisto en la búsqueda y por fin la encuentro: quieta, muy quieta, justo donde la había perdido: ¿Qué estará haciendo? De golpe recorro en tiempo, que se había acumulado. He viajado del pasado al futuro de la araña. Y al echarla de menos me he lanzado de cabeza al presente. Dentro de esta ensalada aliñada con minutos y segundos, de tréboles, margaritas, jazmines, buganvillas, parras, brezo y hierbabuena estamos metidas la Perra, la Araña y Yo: tres pesos ligeros. Ellas dos, ajenas al cínico dogma de existir sin interferir. Yo queriendo ser cualquiera de ellas, por unas horas.
Me instalo en el presente: el rugido intenso del mar me llega sólido hasta los oídos.
Y de pronto la araña gris sale de su trance y corre a toda prisa como si algo o alguien la reclamase, como si un cambio que yo no percibo la decidiese o como si repentinamente se hubiese acordado de que tiene la comida en el fuego.
¿Qué he ganado? Dos palabras nuevas y un viaje en el tiempo.
Y he repasado esta lección: cada día es una secuela del anterior.

4 dic 2006

El Huerto y el Cura

La cancela del jardín de la sacristía estaba abierta. Quizá el padre Anselmo, o su hermana, se olvidaron de cerrarla por la noche. Entré con sigilo, y me escondí bajo el macizo de buganvillas para observar al cura cuando entrara.
Todavía era temprano. El sol radiografió las hojas de los cerezos y las dejó al desnudo. Sentí un deslumbramiento, como cuando se observa algo que deleita en exceso.
Una forma de esperanza emergió torpemente del caudal de sensaciones en el que me encontraba inmerso; y la potencialidad de la vida se me fue acercando con la tibieza de la luz errante, justo cuando se quebraba el silencio: un roce de aromáticas, una esperanza en el lecho de la ignorancia.
El padre Anselmo era bastante joven para jubilarse; sin embargo, saltaba a la vista que se sentía acabado. Seguramente, no había encontrado dónde depositar el sentimiento de culpa que nos acechaba a ambos; en mí, que estaba convencido de tenerla, o sobre sí mismo porque le había flaqueado la fe.
Pocas veces había tenido el cura la sensación de haberse equivocado. Aunque su espíritu había acumulado suficientes contradicciones, y en pocos días se habían materializando en su rostro y en su cuerpo. Puede que fueran la vanidad y el orgullo del pecado original, porque creyó que la Palabra de Dios no era suficiente. Sus palabras habían liberado un residuo de su corazón que debió haber sido estampado contra la pared oscura de una noche cualquiera. Su voz se distrajo, se perdió entre la espesura de un bosque humano que no quiso renunciar a un sueño.
La puerta de cristales de la sacristía se abrió; y mientras el padre salía, su hermana le volcó un susurro en el hombro:
-no quiero comer nada -dijo,- quiero estar solo.
El movimiento por el huerto atrajo un zumbido de abejas desde la higuera y el cura empezó a sacudir los brazos alrededor de la cabeza, quizá sin saber exactamente a quién debía espantar. Luego investigó en sus manos, como esperando encontrar en ellas el rastro de los años perdidos.
-Quiero estar solo-, repitió en voz baja, mientras fue hundiéndose en la espesura y las sombras, donde la luz trazaba líneas con las partículas brillantes del aire.
Se detuvo junto a la higuera. El sonido de abejas se redujo a un sonido monótono que el sacerdote asumió como un salmo: canturreaba como un demente perdido en el espacio de un recuerdo.
Por fin se sentó bajo el árbol, abrió un libro imaginario entre las manos y empezó a leer. La voz se sofocaba, se estaba consumiendo. Una fotografía, eso era; una instantánea a contraluz de la impotencia que arde en el alma de un hombre.
El padre todavía no me había visto. Me quedé observándolo un buen rato, temiendo que mi presencia añadiría ascuas a su hoguera. Tuve la tentación de huir. Entonces sentí la vida enhebrando mi cuerpo; y volvió el roce de la esperanza que me empujaba suave pero firmemente, hacia el hueco de existencia que intentaba abrirse en el tiempo.
Sonaron las diez en el reloj del ayuntamiento. Salí de entre las buganvillas y me coloqué muy cerca, bajo un cordón de luz. El reflejo del rayo sobre mi americana blanca chocaba contra su sotana y la iluminaba, pero él no se inmutó.
-Padre -le dije,- si le parece bien, puedo hacerle compañía.
Ni siquiera me miró. Cerró el libro juntando las palmas:
-¡Amén!-dijo-. Después arrastró la mirada por el suelo y se dirigió a mí:
-eres un buen muchacho, doctor, hace días que no charlamos.
Era la primera vez que me tuteaba. Por un momento creí que desvariaba. Permanecí callado unos instantes; esperaba algo más. La situación me intranquilizaba. Al fin contesté, ejerciendo de niño, en aparente desigualdad e incapaz para hacer daño.
-Padre -le dije-, cuando mira el cielo por las noches, ¿no tiene la impresión de que ahí fuera vive alguien más?
Al instante me arrepentí de mis palabras.
Pensé que la atracción de la ilusión sobre el desengaño era muy fuerte, que ambas se encontraban a poca distancia y tendían a reunirse pronto. Era preciso reconstruir el momento para evitar que la realidad estallase. Pero mi destino dependía ya de su voz.
El padre Anselmo me clavó sus ojos húmedos. Me respondió que un rayo de lucidez había herido su conciencia y que bajo la ampolla había encontrado una piel nueva.
Luego me examinó con sed, pero no me atreví a decir nada. Y, entonces, hallé en su rostro una inteligencia extraordinaria.
Me preguntó:
-¿sabes por qué leía en mis manos?
Y sin apenas respirar, respondió:
-porque ya no son las mismas.

El hervor de insectos aumentó cuando empezamos a pasear por el jardín. De pronto, igual que había hecho antes, se detuvo ante la única morera, que llegaba hasta el suelo. Abrió la densa cortina de hojas y observó las entrañas, diciendo:
-cuando nos asimos a la Naturaleza escuchamos el corazón de todos sus hijos, nos alimentamos unos de otros, compartimos un alma.
Luego, con la mano sobre la frente, continuó:
-el secreto de todo está aquí, doctor; entre los pliegues de esos pensamientos tuyos he encontrado una Fe que parece más auténtica que la anterior.
No supe qué decir; no conocía ningún remedio que aliviara el dolor del hombre, en cuyo corazón crece la necesidad de reunir el misterio del mundo con su propia mente. Porque la verdad de su espíritu, sujeta antes a la voluntad de Dios, estaba echando raíces en torno a esta nueva concepción.