22 may 2026

"Primero fueron a por..."

 Primero fueron a por los comunistas, y no dije nada porque yo no era comunista..."


Ahí esta. Quien lo reconozca sentirá un escalofrío. Porque el poema de Niemöller es la crónica del nazismo. Y estoy diciendo que, mutatis mutandis, el mecanismo se repite. No con cámaras de gas —aún—, pero con tribunales mediáticos, con lawfare, con la destrucción sistemática del adversario. Es decir; con mantequilla española y cuchillo de sierra: lo local, lo cotidiano, lo grotesco. No es el horror alemán. Es el horror nuestro.

A veces pienso que los híbridos sapiens tenemos un gen defectuoso que nos coloca un resorte que activa el odio, y que la cultura puede reforzar o contrarrestar.
Me pregunto: ¿estamos contrarrestándola?
Parece que no; que nos hemos rendido al odio como combustible. Y ese odio, como toda adicción, nos deja el cuerpo vacío cuando la dosis se acaba.

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Primero fueron a por Pablo Iglesias, su mujer y su partido.
El PSOE miró hacia otro lado, como quien ve al cocodrilo devorar al vecino y confía en que la cola no llegará a su jardín. Error de cálculo: los cocodrilos no entienden de jardines. Solo de hambre.
Y el hambre, en política, nunca es selectiva.

Después fueron a por Pedro Sánchez, su mujer y su hermano.
Entonces los dinosaurios del propio PSOE se unieron al festín. No por ideología, no por convicción: por inercia tribal. En España, la traición doméstica siempre ha sido más eficiente que la enemiga. Dos frentes: uno desde fuera (la derecha judicial, la mediática), otro desde dentro (los barones, los celosos, los que creen que el poder es un pastel que no se puede repartir).
La pinza, la llaman. Como si tener nombre lo hiciera menos grotesco.

Luego fueron a por Zapatero, sus hijas, su amigo.
Un hombre sin cargo, sin poder, sin nada que disputar. Pero el escarmiento no necesita justificación política. Necesita audiencia. Necesita que los demás vean el cadáver y piensen: "Mañana puedo ser yo".
El mensaje es claro: esto no es política. Es un aviso a navegantes.

Cuando la ultraderecha llegó al poder y empezó a desmontar la democracia pieza a pieza —con la colaboración entusiasta de quienes creían que el fuego solo quemaba la casa de enfrente—, el PP entonces protestó. También fueron a por ellos.
Y ya no quedó nadie.
Los últimos comenzaron a devorarse a sí mismos, fieles hasta el final a la única tradición que nunca habían abandonado: la de creerse que el otro —el de al lado, el de la sigla distinta, el del matiz ideológico— era el verdadero enemigo.

Esta es la paradoja de Niemöller con mantequilla española y cuchillo de sierra:

La derecha y la ultraderecha no son especialmente inteligentes. Pero, es que la izquierda —y el centro— les facilitan el trabajo., tal como están divididos en facciones, ocupados en guerras cosméticas, más preocupados por marcar diferencias que por construir alternativas, se destruyen entre sí antes de que el enemigo tenga que mover un dedo.

Y el PSOE mirando hacia otro lado cuando machacaban a Iglesias no fue neutralidad. Fue colaboracionismo pasivo. En tanto que los dinosaurios del partido atacando a Sánchez desde dentro mientras la derecha lo hace desde fuera no es política.
Es canibalismo con corbata.

Por eso me atrevo a decir que tenemos un gen "defectuoso": necesitamos odiar para sentirnos vivos.
Y si no hay enemigos reales, los inventamos.
En la izquierda, el enemigo es el compañero de al lado.
En la derecha, el enemigo es el pobre, el inmigrante, el distinto.
En el centro, el enemigo es quien amenace su comodidad.
En algún momento de nuestra historia fuimos cooperadores, aprendimos a compartir y a cuidarnos unos a otros. Ahora, sin embargo, compartimos el odio. Y así, poco a poco, nos vamos quedando solos.
Primero se llevan a los de la izquierda radical.
Luego a los socialistas.
Luego a los liberales.
Luego a los conservadores.
Hasta que no queda nadie.
Sólo el vacío. Y el cocodrilo, saciado pero insatisfecho, porque el verdadero banquete —la democracia, la convivencia, la humanidad— ya está devorado.

La pregunta más urgente: ¿Y ahora qué?"
Porque el cocodrilo no se ha ido. Sigue ahí, esperando el próximo banquete.
Y si no dejamos de devorarnos entre nosotros, si no entendemos que el verdadero enemigo no es el de al lado, sino el que se frota las manos mientras nosotros discutimos por migajas, la próxima vez ya no habrá nadie que proteste.

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