Existe un tipo de vergüenza que no se siente por lo que uno hace, sino por lo que otro hace en nombre de todos.
Es la vergüenza ajena de ver a un líder mundial comportarse como un crío en público sin poder apartar la vista.
Es como la rabieta infantil en el supermercado, pero sin padres; el supermercado es el mundo.
Y para ilustrar lo que digo, hay material para rato.
En una visita de Macron a EEUU, el presidente Trump arrastra de la mano a su homólogo francés como a un niño remolón. En la Cumbre de la ONU, el secretario general de la organización le llama "daddy" ("papi") en rueda de prensa; pero lejos de incomodarse, la Casa Blanca lo convierte en un vídeo promocional con música de Usher. El mismo líder -Trump- que define el conflicto entre Israel e Irán como "dos niños peleándose en el patio" acaba arbitrando el recreo de la forma más caprichosa.
Lo alarmante no es que existan estas escenas sino que ya no provocan escándalo. Generan memes.
La vergüenza ajena, que debería alertarnos de que algo va mal entre adultos con códigos nucleares, se ha domesticado como contenido de entretenimiento. Y se comparte con emoticonos, para olvidarse en veinticuatro horas.
Así que la prensa ya no vigila el espectáculo: lo produce.
Esto no es nuevo, aunque antes era la excepción. Hoy la anomalía es la seriedad.
En la década de los cincuenta del siglo pasado, las salidas de tono de Kruschev en EE. UU. fueron auténtico bochornos diplomáticos puntuales dentro de un guion serio.
Hoy el espectáculo no interrumpe la política: la ha sustituido.
La excentricidad es el papel.
Y esta infantilización baja intacta a la política doméstica.
La bronca sustituye al argumento y el insulto a la propuesta.
Esta teatralización prospera porque la masa moderada se ha roto en dos: el que se indigna hasta el agotamiento y el que se desentiende. Ninguno castiga las payasadas.
El indignado denuncia en redes y vota a su tribu, mientras que el desentendido ni mira.
Nadie evalúa al poder con la seriedad de un adulto.
La clave de tanta vergüenza ajena y tan poca vergüenza propia es que el circo funciona: gana titulares y reelecciones.
Y mientras funcione no hay incentivo para que el mandatario salga del recreo.
Pero entre meme y meme queda una pregunta obstinada: ¿y si la campana nunca suena? Si nadie nos manda a clase, el patio es un escenario.
Y nosotros no somos espectadores: somos los que pagamos la entrada.
Buenas tardes, tripulantes.
#PalestinaLibre
#DerechosHumanos
#HaciaLasEstrellas
Imagen: uso libre
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