Homo vitrinae activista
Homo vitrinae soberanus lleva sus galones en la solapa. Homo vitrinae veritatis se envuelve en la jerga como si fuera una túnica. Pero el activista de vitrina —tercera subespecie de este género— no necesita ni galones ni jerga. Necesita un escenario. Y lo encuentra donde hay una causa justa, un proyecto colectivo, un movimiento social con energía vital y gente dispuesta a poner el cuerpo.
Llega como quien llega a un decorado ya montado. No le
interesa la causa, sino el reflejo que la causa proyecta sobre él. Las fotos en
manifestaciones, las siglas en el perfil, las intervenciones en público, las
palabras grandilocuentes sobre justicia y emancipación… todo es material para
su vitrina. Habla con pasión de los oprimidos, pero nunca ha compartido su
precariedad. Denuncia las injusticias, pero siempre desde una posición que las
reproduce. Aprovecha los proyectos colectivos para obtener lustre, y cuando el
brillo disminuye o la causa exige esfuerzos que no puede retransmitir en redes,
desaparece sin dejar rastro. No es que abandone: es que la función ha terminado
y él no estaba allí para construir el decorado, sino para lucirse en él.
Su hábitat son los márgenes que han dejado quienes,
agotados, se han retirado. Entra en un grupo activista como quien entra en un
salón vacío: se instala, decora con su presencia, y pronto ha olvidado que
otros pusieron los cimientos. Su estrategia es la ocupación suave: no impone,
se ofrece. "Yo puedo encargarme", dice, y nadie se lo ha pedido.
"Tengo contactos", añade, y los contactos nunca aparecen.
"Habría que hacer algo", sentencia, y el algo siempre lo hacen los
demás.
Su plumaje es cambiante. Un día viste la camiseta de la
lucha contra el racismo; al siguiente, la pancarta por la vivienda; al otro, la
pegatina del feminismo. No hay contradicción en su itinerario porque no hay
profundidad. La coherencia no le preocupa: solo le preocupa que el escaparate
esté bien surtido. Su canto es el de la indignación impostada, ese tono que
sube de volumen justo cuando llega la audiencia y baja cuando se retira. En sus
rituales de cortejo se presenta como "alguien que siempre ha estado en las
luchas", aunque nadie le recuerde en las primeras filas cuando las filas
dolían.
Su historia natural es la del arribista emocional. Llega a
los movimientos sociales cuando ya están consolidados, cuando el riesgo ha sido
asumido por otros, cuando la causa tiene prestigio social. No funda, se afilia.
No arriesga, se beneficia. Y con el tiempo, acaba confundiendo su propia
conveniencia con la causa: cree sinceramente que defender sus intereses es
defender los intereses colectivos. Esa confusión, esa buena conciencia del
oportunista, es quizás su rasgo más inquietante: porque el oportunista que sabe
que lo es aún puede provocar vergüenza ajena; el que se cree auténtico ya no
tiene remedio.
El riesgo que introduce en el ecosistema es la erosión de la
confianza. Su presencia desgasta a quienes realmente sostienen el proyecto.
Porque mientras ellos ponen horas, energía, dinero, él pone posturas. Mientras
ellos resuelven problemas, él colecciona fotografías. Y cuando el proyecto se
tambalea, cuando la causa deja de dar lustre, él ya está en otro lado, con otra
camiseta, con otra indignación recién estrenada. El movimiento no ha perdido un
militante: ha perdido un escenario.
La contra-estrategia es la memoria. Registrar quién estaba
cuando había que poner los pilares y quién llegó cuando ya estaban puestos.
Nombrar la diferencia entre compromiso y escaparate. Y, sobre todo, no
confundir la presencia en las fotos con la presencia en las trincheras. La
solidaridad que se exhibe no es solidaridad: es consumo.
Homo vitrinae activista. Clasificado, como sus
parientes el Soberano y el Poseedor de la Verdad, no por crueldad sino por
necesidad. Porque lo que se nombra deja de pasar por compromiso. Deja de pasar
por militancia. Y se convierte, también, en un espécimen de museo. Aunque este,
eso sí, intentaría poner la vitrina en medio de una manifestación y convencer a
los demás de que él fue quien organizó la marcha.
Esta serie, Fauna Humana, es un ejercicio de observación
antropológica aplicada a los espacios que habitamos. Ningún espécimen ha sido
dañado durante su estudio.
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