A la gente que vota a la derecha y a la ultraderecha le da igual que sean corruptos. Solo les importa que no gobierne la izquierda. No es estupidez. Es identidad. El voto no funciona como evaluación de gestión, funciona como pertenencia tribal.
Pero hay algo más profundo. Para ese votante, una victoria de la izquierda no es "perderé algunas políticas que me gustan" sino " se disuelve el orden impuesto por mi pequeño mundo cerrado'". Porque no temen perder privilegios concretos.Temen perder las recetas que dan forma a su estática existencia.
Se aprecia la ruptura entre el mapa mental (realidad inventada) y el territorio (realidad real). La realidad inventada ofrece coherencia interna y reducción de ansiedad. La realidad real es caótica y contradictoria.
Y elegir la primera sobre la segunda es la definición de la posverdad.
Cuanto más se les señala la corrupción, más cierran filas. Y no es que no procesen el dato; es que el dato llega envuelto en un envase -el enemigo que lo dice- que activa defensa antes que cognición.
¿Cómo se rompe este bucle?
No sé si existe el antídoto.
Lo que sé es que una mente que vive en el mapa de la realidad inventada no siente pudor ante la contradicción: la justifica, la replica, la convierte en bandera. Y cualquier narrativa del bien común que llegue desde fuera será tomada por inventada, tanto como la suya.
Porque el sistema inmune dañado no reconoce el anticuerpo. Lo expulsa.
En todas partes hay gente que mira el mundo asombrada y se pregunta qué está volviendo a pasar, como si Occidente fuese ahora la recreación de una antigua película de cuyo impacto mundial la Humanidad todavía no se ha curado.
Y cada acontecimiento donde se miden las dignidades humanas surge con la misma velocidad con que se olvida, para luego quedar perdido en esos museos mentales que son los tabloides.
Buenas tardes, tripulantes.
#palestina
#DerechosHumanos
#HaciaLasEstrellas
Imagen: uso libre
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