Uso libre
Hay crímenes que se cometen en la sombra, con la cabeza gacha. Y con la conciencia turbia, buscando la oscuridad... como insectos que buscan desesperadamente la humedad.
Y hay crímenes que se cometen de pie, al sol, con el pecho hacia adelante y una sonrisa de satisfacción en los labios. El segundo tipo es más antiguo; es el crimen que no necesita esconderse pues ha decidido que el mundo que lo contempla no importa, porque ese mundo ya está comprado.Lo que el Estado de Israel está perpetrando sobre los pueblos de Gaza, de Cisjordania, del Líbano -pueblos legítimos en sus propios territorios, con sus nombres inscritos en la tierra desde antes de que existiera el documento que pretende borrarlos- no es una operación militar. No es una respuesta. No es defensa. Es un exterminio publicitado, una limpieza étnica con gabinete de prensa, un genocidio que sus artífices no solo no ocultan sino que exhiben como logro. Sus ministros presumen. Sus generales se congratulan. Su líder sionista lo enuncia con la tranquilidad de quien sabe que nadie con poder suficiente va a detenerle.
Hitler, al menos, mentía.
No digo esto como elogio al nazismo ni como atenuante de su horror. Lo digo como dato: incluso el Tercer Reich necesitaba el eufemismo, la burocracia opaca, los campos escondidos entre bosques. Necesitaba que el mundo no viera con demasiada claridad.
Netanyahu no necesita nada de eso. Actúa en el momento preciso en que el gigante americano atraviesa su propia crisis de identidad -un monstruo que se devora a sí mismo pero no ha dejado de alimentar el imperialismo con armas y vetos-, mientras la Unión Europea contempla paralizada, incapaz de pronunciar la palabra correcta porque tiene demasiados intereses que proteger y demasiada cobardía institucionalizada. Entretanto, los países árabes vecinos negocian en voz baja su propio acomodo, comprando promesas con el silencio de sus pueblos.
El objetivo no es secreto. Nunca lo fue. Es el territorio. Es la tierra. Es hacer por la fuerza y la sangre lo que ningún derecho internacional ampara, lo que ninguna resolución ha legitimado, lo que solo la impunidad sostenida en el tiempo puede producir: un hecho consumado sobre un cementerio.
Y nosotros -los que miramos, los que leemos, los que todavía creemos que las palabras sirven para algo- tenemos la obligación de llamar a las cosas por su nombre. No por exactitud académica. Sino porque el lenguaje es el último territorio que nadie nos puede bombardear. Porque nombrar bien, honesta y éticamente, es el primer acto de resistencia cuando todos los demás han sido bloqueados, vetados, silenciados en los consejos de seguridad del mundo.
Esto es un genocidio. Es una aberración. Es difícil digerir que esta Naturaleza de la que provenimos, y que ha depositado una bomba de amor en nuestro corazón, sea capaz de tamaño consentimiento. Porque esto no va de Naturaleza como reserva de humanidad. Esto va en contra de la Humanidad, no como abstracción filosófica sino como conjunto concreto y frágil de seres que respiran, que tienen nombres, que tenían casas, que tenían hijos, que tenían el derecho elemental e irrenunciable de seguir existiendo.
La razón nos pide que lo veamos, en tanto que la Ética nos prohíbe mirar hacia otro lado.
Y algo más profundo que ambas -ese lugar donde la poesía y la conciencia se tocan-, nos recuerda que cada vez que una civilización permitió que esto ocurriera sin nombrar lo que era, algo se rompió en ella que tardó generaciones en soldar, si es que alguna vez se soldó del todo.
Me niego a participar de esa civilización. No me quedaré en silencio.
#palestinalibreysoberana #DerechosHumanos #HaciaLasEstrellas
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