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14 may 2007

Salve Marinera.


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Al cruzar el pórtico me sacudió una voz hueca y artificial, que se incendiaba con los ecos en las expresiones “Caballeros del Mar” y “Señores del Mar”. El oficiante se refería así al hablar de los marineros, y no porque las expresiones fueran un capricho de su edad avanzada o un comodín en sus sermones. No. El sacerdote estaba tan emocionado que al pronunciar el nombre del difunto su voz se volvía frágil como el cristal. Cuando recordó la boda de Elías y el bautismo de su primer hijo, todo bajo la segura bendición de sus manos, la voz se le rasgó levemente, quizá porque le asaltó el pensamiento fugaz de que en el momento de administrar los sacramentos, por encargo de Dios hacía una promesa que ninguno de los dos podría cumplir.
No tomé asiento; me quedé cerca de la puerta y apartada a un lado, desde donde podía ver con cierta altura toda la iglesia. El sol castigaba los peldaños de la escalinata de entrada, pero no osaba pasar de allí; aunque, unos rayos fugitivos salpicaban manchas pálidas desde arriba sobre las cabezas de los fieles, que a mí se me antojaron como un lecho de piedras inertes de tan quietas que estaban. Cuando conseguí acomodar la vista a la penumbra pensé que en un día como este tanta luz es un pecado y del color de la piedra habría de ser solo el cielo.
Los recuerdos me sacudieron a mí también. Elías, alto y tímido, una criatura en exceso humana, venía sonriendo hacia mí y me miraba. Sonreía siempre; en el puerto, en las escaleras de la Cofradía, desde el puente del barco, en la Plaza, en la calle. Así lo recuerdo.
Hubo una pausa. Unos instantes después los fieles se pusieron de pie para cantar, rompiendo en el aire la Salve Marinera. Las voces se alzaron a un tiempo en un canto reflexivo y sereno, cuya intensidad las unía de modo impecable en un único cuerpo. Jamás había escuchado nada igual. Las lágrimas me cayeron a borbotones.
El paso de una nube errante convirtió momentáneamente en vivas las figuras humanas que antes me parecieron piedras, como si de la muerte hubiesen nacido flores espontáneas.







Fotografía de Galatea: Procesión. (Puerto de Santoña)