25 oct 2026

Patti Smith y Benjamina, se tocan

 




Ante la pregunta de si los artistas deben "mojarse" en política, en mi opinión, la respuesta es sí. Deben hacerlo. Entendiendo "deben" como una obligación ética que cada cual se impone —o no— a sí mismo. Un arte a golpe de consigna deja de ser arte, y nadie puede exigir al artista, ni a otra persona, que entregue su alma. Porque el compromiso auténtico sólo puede ser un regalo, nunca una orden.

Patti Smith vino a España a recoger el Premio Princesa de Asturias de las Artes de manos —tiene guasa— de una princesa heredera española.

La cantante ofreció una rueda de prensa en Oviedo, y ante micrófono se definió ajena a partidos, "una persona global". Y dijo sentirse "avergonzada" del Gobierno de Trump y de su "liderazgo deplorable" y remató con algo que a muchos chirrió en boca de una artista ácrata; afirmó que ahora mismo votar es incluso más importante que las respuestas artísticas: "vivimos tiempos difíciles y peligrosos y el arte no es suficiente: hay que unirse y votar". Dicho, justo, antes de las elecciones de medio mandato en EEUU.

La "globalidad" de Patti Smith la hace pertenecer al mundo entero, no vive en el vacío; ve el escenario crítico en su país y apela a la movilización colectiva a través del voto: es la vía inmediata para frenar ese retroceso en la paz y las libertades de las que ella habla. Es el voto como táctica, como una herramienta puntual de transformación social. "Mojarse" no es militar; es negarse a mirar para otro lado.

El arte no es un acto de magia, y es mucho más que un modo de expresión. Es revolucionario porque toma lo pequeño —una taza, unas manos que remiendan redes o una noche de tormenta en un faro— y lo vuelve grande y extraordinario; para ello hay que haber decidido considerar algo digno de atención. Eso ya es tomar partido.

El arte no consiste exactamente en poner al espíritu a transitar por los lugares más tranquilos o seguros.

El arte nunca ha dicho la última palabra: no tiene fin.

Hacer arte, sea pintura, literatura, música, es cuidar, no trata de consolar, ni velar por el otro. Entiendo el cuidado como una forma de amor desprendido. Lo supo hace más de medio millón de años el grupo que cuidó a Benjamina, la niña de Atapuerca que nació con una malformación grave y que vivió más de diez años porque los suyos la sostuvieron sin esperar nada a cambio: dedicaron su atención y protección más allá de los principios básicos necesarios que exigía la supervivencia del grupo. Nada práctico podía aportar ni había un cálculo de futuro posible para ella. Y, aun así, la quisieron.

De modo que, en el arte encuentro esa misma conducta, aunque en otro sembrado: hacer algo para alguien a quien quizá nunca conoceremos y que no nos lo va a pagar. Si fuésemos una brújula que señala el Norte, el arte nos estaría mostrando el camino.

Pero nos educan torcidos. Porque nos enseñan a ganar, a la vez que a compartir, como si las dos cosas cupiesen en un mismo cuerpo sin provocar rozaduras. A los artistas se les presupone la carrera por el reconocimiento, que es un afán de abrillantar el ego, pero no es una tara del artista; es lo esperable en quien ha crecido con tales preceptos: torcido. Y pienso en el ego como otro indeseable comensal de nuestra mesa —como los prejuicios—, que no se le puede expulsar —todo artista quiere ser leído— aunque tampoco se le deja presidir la reunión. Se le vigila. Durante toda la vida.

Esta misma vida que pone a prueba la brújula y nos obliga a señalar algo que no esperábamos. Por eso, en Oviedo, ha sorprendido la flexibilidad de Patti Smith. No es nueva en ella: "Tomo decisiones en función de las necesidades de mi gente; tengo mis principios, pero también el derecho de ajustarlos si lo necesito". No es contradicción: es coherencia. Ella no pide creer en los políticos; pide usar la herramienta inmediata que frena el daño. Es la lógica del cuidador: cuando la casa arde, no se discute la filosofía del agua; se coge el cubo que se tenga a mano. Y es que el mundo no es un escenario pasivo: es lo que fuerza a una persona a responder, a tomar partido. Porque, en términos zubirianos, cada uno somos esencia abierta, y nos vamos haciendo en cada acto de tomar partido.

El voto, en boca de Patti, es amor desprendido, un gesto mínimo, que bien vale para cualquier parte del mundo; es un movimiento de ficha realizado por gente que no conoceremos nunca y que, sin embargo, sostiene la libertad de los que vienen detrás. Como Benjamina: sin cálculo para el bien del grupo. Así, "People have the power" no era un eslogan: era una manera de decir que el poder no está en el líder, sino en la suma de madres, panaderos, científicos y periodistas que se niegan a mirar para otro lado.

Y cuidar, siempre, es amor. Hay que intentarlo.



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