Hay guerras que el mundo decide no ver, porque verlas obligaría a mencionarlas, a posicionarse, a abandonar la comodidad del espectador.
Gaza lleva muchos meses siendo una guerra que el mundo occidental mira con los ojos entornados, buscando el ángulo desde el que el exterminio pueda llamarse otra cosa. Legítima defensa. Operación quirúrgica. Daño colateral. El lenguaje trabaja horas extra cuando la conciencia quiere descansar.Y en ese contexto, en Europa, en España, hay quienes no sólo miran con los ojos entrecerrados sino que aplauden, y a veces lo hacen con el silencio cómplice de quien piensa que esa gente, en el fondo, se lo ha buscado. Porque son musulmanes. Porque son árabes. Porque son, en la taxonomía mental de cierto Occidente, el Otro que debe ser contenido, reducido, eliminado si es preciso, antes de que llegue hasta aquí.
En ese "hasta aquí" está la clave. Porque el miedo no sólo vive en Gaza. El miedo también vive en las calles de Madrid, de Barcelona y de cualquier ciudad española donde alguien grita "España cristiana, no musulmana" con la convicción de estar defendiendo algo. Una herencia. Una identidad. Una civilización amenazada por el hombre que vende fruta en el mercado o reza en una mezquita de extrarradio.
Merece la pena detenerse un momento en ese grito. No para refutarlo con datos demográficos ni con estadísticas de integración, sino para mirarlo de cerca, con la misma atención con que un entomólogo observa un insecto raro. Porque esa "España cristiana" que se defiende con los puños cerrados no es la España de los creyentes —la mayoría de quienes gritan no distinguen Adviento de Cuaresma—, sino una España imaginaria que es un marcador de tribu, una especie de frontera dibujada en el aire para saber quién pertenece y quién sobra.
Llegados a este punto, conviene recordar algo.
En julio de 1936, un general sublevado contra la República necesitó cruzar sus tropas desde Marruecos a la Península. Sin esas tropas, el golpe moriría en días.
El general lo sabía. Buscó aviones, los consiguió de Hitler y Mussolini y cruzó el Estrecho con miles de soldados marroquíes, hombres musulmanes que combatieron, murieron y ganaron una guerra para él. La Guardia Mora del Caudillo no era un detalle folclórico: era el símbolo más elocuente de una deuda que el régimen no ocultó, aunque tampoco lo aireó demasiado. A cambio, Franco mantuvo una relación cordial con el rey de Marruecos durante décadas. El Islam no le pareció un problema cuando era útil. Y hoy, curiosamente, hay quienes añoran a ese hombre, un dictador bajito e indeciso que arrastró a España al ostracismo, a la capilla, y la sometió con el miedo, con el atraso, con la corrupción.
Actualmente, tampoco parece un problema cuando el musulmán es rico. El rey emérito cuya figura todavía es vitoreada, incomprensiblemente, eligió el exilio en un país árabe con mayoría musulmana, donde la Ley islámica es la arquitectura del Estado. Nadie entre sus defensores ha encontrado en eso contradicción alguna.
El Islam de los emires no mancha.
El Islam del inmigrante que duerme en un CIE, sí lo hace.
No es islamofobia, en el sentido estricto del término. Es algo más antiguo y más mezquino: es aporofobia con disfraz religioso. Odio al pobre, al que llega sin nada, al que ocupa espacio en la narrativa de la escasez. Y la religión es el pretexto; la clase, la geografía, la vulnerabilidad son el verdadero criterio de selección.
El exterminio en Gaza y el grito en la calle española beben de la misma fuente: la convicción de que hay vidas que valen menos, que hay pueblos cuya desaparición es, en el mejor caso, lamentable, y en el peor, conveniente.
Es una convicción que no necesita articularse porque opera por debajo del lenguaje, en ese sustrato donde los prejuicios se instalan antes de que la razón tenga ocasión de preguntar nada.
Escribir esto no va a cambiar esa liturgia en quienes la han absorbido. Los textos no suelen convencer a los abducidos. Aunque hay que llamar por su nombre a lo que ocurre, con precisión y sin eufemismos, para que no se instale como normalidad, para que no ocupe el espacio sin encontrar resistencia. Un grano de arena en un desierto no detiene ninguna duna. Pero el viento, a veces, hace su trabajo. Tampoco el náufrago nada hacia ningún horizonte concreto; lo hace para no hundirse. Y eso, mientras dura, es suficiente.
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Imagen: uso libre
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