10 sept 2026

La cueva de Pedro Pertejo

 




Hay exposiciones que se visitan. Y hay exposiciones en las que se entra como quien se adentra en una caverna. Esta muestra de pintura tiene su propia cueva, justo en el centro de la sala; todo lo demás, la periferia que la rodea, configura un vestíbulo, una antesala, porque en el interior de ese santuario solo opera el chamán.

Ahí dentro hay una lucera rectangular en el techo derramando una luz blanca que cae como un rayo vertical y empequeñece el espacio. Y enfrente, un díptico con un rostro sepultado entre sombras donde los ojos —un autorretrato del artista— son un territorio. O mejor dicho, un mapa.

Al entrar, los ojos tardan en acostumbrarse a las imágenes. Como debió ocurrir a los grupos humanos paleolíticos, quienes, miles de años después, penetraron en las cavernas marcadas por otros sin conocer la intención de aquellas figuras, signos y rostros heredados. Con una luz escasa, los sentidos y la memoria se vieron obligados a construir su propio código.

Yo hago lo mismo en la exposición de Pedro Pertejo. Porque su sala no es solo una galería. Y sus rostros, como aquellas figuras prehistóricas, no se entregan de golpe. Son facciones que se diluyen, huyen y se hunden en el lienzo según el capricho de la luz y el entendimiento.

No sé si él lo sabe. Tampoco sé si le importa. Pero sí entiendo que esos ojos dibujados no son un espejo, sino un territorio. Son un lugar que se puede recorrer, con sus sombras y un relieve que no se agota en una sola mirada. Así, Pedro no amplía los ojos para mostrarlos mejor; los convierte en paisaje. Y al hacerlo, me obliga a entrar en ellos. No a mirarlos desde fuera: invita a caminarlos.

Es el mismo vértigo que nos sobreviene al pensar en el Universo del que somos producto; no es el asombro ante lo inmenso, sino el vértigo de saberse quien mira y ser a la vez una parte diminuta de lo mirado. Solo que aquí el territorio no se despliega entre las estrellas, sino en un rostro. Un rostro que, como el Cosmos, no se deja abarcar, rechaza cualquier intento de conquista.

Quizá intuyo lo que él presiente: que la oscuridad, cuando se convierte en método, corre el riesgo de transformarse en refugio. Porque la mirada, cuando se independiza del rostro, exige más de lo que la penumbra puede dar. 

Pertejo se escapa, huye; pero regresa al lienzo, como los ojos que dibuja. Y en ese inevitable retorno deja algo que no termina de explicarse, pero que permanece.

La oscuridad nos ha deslumbrado.


#Palestina Libre #Derechos Humanos #Hacia Las Estrellas #Pedro Pertejo #exposición #ojos #pintura

No hay comentarios: