27 abr 2026

El paisaje no se discute



Hay un cansancio que no viene de pensar. Viene de explicar. De explicar una y otra vez, con datos, con fechas, con nombres, a alguien que ya decidió que no necesita datos ni fechas ni nombres porque "sabe". Siempre supo. Sólo sabe que "sabe". Desde niño, como se aprenden las cosas que no se aprenden porque se respiran.


Eso es lo que hizo el franquismo cuando terminó y empezó su obra maestra. No dejó monumentos solamente. La audacia se alimentó de la necesidad, de la prisa por reconciliar cuarenta años de herida.
Por eso, el sentimiento se incrustó en el suelo y sedimentó para la posteridad: se convirtió en ese tipo de verdad que no necesita defenderse porque se aprecia como paisaje.

Y el paisaje no se discute. El paisaje simplemente es.

Y por eso, el que indaga no recibe argumentos. Recibe una particular mirada entre la lástima y el fastidio, que es desafío y exclama: qué obsesión, qué revanchismo, qué manera de no dejar descansar a los muertos. Como si los muertos descansasen. O como si no se rebelasen surcando la memoria colectiva en su viaje a través del tiempo.

Los herederos del franquismo lograron algo que Goebbels habría envidiado: enterraron su relato tan hondo que ya ni ellos saben que lo llevan. Cuando alguien dice "esto es España" está repitiendo, sin saberlo, una frase afilada en despachos invadidos por cínicos y brutos serviles. Porque cuando alguien defiende la unidad de la patria está usando una categoría mental que se construyó sobre fosas. Cuando alguien se indigna ante la memoria histórica está defendiendo el olvido — pero lo defiende disfrazado de buena fe, que es la peor manera de defender algo atroz.

Ahí está el nudo gordiano: el olvido se viste de concordia. La amnesia escondida en la chistera de la reconciliación. Y quien recuerda... ese es el violento, el que divide. Porque no ha superado la guerra, aquella que terminó antes de que naciera.

¿Qué se hace con eso? ¿Cómo se maneja la ignorancia selectiva?

No hay respuesta honesta frente a quienes actúan como caballos amaestrados. Se sigue nombrando, se sigue señalando, se sigue excavando aunque duelan las manos.

Pero el cansancio no desaparece. No es un problema que se resuelve. Es el precio de conocer la verdad en un país que prefiere el sosiego del conveniente olvido. Porque el paisaje no se discute.



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Imagen: uso libre

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