26 mar 2026

La realidad es tozuda

 




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Intento encontrar el eslabón que enlace el análisis político con mi preocupación humana.
Ya no me refiero a estrategias abstractas, sino a lo que funciona para que la gente viva mejor.

Ayer, en un debate, uno de los comentaristas mencionó "los casos de Portugal y de el País Vasco", como alternativas en las no cuaja la ultraderecha.
Lo mejor de todo: vengo a demostrar con datos que sí hay forma de frenar a la ultraderecha.

Todos estamos viendo que igual que los nuevos partidos progresistas han venido para quedarse, el nuevo partido de ultraderecha, también. Pero ha habido dos regiones en los que ésta no ha prendido, o tiene una presencia muy pequeña gracias a un buen freno social.

Empiezo con Portugal, porque es especialmente interesante, ya que durante años fue el ejemplo de que la ultraderecha no tenía un suelo fértil dentro la Península Ibérica.
El país salió de una dictadura -Salazar, salazarismo- con la Revolución popular genuina y preciosa, el 25 de Abril de 1974, que dejó una memoria colectiva muy viva del fascismo como algo vivido y sufrido, y no como abstracción histórica. Durante décadas actuó como vacuna cultural.
Sin embargo, en los últimos años, Chega, el partido ultraderechista de André Ventura, ha crecido de forma significativa, lo que demuestra que esa vacuna tiene caducidad cuando las condiciones materiales se deterioran: vivienda inasequible, salarios bajos, emigración de jóvenes cualificados, sensación de que el sistema político no responde.
Portugal es un ejemplo de cómo se frena la ultraderecha y de cómo regresa cuando los problemas materiales no se resuelven.

El País Vasco. Probablemente es el caso más sólido y sostenido en el tiempo.
La ultraderecha no encuentra arraigo real en la región y las razones son estructurales. Porque tiene un sistema de concierto económico que le permite gestionar sus propios recursos y reinvertirlos allí mismo, con lo que los servicios públicos -sanidad, educación y vivienda social- mantienen una calidad muy superior a la media española.
Los salarios son más altos. El desempleo, más bajo. La sensación de que las instituciones funcionan y protegen está mucho más extendida. A esto añadimos el tener una identidad cultural fuerte y una sociedad civil muy organizada, que históricamente ha canalizado el conflicto y el malestar por vías políticas propias y sin dejar ese espacio vacío para que lo ocupe la ultraderecha.
En definitiva: cuando las necesidades básicas están cubiertas y la gente siente que el sistema le da algo a cambio, el discurso del miedo y el enemigo que ofrece la ultraderecha pierde fuelle. No desaparece, porque siempre habrá una minoría atraída por él, pero no crece hasta convertirse en mayoría.

Hay una conclusión práctica, incómoda para cualquier partido de izquierda que privilegie la "épica" sobre la gestión.
Frenar a la ultraderecha pasa por dos cosas a tener en cuenta:
- gobernar bien, que desactiva el miedo e importa más que tener razón;
- resolver problemas concretos, que es más eficaz que la "heroica";
A evitar:
-vivir de rentas políticas;
-el esencialismo ideológico: es un obstáculo porque paraliza;
-la confrontación permanente, que acaba espantando a los votantes.

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