15 abr 2026

La Izquierda que ha olvidado cómo ilusionar

 

Uso Libre


Paso mucho tiempo dedicada a pensar sobre Podemos; sobre lo que fue y lo que queda: parece un pequeño resto salido de una operación compleja.
¿Qué le ocurre a Podemos, qué quiere Podemos, qué les ocurre a sus militantes, tan desesperanzados? ¿Es tan doloroso leer críticas? ¿Por qué?
¿Quizá el silencio es la forma más educada, o adecuada, de reconocer una derrota?

Hay una diferencia enorme entre una izquierda que dice "esto es insuficiente, vamos a más" -con energía y con horizonte- y una izquierda que dice "esto no vale, nos han traicionado otra vez" -con resentimiento, con clausura-.
La primera te invita a caminar. La segunda te pide que te sientes a lamentar.
Podemos lleva demasiado tiempo instalado en el segundo registro. Un registro que no moviliza: agota.
Su discurso se ha convertido en una letanía de lo que falta, un inventario permanente de lo que todavía no se ha conseguido. Y el problema no es criticar -la crítica es necesaria, es sana-, sino el registro emocional de esa crítica. Y es que, cuando suena a derrotismo, cuando parece que la única identidad posible es la del lamento, lo que transmite no es fuerza, sino fatiga.

Porque la gente no se levanta por la mañana entusiasmada para ir a votar a quien le recuerda constantemente lo mal que está todo. Necesita algo más que un diagnóstico: necesita un horizonte. Necesita saber que merece la pena caminar, aunque sea despacio.

Hay una trampa identitaria muy sutil en todo esto: si Podemos celebra las victorias actuales, teme perder su seña de distinción; pero si solo señala lo que falta, cree que mantiene su esencia. El problema es que, a estas alturas, el precio de esa estrategia es la sala vacía.
Pero en mis reflexiones siempre me digo que la paciencia es dejar caminar a lo humano. Dejar que transite entre el desorden, que se desgarre con los errores, se rompa y se levante. Y después de todo eso, volver a ganar terreno. Volver a expresarse con la orientación de la experiencia y la sabiduría del tiempo.

Y aquí llegamos a lo más doloroso: una izquierda que desmoraliza a su propio electorado potencial está, objetivamente, haciendo el trabajo sucio de la derecha. No por traición -esa palabra me parece demasiado infantil-, sino por incapacidad de construir ilusión. Por haberse olvidado de que la política también es emoción y deseo.
Es la promesa de que otro mundo es posible.

La pérdida de capacidad pedagógica es letal; pues una izquierda que no sabe explicar por qué tiene razón no convence a nadie nuevo. Solo retiene a los ya convencidos. Y cada vez menos.

Y eso, al final, no es izquierda. Es un club de nostalgia.

#palestinalibreysoberana #DerechosHumanos #HaciaLasEstrellas

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