25 mar 2026

¿Para qué sirve la consciencia?

 


Imagen: uso libre

Un físico como Roger Penrose se preguntó un día algo que parece sencillo y no lo es: ¿Qué ventaja evolutiva pudo tener la consciencia?

Desde la lógica fría de la selección natural, es casi un escándalo biológico. La consciencia consume energía, nos siembra dudas y, a menudo, nos paraliza. No nos hace correr más rápido ni digerir mejor. Y sin embargo, aquí sigue: un fuego que no se apaga. ¿Por qué sobrevivió?

La ciencia describe el mecanismo, pero no el sentido. La biología nos habla de neuronas espejo y oxitocina, pero describir el engranaje de un reloj no es lo mismo que entender el valor del tiempo. Para eso hay que cambiar de registro. Y ahí entramos nosotros.

Quizás la consciencia no sea un trofeo, sino un triple desafío:

Para cuidar, porque nos permite anticipar el dolor ajeno antes de que ocurra. Es la capacidad de elegir la mano tendida frente a la indiferencia. No es un adorno moral: fue la estrategia de supervivencia del más conectado, no del más fuerte.

Para cooperar, ya que la cooperación es un acto de imaginación. Construir normas, sentir la justicia —incluso cuando nos perjudica— solo es posible porque podemos habitar el punto de vista del otro sin dejar de ser nosotros mismos.

Para ver más allá del yo, lo que significa proyectarnos en el futuro, para hacer de la ética una extensión de la vida. Como si la evolución hubiera descubierto que la mejor estrategia para no desaparecer es convertirse en algo digno de ser preservado.

La consciencia no es un músculo; es una práctica. Se expande cuando cuidamos, cooperamos y trascendemos. Se atrofia cuando callamos, cuando delegamos el pensamiento en otros. El servilismo —esa renuncia a pensar— no es más que una consciencia que se ha abandonado a sí misma.

A veces pienso que la consciencia no es solo una propiedad individual. Es un órgano colectivo -no una fusión donde lo individual se diluye sino una red de singulares que se busca-  que aún no sabemos usar del todo. O, una patrulla perdida que quizá, con la práctica, pueda reencontrar su brújula.

Porque la consciencia no solo nos permite cuidar, cooperar y trascender. También nos permite preguntar. Y lo mejor de las preguntas no son las respuestas, sino que suscitan más preguntas.

Así que hasta aquí hemos llegado para alcanzar otro mundo y desde él vislumbrar el siguiente. Porque la evolución no premió solo al que tenía los colmillos más largos. Premió, sobre todo, al que fue capaz de mirar más allá del horizonte.


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