He pasado una semana en Alicante. Ya era hora. Necesitaba ver el sol, días completos de sol. La ciudad estaba en fiestas; podéis imaginar, un caos: mascletás, petardos, bandas de música, barracas y ninots; lo normal en Hogueras de San Juan.
No hemos participado activamente en las fiestas, no nos atrae el bullicio. Sin embargo hemos aprovechado para ver cosas nuevas, como visitar en el MARQ una exposición sobre Mesopotamia traída desde el British Museum, el Oceanográfico de Valencia y el yacimiento arqueológico de los Baños de la Reina, donde se encuentran las ruinas de varios asentamientos sucesivos, pertenecientes a la Edad del Bronce, a los íberos y a los romanos. También nos acercamos hasta Santa Pola –Portus Ilicitanus- para ver unas ruinas y mosaicos romanos del siglo IV d. C.
Tengo fotografías de todo. Ya os iré contando.
Además de pasar buenos ratos con la familia, compartimos unas tardes fantásticas con Epicuro.
Resultó muy emocionante el tan esperado encuentro con dos blogueros de Libro de Arena, Rubén y Miguel, en la Chocolatería Valor de El Campello, donde habíamos quedado.
Después de diez horas de viaje (con lluvia, para no variar), llegamos a Alicante a la seis de la tarde; lógicamente, había que descargar los equipajes y sacudirse el ambiente de cautiverio del coche. El aparcamiento en El Campello fue un problema; era sábado y el pueblo estaba atestado de coches: los nervios fueron en aumento. La furgoneta en la que íbamos es un armatoste difícil de acoplar en cualquier hueco. Tras varias y desesperantes vueltas, conseguimos aparcar.
Frente al Mediterráneo, sobre el cual yo había puesto a volar los ojos mientras nos acercábamos, está la chocolatería. Teníamos que localizarnos abriendonos paso entre una multitud de paseantes. La contraseña de reconocimiento era que uno de nosotros cojearía al irnos acercando al lugar de encuentro. Llegado el momento cada uno le decía al otro que cojeara pero ninguno estaba dispuesto a hacerlo. Sin saber muy bien cómo, el radar funcionó y nos reconocimos al instante: estábamos muy contentos, nerviosos y no podíamos dejar de hablar. Hicimos un intercambio de presentes. Libros, naturalmente; aunque los de ellos son unos libros muy especiales.
Es una situación muy curiosa. Esto de conocerse por Internet tiene una fama extraña, ¿verdad? Todo lo que diga sobre Rubén y Miguel es poco: son fantásticos y no puedo dejar de dar las gracias por haberlos conocido.
Al día siguiente volvimos a reunirnos y Epicuro nos llevó de excursión al monte de Busot, un lugar de pinos viejos cuyas copas se reúnen en las alturas, y al mirarlas se puede imaginar que hablan… o que sueñan con el pasado.
Excepto Galatea, que está haciendo la foto, aquí aparecemos todo el grupo de blogueros. De derecha a izquierda, Epicuro, Miguel, Orrorin, una servidora, Ockham y Rubén. Al fondo podéis ver la Suttle (lanzadera), que es la "furgo" que nos lleva y nos trae. El nombre viene de fábrica; de verdad, es pura coincidencia.
Nos pusimos de caminata y subimos hasta una peña desde la que se dominaba toda la Playa de San Juan y la Serra Grossa. Y a lo lejos, por la carretera de Madrid, entre unos bancos de bruma emergían las cimas de varios montes, una de las cuales parecía un volcán. Una maravilla de espectáculo. ¿Cómo he podido vivir aquí veinte años sin conocer este sitio?
Nos pusimos de caminata y subimos hasta una peña desde la que se dominaba toda la Playa de San Juan y la Serra Grossa. Y a lo lejos, por la carretera de Madrid, entre unos bancos de bruma emergían las cimas de varios montes, una de las cuales parecía un volcán. Una maravilla de espectáculo. ¿Cómo he podido vivir aquí veinte años sin conocer este sitio?
En Alicante el campo encierra el aliento del pino y del romero; y en los jardines se turnan el jazmín y la madreselva para abrir en el aire sendas aromáticas por las calles, a cualquier hora de día.
Clavelinas silvestres.
A la vuelta solo he encontrado lluvia y frío.
Esta tarde os vistaré. Llevo mucho retraso.
Un abrazo desde la Enterprise.