Hay personas honestas que exponen situaciones verdaderas con lógica equivocada. Hoy he escuchado a un político, supongo que progresista, dirigirse a su Asamblea. Era una de esas personas que deseas que abunden. Sincero. Y dijo: "yo no elegí nacer aquí, en un lugar privilegiado; con la piel blanca, en país rico y próspero... Y estoy muy agradecido. Lo digo de verdad. No puedo sentir más que agradecimiento".
Creo recordar que lo ha dicho dos veces: "yo no elegí esto" y "estoy agradecido".Pero, mientras hablaba, ya he pensado que esa gratitud, por sincera que sea, entierra un poco más a aquellos sobre cuyos hombros se construyó este país.
Entiendo lo que quería decir, por supuesto. Estaba advirtiendo: "cuidado. Esto vuelve". El diputado quería tender un hilo entre el pasado y el presente; pretendía sacudir a su audiencia; recordarles que el desprecio organizado hacia el otro no es una anomalía histórica sino una tentación que regresa cíclicamente, con otras banderas pero con la misma lógica. Era una advertencia legítima y necesaria.
Pero eligió mal un concepto hermoso. La gratitud es una respuesta noble ante un regalo. Y el privilegio racial no es un regalo: es el sedimento administrado de siglos de esclavitud, de expolio colonial, de humanidades enteras convertidas en instrumento de producción y de enriquecimiento ajeno. Agradecer eso -aunque sea con toda la buena fe del mundo- es mirar el botín y dar gracias por no haber tenido que robarlo uno mismo. Es confundir la herencia con la fortuna.
Lo que Occidente llama "su civilización" no emergió de ninguna superioridad natural ni de ningún mandato providencial. Se decidió en clubes cerrados, en despachos sin ventanas, en Parlamentos que legislaban sobre seres humanos a los que nunca consultaron. Se construyó sobre espaldas que no descansaron nunca, sobre manos que no cobraron nunca, sobre vidas que no contaron nunca. Y aplastaron sus culturas ancestrales, legítimas, auténticas.
Eso no es pasado remoto: es el suelo sobre el que seguimos de pie.
El político tenía razón en una cosa: ese orden regresa. No con los mismos uniformes, pero sí con la misma gramática que hoy se expresa en las fronteras que se cierran selectivamente; también, en los campos de internamiento que se llaman centros de acogida y en el lenguaje de la invasión aplicado a familias que huyen con lo que pueden cargar. Hay sectores sociales a los que invade el desprecio hacia el que llega con necesidad, con acento, con piel morena o con una religión que les incomoda.
Y, seguramente, aunque pesen la pobreza o la diferencia, existe ese otro elemento que mencionaba hace un momento: su presencia es visible y su necesidad manifiesta; ambas cuestionan algo que preferimos no percibir: que nuestra prosperidad tiene una historia, y esa historia no es gloriosa.
Por eso, frente a todo esto, pienso que la gratitud es demasiado pequeña. Y demasiado cómoda. Conocemos el porqué. Pero lo que se agradece ¿a "qué" o a "quién" se orienta? ¿A uno mismo? ¿A la providencia? ¿A la casualidad?
Lo que la honestidad histórica exige no es el alivio del afortunado sino reconocer al deudor. Y una deuda no se salda dando gracias por no haberla contraído, sino con la exigencia de la precisión al nombrar las cosas y mostrando -ahora, sí- nuestra gratitud reconociendo su necesidad, aceptando su presencia.
El político quería decir que hoy no puede repetirse esa historia. De ninguna manera. Tiene razón. Pero para que no se repita, primero hay que atreverse a leerla entera. Sin alivio. Con los ojos abiertos.
#derechoshumanos #palestinalibreysoberana #HaciaLasEstrellas
Entiendo lo que quería decir, por supuesto. Estaba advirtiendo: "cuidado. Esto vuelve". El diputado quería tender un hilo entre el pasado y el presente; pretendía sacudir a su audiencia; recordarles que el desprecio organizado hacia el otro no es una anomalía histórica sino una tentación que regresa cíclicamente, con otras banderas pero con la misma lógica. Era una advertencia legítima y necesaria.
Pero eligió mal un concepto hermoso. La gratitud es una respuesta noble ante un regalo. Y el privilegio racial no es un regalo: es el sedimento administrado de siglos de esclavitud, de expolio colonial, de humanidades enteras convertidas en instrumento de producción y de enriquecimiento ajeno. Agradecer eso -aunque sea con toda la buena fe del mundo- es mirar el botín y dar gracias por no haber tenido que robarlo uno mismo. Es confundir la herencia con la fortuna.
Lo que Occidente llama "su civilización" no emergió de ninguna superioridad natural ni de ningún mandato providencial. Se decidió en clubes cerrados, en despachos sin ventanas, en Parlamentos que legislaban sobre seres humanos a los que nunca consultaron. Se construyó sobre espaldas que no descansaron nunca, sobre manos que no cobraron nunca, sobre vidas que no contaron nunca. Y aplastaron sus culturas ancestrales, legítimas, auténticas.
Eso no es pasado remoto: es el suelo sobre el que seguimos de pie.
El político tenía razón en una cosa: ese orden regresa. No con los mismos uniformes, pero sí con la misma gramática que hoy se expresa en las fronteras que se cierran selectivamente; también, en los campos de internamiento que se llaman centros de acogida y en el lenguaje de la invasión aplicado a familias que huyen con lo que pueden cargar. Hay sectores sociales a los que invade el desprecio hacia el que llega con necesidad, con acento, con piel morena o con una religión que les incomoda.
Y, seguramente, aunque pesen la pobreza o la diferencia, existe ese otro elemento que mencionaba hace un momento: su presencia es visible y su necesidad manifiesta; ambas cuestionan algo que preferimos no percibir: que nuestra prosperidad tiene una historia, y esa historia no es gloriosa.
Por eso, frente a todo esto, pienso que la gratitud es demasiado pequeña. Y demasiado cómoda. Conocemos el porqué. Pero lo que se agradece ¿a "qué" o a "quién" se orienta? ¿A uno mismo? ¿A la providencia? ¿A la casualidad?
Lo que la honestidad histórica exige no es el alivio del afortunado sino reconocer al deudor. Y una deuda no se salda dando gracias por no haberla contraído, sino con la exigencia de la precisión al nombrar las cosas y mostrando -ahora, sí- nuestra gratitud reconociendo su necesidad, aceptando su presencia.
El político quería decir que hoy no puede repetirse esa historia. De ninguna manera. Tiene razón. Pero para que no se repita, primero hay que atreverse a leerla entera. Sin alivio. Con los ojos abiertos.
#derechoshumanos #palestinalibreysoberana #HaciaLasEstrellas
Imagen: Uso Libre
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