He pasado años navegando por los pasillos de nuestras instituciones, esas catedrales de papel, y he visto siempre lo mismo: un diseño de una precisión malvada.
Se levantan muros para proteger un ideal, se imprimen folletos con letras doradas y se bautizan con nombres solemnes: la ONU para la paz, las academias para el saber, los parlamentos para el pueblo. Al nacer, todas son hermosas, vírgenes, rebosantes de propósitos que dan ganas de llorar de esperanza. Pero basta con acercarse un poco, con olerles el aliento, para descubrir la estafa: todas vienen con el ala cortada de nacimiento.
No es un descuido de la naturaleza. Es un cálculo de ingeniero. Les permiten el aleteo justo para que parezca que se elevan, para que los fotógrafos tengan su imagen de gloria, pero nunca el vuelo necesario para inquietar a los que mueven los hilos desde el suelo. La ONU puede repartir mantas y buenas palabras, pero no puede detener una bota. La ciencia puede descubrir estrellas, pero no puede tocar los dogmas que pagan su sueldo. Los parlamentos gritan mucho, pero no cambian el peso de una sola moneda de oro. Son como gallinas de corral: mucho ruido, mucha pluma al viento, pero mueren donde nacieron sin haber conocido el cielo.
Los optimistas profesionales hablan de reforma. "Más recursos", dicen, "más transparencia". Es un chiste de mal gusto. ¿Quién va a operarlas? ¿Los mismos que ya aceptaron vivir dentro de la jaula? No se puede arreglar un sistema con las manos que el sistema ya ha domesticado. La reforma desde dentro es solo otra forma de anestesia.
Si hay una salida, está afuera. En esa cosa tan maltratada que llamamos educación.
Pero no me hablen de la educación que fabrica repetidores de consignas o técnicos impecables que no saben para qué sirven sus máquinas. Hablo de una educación que sea un acto de insurrección: la que enseña a mirar detrás del decorado. La que te obliga a preguntar: "¿Quién cortó estas alas? ¿A quién le beneficia este silencio?".
Esa educación no es un lujo para los domingos; es la única forma de que un hombre no sea un mueble más en el salón del poder. Y tiene que llegar a todas partes, hasta el último rincón, porque un solo niño que no sepa distinguir la jaula del horizonte es suficiente para que la estafa continúe.
No hay consuelo en lo que digo, Capitana. No hay una luz al final del túnel que se encienda sola. Solo hay una tarea: aprender a ver el diseño del engaño y tener el coraje de exigir el vuelo completo. Una y otra vez. Sin cansarse.
Porque lo único que nos queda, al final, es esa terca insistencia en no ser gallinas.
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