No es que el reformismo español haya fallado por ser torpe; es que ha funcionado exactamente como estaba diseñado para funcionar.
Existe una ética que confunde la limpieza con la justicia. Y tenemos el trueque fundacional —del "gran" Suárez-, que sigue replicándose cada vez que el poder necesita ceder algo para no ceder lo que importa.En realidad, el gran agradecido de Adolfo es el emérito -y sus descendientes-, pero esto es otra historia.
Voy al meollo. Las leyes cambian; es innegable y hay que decirlo sin sarcasmo. El adulterio se despenalizó. El divorcio está ahí, pese al PP. El matrimonio igualitario existe...
Aunque hay cosas que no cambian, porque esas leyes no tocan la mentalidad que decide quién manda de verdad y quién solo administra.
A saber: la Judicatura sigue reclutándose de sí misma; el ejército nunca rindió cuentas de nada, es más, en el 23F del 81 hizo una trasnochada que dejó a una joven España sin respiración, dejando un mensaje tras de sí: "la democracia está bien, pero solo si no toca el poder real. No nos toquéis".
Prosigo. La Iglesia, que sigue cobrando del Estado lo que el franquismo le regaló (Concordato, 1953: 250 millones anuales). La Corona, que no se audita. Y el IBEX, que no paga lo que debe (5-10%, cuando el de una pyme es del 25%).
Todo esto conforma una estructura cuyo poder no depende de las urnas, sino de su capacidad para condicionar a quienes sí las ganan. Es decir, deciden.
Porque existe el argumento de que el "rostro humano" es una máscara utilitaria para mantener intacto el núcleo del sistema económico. A esto se le ha llamado, con razón, "capitalismo con rostro humano": un sistema que aprendió que resistirse a cualquier concesión genera revolución, y que conceder lo justo —derechos civiles, libertades formales, una sanidad pública que no toque a la privada- genera gratitud.
En román paladino: el sistema calcula cuánto puede ceder para evitar la revolución.
La fórmula es vieja y funciona siempre igual: se le da a la gente lo bastante para que deje de preguntar por qué no tiene más.
El precio de esa paz social no lo paga quien gobierna. Lo paga quien sigue esperando, generación tras generación, la reforma que nunca llega a la raíz.
Recapitulando. La Constitución del 78 limpió el franquismo de la legalidad, pero no lo erradicó de las instituciones. El resultado es una democracia donde el franquismo sociológico (como diría Manuel Vázquez Montalbán) sigue vivo en la judicatura, el ejército o la banca.
Una preguntita: ¿no es la limpieza el gran engaño del capitalismo? Te da derechos civiles (matrimonio gay, divorcio) para que no exijas derechos económicos (vivienda, trabajo digno, fiscalidad justa).
¿Por qué el PSOE, autoproclamado progresista, aprueba leyes como la ley trans o la eutanasia, pero apenas toca la Ley mordaza, la reforma fiscal o la depuración de la judicatura?
¿Por qué?
Porque sabe que puede vender lo primero como "progreso" y ocultar lo segundo. Lo vende como un avance histórico y la gente olvida lo que falta. Es perverso.
Y es que no hay farsa más perfecta que la que no necesita ocultarse. Esta no se oculta: se publica, se debate en el Congreso, se firma en El Pardo o en la Moncloa, se celebra en rueda de prensa. Y sigue siendo, exactamente, lo que parece. La farsa de ceder lo mínimo, narrarlo como máximo, y dejar que el aplauso sustituya a la exigencia.
Autocrítica: la ciudadanía somos cómplices, porque aceptamos migajas y no exigimos el banquete. La izquierda se conforma con gestionar el sistema en lugar de cambiarlo, lo que constituye una traición. Y el arma de la esperanza -un aplazamiento, un retrasar el problema- porque hace sobrevivir al sistema haciéndonos creer que el cambio es posible... pero siempre "mañana".
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