Somos capaces de crear arte y ciencia —lo mejor—, aunque también de desatar la guerra y el horror absoluto —lo peor de nosotros mismos—. Es nuestra insoportable dualidad.
Ser coherente con los Derechos Humanos puede significar perder poder, dinero o comodidad. Porque la coherencia no es un logro, es un ideal regulador. La justicia, la igualdad, la verdad son preciosos ideales, extraños modales, quizá puntos de referencia imposibles o alucinaciones de la generosidad cognitiva de nuestro asustado cerebro humano.El otro día comprendí que la ética es solo un potencial latente, el lugar discreto donde la coherencia se esconde para resistir. Y la ciencia, el arte, la filosofía no son más que nuestros torpes e infinitos intentos de descifrar el mundo con algo de sentido. Después de todo, todavía tenemos algo de extranjeros en nuestro interior.
Todos nosotros, con nuestros paseos, reflexiones y pequeñas protestas en esta Ágora Fluida, lo único que hacemos es buscar un rastro de coherencia en un universo decididamente caótico. No sé si vamos a la deriva.
Negarse a normalizar lo inaceptable es nuestro único acto legítimo de resistencia. No hay un gigante ahí detrás; es, simplemente, señalar la herida. Atreverse a decir, oportunamente, como si fuese la primera vez: "esto no debería ser así".
Si nos preguntamos si es absurdo esperar coherencia, me aventuro a decir que no se trata de una dimensión más —aunque la Ciencia la avala por estar dotada de ciertas fibras consecuentes.
La lucidez nos advierte que la humanidad suele ser contradictoria, egoísta o simplemente estúpida.
Pero la Historia nos arrastra a seguir peleando.
En el mar profundo de esa lucha es donde nos vamos haciendo humanos. Y alcanzamos una genialidad desesperada cuando, al recoger la paradoja, decidimos sonreír y persistir en el empeño.
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