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Con motivo de las "unificaciones" de los progresistas.
Llevo todo el día pensando en un ejercicio de arqueología política aplicada al presente: La Diarquía. Un invento romano que funcionó durante largos periodos, precisamente porque institucionalizaba la desconfianza y el equilibrio. Tiene mucho que enseñarnos.Dejadme que sueñe un poco.
Por un lado, resuelve el problema del "todo o nada": en una izquierda fragmentada, ceder el liderazgo único a un grupo se percibe como una derrota por las demás. Dos líderes, especialmente si representan las dos almas principales permitirían que cada familia se sintiera representada en la cúpula.
Por otro lado está el liderazgo como espejo de la coalición: si la base de la unión es plural, lo lógico es que la cúpula también lo sea. Una diarquía sería la imagen especular de la alianza, ya que es diversa en su cúpula pero está unida en la acción de gobierno.
Además es una forma de domesticar las ambiciones: nada frena los personalismos como tener a alguien enfrente con el mismo rango y poder de veto. La diarquía fuerza al pacto, a debatir, negociar y a la coordinación desde el primer minuto. De modo que no es un liderazgo sino una gestión compartida de egos y proyectos.
Para evitar los riesgos, como la parálisis por acuerdo, luchas por el liderazgo o la confusión ciudadana ante dos "primer ministro", se me ocurre un mecanismo de ingeniería política mediante un "turnismo semestral" ratificado por el Parlamento.
O sea: ingeniería constitucional, que despersonaliza el poder; obliga a la cooperación estructural; refuerza el papel del parlamento; y crea una memoria institucional de la coalición, donde nadie puede echar la culpa al anterior porque todos saben que en seis meses el siguiente será el anterior.
Hay precedentes históricos en los Cónsules romanos, en la Dirección Colegiada (1918-1933) de Uruguay, en Suiza, el Consejo General y en ¡Al-Andalus! durante las Taifas.
Puede surgir el problema de que el presidente saliente afloje o se sienta "triste" al final de su semestre, lo que podría solucionarse con un co-gobierno de los dos presidentes durante los treinta días finales de cada mandato; así, el entrante ya participaría de las decisiones claves que le van a afectar, y el poder se transferiría gradualmente y no de golpe.
¿Que, pierden las elecciones? Ya me voy despertando del sueño.
Pues la oposición podría ser bicéfala para evitar luchas intestinas...
Me acabo de caer de la cama.
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