26 mar 2026

Sembrar el futuro es una forma de estar

 



Uso libre

Como decíamos hace siglos,  el lenguaje no sólo describe la realidad; también la construye. Cada vez que debatimos sobre cómo denominar un fenómeno, por ejemplo, conflicto/guerra o anomalía/crisis, estamos moldeando cómo se percibe y, lo más importante, cómo se puede actuar sobre él.

Me he fijado especialmente en cómo ha ido evolucionando el modo de denominar, desde los años ochenta, el deterioro del Planeta, que es nuestra única Nave espacial. No tenemos otra de repuesto.

*Efecto invernadero: muy científico, neutral que describe un mecanismo físico.

*Calentamiento global: es más directo y sigue siendo aún descriptivo.

*Cambio climático: curiosamente, este término supuso un retroceso semántico. "Cambio" suena natural, cíclico, casi benigno. Como cambiar de ropa.

*Crisis climática: se recupera la urgencia, pero diluye la responsabilidad.

*Emergencia climática: expresa máxima alarma y mínima concreción.

¿Os dais cuenta del truco? Ya no hay culpables del cambio climático. Cada salto terminológico tiene su historia, y no siempre es inocente.
Lo curioso es que el movimiento va en dos direcciones contradictorias al mismo tiempo:
Por un lado, para no alarmar a industrias y mercados, o sea, suavizar para los mercados ("cambio climático" suena casi neutro, casi natural, casi inevitable).
Por otro, dramatizar para movilizar opinión pública ("emergencia", "crisis"), pero sin señalar culpables concretos.

El lenguaje dominante prefiere los grandes relatos. Y al ser cada vez más dramático, el lenguaje va perdiendo información.
Así se habla de "crisis" sin decir quién la provoca, con qué intereses, con qué responsabilidades diferenciadas entre países, entre industrias, entre clases sociales. El resultado final es la pérdida de información para el destinatario final, el público.

Con semejante dilución semántica... parece un chiste... "crisis climática" suena a bolero, o a tango.
Y no es un detalle menor, porque lo que se nombra con precisión puede gobernarse. Pero lo que se nombra con ambigüedad sólo podemos padecerlo.

Pienso en la importancia de nombrar con exactitud, incluso cuando el poder prefiere la niebla. Porque nuestras palabras educan.
Y porque nombrar es sembrar el presente para recibir en el futuro.

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