13 mar 2026

¿Es posible institucionalizar una idea sin petrificarla?



Cuando emprendemos un proyecto con una idea, al principio es energía pura, se sostiene por sí misma: todo es potencia. Carece de estructuras, de manuales e intérpretes oficiales. La idea va y viene, vuela de una mente a otra y cada persona la percibe como propia, la toma de una forma personal. Y ahí reside, probablemente, su "limpieza". No lo es porque sea perfecta, sino porque la gran idea todavía no ha tenido que bregar con la realidad.

Si la idea es "buena", es decir, en términos orteguianos, la aceptamos porque "coincide con nosotros mismos", el primer problema al que se enfrenta es la duración. No se trata de que sea eterna, sino de que tenga cuerpo suficiente para que los cambios que impulsa echen raíces antes de que ella misma se desvanezca. Pero todo principio que quiere sobrevivir a sus fundadores exige institucionalizarse. Necesita soporte, rituales, personas que lo transmitan a quienes no vivieron su nacimiento y sus consecuencias. Y aquí empieza la paradoja: para preservarla hay que traicionarla.

No se me ocurre mejor ejemplo para ilustrarlo que el de la piedra y el escultor. La piedra, como materia soporte, es resistente e impone límites. La obra del escultor está pensada para perdurar eternamente; pero se deteriora con el tiempo, con las inclemencias, de modo que los herederos contemplan una figura más parecida a la piedra que hoy es, que a la imagen que el artista esculpió sobre aquélla.

Esos herederos de la "idea original" reciben la institución que le dio soporte en el tiempo, pero no tienen la experiencia original: el principio es sólo un texto que hay que interpretar, y ya no está la vida que lo encarnó en su momento. La institución necesita a los herederos para sobrevivir, aunque estos ya no comprendan la idea, o no demasiado. Ese es el precio: la institución acoge a los herederos, y ellos la mantienen, en una triste aceptación recíproca. Esta es la historia de una tensión que acaba en traición. De modo que la pregunta se formula y reformula una y otra vez.

Quizá la paradoja sea más honda de lo que parece: no es que la institucionalización traicione la idea; es que la idea, para ser fecunda, lleva ya en su seno la semilla de su propia traición.

¿Es posible institucionalizar sin petrificar? Quizá si la institución se concibe a sí misma como un sueño que está vivo, y no como un mausoleo para preservar la idea intacta e inmutable. Con espacio para la duda, con memoria de su propio origen, sin idolatrarlo. Una idea que no se estanca, que no se petrifica. Que evoluciona, como la vida.

Una idea que es lo que ha ido siendo en el tiempo. Como los seres humanos. Como tantas especies que nos acompañan.

#palestinalibre

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