Al mirar al futuro,
una se encuentra a toda la humanidad devolviendo la mirada.
Y mientras mirábamos arriba, los fósiles llevaban décadas milenios esperando enterrados en una cantera alemana.
El neandertal no llegó de otro sistema solar. No necesitó nave ni señal de radio. Vivió aquí, en este mismo planeta de prestado, encendió fuegos, enterró a sus muertos con flores, cuidó a sus ancianos enfermos mucho antes de que la ética tuviese nombre. Y lo tratamos de bruto durante un siglo. Le negamos la humanidad con la misma soltura con que hoy negamos la de otros. El mito del primitivo torpe fue nuestro cruel error, que repartíamos a diestro y siniestro como "humano de piel blanca".
Una cómoda proyección para no tener que mirarnos en ese espejo.
Eso es lo que era: un espejo. Y roto; porque el tiempo lo fragmenta todo.
Cuando la genética demostró que llevamos su ADN, que no hubo sustitución sino encuentro, mezcla, continuidad, algo debería haberse removido en el discurso que vertíamos sobre nosotros mismos. La alteridad absoluta —ese "ellos" tan necesario para definirnos— resultó ser una ficción. No había dos "especies" separadas por un abismo infranqueable. Había variación. Había familia, en el sentido más incómodo del término.
La soledad que padecemos no es cósmica. Es moral, más que intelectual o ética. Nos la hemos fabricado nosotros con materiales conocidos: la xenofobia, la aporofobia, el racismo, todas las fobias que vamos acuñando a medida que encontramos nuevas formas de no reconocernos en el otro.
Buscamos vida inteligente a años luz y somos incapaces de reconocer humanidad a pocos metros de distancia. Esa es la paradoja que los fósiles llevan décadas intentando explicarnos.
El espejo roto obliga a que alguien se mire en él y piense: "somos ellos". Eso es nuestro ADN. Un compendio humano. Y no es un consuelo, sino un diagnóstico.
Pero no han hecho falta siglos para repetir el patrón. Nos ha bastado con una orilla.
El Mediterráneo lleva años ejerciendo de fosa común con la paciencia burocrática de quien cumple un trámite. Al otro lado, hombres, mujeres y niños esperan mientras el discurso oficial se ha convertido en un problema estadístico, en presión migratoria, en efecto llamada. El lenguaje administrativo es el heredero directo del lenguaje colonial: primero despojas a alguien de su nombre, luego de su historia, finalmente de su humanidad. Y una vez hecho eso, puedes hacer con ellos lo que quieras sin que te tiemble demasiado el pulso, y a escondidas del resto del mundo.
Llamamos "primitivos" a quienes procedían de continentes que llevaban milenios de civilización cuando Europa todavía no había aprendido a escribir su propio nombre. Los denominamos salvajes —les insultábamos así—, distinguiéndolos de nosotros —"civilizados"— por tener otros dioses, otras casas y otras formas de repartir los bienes del mundo. No eran inferiores: eran distintos. Pero la distinción, para quien necesita justificar el expolio, es un lujo que no puede permitirse.
El mecanismo no ha cambiado. Solo ha actualizado su vocabulario. Hoy habla de "mestizaje", y lo rentabiliza, quien no reconoce la historia de otros, su forma de desarrollo y progreso o su gran civilización. Porque su vara de medir es pequeña y mediocre. La compara con la civilización "blanca", no para ensalzarla sino para volver a negarla y volver a entregarles a traición la nuestra. ¡Qué disparate! Ellos también llevan a neandertal dentro, y no es gracias a nosotros.
Pero hoy el "primitivo", también llega en patera desde el Sahel o desde el Rif. Huye de guerras que en buena parte hemos armado los países desarrollados, los saqueadores; huye de sequías que en buena parte también hemos provocado los países tecnológicamente avanzados; de la pobreza que en buena parte hemos administrado reclamando su adhesión a nuestra religión y a nuestro sistema económico. Lo hemos hecho desde la lejanía y con la conciencia tranquila del que firma documentos. Y cuando al fin llega ese ser humano —si llega—, lo primero que aprendemos es el modo de no mirarlo a los ojos, porque eso es reconocerlo; y reconocerlo es reconocernos.
Ahí está el miedo verdadero. No al otro. A nosotros mismos reflejados en el otro.
El espejo roto sigue ahí, en las costas de Lampedusa, en las vallas de Melilla, en los campamentos donde el tiempo se detiene y las personas no. Fragmento a fragmento, nos devuelve la misma imagen que llevamos siglos sin querer ver: que no hay "ellos".
Nunca los hubo.
El primitivo fuimos siempre nosotros.
Los que miraban y elegimos no reconocer.
#palestinalibreysoberana
#DerechosHumanos
#Cuba
#HaciaLasEstrellas
Imagen: Uso libre.
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