Vivir sin hacer daño es una de esas aspiraciones que te atrapan en cuanto las pronuncias, como un lazo que se aprieta al tirar. Imposible desde el primer aliento, y sin embargo, la única brújula que vale la pena llevar.
Las religiones te ofrecen el confesionario. Los estados te ofrecen la multa.
Las organizaciones -incluso las más nobles- te ofrecen la absolución colectiva: paga tu cuota, asiste a la reunión, vota bien y queda limpio. Hay algo obscenamente cómodo en eso.
Un mercado de indulgencias para laicos, ricos y famosos, que funciona exactamente igual que un trámite administrativo.
Hiciste daño, das una disculpa obligado, la cual sale en ciertos medios de comunicación, seguramente, interesados. Es decir: pasas por ventanilla, te ponen el sello, te dan el recibo y sales limpio. La conciencia queda archivada como un expediente cerrado.
La ironía es que algo tan profundo como el daño que causas a otra persona se gestione con la misma mecánica que una multa de tráfico pagada o una declaración de la renta en la que te pillaron, te tocó pagar y santas pascuas.
Como ha dicho Ramoncín: "puestos a decir tonterías.... lo mejor es no decirlas".
Un mercado de indulgencias para laicos, ricos y famosos, que funciona exactamente igual que un trámite administrativo.
Hiciste daño, das una disculpa obligado, la cual sale en ciertos medios de comunicación, seguramente, interesados. Es decir: pasas por ventanilla, te ponen el sello, te dan el recibo y sales limpio. La conciencia queda archivada como un expediente cerrado.La ironía es que algo tan profundo como el daño que causas a otra persona se gestione con la misma mecánica que una multa de tráfico pagada o una declaración de la renta en la que te pillaron, te tocó pagar y santas pascuas.
Como ha dicho Ramoncín: "puestos a decir tonterías.... lo mejor es no decirlas".
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