26 mar 2026

Podemos

 

Uso libre

Ya he hablado sobre un artículo de Ione Belarra que pretende movilizar a la izquierda y tras analizarlo llego a concluir que, precisamente, esa estética de urgencia y confrontación que el artículo encarna es parte del problema que dice querer resolver.

La forma contradice el fondo.

Podemos está en modo defensa. Todo el tiempo. Y es lógico sólo hasta cierto punto, porque esa actitud no genera confianza: imprime más miedo.
La presión y la persecución aceleran los procesos. Cuando te atacan sin tregua, la tentación es simplificar el mensaje, cerrar filas, identificar enemigos con más nitidez.

Y las prisas son reveladoras. Quien tiene prisa generalmente tiene miedo: miedo a no llegar, a que la ventana se cierre, a que el sistema te absorba o te destruya antes de que puedas cambiar algo. Ese miedo puede ser legítimo; pero cuando gobierna las decisiones lacera y corroe, precisamente, lo que hacía valiosa la propuesta original.

Me pregunto si el problema de fondo no es que en España la política de transformación real siempre ha tenido que desarrollarse bajo una presión hostil tan intensa que raramente ha podido madurar con serenidad. La pedagogía requiere calma, requiere admitir matices y complejidad, y eso es un lujo que la política en modo supervivencia no suele permitirse.

Los integrantes de Podemos, sus seguidores y afines, también hablan de detener a la ultraderecha. Ellos piensan que no se consigue con la unión de toda la izquierda para unas elecciones. Y, entonces, me pregunto. ¿Cómo se consigue frenar a la ultraderecha a corto plazo? Quizá es una pregunta que la mayoría de los políticos evitan porque el corto plazo es incómodo. Y porque a largo plazo, la respuesta tiene varias vías: la más importante es Educación de calidad -no me canso de repetirlo-, lo que traerá cultura política, para abrir paso reducción de desigualdades, e instituciones fuertes. Pero, eso, tarda generaciones.

A corto plazo, la evidencia comparada de otros países sugiere varias cosas concretas.
Primero, resolver o al menos abordar visiblemente los problemas materiales que alimentan el malestar: vivienda, precariedad, sensación de que el sistema no te protege. La ultraderecha no crece en el vacío, crece donde hay frustración acumulada sin respuesta creíble desde la izquierda o el centro.
Segundo, no ceder el marco narrativo. Cuando la izquierda acepta debatir en los términos de la ultraderecha, inmigración como amenaza, seguridad como valor supremo, ya ha perdido medio debate.
Tercero, y esto es paradójico, cierta moderación táctica en las formas, no en el fondo. Los estudios electorales muestran consistentemente que el miedo al caos beneficia a la derecha. Una izquierda que transmite serenidad y competencia gestora resta votos a la ultraderecha entre votantes indecisos.
Y aquí está la tensión real con Podemos: su estética de urgencia y su confrontación pueden movilizar a los ya convencidos pero empuja hacia la ultraderecha a votantes asustados que buscan orden. Porque hay que contar con los aspectos emocionales del individuo.
Y, cuidado con las ideas que pretenden ordenar la vida sin atender a los efectos, porque no nos cuidan ni nos educan: una vez conseguida una porción del poder, el cálculo previsto no cuadra; y la cercanía o el alejamiento del ciudadano son distancias que hay que medir al milímetro; de lo contrario aparecen los desencantos.

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