26 mar 2026

Herencia



España llegó tarde a casi todo en el siglo XIX: tarde al liberalismo consolidado, tarde al sufragio, tarde a la industrialización generalizada, tarde a la separación real entre iglesia y estado.

Y esa tardanza no fue neutral, dejó una cultura política marcada por el caciquismo, el clientelismo y la alternancia pactada entre dos partidos, el turno de Cánovas y Sagasta, que era una democracia de escaparate.
Los votantes recién incorporados al sufragio en 1890 no eran ciudadanos formados políticamente sino masas a gestionar mediante el enchufe y la manipulación del voto. Esa herencia no desapareció con la República ni con la Transición.

La Transición, de hecho, tiene mucho de esa misma lógica: una modernización pactada desde arriba, con muchos aspectos sin resolver, y sin el debate público profundo que habría necesitado una sociedad salida tras cuarenta años de dictadura.
De ahí -pienso-, esa dificultad estructural para la pedagogía política que nos atenaza hoy: no hay una tradición sólida de ciudadanía crítica formada, porque históricamente no interesó formarla. Y cuando alguien ha intentado hacerlo, como el 15M o el Anguita de los noventa, el sistema reacciona con una hostilidad desproporcionada, precisamente porque toca algo muy profundo.

Hoy, bien entrado el siglo XXI nadie podía imaginar la precariedad existente en algunos sectores de la población. ¿No es sorprendente, a la vista de esto, que tantos prefieran el orden a la calidad de vida?
Pues es sorprendente solo en apariencia. Cuando se mira de cerca, tiene una lógica humana muy profunda.
La precariedad genera miedo, y el miedo no busca transformación sino protección. Una persona que vive al límite, con el alquiler justo, el trabajo inseguro y la sensación de que cualquier sacudida puede hundirla, no se puede permitir el lujo de apostar por el cambio.

El cambio implica incertidumbre, y la incertidumbre es lo que más teme quien ya está al borde. Paradójicamente, cuanto más precaria es tu situación, más conservador puedes volverte en ese sentido psicológico, no ideológico.
La ultraderecha entiende esto muy bien y lo explota: ofrece un relato de orden, de enemigos identificables (el inmigrante, la élite progresista, el feminismo) y de recuperación de algo que se perdió. Es un relato falso, pero emocionalmente coherente para quien se siente desprotegido.

La izquierda, en cambio, ofrece transformación que, aunque sea necesaria y justa, suena a más turbulencia para quien ya está mareado.
Parece como si las necesidades de seguridad fuesen anteriores a las de justicia social y que, bajo amenaza, el cerebro humano diese prioridad a sobrevivir antes que a mejorar.
Por eso, la izquierda que no transmite también seguridad y estabilidad, además de justicia, tiene el camino muy cuesta arriba.

La Historia, queridos tripulantes, no es un adorno académico. Es el mapa para comprender dónde estamos.
"¿Por qué no hace el amor mismo pedagogía?", dice Apolodoro a su padre, don Avito en "Amor y Pedagogía". 
Y traslado esa pregunta a la política: ¿por qué la justicia por sí misma no convence? ¿Por qué necesitamos pedagogía? 
Porque la gente no ve la justicia cuando tiene miedo. 
Tanto el amor como la justicia necesitan condiciones para ser percibidos. Y la primera condición es la seguridad.


#PalestinaLibre

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