2 sept 2026

Futuro

 



Afirma José Antonio Marina que "todos vivimos gracias a los optimistas". No puedo estar más de acuerdo. El optimismo no es una promesa. Tampoco es una garantía de que las cosas van a salir bien, sino un decidir actuar como si pudieran salir bien, aunque no haya pruebas de ello.


Porque mientras que la esperanza se detiene, el optimismo avanza.

Hay quien confunde el optimismo con la ingenuidad. También, quien piensa que ser optimista es no ver lo que duele, no hablar sobre lo que falla o dejar de mostrar lo que no funciona.

Pero en el optimismo nos va la vida: nos hiere. Como la lucidez.
Y no es ciego, pues el optimista ha visto el abismo y no se queda mirándolo.
Tampoco es una cuestión de fe. Es cuestión de oficio.

Construir requiere pensar que se puede construir. Para educar hay que convencerse de que se puede aprender. El acto de curar intuye que se puede sanar. Como la acción de escribir, que inclina a creer que alguien va a leer y que eso puede cambiar algo.

Y esa idea, aunque sea un sueño o no esté garantizada, es la que hace que la vida se derrame sin que el mundo se venga abajo.

Así que estamos ante una postura práctica. Aunque no lo parezca. Porque los que construyen, los que siembran, los que escriben, los que cuidan y los que siguen caminando necesitan actuar como si el futuro pudiera ser mejor. Sería una forma de pensar en un futuro deseable por la mayoría. De construir un futuro digno para todos.

Porque, si no está garantizado, el futuro sí está disponible.

Así que el optimismo no es una promesa; es un gesto, y quizá, más poderoso que muchas certezas.

Me gusta el futuro: hay mucho sitio para escribir historias.



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#Derechos Humanos #Hacia Las Estrellas

Imagen: Uso libre

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