He escuchado hablar a Guillermo del Toro —un hombre con el curioso talento de depositar la fragilidad humana en películas, cuidándola y mimándola a lo largo de todo el metraje— mientras hacía una reflexión sobre el legado que dejamos a las generaciones posteriores. Se ha emocionado hasta las lágrimas. Porque aquello que nos sobresaltó y nos alarmó tanto a mediados del siglo XX ha regresado para reclamar su sitio, para volver a instalarse con la naturalidad del que cree que nunca debió marcharse.
Y del Toro se ha preguntado: "dónde se ha ido aquella conciencia".Su cine se sostiene sobre el amor. Del Toro es guardián de sus propias criaturas, cuida sus monstruos, porque no los presenta como amenazas sino como seres heridos que exigen y merecen ser comprendidos. Es un creador que somete su genialidad al servicio de la herida, y no al revés; que coloca su sensibilidad al servicio de la historia, y no al revés.
Al escucharle he comprendido que sus palabras no eran una queja. Eran, en realidad, un interrogatorio ético, y quizás es el último gran dilema de nuestro tiempo: "¿Dónde está aquella conciencia?".
Y es que lo que el cineasta está señalando dejó en su día al mundo entero mudo de espanto y sin palabras para nombrar el vacío que quedaba tras esa guerra: la deshumanización absoluta que hoy, con una fidelidad tan atroz como inquietante, se repite sobre el pueblo palestino, ante la mirada horrorizada de unos, la parálisis y la inacción deliberada de muchos más y la lentitud diplomática de todos ellos, porque un nuevo amo internacional así lo manda.
Ahora me invaden las ganas de gritar: ¿dónde está aquella conciencia?
A mediados del siglo pasado, la Tierra se tambaleó. Los campos de exterminio, las bombas atómicas devorando dos ciudades y la certeza casi física de que podíamos borrarnos del mapa de un plumazo. Aquello nos despertó a bofetadas. ¿Cómo es posible que aquello sucediese y se consintiera? Y la alarma encendió una tregua ética: no todo estaba permitido.
Nos convencimos de que existían límites y de que la compasión, la cooperación y la dignidad no eran adornos poéticos, sino herramientas necesarias de supervivencia.
Pero pasó el tiempo y se instaló el olvido. La alarma dejó de oírse, excepto para la Guerra Fría que nacía tras aquel conflicto; como si el horror experimentado no hubiese sido suficiente: los intereses del mercado "obligaban" a que los entresijos del sistema siguiesen girando sin descanso, como el Planeta.
Y aquello que nos había sobresaltado entonces —el odio, la exclusión, la indiferencia ante el sufrimiento ajeno— ha vuelto a instalarse disfrazado de normalidad. De costumbre. De un "así son las cosas". El fascismo vuelve al acecho accionado por los mismos trucos de control basados en dividir, crear enemigos y culpar a quienes comparten las mismas necesidades. Y así, unos enfadados, otros resignados y otros vitoreando al viejo amigo, entregamos a la siguiente generación, ha dicho del Toro, "un legado devastado. Un mundo en ruinas moral, social y espiritualmente".
Existe el peligro real de un pesimismo estéril, ese odio gratuito de quienes necesitan odiar, necesitan detestar a otro para sentirse vivos, sin saber siquiera por qué.
Pero Del Toro, que contuvo el tipo durante todo el discurso, se emocionó al pronunciar la palabra "amor". Para él, el cine no es un analgésico ni un pasatiempo; son testimonios. Son la única forma que nos queda de gritarle a las siguientes generaciones: "esto pasó y no debe repetirse". Porque la Historia guarda más verdad que muchos de los titulares urgentes que leemos hoy.
Si la única cura sigue siendo el amor, con la empatía y el viejo oficio de cuidarnos los unos a los otros —esos valores ancestrales—, yo me hago la misma pregunta: si el amor sigue aquí, ¿dónde está la conciencia?
Al escucharle he comprendido que sus palabras no eran una queja. Eran, en realidad, un interrogatorio ético, y quizás es el último gran dilema de nuestro tiempo: "¿Dónde está aquella conciencia?".
Y es que lo que el cineasta está señalando dejó en su día al mundo entero mudo de espanto y sin palabras para nombrar el vacío que quedaba tras esa guerra: la deshumanización absoluta que hoy, con una fidelidad tan atroz como inquietante, se repite sobre el pueblo palestino, ante la mirada horrorizada de unos, la parálisis y la inacción deliberada de muchos más y la lentitud diplomática de todos ellos, porque un nuevo amo internacional así lo manda.
Ahora me invaden las ganas de gritar: ¿dónde está aquella conciencia?
A mediados del siglo pasado, la Tierra se tambaleó. Los campos de exterminio, las bombas atómicas devorando dos ciudades y la certeza casi física de que podíamos borrarnos del mapa de un plumazo. Aquello nos despertó a bofetadas. ¿Cómo es posible que aquello sucediese y se consintiera? Y la alarma encendió una tregua ética: no todo estaba permitido.
Nos convencimos de que existían límites y de que la compasión, la cooperación y la dignidad no eran adornos poéticos, sino herramientas necesarias de supervivencia.
Pero pasó el tiempo y se instaló el olvido. La alarma dejó de oírse, excepto para la Guerra Fría que nacía tras aquel conflicto; como si el horror experimentado no hubiese sido suficiente: los intereses del mercado "obligaban" a que los entresijos del sistema siguiesen girando sin descanso, como el Planeta.
Y aquello que nos había sobresaltado entonces —el odio, la exclusión, la indiferencia ante el sufrimiento ajeno— ha vuelto a instalarse disfrazado de normalidad. De costumbre. De un "así son las cosas". El fascismo vuelve al acecho accionado por los mismos trucos de control basados en dividir, crear enemigos y culpar a quienes comparten las mismas necesidades. Y así, unos enfadados, otros resignados y otros vitoreando al viejo amigo, entregamos a la siguiente generación, ha dicho del Toro, "un legado devastado. Un mundo en ruinas moral, social y espiritualmente".
Existe el peligro real de un pesimismo estéril, ese odio gratuito de quienes necesitan odiar, necesitan detestar a otro para sentirse vivos, sin saber siquiera por qué.
Pero Del Toro, que contuvo el tipo durante todo el discurso, se emocionó al pronunciar la palabra "amor". Para él, el cine no es un analgésico ni un pasatiempo; son testimonios. Son la única forma que nos queda de gritarle a las siguientes generaciones: "esto pasó y no debe repetirse". Porque la Historia guarda más verdad que muchos de los titulares urgentes que leemos hoy.
Si la única cura sigue siendo el amor, con la empatía y el viejo oficio de cuidarnos los unos a los otros —esos valores ancestrales—, yo me hago la misma pregunta: si el amor sigue aquí, ¿dónde está la conciencia?
(Festival Internacional de Cine de Morelia).
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#derechoshumanos
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